Morir y ser la joya de la familia | Letras Libres
artículo no publicado

Morir y ser la joya de la familia

Tras la cremación quedamos reducidos a 2,5 kg de cenizas, bastan quinientos gramos para hacer un diamante. Cenizas somos y, aparentemente, en diamantes podemos convertirnos.

El mes pasado se inauguró “The Proposal” la obra comisionada a Jill Magid por el Art Institute de San Francisco que tiene como eje 525 gramos de las cenizas de Luis Barragán convertidas en un diamante. Acá pueden leerse los motivos, las intenciones y el simbolismo implícito de convertir a Barragán en un diamante de 2.02 carats.

En los detalles más técnicos de “The Proposal”, hay que decir que los restos cremados de Barragán volaron a Suiza para que el laboratorio Algordanza los convirtiera en una piedra preciosa.  Algordanza es una empresa que desde 2004 convierte las cenizas humanas en diamantes. En diversas entrevistas Rinaldo Willy, su fundador, ha contado que la idea la tuvo cuando siendo estudiante de economía leyó un artículo sobre la producción de diamantes sintéticos para la industria de semiconductores. El artículo explicaba cómo esos diamantes se podían crear a partir de cenizas y él pensó que se refería a cenizas humanas. Ese malentendido terminó siendo una idea retadora que concretó en el proyecto de Algordanza.

Arturo Lozano, CEO de Algordanza en México, EUA y Canadá, me explica al teléfono que el proceso consiste en separar de las cenizas resultantes de la cremación los minerales y óxidos para extraer el carbono existente, extraído este mineral hasta con el 96% de pureza pasa a la fase de grafitización en la que por compresión se combina su estructura molecular y se obtienen los átomos de carbono. Después sigue la etapa de cultivo que también podría bautizarse con esa frase atribuida a Thomas Carlyle: no pressure, no diamonds, en donde con tecnología HTHP (High Temperature High Pressure) se crea el ambiente adecuado para el crecimiento del diamante. Su tamaño dependerá de la petición hecha por el cliente (y puede comenzar en los .30 carats) y su color, que nunca es intervenido, depende de factores diversos que van desde la cantidad de boro en el cuerpo, la existencia de prótesis o haber sido sometido a quimioterapia. Terminar siendo un diamante de .30 carats, sin corte ni pulido, rondará los 75,000 pesos.  

México fue el país con el que Algordanza incursionó en el mercado latinoamericano y esto no fue por casualidad, dos factores incidieron en la decisión: nuestra extraña admiración/veneración por la muerte y los muertos y un creciente mercado de lujo, aunque –precisa Lozano– el proceso de convertir las cenizas en diamantes es comparable con el costo de un funeral.

Un dato interesante es que en México, de manera sostenida, crecen los planes a futuro, esto es, no son los deudos quienes deciden convertir en diamante a la persona que ha muerto, sino que es esa persona la que ha dejado estipulado (y pagado) que quiere convertirse en un diamante. Morir puede convertirse en un acto aspiracional.

Tras la cremación quedamos reducidos a 2,5 kg de cenizas, bastan quinientos gramos para hacer un diamante. Cenizas somos y, aparentemente, en diamantes podemos convertirnos.