artículo no publicado
  • Tacita Dean (Canterbury, Inglaterra, 1965) es una de las figuras más llamativas del arte actual. La naturaleza –el mar, las nubes, el aire, el humo, la luz y los árboles– y la literatura son centrales en su obra. Ha hecho más de cuarenta películas en 16 milímetros, un formato en vías de extinción que ha defendido apasionadamente. Ha usado ese medio para hacer retratos de algunos de los artistas más importantes del siglo XX: Cy Twombly, Mario Merz y Michael Hamburger. Tacita Dean ha exhibido en el Tate Britain (2001), el Guggenheim (2006), el Reina Sofía (2010), la Tate Modern (2011-2012), y desde noviembre del año pasado –hasta el 12 de marzo– se presenta su primera exposición en Latinoamérica en el Museo Tamayo. Esta muestra deja ver que la búsqueda sin fin y la suerte son dos de los ejes que cruzan su obra, desde la colección de tréboles (una de sus primeras piezas) hasta la serie de nubes pintadas en gis sobre pizarrón (una de sus piezas más recientes), una obra épica por su sencillez.
  • Con La democracia sentimental (Página Indómita), Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) ha escrito un libro herramienta: una reflexión iluminadora sobre la relación entre la política y los afectos, sobre los límites de la racionalidad y nuestra adhesión sentimental a determinadas ideas y posiciones, y una defensa de las sociedades abiertas y de una razón consciente de sus limitaciones. Recoge descubrimientos e ideas de muchas disciplinas y aspira a mostrar la complejidad. “La tarea intelectual consiste en reemplazar las categorías excluyentes por las gradaciones”, escribe.
  • Jim Jarmusch (Akron, Ohio, 1953) no sale sin su libreta negra. Anota películas, canciones, libros, pinturas, fotógrafos, calles o citas que le interesan. “Lo mejor que un director de cine puede hacer –me dijo a unas horas de su intervención en Tag CDMX, el festival de creatividad organizado por Arca– es interesarse por el mayor número de cosas.” Jarmusch es un icono del cine independiente estadounidense que se ha mantenido vigente durante más de tres décadas, de Vacaciones permanentes (1980), pasando por Extraños en el paraíso (1984), Bajo el peso de la ley (1986), El tren del misterio (1989), Hombre muerto (1995), Ghost Dog, el camino del samurái (1999) y Flores rotas (2005), hasta las dos cintas que estrenó este año, Paterson y Gimme danger, un documental sobre Iggy Pop y The Stooges. Durante esta conversación revisé que anotara correctamente los nombres de Fernando Eimbcke y Carlos Reygadas en su libreta.
  • En el café de los existencialistas (Ariel, 2016) es una biografía coral y la historia de un movimiento: es un libro sobre filosofía y también un libro de aventuras. Sarah Bakewell (Bornemouth, 1963) sigue las trayectorias de un puñado de personajes, estudia sus influencias y su relación con los acontecimientos históricos. Explica sus ideas y también sus vidas: el peso de la libertad, el tejido de amistades y enemistades, las ideas prestadas y transformadas, el rescate de manuscritos amenazados durante la catástrofe europea, las actitudes ante el sexo y el amor, y la importancia de la política y las lealtades.
  • En el verano de 1989 Francis Fukuyama (Chicago, 1952) publicó “¿El fin de la historia?”, un ensayo en el que argumentaba que la democracia liberal era el punto final de la evolución ideológica de la humanidad. En 1992 el ensayo se expandió en el libro El fin de la historia y el último hombre (Planeta), que se convirtió en una de las obras más citadas y comentadas del siglo XX. Diez años después Fukuyama publicó El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica (Ediciones B), un libro en el que advierte de los peligros de entrar en un estado “poshumano” de la historia. Este año aparecieron en español los dos tomos de su fascinante relato del origen y desarrollo de las instituciones políticas. En Los orígenes del orden político. Desde la prehistoria hasta la Revolución francesa y Orden y decadencia de la política. Desde la Revolución Industrial hasta la globalización de la democracia (Ediciones Deusto), Fukuyama echa mano de distintos recursos –de la biología evolutiva a la economía– para explicar las raíces del orden político de la civilización. Para conocer con más profundidad a su autor viajé a San Francisco, donde un tren matutino me llevó a Palo Alto. En un diminuto cubículo de la Universidad de Stanford, Fukuyama respondió mis preguntas con la pericia del orador que ha llenado auditorios en el mundo.
  • En el verano de 1989 Francis Fukuyama (Chicago, 1952) publicó “¿El fin de la historia?”, un ensayo en el que argumentaba que la democracia liberal era el punto final de la evolución ideológica de la humanidad. En 1992 el ensayo se expandió en el libro El fin de la historia y el último hombre (Planeta), que se convirtió en una de las obras más citadas y comentadas del siglo XX. Diez años después Fukuyama publicó El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica (Ediciones B), un libro en el que advierte de los peligros de entrar en un estado “poshumano” de la historia. Este año aparecieron en español los dos tomos de su fascinante relato del origen y desarrollo de las instituciones políticas. En Los orígenes del orden político. Desde la prehistoria hasta la Revolución francesa y Orden y decadencia de la política. Desde la Revolución Industrial hasta la globalización de la democracia (Ediciones Deusto), Fukuyama echa mano de distintos recursos –de la biología evolutiva a la economía– para explicar las raíces del orden político de la civilización. Para conocer con más profundidad a su autor viajé a San Francisco, donde un tren matutino me llevó a Palo Alto. En un diminuto cubículo de la Universidad de Stanford, Fukuyama respondió mis preguntas con la pericia del orador que ha llenado auditorios en el mundo.
