Amy Sherman-Palladino, la sombrerera loca | Letras Libres
artículo no publicado

Amy Sherman-Palladino, la sombrerera loca

La guionista y creadora de la serie de culto pop Las chicas Gilmore y de La maravillosa señora Maisel ha vivido siempre al límite: "Tenemos que estar dispuestos a que nos despidan".

Los Palladino acababan de comprar una casa ridículamente grande, decrépita, a la altura de su excentricidad. Decididos a decorarla, aplicaron su particular lógica y condujeron hasta Connecticut. Para un matrimonio enfermo de Mark Twain, buscar inspiración estética en la residencia donde escribió Las aventuras de Tom Sawyer tenía perfecto sentido.

George W. Bush se instalaba en la Casa Blanca y Estados Unidos estaba cada vez más dividido entre estados republicanos y demócratas. En la localidad de Hartford, y también en la vecina Washington, donde se alojaron, ganó Al Gore. Amy Sherman-Palladino era ya exguionista de Roseanne y reciente fundadora de la productora Dorothy Parker Drank Here, en honor a la mesa del Algonquín. Sin embargo, el rumbo de sus proyectos era tan incierto como el del país. Conducía por Nueva Inglaterra en busca de la residencia del escritor, junto a su marido Dan, cuando otro coche desaceleró a su lado y preguntó: “Disculpen, ¿saben por dónde se va al campo de calabazas?”. El pintoresquismo del lugar alfombrado de otoño les arrolló: en el diner de la calle principal los clientes se servían ellos mismos el café y todos se conocían entre sí. La posada estaba regentada por una mujer francesa y cada rincón parecían cubiertos por una gruesa capa de azúcar glass. “¿Quién ha montado todo este set de rodaje para mí?”, exclamó en alto Amy Sherman. Esa misma noche, en la libreta del hotel Mayflower Inn, escribió las primeras escenas de Las chicas Gilmore.

La idea de una serie cuya protagonista fuera una adolescente inteligentísima, no muy sexy y en absoluto obsesionada con los chicos era anterior. El resto del pueblo Stars Hollow se cimentó allí, en ese mundo real que había votado por Al Gore y que Sherman-Palladino utilizó para crear una fantasía escapista donde además habría llegado a la presidencia. Pensaba decorar una casa y acabó decorando un Camelot entero.

Amy Sherman-Palladino podría pasar por la menos estereotipada de un estereotipo muy concreto (el de guionista de la gran manzana, lenguaraz judía de Brooklyn que exuda cinismo y cafeína), pero en realidad nos engaña a todos. Ella escogió todo eso, como escoge cada día un sombrero más extravagante que el anterior. Nació en el valle de San Fernando de un matrimonio entre un judío del Bronx y una baptista del Misisipi. Él contaba historias de la ciudad, ella de huracanes. Su educación incluyó la parte más festiva de los ritos judíos, pero poca ortodoxia más. Desayunaba bacon dos veces al día con su madre y nunca aprendió hebreo porque las clases coincidían con su horario de ballet. Una niña callada, a la que “si le decían que se quedara sentada en el porche y no se moviera hasta que alguien regresara a buscarla, se quedaba allí sentada para siempre”.

Mel Brooks no la encontró en el porche, sino en el garaje. En las cajas donde su padre almacenaba los legajos de una vida pasada como cómico en Nueva York. Allí estaban los vinilos de las actuaciones de Brooks y Carl Reiner en The 2000 year old man, que devoró con gula. Era rápido, furioso, cansino e hilarante. Algo cambió. Ni una sola de las veces que su padre había irrumpido en su habitación repitiendo “no vas a ser bailarina. Eres judía: toma un sándwich” había significado nada. Solo entonces empezó a sentir el judaísmo y la comedia como algo propio. En una casa californiana sin aire acondicionado, Amy Sherman rompió a hablar como una oriunda del Brooklyn de los años cuarenta.

