¿Por qué mueren las lenguas? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Por qué mueren las lenguas?

Hay dos tipos de lenguas muertas, aquellas que han dejado de usarse porque se transformaron en otra cosa y siguen vivas en sus lenguas descendientes y aquellas cuya muerte es una desgracia anunciada y de las que no queda nada.

Todos hemos oído hablar alguna vez de lenguas muertas. Son aquellas que no tienen ya hablantes nativos, que no usamos para comunicarnos con nuestros bebés, que nos retrotraen a otros tiempos y otras culturas; aquellas que, con suerte, se estudian como un homenaje a lo que otros fueron, para que nos amueblen la cabeza con formas distintas de entender el mundo, con nuevos recursos gramaticales, con usos estilísticos diferentes; aquellas que nos permiten, a veces, acceder a los secretos guardados en manuscritos antiguos; que nos recuerdan que nuestra vida, nuestra historia, no es sino una parte chiquitita de un collage multicultural y maravilloso.

Sin embargo, si queremos hablar de lenguas muertas o, mejor aún, si queremos contestar a la pregunta de por qué mueren las lenguas, tenemos que hacer una distinción. Porque hay algunas que han muerto, como si dijéramos, de muerte natural. Su desaparición es, nos guste más o nos guste menos, ley de vida, fruto del uso y del tiempo. Y luego hay otras, cada vez más, cuya muerte ha sido resultado de un vil asesinato; lenguas que se van sin dejar descendencia y cuya desaparición nos muestra una imagen poco agraciada de nosotros mismos.

A la muerte natural de las lenguas nunca la vemos venir. Es una muerte que sucede callandito, callandito, como si no fuera con ella. Los hablantes nativos la usan a su antojo y ella va cambiando con ellos. A veces estas lenguas se extienden geográficamente y los nuevos hablantes las transforman de un modo más notable, pero sin pensar en que las están matando. Al contrario, la muerte natural aquí se da por exceso de vida. Igual que a otros se les acaba el amor de tanto usarlo, algunas lenguas se mueren por su propia vitalidad. Tanto es así, que somos muchos a los que nos escuece llamarlas lenguas muertas. Pensemos en el latín, por ejemplo. ¿De verdad os parece que está muerta? Puede ser, sí, pero su muerte ha culminado en reencarnación, se ha transformado en decenas de maravillosas descendientes que de algún modo conservan su espíritu y su cultura. Y nosotros, los hablantes nativos de estas nuevas variantes, nos reconocemos como parientes, como parte indisoluble de la misma familia.

Todo lo contrario podemos decir cuando las lenguas mueren asesinadas. Su muerte es una desgracia anunciada que culmina con la muerte natural del último hablante y aparece en las noticias y en los periódicos. Podemos cavar una fosa, poner una lápida y grabar la fecha de defunción. Tras ella no queda nada, salvo (con suerte) el recuerdo de los que aún la quieren. ¿Qué nos ha llevado aquí? ¿Por qué se mueren las lenguas que son asesinadas? Pues mueren por prejuicios, desconocimiento e incultura; porque los hablantes piensan que su lengua es peor que otras, porque están cansados de sentir vergüenza por hablarla, de tener que justificar su uso, de sentir el recelo ajeno por quererla. Y toman la decisión de no permitir que todo eso que han sufrido ellos les pase a sus hijos. A ellos no. Los hijos deben vivir una vida mejor, más moderna, más rica. Y miran a su bebé durmiendo en la cuna y se prometen que la lengua materna de sus hijos será la dominante. Y lo cumplen.

Hay muchas razones por las que la muerte de una lengua por asesinato es una desgracia (algunas de ellas económicas, por cierto), pero además, tenemos que decirlo, es una vergüenza. Porque es el resultado del acoso de unos hablantes que se sienten superiores sobre otros. Las lenguas en peligro de extinción son una triste imagen de cómo nos tratamos los humanos unos a otros. Ojalá un día nos respetemos lo suficiente para que todas las lenguas mueran siempre de muerte natural.