artículo no publicado
  • En el café de los existencialistas (Ariel, 2016) es una biografía coral y la historia de un movimiento: es un libro sobre filosofía y también un libro de aventuras. Sarah Bakewell (Bornemouth, 1963) sigue las trayectorias de un puñado de personajes, estudia sus influencias y su relación con los acontecimientos históricos. Explica sus ideas y también sus vidas: el peso de la libertad, el tejido de amistades y enemistades, las ideas prestadas y transformadas, el rescate de manuscritos amenazados durante la catástrofe europea, las actitudes ante el sexo y el amor, y la importancia de la política y las lealtades.
  • En el verano de 1989 Francis Fukuyama (Chicago, 1952) publicó “¿El fin de la historia?”, un ensayo en el que argumentaba que la democracia liberal era el punto final de la evolución ideológica de la humanidad. En 1992 el ensayo se expandió en el libro El fin de la historia y el último hombre (Planeta), que se convirtió en una de las obras más citadas y comentadas del siglo XX. Diez años después Fukuyama publicó El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica (Ediciones B), un libro en el que advierte de los peligros de entrar en un estado “poshumano” de la historia. Este año aparecieron en español los dos tomos de su fascinante relato del origen y desarrollo de las instituciones políticas. En Los orígenes del orden político. Desde la prehistoria hasta la Revolución francesa y Orden y decadencia de la política. Desde la Revolución Industrial hasta la globalización de la democracia (Ediciones Deusto), Fukuyama echa mano de distintos recursos –de la biología evolutiva a la economía– para explicar las raíces del orden político de la civilización. Para conocer con más profundidad a su autor viajé a San Francisco, donde un tren matutino me llevó a Palo Alto. En un diminuto cubículo de la Universidad de Stanford, Fukuyama respondió mis preguntas con la pericia del orador que ha llenado auditorios en el mundo.
  • En el verano de 1989 Francis Fukuyama (Chicago, 1952) publicó “¿El fin de la historia?”, un ensayo en el que argumentaba que la democracia liberal era el punto final de la evolución ideológica de la humanidad. En 1992 el ensayo se expandió en el libro El fin de la historia y el último hombre (Planeta), que se convirtió en una de las obras más citadas y comentadas del siglo XX. Diez años después Fukuyama publicó El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica (Ediciones B), un libro en el que advierte de los peligros de entrar en un estado “poshumano” de la historia. Este año aparecieron en español los dos tomos de su fascinante relato del origen y desarrollo de las instituciones políticas. En Los orígenes del orden político. Desde la prehistoria hasta la Revolución francesa y Orden y decadencia de la política. Desde la Revolución Industrial hasta la globalización de la democracia (Ediciones Deusto), Fukuyama echa mano de distintos recursos –de la biología evolutiva a la economía– para explicar las raíces del orden político de la civilización. Para conocer con más profundidad a su autor viajé a San Francisco, donde un tren matutino me llevó a Palo Alto. En un diminuto cubículo de la Universidad de Stanford, Fukuyama respondió mis preguntas con la pericia del orador que ha llenado auditorios en el mundo.
  • Al final de la década de los noventa la cocina mexicana estaba recién salida de una renovación, y solíamos llamarla “nueva cocina mexicana”. Al comienzo de este siglo, Enrique Olvera (Ciudad de México, 1976), de la mano de su equipo de cocineros en los restaurantes Pujol, en México, y Cosme, en Nueva York, innovó en estilo y en estrategias formales y hoy es el chef mexicano más reconocido del mundo. En esta conversación, interrumpida y prolongada a lo largo de distintas sesiones, exploramos el desarrollo de la cocina contemporánea y de su filosofía como chef. Sus platos –del club sándwich de foie gras al mole madre– son un episodio ineludible de la tradición culinaria mexicana.
