Hablamos y escribimos para comunicarnos... ¿o no? | Letras Libres
artículo no publicado

Hablamos y escribimos para comunicarnos... ¿o no?

Para disfrutar de una democracia moderna es indispensable conseguir que la población general comprenda las leyes y normas que redacta el Estado.

El mantra de que las lenguas son herramientas de comunicación choca con la experiencia de que, en muchas ocasiones, los mensajes que recibimos no son demasiado comprensibles. Y es que para muchos hablantes la lengua es más una herramienta de imagen social (buscan parecer más cultos, más modernos, mejores) que una forma de intercambiar información. Echad un vistazo alrededor y habladme desde el corazón. ¿Entendemos todo lo que oímos y leemos? Pues, creedme, la culpa normalmente no es nuestra.

Comencemos, simplemente, por las palabras que utilizan. En vez de usar palabras comprensibles por todos, dicen lo mismo pero con préstamos (fundamentalmente del inglés) que no todo el mundo entiende. Da igual que estés pidiendo comida (¿un take away de una veggie burger?), en el trabajo (después del brainstorming nos tomaremos un break), en las redes (siempre es preferible pasar la tarde con tu crush que con unos cuantos haters) o de compras (buscando nuestro mejor outfit en una tarde de shopping). No me malinterpretéis: soy consciente de que algunas veces el préstamo es necesario porque añade un matiz que la palabra patrimonial no tenía. Pero tampoco nos engañemos: en la mayor parte de las ocasiones, la única diferencia es que la palabra en inglés nos parece más cool. Lamentablemente, esta invasión de anglicismos dificulta y complica la comunicación para los no bilingües. No en vano son palabras desconocidas y cuya fonología no sigue las reglas habituales de nuestra lengua materna.

Sin salir del ámbito léxico, otro ejemplo similar es la creación de derivados neológicos innecesarios. Efectivizar por efectuar, marginalizar por marginar, sanitizar por sanear. Inevitablemente, las nuevas palabras son más complejas y más largas que las que les sirven de base, lo que implicará, claro está, un mayor coste de procesamiento. Además, el hablante poco ducho en estas derivaciones morfológicas creerá, erróneamente, que las nuevas palabras implican un nuevo significado y le quedará siempre la duda, por tanto, de si está entendiendo o no completamente el mensaje.

Este léxico confuso se vincula con una sintaxis oscura, en la que abundan las oraciones subordinadas y una combinación de complementos desordenados, de tal modo que es imposible seguir el hilo del razonamiento. Lamentablemente, el lenguaje de la administración y la burocracia está lleno de ejemplos de este tipo. Y a uno siempre le queda la duda de si es falta de cuidado o si la oscuridad está buscada a propósito. ¿Cuántas subvenciones hemos dejado de solicitar por no enfrentarnos al lenguaje imposible de boletines oficiales varios? En otras ocasiones, los mensajes ininteligibles son fruto de la dejadez: manuales de instrucciones con traducciones incomprensibles y textos editados sin cuidado, llenos de erratas o de problemas de concordancia.

Pero escribir de forma ineficaz tiene sus consecuencias. Cuando los hablantes encontramos textos llenos de neologismos innecesarios, mal cuidados, con sintaxis oscura y traducciones imposibles, la reacción es siempre la misma: huir de ahí. Gobiernos como el de Suecia, Reino Unido o Francia llevan ya décadas redactando leyes inteligibles. También en España se han hecho intentos en este sentido, pero la sensación de que los mensajes de la administración no se entienden creo que continúa. El asunto no es baladí. Para disfrutar de una democracia moderna es indispensable conseguir que la población general comprenda las leyes y normas que redacta el Estado.

Decíamos antes que a veces la oscuridad de expresión se elige por tener una mejor imagen social. Sin embargo, las cuentas no salen. Las empresas de distintas partes del mundo están empezando a darse cuenta de que usar una comunicación clara con los clientes funciona mejor porque conlleva mayores dosis de confianza. No solo es más ético, también provoca mayores beneficios: hipotecas que se entienden, instrucciones claras de montaje de muebles, médicos que saben comunicarse. Hablar y escribir de forma clara es una competencia que cada vez se aprecia más. Prueba de ello son las iniciativas que hay para fomentarla. Este mes de abril, por ejemplo, muchos volveremos a vernos en los Encuentros en lenguaje claro, una iniciativa dirigida por Isabel Espuelas y en la que intervienen abogados, periodistas, psicólogos, traductores y directores de comunicación de empresas y bancos. Todos los sectores están implicados en este intento de que, detrás de cada texto, haya personas queriendo comunicarse eficazmente con personas. Nada más que eso. Y nada menos.