Aciertos de "El caso Alcàsser" y un gran error | Letras Libres
artículo no publicado

Aciertos de "El caso Alcàsser" y un gran error

La hipermediatización de los crímenes apunta directamente a la vulnerabilidad de las mujeres como si tras cada esquina acechara un asesino.

“¿Han sido violadas y maltratadas las niñas?”, suelta Nieves Herrero, impertérrita, al teniente de alcalde del pueblo de Alcàsser. El hombre, cariacontecido, no responde directamente. Se escabulle, aunque sabe la respuesta. Al lado de Herrero se encuentran los padres, los hermanos, los primos de las niñas. Y, abajo, en la platea de esa Sociedad Musical, el centro cultural de la localidad que ha servido como escenario improvisado, todo el pueblo con rostros entre desolados y vengativos. “¿Han sido violadas y maltratadas las niñas?”, vuelve a repetir la periodista. El teniente de alcalde no sabe dónde meterse. Entonces Olga Viza, que también se halla en Alcàsser como reportera irrumpe y dice: “Hay dos detenidos”. El pueblo aplaude, grita. Los familiares lloran. Pausa para publicidad.

Esta es una de las escenas más dolorosas del documental El caso Alcàsser, dirigido por Elías León Siminiani y producido por Ramón Campos, que se acaba de estrenar en Netflix. Apenas unos minutos extraídos del programa De tú a tú, de Antena 3, emitido el 28 de enero de 1993, solo un día después de la aparición de los cadáveres de Toñi Gómez, Desirée Hernández y Miriam García, cuando aún estaban en la mesa de autopsias, y que dan buena cuenta de cómo aquel terrible suceso se convirtió en uno de los casos mediáticos más deleznables de la España democrática. El programa de Herrero culminó lo que durante meses había llevado a cabo Quién sabe dónde, de Paco Lobatón y emitido en Televisión Española, que siguió el dolor de las familias durante los 75 días que permanecieron desaparecidas las adolescentes, y donde tampoco hubo ningún reparo en entrar en sus habitaciones y entrevistar a los padres.

El documental estrenado 26 años después de la tragedia tiene algunos hallazgos, pero tampoco llega a ser redondo. En los dos primeros capítulos –consta en total de cinco– reconstruye la desaparición y muestra, con buen ojo, cómo las televisiones –pública y privada– cruzaron todas las rayas posibles para conseguir audiencia. Sin embargo, aunque se incide en la aparición de lo que se llamó “telebasura”, no se acaba de explicar por qué. Herrero no participa en el documental aunque en posteriores entrevistas ha admitido que en aquel momento el propio formato de la televisión hizo que se dejara llevar. Lobatón sí admite un mea culpa en la cinta. Pero no se aclara que en aquella época, los primeros noventa, acababan de llegar a España las privadas. Ya no existía una única cadena. Y todos quisieron su parte del pastel estrujando –y con muchos fajos de billetes de por medio– ese capítulo de la España negra que tan bien había funcionado en épocas anteriores, donde llegó a existir un periódico dedicado a los casos más truculentos. Era la España de los Juegos Olímpicos, de la Expo de Sevilla, pero también la de un paro creciente, la de un lumpenproletariado que existía en las periferias de las grandes ciudades, donde se habían asentado numerosas familias. La España del chándal de táctel. La España que quería, pero todavía no era moderna. Los programas de televisión ofrecieron con Alcàsser su mejor fotografía: el dolor de la España pobre. Pero El caso Alcàsser no apunta ahí.

Por donde, sin embargo, prosigue es por la deriva que siguieron las informaciones, particularmente en la televisión, de este suceso. Así, los siguientes capítulos se trazan a partir de las entrevistas que Pepe Navarro realizó a Fernando García –el padre de Miriam y erigido él mismo en portavoz de las familias– y el pseudocriminólogo y pseudoperiodista Juan Ignacio Blanco en el programa que se emitía en Telecinco Esta noche cruzamos el Mississippi. La intención de Siminiani es la de destacar cómo aquel programa dio pábulo a las estrafalarias falsedades que tanto García como Blanco soltaron en antena. Llegaron a acusar a políticos de formar parte de una extraña red de orgías y snuff movies, y afirmaron que el crimen no podía haber sido cometido ni por Antonio Anglés ni por Miguel Ricart, apoyados en gran parte por otro personaje un tanto turbio, el forense Luis Frontela, que realizó una segunda autopsia a petición de las familias. No obstante, también se les da espacio a García y Blanco en la época actual –sin saber a qué se dedican o qué fue de su vida–, que siguen defendiendo sus teorías peregrinas (al igual que Frontela). “A mi hija no la pudieron matar esos dos mindundis”, dice García. El mal siempre es más asimilable si no está a la vuelta de la esquina y son simplemente dos sádicos sexuales que van vestidos con chándal de táctel.

