Cristian Vázquez | Letras Libres
artículo no publicado
  • La última voluntad del escritor David Markson fue que los libros de su biblioteca se vendieran en una librería de Nueva York. Una segunda oportunidad para sus lecturas, y de algún modo para su propia vida, mucho mejor que el ancestral e inútil afán de preservar el cuerpo después de la muerte.
  • “Hay algo profundamente melancólico en ir a una biblioteca o librería llena de libros que no leeremos jamás”, escribió Gabriel Zaid. En este artículo, un repaso de esa suerte de angustia y algunas propuestas sobre qué hacer con ella.
  • Todo conflicto debe reducirse a dos partes siempre, enseñaba un periodista argentino. Aunque en el mundo real casi todo es de algún tipo de gris, ciertas situaciones límite obligan a elegir entre el blanco y el negro, sin ambages.
  • Aunque por momentos algunos libros puedan deparar un cierto “aburrimiento”, en muchos casos conviene darles la oportunidad: la satisfacción lectora es en parte, al final, hija de ese pequeño esfuerzo.
  • Algunas historias de cartas de guerra: papeles salpicados de sangre, de fango, de metralla, puentes desesperados que quienes están en el infierno tienden hacia el mundo al que anhelan regresar.
  • Es bastante común, en ciertos contextos, leer en voz alta para otras personas. Hacerlo para uno mismo, en cambio, es una práctica muy poco extendida, pese a que puede proporcionar varios beneficios y no pocos descubrimientos.
  • Apuntes sobre las formas en que, en ocasiones, el pasado irrumpe y arroja sobre el presente su carga de nostalgia, problemas y desengaños.
  • En muchos textos se abren involuntarias ventanas hacia una belleza que habría resultado imposible de apreciar si alguien no hubiese cambiado una letra o una palabra por otra o no hubiera sufrido un pequeño lapsus de incoherencia.
  • Siempre que escribimos lo hacemos teniendo en la cabeza, de manera consciente o inconsciente, unos lectores hipóteticos. Nuestra tarea es escribir los textos y dejarlos ir, y a lo sumo desearles buena suerte.