El otro Tévez

 

Vidas paralelas, las de Tévez y Cabañas, su mejor amigo y pareja en el futbol infantil. Con los años, uno se hizo crack internacional y el otro, un delincuente local. Nahuel Gallotta cuenta la historia del chico que pudo haber sido una estrella, pero terminó con un disparo en la sien.

Es de noche y la persecución es en Ciudadela. La Policía Bonaerense sabe del morocho que entró a robar al bingo de la calle Rivadavia y se les viene escapando. Lo tiene junado, lo busca hace ya un tiempo. Para ellos, es el líder de la pandilla que tiroteó la comisaría sexta dos noches seguidas, para vengar la muerte de uno de sus compañeros. El morocho es el mismo que después de otro robo, en otra persecución, mató a un policía, con lo que se convirtió en un “carta blanca”, es decir, un ladrón a quien la policía puede matar en vez de detener, y luego, con toda impunidad, plantarle un arma e informar que se trató de un intenso tiroteo.

Para todo Fuerte Apache, el morocho es aquel pibe que pintaba para crack de la selección nacional, el que dominaba la pelota mejor que nadie, y que lograba que técnicos y directivos de clubes grandes del país fueran a buscarlo a su monoblock. Tenía el morocho un compañero en la delantera: un socio dentro del equipo. Alguien que no definía tan bien como él, pero lo acompañaba en el pase, en la pared, en la llegada al área rival, en los festejos. Siempre estaba detrás de él en la tabla de goleadores. Dicen en el Fuerte que juntos hacían desastres. En el ambiente del fútbol infantil, también. Ahora, uno concentra con la selección argentina Sub 17 mientras el otro escapa de la bala policial. Uno corre en el entrenamiento mientras el otro corre para no morir. Uno firma contrato de exclusividad para usar indumentaria Nike y el otro roba para comprar las zapatillas Nike más caras. Uno se llama Carlos Tévez, le dicen Carlitos; el otro se llama Darío Coronel, le dicen Cabañas. Arrancaron en la categoría 84 de All Boys y siguieron jugando juntos seis años más. El que llaman Tévez ahora descansa en un hotel de Perú de cara al Preolímpico Sub 17. El que llaman Cabañas sabe que si se detiene a descansar el descanso será para siempre.

El guacho Cabañas corre, pero sus pulmones no son los de antes: el poxirram hizo lo suyo y ya no hay reacción en los piques, en cada proyección. Sabe que atrás viene la Bonaerense, y le ruega a San Jorge para que lo ayude una vez más. Está seguro de que no lo espera una detención, ni un tiroteo, tampoco un instituto de menores. En la persecución existe el pulso íntimo de la venganza policial. Es vida o es muerte. O se lo hace o se lo hacen. Mató a uno de ellos. Es carta blanca. Lo quieren matar. Lo van a matar.

Falta una cuadra para llegar a Fuerte Apache y ahí sabe que no lo atrapan, en los monoblocks se les pierde. Corre hasta el Aguas Argentinas de la calles Besares y frena; ayuda a sus compañeros a saltar las paredes. Se da vuelta. Es el último. Quedó solo. Los patrulleros doblan y lo ven de espaldas, tratando de trepar. Se ve rodeado. De golpe Cabañas comprende que esta vez no hay posibilidades. Y no lo duda: en el barrio siempre decía, el guacho Cabañas, que antes de que la policía matara a un ladrón prefería matarse él. Entonces saca su pistola, la remonta y se pega un tiro en la sien.

Esta no es la historia de Carlos Tévez. Esta es la historia del pibe que pudo haber sido Carlos Tévez y no, no salió, no pudo ser. Estuvo cerca, condiciones le sobraban, pero no se dio. La gloria deportiva, en este caso, es pura leyenda.

... Siempre me decías que ningún policía te quitaría la vida / siempre en tu rostro convivía una sonrisa / pero con picardía porque en todo momento / sabías lo que hacías / recuerdo a tu hermano recibiendo la noticia / guacho Cabañas se ha quitado la vida / terminaron las buenas jugadas / solo has dejado una lluvia de balas...

Darío Coronel, Cabañas, nació el mismo año, vivió en el mismo nudo de Fuerte Apache, fue a la misma escuela, jugó en el mismo potrero y en muchos de los clubes que estuvo Carlitos. De chicos se la pasaban todo el día juntos, y decían ser mejores amigos. Adentro de la cancha se puteaban, pero afuera nunca se separaban. A Darío, como a Carlitos, también se lo podía ver con ropa sucia, zapatillas agujereadas, caminado solo, de muy niño, por los monoblocks de un barrio que es un gueto de Buenos Aires.

–Se la pasaban compitiendo entre ellos y peleando. Por la tabla de goleadores, porque no se la pasaban entre ellos, pero a la vez, se amaban –dice Yair Rodríguez, exintegrante de ese primer equipo.

Cabañas fue Tévez antes que Tévez. Era el mejor de los siete chicos de seis años que integraron la primera formación de un equipo ganador, gloriosamente reconocida por el mundo del fútbol infantil: la categoría 84 de All Boys. Jugaron juntos hasta los trece años, para después cada uno seguir su carrera en clubes de cancha de once. De aquel equipo surgió una megaestrella del mundo –Tévez–, y un pibe que se pegó un tiro –Cabañas–, y otro que hoy cuida un depósito de gaseosas –Ariel, el arquero–, y otro que juega por setecientos dólares mensuales en el fútbol de ascenso –Yair–, y otro que es electricista y pasea perros –Gastón–, y otro que acaba de salir de la cárcel –Carlos–, y otro que puso una agencia de fletes y se escapó de un centro de rehabilitación de drogas –Egidio.

