La historia de la violencia, más allá de Pinker | Letras Libres
artículo no publicado

La historia de la violencia, más allá de Pinker

Los orígenes de la violencia entre los humanos están en el acceso asimétrico a los recursos, especialmente la sexualidad y la reproducción.

Los ángeles que llevamos dentro de Steven Pinker representa una piedra angular de todo análisis reciente sobre la violencia humana. Y si has leído ese libro, o partes de él, probablemente cambió tu percepción de la historia de la humanidad. Personalmente, me quedé admirado por la titánica cantidad de investigación y por la erudición de las referencias del autor. Pinker encaja muchas piezas para alcanzar una conclusión sorprendente: los niveles de violencia a lo largo de la historia disminuyen de manera constante. Aunque contraintutiva, esta es una conclusión bien corroborada. Sufrimos menos violencia y morimos menos a causa de ella ahora que hace cien o mil años...

La idea de unos metafóricos “ángeles” que guían a la humanidad hacia la Paz Eterna es profundamente atractiva y, bueno… bíblica. Uno casi puede imaginarse las ardientes siluetas aladas que bajan del Cielo para traer Ilustración y Paz. En la visión de Pinker se llaman Empatía, Autocontrol, Sentido Moral y Razón. Supuestamente dan origen a un conjunto de procesos y tendencias sociohistóricas macroscópicas como el proceso de Pacificación, el proceso Civilizatorio, la Revolución humanitaria, la Revolución de los derechos, etc…

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europa menos violenta

Por tanto, me sentía un poco herético cuando terminé el libro con una sensación escéptica. La impresión de que este conjunto de explicaciones es una forma fascinante de reorganizar elementos sociales, culturales, históricos e intelectuales, poniéndolos en una secuencia lógica. Pero, personalmente, no creo que el comportamiento humano instintivo (ni la violencia, uno de los ejemplos más destacables de esos patrones automáticos de acción) esté sometido a ese tipo de influencia. ¿Podría ser que las tendencias que describe Pinker sean solo meras consecuencias? ¿Que bajo esos fenómenos hubiera algo más crucial para nosotros, algo más estratégicamente relevante para la humanidad como entidad biológica? ¿Algo que puede hacer que prendamos el fuego de la violencia, pero también que toquemos la sinfonía de la paz? ¿Podría toda la cadena causal empezar mucho antes, en la profunda oscuridad de la psicología evolucionista, el lugar donde la nobleza y la indecencia comparten raíces genéticas, neurológicas y endocrinas?

Chimpacés y bonobos. Las dos almas de nuestra naturaleza

Probablemente los lectores conozcan la historia de los dos parientes más cercanos a nuestra especie. Como el icónico doctor Jekyll y mister Hyde, son casi idénticos en su genoma, pero muy distintos en su comportamiento. Mientras que los chimpancés son una especie violenta, política, patriarcal y jerárquica, los bonobos parecen ser lo contrario. Instalados en la abundancia de la selva tropical congolesa, protegidos de sus primos violentos por el río Congo, viven en una comunidad de “paz y amor”. Extremadamente pacíficos, levemente matriarcales y famosamente hipersexuales en sus costumbres sociales, los bonobos representan un ejemplo bastante sorprendente de especie de primates sexualmente dimórficos y no violentos. ¿Qué es tan sorprendente en el terreno de los bonobos? 

La violencia es uno de los rasgos más típicos de los primates antropomorfos. Machos. Y toda ella gira en torno a la competición con otros machos. Por el rango. Y en último término el rango significa “acceso a los recursos”: comida y sexualidad. La altura, los músculos y los dientes de los machos se emplean normalmente contra sus competidores. Armas para encuentros agonistas. En esas especies, la violencia tiene que ver con escalar en la jerarquía, no con la predación.

