¿Y si ardiera el Museo del Prado? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Y si ardiera el Museo del Prado?

En 1891, el periodista aragonés Mariano de Cavia escribió en el periódico El Liberal sobre un incendio en el Museo de El Prado.

Hace una semana, Notre Dame, la catedral gótica de París cuya construcción se inició en el siglo XII y culminó en el XIV, ardía por sus cuatro costados. La estructura de piedra se mantuvo en pie, pero los turistas que se acercaron a ver el espectáculo del fuego, y los miles de espectadores que encendieron sus televisores, y todos los usuarios de las redes sociales, pudieron ver cómo caía el pináculo y la cúpula que habían sido construidas en el siglo XIX. Fueron muchos los que pasaron la noche en vela entonando cantos religiosos. Muchos otros se lamentaron en Twitter o Facebook: que ninguna desgracia se quede sin su tuit. El presidente Emmanuel Macron y la alcaldesa de la capital, Anne Hidalgo, mostraron sus condolencias y su determinación para la reconstrucción. Las grandes empresas comenzaron a donar dinero como si saliera maná de sus cuentas. Y el periódico Libération tituló: “Notre drame”. Nuestro drama. El gran drama francés. Europeo. Occidental. 

Les dolía. Casi como un atentado con víctimas mortales.

Pocas horas después también hay quien se preguntó por aquí si un accidente así en un monumento histórico podría doler tanto en España, un país donde nos queda muy lejos el chovinismo francés. Donde aquellos centralizaron, nosotros dispersamos. Donde seguimos debatiendo por nuestras riquezas plurales.

Pese a los descreídos, hubo varias respuestas: la Alhambra de Granada, la catedral de Santiago de Compostela… Y una de un edificio más reciente, que solo tiene 200 años: el museo del Prado. Inaugurado en 1819 gracias a Isabel de Braganza, la esposa de Fernando VII -que no estaba muy por la labor de este proyecto, como de tantos otros que fueran positivos para España- la pinacoteca aloja lo más importante de la obra de Velázquez, de Goya; algunos de los mejores cuadros de Rubens, del Greco, de José de Ribera, de Tiziano, de Veronese, de Tintoretto… ¿Y si ardiera el Prado?

Muchas décadas antes de la existencia de Twitter el periodista aragonés Mariano de Cavia escribió un artículo distópico en el que esta posibilidad se tornaba realidad. Fue en 1891 en el periódico El Liberal, que era un diario de orientación liberal republicana y que en aquel entonces era bastante leído entre la clase trabajadora (de hecho, desapareció tras la victoria franquista).

Cavia comenzaba así:

A las dos de la madrugada, cuando ya no nos faltaban para cerrar la presente edición más que las noticias de última hora que suelen recogerse en las oficinas del Gobierno civil, nos telefoneaban desde este centro oficial con las siguientes palabras siniestras y aterradoras: El Museo del Prado está ardiendo. ¡Ardiendo el Museo del Prado!

El artículo continuaba con detalles sobre el incendio y cómo la gente se llevaba las manos a la cabeza ante la desdicha:

En las Cuatro Calles era ya imponente la masa que se dirigía Carrera abajo… De los cafés, de los círculos, del Casino, del Veloz, de la Peña, salían en revuelto tropel los trasnochadores, y el vocerío era tal, que apenas había ventana ni balcón donde no se asomaran los pacíficos vecinos, turbado el sueño por el estruendo de la calle.

-¡Qué desdicha! ¡Qué catástrofe! ¡Pobre España!… ¡Perdemos lo único que aquí tenemos presentable!…

Cuando el artículo fue publicado no fueron pocos los que se acercaron hasta el museo, incluyendo a Aureliano Linares Rivas, que era el ministro de Fomento. Imagino que con un nudo en la garganta. Evidentemente, el museo se mantenía intacto, sin ningún zarpazo del fuego ni de ninguna humareda. Ahí seguían los Velázquez, los Goya, la pintura renacentista italiana… Cavia se había reído de todos, pero a la vez había dado un toque de atención: la dejación del Gobierno para con el patrimonio había hecho que en los últimos tiempos hubiera habido incendios en el Alcázar de Segovia, la Armería Real y el Monasterio de Escorial. También se había derrumbado parte del transepto de la catedral de Sevilla. Desde Fomento no lo pensaron más y se acometieron medidas como limpiar los almacenes y que se utilizasen linternas en lugar de velas (sí, aún las velas pasaban cerca de los lienzos). Fue un triunfo de Cavia -con una distopía creada mucho antes de La guerra de los mundos, de Orson Welles- y del periodismo.

Todavía tuvieron que pasar algunas décadas hasta que por fin hubo una ley que protegiera nuestro patrimonio histórico. Fue aprobada en 1933, en tiempos de la República -aunque en 1937, algunos de los cuadros más importantes tuvieron que ser evacuados ante los bombardeos- y no hubo una gran reforma hasta 1985, ya en democracia. La última reforma acaba de ser aprobada este mes de marzo -mediante decreto- e incluye el patrimonio industrial (las fábricas que quedan abandonadas y son consideradas bienes patrimoniales históricos).

Y hoy, más de un siglo después, el Museo del Prado cuenta con sistemas de detección de incendios y equipos de extinción portátiles y automáticos. También hay disponibles unas tuberías que propagarían Gas FE-13, y un sistema de evacuación de obras en función de su importancia. Como indican desde el propio museo, “una medida importante es la sectorización de las zonas que eviten la propagación en caso que producirse un incendio”. También se realizan periódicamente campañas de revisión y limpieza de espacios a fin de evitar cargas de fuego incontroladas. Hay una vigilancia de cada rincón las 24 horas con rondas del personal de día y de noche. En definitiva, como han señalado desde hace tiempo los encargados de su protección, sería difícil que la pinacoteca saliera ardiendo o se perdiesen algunas de las obras universales más importantes.

Pero ¿y si ocurriera? ¿Y si mañana en la explanada del Prado no hubiera más que una enorme ruina? ¿Y si Velázquez desapareciera para siempre? Los tuits no valdrían de nada. Las donaciones tampoco. Y las lágrimas no harían ningún efecto. Y las habría. También tendríamos nuestro drama (aunque muchas veces, entre tanto latigazo, no nos demos cuenta).