Con Scarlett por el Altiplano

La artista holandesa Scarlett Hooft Graafland viajó al altiplano boliviano, incluido el salar de Uyuni, en busca de inspiración para su trabajo fotográfico. La acompañó el cineasta y narrador mexicano Alain-Paul Mallard, quien escribió la crónica de ese “itinerario de color”. Aquí un fragmento.

Noviembre 2012 | Tags:

Tras diez intensos días por el Altiplano, vuelvo a reunirme en Uyuni con Scarlett y con Carlos. Al arrastrar mi equipaje desde la estación de tren, piso territorio conocido. Volver al Hotel Inti –¡el mural del adusto guerrero emplumado y la voluptuosa doncella inca!– es un poco como volver a casa. Desde su cama deshecha, con el torso desnudo, el propietario cambia los canales del televisor y vigila el pasillo por la puerta entreabierta. Me saluda, untuoso y sonriente, señalando sin levantarse una llave en el tablero:

–Tome la 14, caballero, su cuarto de siempre. De allicito del estante tome su toalla y su papel higiénico.

Scarlett ha retornado de La Paz con las manos vacías: la bruma luminosa continúa atrapada en los meandros administrativos. Inflexibles, los aduaneros hacen gala de virtud. Ya se verá.

 

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El Hotel Inti da a una amplia plaza que alguna vez tuvo veleidades de jardín. No tiene mucho de haber amanecido. Espero en una banca bajo el despejado cielo de fines de noviembre mientras Carlos lava a cubetazos la camioneta.

Los parterres triangulares de la plaza son grises desiertos bonsái. Uyuni es un pueblo sin árboles: la tierra es demasiado pobre y salina. A mediados de los años setenta, un vecino inspirado acudió a la municipalidad para informar que si se cavaba un hoyo en el suelo, se lo llenaba con tierra traída de fuera y se plantaba un arbolito, el arbolito prendía. Tras constatarlo –el primer árbol de Uyuni verdeaba, efectivamente, en el patio de la casa–, la alcaldía y la ciudad entera acogieron la idea con enorme entusiasmo. Se hizo venir por tren, desde Cochabamba, fragante tierra negra. Se cavaron en la plaza hoyos de dos por dos por dos metros y se plantó una veintena de arbolitos.

La población se vuelca en mimos: les trae, con largueza, de beber. Por las noches se los envuelve en cobijas para protegerlos del frío. Los arbolitos, para júbilo general, comienzan a crecer. Soportan mal que bien el paso del invierno. Pero viven sobre recursos limitados. Sus raíces crecen y se ramifican, la cofia abriéndose confiadamente paso en la noble tierra cochabambina hasta salirse del perímetro de seguridad. Y entonces se beben la sal de la tierra. Y se van secando, enroscando, muriendo envenenados ante la mirada impotente de los uyunenses.

Fueron rencorosamente arrancados. La gente se robó la tierra y los hoyos, llenos de basura, quedaron abiertos más de una década. Todavía hoy se los distingue.

En la plaza hay un inmenso tobogán de tres jorobas; un astroso montón de bultos, trapos y bolsas del que emerge una prehistórica mendiga a calentarse al sol; un mural torpe y colorido –ante un hirviente y solidario perol, mujeres bien arropadas ofrecen sopa a apuestos ferrocarrileros– que no se ruboriza de su función social. Dorado en el flanco poniente de la plaza queda el gran galerón del Coliseo Municipal. Las bardas ostentan caducas proclamas oficiales –“Por la refundación de Bolivia, sí a la nueva constitución”– y retratos de Evo. Bajo estos últimos, pintas de oposición ponen en duda su hombría.

Poco a poco la ciudad de Uyuni se va desperezando. Algunas muchachitas, de minifalda a pesar del fresco, cruzan la plaza en diagonal. Rumbo a la secundaria. Una se acerca. Envolviéndola como un perfume, una matinal nube de cumbia la precede y, sin prisa, pasa con ella de largo. Lleva un radiecito encendido en el bolsillo. La mochila en bandolera bota tímidamente en ritmo con los pasos de sus piernas cobrizas.

