Cristian Vázquez | Letras Libres
artículo no publicado
  • Desde los que se obligan a terminar todos los libros que empiezan hasta quienes los descartan sin miramientos al menor disgusto: una clasificación de los lectores según qué tan abandónicas son sus costumbres.
  • En algunos países, el 20 de julio se celebra el Día del Amigo en recuerdo de la llegada de las primeras personas a la Luna. En un primer momento, la relación entre ambos hechos puede parecer absurda. Pero tal vez no lo sea si se piensa en la relación entre la amistad, el lenguaje, los viajes y la tan humana necesidad de contar historias.
  • La práctica de la relectura es poco valorada o incluso desdeñada por quienes corren tras la novedad y se angustian por todo lo que no han leído. Pero permite acercarse a los textos con ojos capaces de ir más lejos que en la ocasión anterior.
  • Tras siglos de desarrollo, el arte de la relojería parece acercarse a su fin: cada vez menos gente lleva consigo un reloj. Para saber qué hora es –así como para saber casi cualquier otra cosa– ahora miramos pantallas. No estaría mal, entonces, pensar en dar a los viejos y queridos relojes una despedida acorde a sus merecimientos.
  • Escribir libros exige un montón de tiempo y energías a cambio de poco dinero. Los escritores conviven con las contradicciones entre un mundillo literario que les exige que “no se vendan” y una sociedad en la cual lo que no se vende no sirve para nada.
  • Algunas películas, series, novelas y obras de teatro relatan primero una escena y luego la recrean, en una ficción dentro de la ficción. Son experimentos muy interesantes: ficciones que se reproducen a sí mismas, esquemas fractales, muñecas rusas narrativas.
  • Muchas veces la gente finge que lee: por puro postureo, por disimular, por querer ser sexy o parecerse a alguien, por no conversar con quien se le sentó al lado en el tren. El saldo termina siendo positivo, porque, en algún sentido y aunque no se dé cuenta, quien finge que lee, también lee.
  • La última voluntad del escritor David Markson fue que los libros de su biblioteca se vendieran en una librería de Nueva York. Una segunda oportunidad para sus lecturas, y de algún modo para su propia vida, mucho mejor que el ancestral e inútil afán de preservar el cuerpo después de la muerte.
  • “Hay algo profundamente melancólico en ir a una biblioteca o librería llena de libros que no leeremos jamás”, escribió Gabriel Zaid. En este artículo, un repaso de esa suerte de angustia y algunas propuestas sobre qué hacer con ella.