  • Al final de la década de los noventa la cocina mexicana estaba recién salida de una renovación, y solíamos llamarla “nueva cocina mexicana”. Al comienzo de este siglo, Enrique Olvera (Ciudad de México, 1976), de la mano de su equipo de cocineros en los restaurantes Pujol, en México, y Cosme, en Nueva York, innovó en estilo y en estrategias formales y hoy es el chef mexicano más reconocido del mundo. En esta conversación, interrumpida y prolongada a lo largo de distintas sesiones, exploramos el desarrollo de la cocina contemporánea y de su filosofía como chef. Sus platos –del club sándwich de foie gras al mole madre– son un episodio ineludible de la tradición culinaria mexicana.
  • “Hago lugares para vivir, para transitar, para recordar”
  • Ida Vitale (Montevideo, 1923) es autora de una obra íntima, inteligente y precisa. Ha publicado una veintena de poemarios y catorce libros en prosa, entre ellos El abc de Byobu (2005), una obra inclasificable que podría definirse como una explicación vital sin datos biográficos. “‘Byóbu’ es la palabra japonesa de la que deriva biombo”, me dijo una tarde de otoño en Austin, Texas, donde vive desde los años ochenta.Cuando le advertí que había sacado de la biblioteca más de veinte libros suyos, me dijo: “¡No he escrito tanto!” Tradujo a Pirandello y D’Annunzio, a Molière y Boris Vian, a Simone de Beauvoir y Gaston Bachelard. Escribió ensayos, prologó libros, publicó prosas que no se dejan encasillar en un género bien delimitado. Pero Ida Vitale es, ante todo, poeta. El año pasado recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Internacional Alfonso Reyes.En 1953 publicó su segundo poemario, Palabra dada, en el que aparece “Sobrevida”: “[...] Dame, en cuanto cierre / los ojos de la cara, / tus dos manos de sueño / que encaminan y hielan, / dame con qué encontrarme, / dame como una espada / el camino que pasa / por el filo del miedo, / una luna sin sombra, / una música apenas oída / y ya aprendida, / dame noche verdad / para mí sola, / tiempo para mí sola, / sobrevida.” Hay una oposición implícita entre vida, la vida a secas, y sobrevida, una especie de don para escucharse a uno mismo y para acceder a una verdad íntima. La sobrevida es también una conquista, algo que procuramos alcanzar y que ella ha buscado a través de la escritura.Ida Vitale tenía treinta años cuando publicó Palabra dada. Hoy tiene 92 y, como no es solemne, sospecho que no protestaría demasiado si dijera que la sobrevida ha consistido en aproximarse a la centena con lucidez, con proyectos, con amigos.Durante la entrevista intentamos superar la incomodidad de hablar de cosas serias, porque nos conocemos en un mundo gozosamente extraliterario. Después de conversar sobre sus ideas literarias, sus libros y la novela que está por terminar, bebimos una copa de vino rosado y, sabiendo que es mi favorito, me dijo en su muy uruguayo acento: “parece pipí de mariposa”. Si van a hacer escarnio de ti, que lo haga un poeta.
  • Ida Vitale (Montevideo, 1923) es autora de una obra íntima, inteligente y precisa. Ha publicado una veintena de poemarios y catorce libros en prosa, entre ellos El abc de Byobu (2005), una obra inclasificable que podría definirse como una explicación vital sin datos biográficos. “‘Byóbu’ es la palabra japonesa de la que deriva biombo”, me dijo una tarde de otoño en Austin, Texas, donde vive desde los años ochenta.Cuando le advertí que había sacado de la biblioteca más de veinte libros suyos, me dijo: “¡No he escrito tanto!” Tradujo a Pirandello y D’Annunzio, a Molière y Boris Vian, a Simone de Beauvoir y Gaston Bachelard. Escribió ensayos, prologó libros, publicó prosas que no se dejan encasillar en un género bien delimitado. Pero Ida Vitale es, ante todo, poeta. El año pasado recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Internacional Alfonso Reyes.En 1953 publicó su segundo poemario, Palabra dada, en el que aparece “Sobrevida”: “[...] Dame, en cuanto cierre / los ojos de la cara, / tus dos manos de sueño / que encaminan y hielan, / dame con qué encontrarme, / dame como una espada / el camino que pasa / por el filo del miedo, / una luna sin sombra, / una música apenas oída / y ya aprendida, / dame noche verdad / para mí sola, / tiempo para mí sola, / sobrevida.” Hay una oposición implícita entre vida, la vida a secas, y sobrevida, una especie de don para escucharse a uno mismo y para acceder a una verdad íntima. La sobrevida es también una conquista, algo que procuramos alcanzar y que ella ha buscado a través de la escritura.Ida Vitale tenía treinta años cuando publicó Palabra dada. Hoy tiene 92 y, como no es solemne, sospecho que no protestaría demasiado si dijera que la sobrevida ha consistido en aproximarse a la centena con lucidez, con proyectos, con amigos.Durante la entrevista intentamos superar la incomodidad de hablar de cosas serias, porque nos conocemos en un mundo gozosamente extraliterario. Después de conversar sobre sus ideas literarias, sus libros y la novela que está por terminar, bebimos una copa de vino rosado y, sabiendo que es mi favorito, me dijo en su muy uruguayo acento: “parece pipí de mariposa”. Si van a hacer escarnio de ti, que lo haga un poeta.