  • “Hago lugares para vivir, para transitar, para recordar”
  • Ida Vitale (Montevideo, 1923) es autora de una obra íntima, inteligente y precisa. Ha publicado una veintena de poemarios y catorce libros en prosa, entre ellos El abc de Byobu (2005), una obra inclasificable que podría definirse como una explicación vital sin datos biográficos. “‘Byóbu’ es la palabra japonesa de la que deriva biombo”, me dijo una tarde de otoño en Austin, Texas, donde vive desde los años ochenta.Cuando le advertí que había sacado de la biblioteca más de veinte libros suyos, me dijo: “¡No he escrito tanto!” Tradujo a Pirandello y D’Annunzio, a Molière y Boris Vian, a Simone de Beauvoir y Gaston Bachelard. Escribió ensayos, prologó libros, publicó prosas que no se dejan encasillar en un género bien delimitado. Pero Ida Vitale es, ante todo, poeta. El año pasado recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Internacional Alfonso Reyes.En 1953 publicó su segundo poemario, Palabra dada, en el que aparece “Sobrevida”: “[...] Dame, en cuanto cierre / los ojos de la cara, / tus dos manos de sueño / que encaminan y hielan, / dame con qué encontrarme, / dame como una espada / el camino que pasa / por el filo del miedo, / una luna sin sombra, / una música apenas oída / y ya aprendida, / dame noche verdad / para mí sola, / tiempo para mí sola, / sobrevida.” Hay una oposición implícita entre vida, la vida a secas, y sobrevida, una especie de don para escucharse a uno mismo y para acceder a una verdad íntima. La sobrevida es también una conquista, algo que procuramos alcanzar y que ella ha buscado a través de la escritura.Ida Vitale tenía treinta años cuando publicó Palabra dada. Hoy tiene 92 y, como no es solemne, sospecho que no protestaría demasiado si dijera que la sobrevida ha consistido en aproximarse a la centena con lucidez, con proyectos, con amigos.Durante la entrevista intentamos superar la incomodidad de hablar de cosas serias, porque nos conocemos en un mundo gozosamente extraliterario. Después de conversar sobre sus ideas literarias, sus libros y la novela que está por terminar, bebimos una copa de vino rosado y, sabiendo que es mi favorito, me dijo en su muy uruguayo acento: “parece pipí de mariposa”. Si van a hacer escarnio de ti, que lo haga un poeta.
  • Ida Vitale (Montevideo, 1923) es autora de una obra íntima, inteligente y precisa. Ha publicado una veintena de poemarios y catorce libros en prosa, entre ellos El abc de Byobu (2005), una obra inclasificable que podría definirse como una explicación vital sin datos biográficos. “‘Byóbu’ es la palabra japonesa de la que deriva biombo”, me dijo una tarde de otoño en Austin, Texas, donde vive desde los años ochenta.Cuando le advertí que había sacado de la biblioteca más de veinte libros suyos, me dijo: “¡No he escrito tanto!” Tradujo a Pirandello y D’Annunzio, a Molière y Boris Vian, a Simone de Beauvoir y Gaston Bachelard. Escribió ensayos, prologó libros, publicó prosas que no se dejan encasillar en un género bien delimitado. Pero Ida Vitale es, ante todo, poeta. El año pasado recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Internacional Alfonso Reyes.En 1953 publicó su segundo poemario, Palabra dada, en el que aparece “Sobrevida”: “[...] Dame, en cuanto cierre / los ojos de la cara, / tus dos manos de sueño / que encaminan y hielan, / dame con qué encontrarme, / dame como una espada / el camino que pasa / por el filo del miedo, / una luna sin sombra, / una música apenas oída / y ya aprendida, / dame noche verdad / para mí sola, / tiempo para mí sola, / sobrevida.” Hay una oposición implícita entre vida, la vida a secas, y sobrevida, una especie de don para escucharse a uno mismo y para acceder a una verdad íntima. La sobrevida es también una conquista, algo que procuramos alcanzar y que ella ha buscado a través de la escritura.Ida Vitale tenía treinta años cuando publicó Palabra dada. Hoy tiene 92 y, como no es solemne, sospecho que no protestaría demasiado si dijera que la sobrevida ha consistido en aproximarse a la centena con lucidez, con proyectos, con amigos.Durante la entrevista intentamos superar la incomodidad de hablar de cosas serias, porque nos conocemos en un mundo gozosamente extraliterario. Después de conversar sobre sus ideas literarias, sus libros y la novela que está por terminar, bebimos una copa de vino rosado y, sabiendo que es mi favorito, me dijo en su muy uruguayo acento: “parece pipí de mariposa”. Si van a hacer escarnio de ti, que lo haga un poeta.
