Si los autos sin conductor son la respuesta, ¿cuál fue la pregunta? | Letras Libres
artículo no publicado

Si los autos sin conductor son la respuesta, ¿cuál fue la pregunta?

Uno de los varios problemas que enfrentan los autos sin conductor se presenta al especular qué haría la inteligencia artificial que controla el auto al enfrentarse a dilemas éticos

Los autos sin conductor son mostrados como la panacea del transporte: imagina que tu carro te lleva por sí solo de un lugar a otro de forma segura. Podrías usar ese tiempo para trabajar, dormir, leer, procastinar o cualquier cosa salvo poner toda tu atención en el camino. Hasta podría obedecer comandos de voz. Así como actualmente puedes pedir taxis mediante distintas aplicaciones, tal vez podrías llamar a tu carro mediante una aplicación con la seguridad de que vas a llegar a donde te dirijas sin importar tu nivel de agotamiento o distracción. Suena bien, ¿no? Y te va a sonar mejor si alguna vez te la jugaste y decidiste manejar con algunas copas encima. ¿Será que este tipo de automóviles en realidad representan el non plus ultra transporte o, por lo pronto, un riesgo cuyas dimensiones se desconocen?

Los vehículos automotores como tradicionalmente los conocemos, deben ser manejados por conductores humanos. Suena a obviedad, pero la Convención de Viena sobre circulación vial, publicada en 1968 establece que “todo vehículo en movimiento debe tener un conductor, [quien] deberá hallarse en estado físico y metal de conducir [y] poseer los conocimientos y habilidades necesarios para la conducción del vehículo”. Luego el mismo ordenamiento define al conductor como una persona. Traigo esto a colación para resaltar un par de puntos: 1) al ser manejados por una inteligencia artificial, la falta de conductor humano fue uno de los primeros obstáculos legales que enfrentó esta tecnología y que, por lo pronto, se ha cubierto pidiendo que exista una persona al volante, no manejándolo, sino al pendiente; 2) la exigencia de un conductor gira en torno al tema de seguridad: alguien suficientemente habilidoso debería conducir el vehículo. No obstante lo anterior, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, los automóviles están involucrados en 1.25 millones de muertes y son la mayor causa de muerte entre personas de 15 a 29 años en todo el mundo. En México cada año mueren 24,000 personas por la misma causa. Entre las mayores razones por las que ocurren dichos siniestros encontramos poca pericia por parte de los conductores, descuidos, cansancio; en suma, errores humanos. Comparativamente, las fallas mecánicas en los vehículos no le compiten a la cantidad de accidentes causados por errores humanos (94%). Visto desde esta perspectiva parece que encontramos el elemento de la ecuación que precisa ser eliminado para reducir la cantidad de accidentes y muertes: el conductor humano.

Es cierto que existen conductores humanos con gran pericia, gente que en su vida ha chocado ni atropellado a nadie, pero también es cierto que no es un número significativo. Entonces ¿qué tal si ese conductor humano, falible, somnoliento y distraído lo cambiamos por una inteligencia artificial que no va a cabecear y no piensa en otra cosa mientras conduce? Suena a una tecnología que tiene el potencial de revolucionar el mundo, tal como lo hicieron los vehículos automotores cuando vieron la luz a finales del siglo XIX. Además, un automóvil sin conductor tipo tendría otra bondad: decirle adiós al estrés de conducir. Y aunque manejar puede ser emocionante, ciertamente no lo es todo momento en lugares como la Ciudad de México, por ejemplo, donde la velocidad promedio de un automóvil durante las horas pico llega a ser hasta de 6 km/hr.

Hasta aquí suena a que los autos sin conductor son una maravilla. Y creo que desde el punto de vista técnico lo son, aunque se encuentren lejos de KITT, el auto increíble, que arrancaba suspiros tecnológicos en los años ochenta  y que, por cierto, era representado como una inteligencia artificial consciente. Para muestra, esta charla en la que se explica cómo es que los autos sin conductor ven al mundo a través de sus sensores y actúan en consecuencia.

Uno de los varios problemas que enfrenta esta tecnología se presenta al especular qué haría la inteligencia artificial que controla el auto al enfrentarse a dilemas éticos. Por ejemplo: el auto contiene una programación que determina en qué situaciones debe frenar. Esta programación le indica que en caso de que fallen los frenos debe chocar contra un muro o un árbol. ¿Qué pasaría si no hay pared ni árbol y seguir adelante implica matar a alguien considerando que matar es ilegal? Otro ejemplo es que un auto puede ser programado para disminuir su velocidad inmediatamente en caso de que se encuentre en riesgo de atropellar a cualquier persona. Sin embargo, las reglas a veces tienen que romperse, ¿cómo sabría el vehículo cuándo romperlas?, ¿en qué casos tendría permiso para herir o matar a alguien?, ¿tendría permiso de matar a su o sus tripulantes en lugar de atropellar a un grupo de niños? Más todavía: es casi imposible prever (y programar) la totalidad de las situaciones que se puedan presentar.

De lo anterior se deriva otra incógnita: ¿de quién sería la responsabilidad en caso de un accidente? Si ya dejamos claro que esta tecnología considera que el conductor es el elemento más riesgoso, en caso de que ocurra un accidente, ¿el fabricante sería responsable en todos los casos?, ¿qué pasaría si el auto es hackeado contra la voluntad del dueño y eso causa un siniestro? En el accidente que ocurrió entre un Tesla y un trailer el año pasado, la causa y la responsabilidad todavía no han sido oficialmente determinadas. Nuevamente, si el conductor humano es la falla, ¿cuál podría ser el resultado de la interacción entre autos con y sin conductor?

Última pregunta: ¿este tipo de autos resuelven problemas de transporte y ambientales o solo nos prometen mayor comodidad en medio del infame tráfico?

Por lo pronto solo nos queda imaginar si el futuro nos guarda caminos habitados por enjambres de autos libres de conductores y de accidentes o si esa es una utopía.