Agnès Varda y Jane Birkin: una historia de madres, videojuegos y amor | Letras Libres
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Agnès Varda y Jane Birkin: una historia de madres, videojuegos y amor

"Kung fu master!" cuenta con una sencillez extrema una compleja historia llena de sentimientos encontrados, que encierra además profundas reflexiones sobre el amor.

Historias de familia. Una joven celebra su quince cumpleaños en el patio de su casa con sus amigos, también adolescentes. Mientras, su madre, trata de dormir a su hija pequeña, que tiene fiebre. Es una niña con el pelo largo; la madre lo lleva corto. Alguien lleva un preservativo y uno de los chavales sube a llenarlo de agua para después tirarlo por la misma ventana por la que la madre pedía que bajaran la música un poco antes. Después del incidente del globo-condón, el chaval se marea y la madre le ayuda a vomitar. Luego, él la mira cantarle a la niña pequeña una canción de cuna.

Es el principio de Kung fu master! (1988), una película de Agnès Varda, con guion suyo que adaptaba una historia de Jane Birkin, que es quien interpreta a la madre. Las hijas son las hijas de Jane Birkin, una adolescente Charlotte Gainsbourg y Lou Doillon, que lleva el pelo ahora igual que en la película. Y el hijo de Varda, Mathieu Demy, interpreta al chaval que vomita después de lanzar un condón lleno de agua por la ventana. Esa escena es casi un resumen de lo que tiene la cinta, una historia de amor desigual donde el sexo, el juego y la inocencia están mezclados. La idea de esta película surgió durante el rodaje de otra, Jane B. para Agnès V., que es un intento de retrato de la actriz inglesa cuya carrera se ha desarrollado en Francia. Jane Birkin era ya un icono.

Karateka virtual. Una de las tramas de la película es la afición de Julien, el chaval, a un videojuego, Kung fu master, en el que el avatar tiene que vencer a una serie de enemigos, cada uno especialista en un arma, antes de lograr salvar a la chica atada en la silla en la última planta de la casa. El chaval pasa el rato frente a una máquina de arcade en un bar cerca de su instituto, al que va con Mary-Jane (Jane Birkin) después de que esta le golpee con el coche. Desde entonces, la mujer, acompañada de su hija pequeña, recorre bares hasta dar con unos grandes recreativos en los que tienen el videojuego que le gusta al amigo de su hija. Esta trama fue un añadido de Agnès Varda que sirve para contar el preámbulo de la historia de amor entre el preadolescente y la madre de una de sus compañeras.

Una mujer madura. La protagonista tiene dos hijas, cada una de un padre (Birkin tuvo tres: Katy Barry, Charlotte Gainsbourg y Lou Doillon) y pinta. Pasa mucho tiempo en casa, cocina y cuida de sus hijas. Tiene cuarenta años y cree que su hija mayor la considera una vieja. Supongo que la clave de todo está en esa mirada que le dedica Julien desde el umbral de la habitación al principio de la película, ahí es donde la mujer nota que la miran de nuevo. El adolescente y la mujer se encuentran en el vestíbulo de un hotel: a él le han quitado los brackets, luego se enciende un cigarro en el ascensor, donde se pelean y ella se va.

El sida, un enfrentamiento madre-hija y un viaje a Londres. La película está salpicada de referencias al sida: anuncios sobre el uso del preservativo, reportajes sobre en qué consiste la enfermedad… La película es de 1988; dos años después el cineasta Jacques Demy, marido de Varda, moría de sida. El amor entre la mujer y el adolescente sucede en una isla a la que los envía, acompañados de la hija pequeña, la madre de Mary-Jane, interpretada por la madre de Birkin, Judy Campbell, después de que la hija adolescente descubra a los amantes besándose en el jardín de sus abuelos, en Londres. En esa isla viven una especie de romance ideal, pescan y comparten dos sacos de dormir. Su amor aparece sugerido en algunas escenas: por ejemplo, cuando la niña pequeña está sola llorando y llamando a su madre en medio de la arena. La vuelta a París será la vuelta a la realidad: la imposibilidad de ese amor.

Karateka virtual (II). Al final, Julien consigue pasarse todas las pantallas y liberar a la chica. Intentará hacerle llegar esa información, con una carga simbólica para los amantes, a Mary-Jane. La crítica del New York Times decía de la película que era “tonta y autoindulgente” comparada con otras cintas de Varda. La película es cualquier cosa menos tonta: es sutil. La inocencia de los personajes no se debe confundir con estupidez. Y entre otros tiene el mérito de contar con una sencillez extrema una compleja historia llena de sentimientos encontrados, que encierra además profundas reflexiones sobre el amor.