Carlos silba y me hace señales desde el techo del vehículo. La patrona ya está lista para ir a desayunar. Sus maletas de cámaras, lentes, filtros, exposímetros aguardan en la acera. Acudo a ayudarlos a cargar el material.

 

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En las calles de Uyuni, hordas de perros variopintos retozan, ladran, se ayuntan, sestean a la sombra de las bardas, hurgan en los montones de basura, se disputan a gruñidos unos pellejos. Trotan, felices y mugrientos, en total libertad. Viven –se los deja vivir– con canina plenitud. Para ellos al menos, la desangelada Uyuni es el paraíso terrenal.

Sentada al aire libre, Scarlett me describe el programa del día, me muestra un par de bocetos. Bebemos café con leche y establecemos una lista de materiales, que Carlos recoge y parte a buscar.

Desde la mesa del desayuno arrojo al gran perro tuerto que dormita una costra de pan. Craso error. De inmediato nos rodea, para horror de las turistas inglesas que se untan bronceador en la mesa de junto, una expectante jauría, canina corte de los milagros.

Carlos retorna de las ferreterías con herramienta, materiales, con víveres y agua. Llenamos los tanques de gasolina y partimos nuevamente al salar.

 

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Estamos en mitad de la nada.

Con el visor de campo en la mano izquierda, Scarlett se pasea evaluando en silencio diversos parámetros: las siluetas lejanas de los montes –Isla Pescado; el volcán Tunupa en óxidos y grises, imponente aun en su lejanía–, la claridad de líneas en la retícula de sal, el ángulo de incidencia de la luz matutina. Se asoma al visor y, a partir de un elemento ausente que solo existe en su espíritu, establece la composición. Dispone enseguida, y nos lo indica con largas zancadas y virajes en ángulo recto, dónde habremos de trabajar.

Quiere pintar una suerte de alfombra colorida en la blancura del salar, cada polígono en un color diferente.

Soy yo quien se ocupa del trazado. Sugiero un rectángulo en sección áurea, que Scarlett descarta como mera frivolidad. Cinco por siete metros, y con eso basta, dice, e indica la orientación. Así que armado de una larga piola de plástico, lápiz, martillo, clavos para calamina, y vaporosas nociones de agrimensura egipcia –la cuerda de trece nudos–, trazo el gran paralelogramo que habrá de servir de límite al color.

Las latas de pintura llegaron de madrugada, enviadas por Gastón desde La Paz. Fuimos a buscarlas a la estación de autobús. Pintura blanca, a base de agua, a la que Scarlett va agregando colorantes líquidos –violeta, bermellón, azafrán, ocre– en busca del tono adecuado. Con un palo de escoba, bate con vigor la pintura en el balde en el sentido de las manecillas del reloj. Reparo en ello porque yo suelo batir pintura en el sentido inverso... ¿Será, me pregunto, porque Scarlett es zurda? ¿O porque estamos al sur del Ecuador?

Carlos nos propone una pausa antes de comenzar a pintar. Ha preparado emparedados de sardinas con locoto y paltita. La sal la rascamos directamente del suelo, con una navaja, y la espolvoreamos sobre la palta, sobre las frescas rodajas de tomate.

De pronto, en el horizonte, un punto negro. Imposible a un principio saber si es hombre o vehículo, si se aleja o acerca.

Resulta ser una pequeña pick-up  destartalada que a toda velocidad, en un giro abierto, circunda como un ave de presa la parcela con nuestro trazado. Carlos y Scarlett se miran con desazón. Bruscamente el piloto tuerce el timón y se acerca a nosotros en línea recta, dispuesto a arrollarnos. Se detiene de un frenazo a escasos cinco metros.

Seguro de sí, un hombre enjuto, correoso, moreno en extremo se baja del auto sin cerrar la portezuela y su mirada recorre con recelo nuestros inocentes trazos y cuerdas, el trípode, las latas de pintura.

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