Broadway Danny Josu | Letras Libres
artículo no publicado

Broadway Danny Josu

Proyecto de otoño en San Sebastián.

[El departamento de investigación de Letras Libres ha encontrado unas notas olvidadas en un taxi de San Sebastián. Aunque el documento es confuso y está poco desarrollado, parece ser la escaleta de un proyecto cinematográfico. Publicamos aquí parte del texto, cuyo autor desconocemos porque está sin firmar, con tachones incluidos. Estaremos encantados de devolvérselo a sus propietarios.]

Seis viejos judíos neoyorquinos vascos toman sándwiches de pastrami cocochas en un deli una sociedad gastronómica. El local está decorado con retratos de figuras del béisbol de futbolistas y toreros de la cultura vasca. Es un local moderno que apuesta por la inclusividad. Se espera que en 2025 admita mujeres. Los comensales son viejos amigos. Mientras transcurre la velada, cuentan anécdotas de antiguos conocidos. La atmósfera es nostálgica, levemente brumosa.

Uno pregunta si se acuerdan del primo de Mike Mikel, Toni, Josu, Toni Palermo Josu Ramírez, que había trabajado para la familia la organización. Había hecho sobre todo tareas de transporte, sin detenerse nunca, perseguido en una ocasión durante cientos de millas kilómetros por el FBI la Guardia Civil y los gendarmes franceses y, aunque no había llegado al estatus legendario de capodecime gudari de su primo, había cosechado cierta fama por esa capacidad. Los de Hamás lo llamaban El Dromedario y los italianos Vescica di Ferro. Mientras hablan, vemos imágenes de Josu, un tipo grandote, con la expresión de inteligencia de una mina a cielo abierto y el aspecto de solidez de doscientos kilos de carne de ternera, conduciendo un coche con matrícula claramente falsa.

Aitor, otro de los comensales, interrumpe: lo que le gustaba de verdad a Josu era escribir. Le llevaban las cartas de amenazas y exigencias de impuesto revolucionario para que las corrigiera. En los últimos tiempos, con la decadencia de la organización y la incorporación de miembros que habían estudiado la ESO, había problemas para explicar cuestiones básicas y se creaban muchos malentendidos. “Deja el dinero en el árbol a la derecha de la parroquia”, escribían. “Pero ¿mirando a la parroquia o saliendo de la parroquia?”, respondía el extorsionado, con toda la razón. (Vemos imágenes del empresario chantajeado, perplejo entre dos árboles en la puerta de una iglesia.) Eso causaba muchas ineficiencias y retrasos, y sobre todo daba mala imagen. Las de Josu era las cartas más precisas que la organización había mandado en décadas. Había hasta subordinadas. Aunque era un zote, tenía talento para eso.

Pero la mejor historia de Josu, dice Iñaki, no tiene que ver con la banda, que para entonces ya no estaba en activo y todos queríamos olvidar. Fue durante el rodaje de El verano de Levy, una producción cinematográfica ambientada en el festival de jazz de San Sebastián.

(Vemos imágenes de los actores y del equipo de la película: llegada a hoteles, ruedas de prensa. Estilo documental al principio, luego vamos entrando con los personajes.) En la película, un veterano músico que sufre crisis de pánico escénico después de que una noche se le apareciera su maestro en sueños y le dijera que estaba echando a perder su talento con grabaciones comerciales, recala en Donostia y se ve envuelto en un triángulo amoroso. Por un lado con una estadounidense madura, antigua cantante pop de segunda fila, casada con un empresario español. Por otro, con una joven andaluza vasca que trabaja como camarera en un bar de copas una herrikotaberna un restaurante con una estrella Michelin que detesta el jazz y baila flamenco toca en un grupo de batucada y percusión.