La profecía paterna acabó por cumplirse cuando llegó a la veintena. Formada en la danza, había iniciado un coqueteo con los guiones de telecomedia. El mismo día que le ofrecieron un papel en el musical Cats, aceptó integrarse en el equipo de guionistas de Roseanne. Suyo fue el único capítulo en optar a un Emmy y suya fue también la condena de empezar su carrera ahí. Porque durante mucho tiempo su presentimiento fue acertado: no iba a gozar de una libertad ni remotamente similar a aquella.

Ahora, Las chicas Gilmore es un tótem de la cultura pop, una producción de culto con un corpus mítico colosal y una secuela en Netflix. Pero en el año 2000, cuando los directores de casting y productores acudieron al despacho de terciopelo fucsia de Amy Sherman-Palladino, era una chifladura casi irrealizable. Como se relata en Dueñas del Show (Alpha Decay) la guionista les recibió con minifalda, botas militares, una camiseta que rezaba “Anoche me follé a tu novio” y poquísimas ganas de ceder. No iba a ralentizar los endiablados diálogos, aceptar más guionistas, introducir planos cortos o anegarlo todo de lágrimas y abrazos. Su serie sería como poner una película de Hepburn y Tracy a cámara rápida o no sería. Y cada día de rodaje estuvo al borde de no ser.

Toda la tripulación de la serie recuerda aquellos años como una experiencia extenuante. “¡No somos marionetas!”, bramaba con frecuencia el actor Edward Herrmann, el mítico abuelo Gilmore. Palladino no era tirana, pero sí implacablemente exhaustiva. “Recordad que soy vuestra jefa, no vuestra madre”, arengaba el personaje de Paris, parafraseando a su creadora, que aullaba “¡Corten!” si una palabra no era idéntica al guion. Prohibía improvisar y las escenas de diez páginas se rodaban en una sola toma, caminando, hablando y con complejísimos travellings. La actriz Lauren Graham considera que aquello, en realidad, se asemejaba más a un montaje teatral. Les entregaba los guiones (más de ochenta páginas, frente a los cincuenta de una producción media) la misma mañana de rodaje para evitar injerencias de la cadena, que amenazaba con despedirla los días impares.

Al final, agotada de reescribir, fue Palladino quién mandó a paseo al equipo de guionistas, dramaturgos condecorados –entre ellos Jenji Kohan, después creadora de Weeds y de Orange is the New Black– para acogotar a su marido. O se unía a ella o divorcio. Dan Palladino aprovechó una pausa en la producción de Padre de familia y se incorporó a Stars Hollow. Desde entonces forman tándem creativo en el que ella tiene todo bajo su bota. “Si eres una mujer y eres demasiado agresiva, te ven como una bruja. Lo mejor es hacerse cargo de todo. No conozco otra manera. A fin de cuentas, si no controlamos el montaje, ni elegimos la banda sonora, no veo cómo podemos decir que es nuestra serie”, asegura. Que no llegaran a un acuerdo para las dos últimas temporadas y acabaran saliendo de Las chicas Gilmore con un portazo no fue exactamente inesperado.

El primer año de emisión una noticia falsa atribuida a Associated Press publicó que, en realidad, Amy Sherman-Palladino no existía. Era un pseudónimo de un conjunto de guionistas encabezados por Aaron Sorkin, que ya triunfaba con El ala oeste de la Casa Blanca. En lo que media entre ser tomada por tapadera y erigirse, probablemente, como la showrunner más indistinguible (y no solo porque visualmente parece concebida por Tim Burton) cabe una carrera entera. Hoy, Amy Sherman-Palladino abochorna públicamente a Sorkin por tener la ocurrencia de ir en chándal a trabajar. “Eres el ganador de un Oscar, es inaceptable”, le dijo.

Ella, prima ballerina de su propia genialidad, no conoce otra forma de hacer que bailar perdiendo pie en el abismo, con el despido sobrevolándole el sombrero. Sabe que los directivos de todas las cadenas en las que ha trabajado se la juegan a piedra papel o tijera para elegir quién se encarga de telefonearla. Su proceso creativo consiste en un precario equilibrio entre los “te adoro” y “te detesto”, fundado sobre un principio valiente o imprudente: “Tenemos que estar dispuestos a que nos despidan. Hay que pelearlo, aunque sea para acabar diciendo ‘Señor Persona con dinero: te equivocas’”.