Los machos alfas pasan el tiempo luchando con sus competidores, protegiendo su posición social y evitando contactos sexuales entre hembras y otros machos. Los bonobos son la excepción: dimorfos como los chimpancés (y los humanos), pero pacíficos y de una extrema promiscuidad sexual.

A causa de su diferencia mínima con nuestra especie, los chimpancés y los bonobos representan modelos muy útiles para entender a los humanos. ¿Estamos programados para un comportamiento genocida, patriarcal y obsesionado por la jerarquía, como los chimpancés? ¿O para el mundo igualitario, pacífico, matriarcal y promiscuo de los bonobos? La opción que prevalezca en nuestro sistema social y cultural y en nuestra conducta individual no es una cuestión que obedezca a una elección consciente. Creo que es una consecuencia directa del ajuste epigenético de nuestros sistemas instintivos de comportamiento, que derivan de las circunstancias ecológicas a las que estamos expuestos, especialmente como bebés y niños. ¿Qué circunstancias ecológicas?

Primera circunstancia: la disponibilidad de la comida y otros aspectos vinculados con la riqueza. La competición es menos feroz si el recurso por el que se compite es abundante. Las sociedades ricas son menos violentas. Los bonobos viven en una abundancia relativa de comida y agua. Los chimpancés tienen hábitats mucho menos favorables.

Segunda circunstancia: la igualdad en la distribución de la riqueza. Las sociedades económicamente desiguales son mucho más violentas, con tasas de crimen más elevadas, incluyendo tasas de homicidio, de abuso de armas de fuego, etc. Los chimpancés acceden la comida en sus lugares de aprovisionamiento según su rango. Los bonobos normalmente comparten su comida.

Tercera circunstancia: posibilidad de acceso libre a la sexualidad, o, en otras palabras, normas culturales que regulen la promiscuidad de las mujeres. Las sociedades sexualmente restrictivas (normalmente conservadoras y patriarcales) originan niveles más elevados de violencia. Para ilustrar este principio podemos comparar el Oriente Próximo, sexualmente restrictivo, con los licenciosos sistemas culturales escandinavos. La diferencia en los niveles de violencia social es asombrosa. Espera, pero ¿qué me dices de la subcultura amish? Viven en circunstancias extremadamente restrictivas en términos sexuales, pero son un ejemplo notable de sociedad no violenta. Conviene recordar la segunda circunstancia: cultivan un sistema colectivista e igualitario, donde las diferencias económicas y sociales son mínimas. Este es uno de los rasgos más destacados de comunidades como los amish y similares, y hace de ellas las excepción que confirma la regla.

Básicamente sugiero la presencia de dos arcángeles, dos factores causales que capacitan, y que regulan la violencia tanto a un nivel social e individual: la comida y la sexualidad, que corresponden a la comida y a la procreación entre las especies no humanas. Vamos a examinar esto en detalle.

La riqueza, el coeficiente de Gini y la violencia: el sueño americano y la realidad escandinava.

Hay una lista muy larga de distintos efectos adversos vinculados a una desigualdad elevada. Como explicaban Pickett y Wilkinson en The Spirit Level, parece haber una influencia negativa general a nivel social (tasas de crímenes y crecimiento económico, etc.) e individual (salud, longevidad). ¡Incluso las guerras mundiales parecen fomentadas por un elevado coeficiente de Gini, como observaban recientemente Hauner, Milanovic y Naidu! La pobreza y la desigualdad son fuertes predictores del crimen violento. Los países ricos son pacíficos y los países igualitarios también.

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La Curva Gran Gatsby muestra el efecto de la desigualdad social a la hora de evitar la emancipación del estatus socioeconómico de la familia de origen -la probabilidad de que el sueño americano se produzca es más alta en Dinamarca que en EEUU.