  • Ian Kershaw (Manchester, 1943) es autor de una biografía de referencia de Hitler. En Descenso a los infiernos (Crítica, 2016), la primera parte de una historia en dos volúmenes sobre Europa en el siglo XX, ofrece un relato riguroso, complejo y apasionante del continente entre 1914 y 1949: analiza las fuerzas que hicieron que Europa estuviera a punto de destruirse dos veces, describe el clima intelectual y los cambios sociales, expone las tensiones étnicas y sociales y la magnitud de la devastación que produjeron, y la sorprendente recuperación tras el final de la Segunda Guerra Mundial.
  • Ian Kershaw (Manchester, 1943) es autor de una biografía de referencia de Hitler. En Descenso a los infiernos (Crítica, 2016), la primera parte de una historia en dos volúmenes sobre Europa en el siglo XX, ofrece un relato riguroso, complejo y apasionante del continente entre 1914 y 1949: analiza las fuerzas que hicieron que Europa estuviera a punto de destruirse dos veces, describe el clima intelectual y los cambios sociales, expone las tensiones étnicas y sociales y la magnitud de la devastación que produjeron, y la sorprendente recuperación tras el final de la Segunda Guerra Mundial.
  • Al cabo de cumplir noventa años, Miguel León-Portilla (Ciudad de México, 1926) conmemora también los sesenta años de la presentación de su tesis doctoral: La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (1956). Su dilatada trayectoria académica es la de un gran polígrafo. Quizás el último en la estela de los célebres eruditos hispánicos, entre los que no desdeñaría los precedentes de Bartolomé de las Casas o Marcelino Menéndez Pelayo, figuras que titulan sendas distinciones recibidas por el académico. Creador de la escuela del indigenismo cultural, con su reivindicación de las grandes civilizaciones mesoamericanas, León-Portilla es también un develador de tópicos con las herramientas de la tradición humanística –el rigor intelectual, el debate crítico y el trabajo tenaz–, aunque reforzadas con el empleo de una variedad enorme de metodologías que han aunado filosofía, filología, antropología e historia en sus investigaciones. Su obra ha abierto la vía a otra manera de concebir la historia de ese otro Occidente en que acabó convertida la América originaria.Cabe señalar dos sintagmas y un concepto que la obra de Miguel León-Portilla ha contribuido a divulgar: la “visión de los vencidos” como propuesta de elevar la voz indígena a testimonio de la conquista de los siglos XVI-XVII; “el encuentro de dos mundos” como apuesta integradora de dos civilizaciones en la América posterior a 1492; y el nepantlismo, entendido como la indeterminación cultural y religiosa de la sociedad colonial primera, con ese “estar en medio” de la experiencia nativa de existir en la penumbra de un mundo en el que iba anocheciendo lo antiguo y asimilándose paulatinamente lo nuevo. Todas sus innovaciones conceptuales, sin embargo, quedan subsumidas en una reflexión permanente sobre el individuo en su contexto cultural como realización de la historia. En manos del autor, el estudio de la literatura indígena mexicana se ha metaformoseado del establecimiento del corpus filológico al del canon de autores. Del mismo modo, ha escrito sobre las condenaciones e incomprensiones mutuas entre españoles e indígenas durante la conquista, pero advirtiendo de la pervivencia de imágenes culturales “profundamente humanas” que ayudan a comprender mediante las vivencias del pasado la historia del futuro. La mirada de Miguel León-Portilla siempre ha tenido como compromiso la actualidad. Su obra clásica de 1959 (Visión de los vencidos. Relaciones indígenas sobre la conquista) acabó reeditándose décadas después con un capítulo nuevo que, a manera de epílogo, añadía textos nativos de época moderna y contemporánea, hasta llegar a los testimonios zapatistas de fines del siglo XX.Mientras se suceden los homenajes a su obra y a su persona, conversamos con él por escrito, según la manera de aquellas misivas que fueron el hilo atlántico que nos unió hace más de cinco siglos.