La película era un acontecimiento, explica Iñaki, porque el director, Stanley Bell, un clásico vivo del séptimo arte, se había visto obligado huir a Europa. Tenía desde hacía mucho tiempo más seguidores en el continente que en Estados Unidos. Y además, en los últimos años, con el Me Too, había resurgido un turbio episodio de casi tres décadas atrás: en un complicado divorcio, la exmujer de Bell le había acusado de abusar de su hija. Aunque el caso se había sobreseído en dos ocasiones, había recobrado fuerza y se habían boicoteado sus películas en varios lugares del mundo. Sus productores se habían retirado, viejos actores lo repudiaban. Ir a España había sido una forma de huida. En cierta manera, la historia que contaba la película reflejaba la peripecia del propio Bell.

Josu, que trabaja para una empresa de transporte, es contratado como chófer en el rodaje. El primer día le asignan llevar a Stanley Bell, octogenario y diminuto, un poco sordo (homenaje a Buñuel). Algunos simpatizantes de Bildu intentan boicotear la filmación. Denuncian a Bell por el caso de la hija, otros dicen que el rodaje contribuye a convertir la ciudad en un infierno turístico. Pero la mayoría de los habitantes celebra la presencia del director y los actores, les piden autógrafos. Un ayudante de Bell se deja el guion, escrito en inglés y en español, en el coche. Lo llaman para hacer otro viaje, Josu guarda el guion en la guantera.

Cuando llega a casa de sus padres, donde vive, le esperan con los brazos en jarras su madre (Miren) y su novia (Mamen). Le reprochan que trabaje en la película del “pederasta americano”, como dicen. La madre le da una colleja. “Si tu primo Mikel no estuviera en la cárcel verías la que te daba”, dice. La novia, psicóloga en una ikastola, le dice que se siente muy decepcionada por su falta de sensibilidad hacia el sufrimiento infantil. Luego Miren y Mamen se van a una concentración en protesta por la detención de Josu Ternera en Francia. Antes de salir, la madre le dice que hay algo de cena en el microondas. De noche, Josu lee el guion de la película tendido en la cama. Pósters de ciclismo en la pared. Josu sufre al leer, se agobia.

Al día siguiente, Josu intenta comunicarle a Stanley Bell su inquietud. Le enseña el guion y empieza a hablar. Pero el director no termina de entenderle, sonríe amablemente, le firma en la primera página. Josu y Mamen asisten al cursillo prematrimonial con un sacerdote, el padre Ignacio. Miren los espera en la puerta y van a tomar unos pintxos. Entonces llaman por teléfono a Josu. “Es del rodaje”, dice, para contrariedad de su madre y su novia.

Debe devolver a su hotel a la actriz estadounidense, Fionna Fay, que fue una sex symbol internacional en los años ochenta. Ella le dice que habla un poco de español porque su quinto marido era de Albacete, aunque terminaron mal porque era “un borracho y un maricón”. Josu, nervioso, intenta contar algo pero no logra hacerse entender. Ella le invita a su habitación. Josu dice que tiene que hacer otra recogida, pero Fionna se impone.

En la lujosa suite del hotel Fionna pregunta: “¿Y qué es eso que tienes que decirme?”. Josu le dice, con dificultades, lo que le preocupa. “Hay un problema en el guion”, dice. “¿Solo uno, honey? Es una mierda más grande que el sobrerou de un picadour”, responde Fionna. “Sí”, dice Josu, muy seriamente. “No pasa el test de Bechdel.” Fionna no sabe qué es el test de Bechdel, así que Josu se lo cuenta (la secuencia es un poco explicativa, pero puede resolverse con gracia). Según el test de Bechdel, deben aparecer al menos dos personajes femeninos, que se hablen entre ellas, que la conversación no trate de un hombre. Una versión más exigente, explica Josu, requiere que tengan nombre propio: ¿por qué no curarnos en salud? A Fionna inicialmente esto le parece una idiotez: “¿Y a quién coño le importa eso?”. “Lo que pasa es que habría que alargar tu papel”, dice Josu. Entonces ella se muestra más interesada. “Tendríais que hacer unos ajustes”, dice Josu. “¿Y cómo se haría eso?”, pregunta Fionna. Josu saca un cuaderno donde ha tomado unas notas. Fionna dice “I’m gonna slip into something more comfortable” (esto no lo entiende Josu) y pide una botella de Moët Chandon por teléfono.

