David Toscana | Letras Libres
artículo no publicado
  • Las grandes novelas no son las que abonan nuestros arraigados puntos de vista, no las que denuncian lo que ya sabemos que está mal, sino las que nos retuercen las ideas y nos hablan de lo que no es correcto hablar.
  • El procedimiento que hoy mejor se acostumbra para mutilar las obras de inteligencia y convertirlas en lamidas e inanes bazofias para el “gran público” es trocarlas por una versión fílmica.
  • La nave de los necios es lo que hoy llamaríamos un libro de autoayuda, pero a finales del siglo XVI la autoayuda significaba otra cosa que engañarse con ideas de grandeza o amarse a pesar de múltiples defectos. Ayudarse a sí mismo era perseguir la sabiduría.
  • La brevedad es relativa y resulta difícil marcarle una extensión. Algunas novelas son largas y parecen cortas. Las hay con pocas páginas, pero que se sienten eternas.
  • Así como la historia va donando sabiduría a quien la lee, también exige sabiduría para leerse e interpretarse.
  • El mundo ha conocido muchos métodos de ejecución. Es fortuna para el cristianismo que el preferido de los romanos para esclavos e insurrectos fuese la crucifixión, no la hoguera ni el descuartizamiento ni el empalamiento ni la viviinhumación ni el envenenamiento con cicuta ni el desollamiento.
  • La cena final de Jesús con sus doce discípulos fue muy distinta a la que representó Da Vinci, sobre todo en distribución y vestimenta de comensales, así como de ambiente y mobiliario.
  • La imprenta fue mal vista por algunos intelectuales. Se cuenta que Angelo Poliziano dijo: “Las ideas más estúpidas pueden ahora imprimirse en mil ejemplares y esparcirse por todo el orbe”.
  • Hacer juramentos es una tradición de tiempos bíblicos, pero la existencia de una “palabra de honor” no es tan antigua en nuestro idioma.