Y ese equipo tenía un gurú, un hacedor: Norberto el Tano Propato, que pasaba por Fuerte Apache con una camioneta arruinada y levantaba lo que su buen ojo de cazatalentos del suburbio le indicaba que sería un gran jugador. Propato dirigía un club a treinta cuadras de los monoblocks, pero pasaba por allí para detectar pichones de cracks. Lo vio a Tévez, una vuelta, cuando tenía cinco años, pateando unas piedritas en la canchita del Nudo 1. Lo vio también a Darío, pateando esas mismas piedritas o tal vez otras, en un lugar donde todos los monoblocks, todas las calles, todos los potreros, todos los nenes, todo es tan igual a todo.

En un club de paredes rojas de Ciudadela, Propato no se cansa de contar anécdotas sobre Cabañas. Propato tiene muy poco pelo; el poco que tiene es canoso. Su nariz es digna de cargadas, ya pasó los sesenta. Hoy se puso un buzo polar azul lleno de pelusas y se sentó en una mesa del bufet, pegada a la ventana que da a la cancha. Su hija, que atiende el bufet de paredes rosas, sirve café en vasos de telgopor.

El otro Tévez 2
Emiliano Gullo

El otro Tévez 3
Emiliano Gullo

Lo primero que dice Propato, cuando se le pregunta por Cabañas, es:

–Mama mía, era un monstruo. Un pedazo de jugador.

Propato, además de llevarlo y traerlo a Cabañas, debía conseguirle botines y lograr que regresara con el estómago lleno. Con el resto de los chicos de Fuerte Apache tenía la misma tarea; con Tévez, lo mismo. Los pasaba a buscar por los monoblocks en una camioneta estanciera. Cuando la chata no arrancaba, los chicos la empujaban para que Propato, en segunda, pudiera ponerla en marcha. Su hija también formaba parte del proyecto: a algunos de los chicos los ayudaba a hacer la tarea del colegio.

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Comentarios (12)

Mostrando 12 comentarios.

Da gusto leer un texto así. El ritmo y el color hace que te imaginés Fuerte Apache. Además del trasfondo social que tiene que lo hace muy valioso y universal. Puede pasarse esta historia con pocas modificaciones a una favela de Río o a un barrio de invasión en Medellín o Bogotá. Felicitaciones

Increible...y que feo que es la ignorancia...a Tevez lo apoyaron TODOS, de todos lados, Maldini, los maestros de su escuela los padres...a este otro pibe le dieron la espalda...que injusticia.

Los hechos tanto en el verde cesped como en la dura calle te llevan a la gloria o el fracaso, lo bueno de esto es que uno puede "elejir siempre" ese es el Ej: Tevez sobre Carranza, mismas vidas distintas decisiones diferente Fin. 

¡Qué ágil texto!

 

LLeno de contrastes, interesante de principio a fin.

Me atrapó desde la primera línea y no pude parar de leer.

Una gran historia muy bien contada.

hace rato con supersudaca publicamos en volume unos articulos de vivienda colectiva en latinoamerica (de la que ya no se hace mucha ahora), uno de ellos firmado por Max Zolkwer y Ana Rascovsky recordaba el conjunto de buenos aires ahora llamado fuerte apache (nombre oficial: Barrio Ejercito de los Andes' de donde salio el famoso futbolista Tevez. Durante la visita al conjunto diseniado en la dictadura por el estudio Staff el 'negro' Orlando le conto a Max que habia un jugador mucho mejor que Tevez pero que abandono el futbol por la delicuencia y murio como delicuente rejoven. Gracias por el articulo de Nahuel Gallota donde se esclarece el tema sobre ese futbolista apodado Cabañas, el tema es que al final a uno le entra la duda, who is the looser of the story Cabañas o Tevez?

Buena loco, salud

 

Muy buena historia de un joven que pudo ser una estrella mundial más y terminó siendo un delincuente menos.

Interesante y ameno relato, el contraste entre los dos mundos el personaje que encaja en el medio y trinfa y el que no se adpta y tiene que sobrevivir.

felicidades

Ágil. Ilumina y conmueve. Buen texto.

Que bonito escribe los relatos oiga.

Me ha encantado todo el reportaje. El estilo aunque ya es conocido resulta muy prudente. El hubiera no existe pero como me encanta que se hagan divagaciones al respecto. No siempre gana el mejor, hay un montón de historias en el éxito de una persona o en su fracaso. Existe una historia del hubiera que le gusta imaginar mucho las personas que gustan del box, qué hubiese pasado con Salvador Sánchez, qué hubiese pasado con J.C. Chávez. Los motivadores dirán de una historia como la de Tévez que al final las malas decisiones de Cabañas fueron las que dilapidaron su talento, pero tu reportaje lo explica bien, tuvo dos vidas, existe un hecho central e inevitable en la vida de cada quien que es imposible de controlar, las varibles que arrojará como resultado dicha ecuación son infinitas, puede que en algún universo paralelo Tévez esté muerto por suicidio y Cabañas sea la estrella del Barcelona. Quién sabe, quizá en alguno de esos universos exista el ideal.

Que buena crónica! 

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