Parte de todo eso lo aprendió con las cancelaciones de sus producciones: Bungheads, The Return of Jezebel James, o Paradise. Pero también en el cuerpo a cuerpo con la industria, o los colegas. En 2012, la también showrunner Shonda Rimes le afeó que en Bungheads no hubiera un solo personaje negro con el que su hija pudiera identificarse. Palladino se encogió de hombros y respondió al conato de polémica con una indisimulada pereza: “No hago series con mensaje. No me importa una mierda de quién aprendas en tu vida.” Esa misma posición la manifestó en lo referido al papel de la comedia, que recientemente ha descrito como la única “narradora de la verdad”.

El estreno de la primera temporada de La maravillosa señora Maisel, centrada en la historia de una cómica de stand-up en los años cincuenta, coincidió con el estallido del MeToo y la dotó de una nueva relevancia. Una que Sherman-Palladino no quiso arrogarse: “Si se nos niega la capacidad de hacer historias que no puedan verse a través de la lente del Me Too, o somos incapaces de aceptar que sean apolíticas porque solo podemos pensar en el mensaje que contienen, no habrá comedia. La comedia se habrá acabado, estará muerta”. A pesar de su apariencia procaz y explosiva, Palladino es consciente de que su trayectoria es un respaldo sólido. Quizá por eso (por haber levantado una serie feminista cuando las series feministas no eran siquiera una cuestión) reflexiona con frecuencia sobre cómo, a lo largo de su carrera, han sido los hombres quienes la han apoyado. “He trabajado con muchas mujeres muy poderosas y no han hecho nada, ni una sola cosa, para promover a otras mujeres. La primera a la que derribaban siempre era una mujer”.

Se podría, legítimamente, colar de rondón que más de la tercera parte de las directores de Las chicas Gilmore fueron mujeres. Subrayar que los personajes femeninos de Stars Hollow lideraban el pueblo. Insistir en la riqueza y complejidad de sus personajes, recordar, como si fuera necesario, que los iconos de sus adolescentes eran Gloria Steinem y Christiane Amanpour. Apelar a los cameos o referencias de Madeleine Albright, Jane Jacobs o Sylvia Plath. Pero la propia Palladino interrumpiría la enumeración con un sonoro resoplido.

Tras esa apariencia extravagante de sombrerera loca, hay una cínica pesimista y anticuada. Alguien que escribe con Buffy Cazavampiros de fondo, que pare universos cálidos de color caramelo, pero que se opone a la idea de la bondad humana innata. “Las personas nacen malvadas y hay que doblegarlas con la bondad. No creo que sea al revés”, dice. Y eso se evidencia, aunque acostumbre a pasar desapercibido, en la génesis de sus series. Bajo las canciones, los bailes, las fantasías escapistas e hilarantes o el profundo sentimiento de hermandad, está la tragedia de la que se nutre la risa. “Desafortunadamente, la comedia, en esencia, es una herramienta que apunta hacia lo peor de la naturaleza humana, no lo mejor”, sostiene.

Lo mejor sería confiar en que se puede tener todo: hijos, casa, amor, una carrera, atractivo. Palladino solía ser de esas, hasta que, como Anne-Marie Slaughter, se rindió a lo ridículo de las expectativas. “Cada elección viene con consecuencias. Cada vez que consigues algo, entregas algo. Es absurdo que puedas tenerlo todo.” Y esa es la esencia, también, de Miriam Maisel. La maravillosa Señora Maisel no es la fábula de alguien que, por un trágico golpe de azar, descubre su verdadera pasión. Es la historia de alguien que debe asumir el coste de sus decisiones: “Ella ama lo que hace, pero nunca será más feliz que como lo era el día antes de que su esposo la dejara. Había algo muy fácil en su antigua vida, y la nueva nunca será tan fácil”, explica Palladino.

En Stars Hollow ya profetizaban que Hillary Clinton jamás llegaría a la presidencia. Quizás porque, como decía Bilbo Bolsón, Amy Sherman-Palladino siempre ha intentado que su cabeza nunca crezca más que su sombrero.