El gráfico del Gran Gatsby explica que a la probabilidad de vivir tu vida adulta en un estrato social por encima que aquel en el que estaban tus padres está directamente unido a los niveles de desigualdad. Cuanto menos desigualdad, más elevada es la movilidad social. El sueño americano se ha trasladado a la Península escandinava, a Dinamarca e Islandia. Además, la desigualdad está relacionada de forma específica con más violencia, no con todos los tipos de actos criminales. Esto es contrario a las expectativas de los economistas. Pero ¡es exactamente lo que un etólogo, biólogo o psicólogo evolutivo esperaría!

De hecho, la desigualdad no está relacionada con un aumento en los crímenes que afectan a la propiedad, sino con los crímenes violentos, lo que refuerza la “hipótesis biológica”, que ve la violencia como resultado de una competición innata e instintiva en forma de campeonato.

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La sorprendente relación entre desigualdad y tipos de actos criminales en Estados Unidos (fuente Hicks & Hicks 2014).

Steven Pinker es escéptico ante la idea de que los genes están en el origen del descenso global de la violencia. Es probable que esto sea cierto, con una observación: los mismos genes pueden expresarse de formas diferentes, dando origen en último término a sociedades humanas más parecidas a las de los chimpancés o de los bonobos.

¿La promiscuidad sexual como Arcángel de la Paz?

Controlar la sexualidad femenina, limitar las elecciones sexuales de las mujeres y a veces eliminar prácticamente la presencia femenina física de contextos sociales probablemente socave el efecto de comportamiento agonista en sociedades masculinas, lo que produciría una actitud más conservadora hacia el establishment del momento e intentos menos decididos de derrocar a los “alfas”. Controlar a las mujeres puede ser tanto la estrategia para asegurar la paternidad como una táctica de “ingeniería social” para reducir las tensiones eliminando los estímulos.

Así, en sociedades jerárquicas y patriarcales, los hombres de estratos sociales más bajos solo tienen una manera de mejorar su acceso a la sexualidad: la violencia y la lucha. Además de la lucha física, también hay un “agonismo” como en la sociedad de los chimpancés: la fuerza y el estatus se derivan de la “banda” o el grupo de machos de apoyo. La versión chimpancé del apoyo electoral.

En último término, los machos alfa son “guardianes” del reino de la sexualidad femenina, y buscan activamente comportamientos para conservar a la pareja. Así, derrotar a los alfas en un violento encuentro agonista (o matarlos) es la única forma de acceder a la reproducción, para “clases” subordinadas de machos. 

Según ese razonamiento, la promiscuidad femenina puede reducir de forma considerable la necesidad de encuentros violentos. He realizado un análisis estadístico preliminar de la relación entre el SOI (medida de apertura sexual e inclinación a la promiscuidad) y violencia (tasa de crimen). Revelaba una correlación negativa clara y estadísticamente relevante de media de SOI para las mujeres de 48 países (según datos de  David Schmitt) con las tasas de crimen en esos países. Aunque se requieren análisis más profundos, parece un apoyo adicional a la idea de que los orígenes de la violencia entre los humanos están en el acceso asimétrico a los recursos. Recursos más allá de la mera riqueza/comida. Recursos que incluyen el acceso a la sexualidad y la reproducción. Cuanto más democrático e igualitario es ese acceso, menos necesaria es la violencia.

Entonces, ¿por qué bajan las tasas de violencia? Revisando a Pinker.

En este momento resulta muy seductora la idea de que la evolución ha equipado a los humanos con mecanismos regulatorios, que actúan a nivel social e individual, mecanismos que son capaces de ajustar nuestras expresiones de agresividad. Y que esos mecanismos tiendan a mantener el nivel mínimo de violencia requerido para garantizar el acceso a la comida (riqueza) y procreación (sexualidad).