Josu, cuaderno en mano, va explicando los cambios de orden y alguna nueva secuencia para respetar el test de Bechdel. Le tiembla un poco la mano en la que tiene la copa de champán que le da Fionna, el bolígrafo en la otra mano sobre el cuaderno. Fionna se acerca a él con el camisón y el cuerpo más espectaculares que el dinero puede comprar y le dice: “¿Sabes que soy polimórficamente perversa?”. Josu le dice: “Mi primo es médico, si quieres le llamo”.

Fionna le explica a Iratxe Aguirre, que interpreta a la joven camarera, que hay que modificar el guion. Ella, especialmente comprometida con la igualdad, dice que está dispuesta a que su papel sea más largo. (Esto, a lo puesta en abismo, nos permite pasar nuestro propio test de Bechdel.)

Fionna convence a Stanley Bell de que haga caso a Josu y los cambios que propone y ruedan las escenas adicionales los últimos días. Bell no presta demasiada atención porque en realidad lo que le apetece es jugar al golf. Y Fionna es una mujer de carácter. Cambian otras cosas para adaptar el cine a las nuevas sensibilidades: así, se emplea el lenguaje inclusivo, con una hábil naturalidad, se eliminan las escenas de sexo (poco verosímiles, en todo caso, en el País Vasco).

Poco a poco aumenta el boicot contra el rodaje. Los activistas logran el último día romper el cerco de seguridad y entrar en el set. Josu no se entera de mucho (nunca fue un tipo muy despierto), pero Fionna le dice que tienen que irse: ahí van el director, las latas de película, el exetarra y la actriz con cinco maletas llenas de maquillaje y regalos de sus fans. Perseguido por una turba de críticos del turismo, enemigos del cine de autor, Miren y Mamen, kale borroka reconvertida, responsables de estrategia de medios de izquierda, militantes de Vox, obispos de Castilla, viejos antisemitas y decenas de feministas enfurecidas, ralentizado por el equipaje profuso de Fionna Fay, el vehículo consigue atravesar la frontera francesa, donde Bell es acogido con los brazos abiertos, como ya ocurriera en 1968 con su primera película, Ahogados en un vaso de agua [Laura: An introduction]. Josu echa gasolina y vuelve tranquilamente a casa.

Curiosamente, El verano de Levy supone el regreso de Stanley Bell a la cima. Hollywood, tan propenso a las condenas como a las rehabilitaciones, aplaude el regreso del hijo pródigo. La prensa elogia su adaptación a la sensibilidad contemporánea, con sus preocupaciones por la inclusividad, que van “desde la combinación de estilos musicales ya caducos a vibrantes formas modernas, aderezado con elegantes transiciones de la ligereza humorística a la honda y conmovedora reflexión sobre la apropiación cultural y los roles de género” (New York Times) y muestran “que el futuro del cine a veces está en el diálogo con el pasado” (Sight and Sound). Los actores que habían renegado de él dicen que quieren trabajar en su próxima película, y Bildu propone ponerle una estatua en Donostia como la de Woody Allen en Oviedo. Bell recoge un Oscar al mejor director, que recibe encogiéndose de hombros y citando a Cioran: “Como todo éxito es un malentendido”, antes de añadir, en críptica alusión a Josu: “He shoots and I reshoot”.

Volvemos a la sociedad gastronómica. “Sí, esa historia es muy buena, ya la había oído alguna vez.” “A mí la película me pareció una castaña.” “Hacer cine español es muy difícil, mira a Montxo.” “¿Y os acordáis de aquella otra vez que…?"