Pero aquellas teorías funcionaron. La audiencia subió como la espuma, pese a que el programa sumó varias querellas de personas a las que se incriminó en los asesinatos y vejaciones. Aquella era la España de finales de los noventa. La que era capaz de convertir la tragedia en una farsa y donde todo era un plató de televisión. Y ya no hacía falta hacer pornografía con las lágrimas. Hasta varios familiares de Anglés, que fueron llamados a declarar en el juicio a Ricart (otro espectáculo que alcanzó las formas de la televisión de entonces con forenses y testigos discutiendo entre sí), llegaron a pasar por aquel programa. La crónica negra se podía vestir con camisas de colores chillones: después de la foto de una autopsia llegaba la actuación de La Veneno. Un país que ya sí se había creído que estaba de lleno en la modernidad. España, como dijo Aznar, iba bien. Y aquel crimen –y sobre todo, sus víctimas– realmente qué importaba ya. Hubiera sido interesante que el documental se centrara en esta evolución de nuestra televisión.

Hasta ahí los años noventa. Después el documental da un salto en el tiempo hasta el año 2009 cuando tanto Fernando García como Juan Ignacio Blanco fueron juzgados y multados con varios cientos de miles de euros por haber estafado a varias familias con su Fundación Niñas de Alcàsser, que nunca fue legalizada. La Fundación se había montado después del juicio en el que fue condenado Ricart y su objetivo primigenio era ayudar a aquellos familiares que hubieran perdido a sus hijos en circunstancias similares. El dinero entró a espuertas, pero en su mayor parte fue a parar al bolsillo de García. Se echa en falta saber qué pasó con estas cantidades. Ni García ni Blanco dan explicaciones ni muestran arrepentimiento por haber hecho caja con el sufrimiento.

La parte final del documental revela la verdadera intención de sus creadores: señalar que tanto Miriam como Toñi y Desirée fueron víctimas de la violencia de género y de una sociedad en la que nada parece haber cambiado con casos Alcàsser habituales. Elías León Siminiani y Ramón Campos recogen casos mediáticos más recientes, como los asesinatos de Marta del Castillo, Diana Quer y Laura Luelmo, y apuntan a cómo en la mediatización de todos estos crímenes –y la psicosis generada– siempre estuvo presente la culpabilización de la víctima. Sin embargo, hay varios rasgos que parecen ignorarse.

En el contexto en el que fueron asesinadas las niñas de Alcàsser la conciencia social sobre la violencia de género aún era inexistente –las mujeres asesinadas por sus parejas apenas aparecían en los medios– pero si el caso supuso un impacto para la sociedad fue, en gran parte, porque fue horroroso, demencial y nada habitual. Los medios fomentaron la psicosis y el trauma.

La sobreexposición del dolor que ocurrió en 1993 no ha alcanzado el nivel de Alcàsser en casos más recientes, pese a desmanes cometidos una vez más en la televisión –en esta ocasión en los programas matinales–, lo que a veces hace preguntarse por su función periodística.

Lo que sí ha sucedido es que la hipermediatización de los crímenes de Quer o Luelmo ha apuntado directamente a la vulnerabilidad de las mujeres como si tras cada esquina acechara un posible asesino. Tras el crimen de Alcàsser, el miedo sacudió a la sociedad: las niñas dejaron de hacer autostop. Con Diana Quer y con Laura Luelmo ocurrió lo mismo, aunque mucho menos prolongado en el tiempo porque ahora ni la psicosis ni los escándalos se aguantan más de dos semanas en Twitter pero con una doble vuelta de tuerca. En la denuncia de lo que no se debe permitir -donde entran periódicos, redes sociales e Internet, pero tampoco se explica la lucha encarnizada por el click como en los noventa ocurrió con la audiencia televisiva- y del machismo estaba implícita la idea de que las mujeres se encuentran siempre en situación de peligro.

Alcàsser fue una tragedia terrible. Algo que jamás les debería haber pasado a tres niñas que como otras decenas iban aquel viernes a la discoteca. Quer y Luelmo jamás se deberían haber encontrado con su asesino. Pero no se toparon de bruces con el patriarcado –el marco en el que parece justificarse cualquier tesis– sino con unos indeseables. El documental, en su giro final, cae en lo que denuncia –Nieves Herrero, Paco Lobatón, Pepe Navarro– y nos devuelve a los años noventa. Y al miedo: “¿Fueron violadas y maltratadas las niñas?”.