Hay una interacción entre aspectos ecológicos (culturales, económicos, sociales en general) y nuestra biología, que dan origen a ajustes epigenéticos. Cuanto más escasa es la riqueza (o más desigualmente distribuida está), más violencia necesitará el individuo para garantizar la supervivencia y posición en el sistema de escalafón. A su vez, ese posicionamiento social está a menudo relacionado con el “emparejamiento preferencial”: los ricos y poderosos se perciben como parejas más atractivas. Junto a las actitudes conservadoras hacia la sexualidad (hacia la promiscuidad femenina y la libertad sexual en particular) en la mayoría de sistemas culturales y religiosos dominantes.

Ahí podemos delinear otro tipo de desigualdad: acceso desigual a la sexualidad y la procreación. La Riqueza y el Sexo como dos Arcángeles (o Archidemonios) capaces de preparar el escenario para que se produjeran los procesos de pacificación de Pinker. Acechan desde hace eones sobre nuestra historia biológica e influyen en nuestros destinos como individuos y especie, determinando acontecimientos sociales macroscópicos: guerras, crecimiento económico, revoluciones culturales, movimientos tectónicos de elementos políticos e ideológicos, etc.

¡La riqueza (PIB per cápita) asciende constantemente en la historia de la humanidad, junto a nuestro desarrollo de la capacidad de producción, impulsado por la tecnología! La desigualdad es una montaña rusa en términos de décadas, pero cuando la comparamos en escalas de siglos y milenios, es claro que decrece.

Desde el áspero orden de sistemas esclavistas a los relativamente igualitarios tiempos modernos. Aunque todavía se puede debatir la naturaleza del capitalismo liberal moderno, no se puede comparar fácilmente con antiguos órdenes sociales. Todavía merece su lugar entre los sistemas socioeconómicos más igualitarios que ha habido en toda la historia.La libertad sexual y la promiscuidad, por otro lado, estaban en la cúspide de la aceptación social en los años sesenta y setenta. Desde entonces, la tolerancia de la sexualidad probablemente ha disminuido de manera significativa. Aunque pueda parecer contraintuitivo, una brusca disminución de la libertad parece haber ocurrido en décadas recientes, desde que se produjo el rápido declive del “movimiento hippy”, la ideología de “paz y amor” y la extinción de los “niños flor”. Desde entonces, Oriente y Occidente han afrontado un visible regreso de actitudes conservadoras y religiosas. Sin embargo, podemos observar una situación radicalmente diferente en la que se examina un marco temporal más amplio: una importante relajación general en torno a expresiones sobre la sexualidad. Hoy, las mujeres disfrutan de más libertad en sus manifestaciones de la sexualidad, si las comparamos con las de (¡casi!) todas las épocas anteriores. Con la notable excepción del periodo de la Revolución sexual, las reglas sociales contemporáneas están entre las más permisivas de la historia.

Pero, atención, ¡la tendencia se invierte!

Y sí, una nota que merece la pena añadir. ¿Te has fijado en esos pequeños bultos al final de los gráficos que muestran la disminución de la violencia vinculada al crimen? Pero ¿y si volvemos a limitar el foco a las décadas recientes? La situación parece radicalmente distinta, con tendencias inversas y un crecimiento significativo en las medidas generales de violencia. Los gráficos más recientes podrían ocultar conclusiones todavía más sorprendentes.

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Una lúgubre perspectiva delineada por tendencias recientes en las medidas de la violencia. Las explicaciones de Pinker podrían no ser adecuadas para dar una idea adecuada de las tendencias recientes.

Un brusco “giro” en las opiniones ideológicas globales, economías cada vez más desiguales, un declive de la clase media y el crecimiento constante del coeficiente de Gini interno en algunos de los países más poderosos y poblados del mundo, junto a un regreso de visiones religiosas y conservadoras de la moral son rasgos prominentes de los últimos cinco o seis decenios. ¿Por qué de pronto la optimista visión brillante de Pinker parece vacilar. Creo que autores como Piketty y Milanovic podrían ser más útiles para ayudar a entender estas tendencias recientes. Pero eso requeriría otro artículo.

Publicado originalmente en el blog de Radoje Cerović.

Traducción de Daniel Gascón.