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Árbol del esmero: el archivo estratégico de Walter Benjamin

 

Ursula Marx, Gudrun Schwarz, Michael Schwarz, Erdmut Wizisla (eds.)

Archivos de Walter Benjamin. Fotografías, textos y dibujos

trad. Joaquín Chamorro Mielke, Madrid, Círculo de Bellas Artes/Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2010, 253 pp.

 

La edición en español de los archivos póstumos de Walter Benjamin merece una mención especial. Este trabajo, que apareció en alemán en el 2006, en inglés en el 2007 y en nuestra lengua en el 2010, ha seguido normas de lealtad al autor, tanto en la calidad de las reproducciones, la  tonalidad de los tintes utilizados y  la textura del papel, la digitalización de la letra del autor tomada de diversas fuentes (manuscritos tachados, cartas, postales, hojas, hojitas, dobleces, tarjetas, borradores, anotaciones) así como en el estudio pormenorizado de los distintos y complejos tipos de archivo y modos de archivar que practicó Walter Benjamin. Se trata no solo de una puesta en escena del acto de registro más personal del pensador, pues el lector podrá entrar en contacto de inmediato, a través de sus ojos, con solo echar un vistazo, con la huella de la mirada que el propietario puso en sus objetos (tomando como objetos también a los textos, letras, figuras, datos, citas, frases, fotos), sino también de una lectura visual que viene acompañada de una selección de extractos de su pensamiento y citas que buscan comprender el sentido de su afición. A este despliegue de materiales se suma la serie de miradas críticas hechas por un grupo de seguidores de su obra, que van dejando al descubierto rasgos de su singularidad. Pocos esfuerzos podrían resultar originales y fieles a la vez como este. Podemos decir que la veracidad de este trabajo proviene de su intención de apego al  pensamiento de Walter Benjamin,  al mismo tiempo que a la persona del autor que pensó, mientras archivó y coleccionó un singular número  de objetivaciones de su propio modo de  ser y pensar. Un caso poco común de investigación biográfico-hermenéutica y gráfica a la vez, solo por mencionar algunas de las instancias abordadas. Son más y son, además, más complejas de anunciar.

Haciendo a un lado los conocidos acercamientos que polarizan la orientación de su pensamiento, el estudio en equipo de los archivos de Walter Benjamin demuestra ser un alcance del siglo XXI, en que se pudo dar el paso de avanzar hacia adentro de la obra, por rutas que parecían inaccesibles. La propia reconstrucción de este depósito de fuentes vitales significó la acción de convocar desde la dispersión los materiales que quedaron en manos de familiares, mujeres, amigos o conocidos, en distintas partes del mundo. Y ahí comienza la historia. La movilidad de la vida de Benjamin, siempre sostenida en un precario  equilibrio de fuerzas internas y externas, lo llevó a cultivar la estrategia de conservar y a la vez dispersar su archivo personal entre distintas personas y en sitios alejados entre sí. Esta facultad desarrollada desde temprano parece ser una compulsión a inventariar sus conocimientos, a no dejar pasar ninguna fuente de inspiración, pero además podría tratarse de una intuición de supervivencia que prefiguraba su futuro. Benjamin salvó sus archivos de sí mismo, distribuyendo copias de sus trabajos, dejando sus pertenencias, sus libros de notas, cajas, cajitas y ficheros, en sitios designados por él, muchos de los cuales le sobrevivieron. Aunque nada traerá de regreso lo irremediablemente perdido, que no podría ser cuantificable (los escritos que protegió en su portafolio en su fuga de la persecución nazi, su biblioteca, las pertenencias secuestradas por la policía), la cantidad de elementos registrados por él que sí se salvaron permite hablar de un manantial de datos, para el lector inquisitivo.

Ursula Marx, Gudrun Schwarz, Michael Schwarz y Erdmut Wizisla son los autores de esta investigación, que conducen al lector por las distintas instancias del coleccionar, logrando armar una visión diversificada sobre un complejo hábito personal que se manifestó de formas insospechadas. El libro que recoge fotografías, textos y dibujos conservados en los documentos póstumos de Walter Benjamin se publicó originalmente para acompañar la exposición de Los archivos de Walter Benjamin, celebrada a fines del  2006 en la Academia de las Artes  de Berlín. La edición española fue traducida por Joaquín Chamorro Mielke y supervisada por Ana Carrasco Conde. En paralelo a su original en alemán, esta publicación se hizo para acompañar la muestra titulada Walter Benjamin. Constelaciones, celebrada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, que concluyó en febrero del 2011. Surgido de una interacción entre texto y gráfica, fotografía y naturaleza, sobre la que Benjamin meditó, el libro ofrece una galería estudiada de documentos asombrosamente reproducidos, para revelar, en cada caso, un aspecto diferente de la inclinación propia del autor. Lo que salta a la vista es el énfasis en la letra de Walter Benjamin, que aparece transcrita de todos los modos posibles, como una réplica de la intensa expresividad de quien hizo de la grafología, además, uno de sus oficios predilectos. La obsesión por lo minúsculo en todas sus apariciones incluyó a la letra, como elemento visual y autónomo. Basta recordar el citado asombro de Benjamin al descubrir un alma afín en quien escribió todo un rezo judío, el Shemá Israel, en dos granos de trigo, que pudo observar en una visita al Museo de Cluny, en París. O el relato del sueño sobre un chal que Benjamin le transmitiera a la esposa de Theodor Adorno poco antes de su partida final, donde aparece la letra d que Jacques Derrida interpretó de manera memorable. La letra de Walter Benjamin fue cambiando a lo largo del tiempo, empequeñeciéndose y ocupando espacios más pequeños, también en función de la censura, pero “sin renunciar en estos minúsculos rasgos a la más refinada agudeza y precisión”, asegura Gershom Scholem. Para esa caligrafía diminuta “jamás encontraba una pluma lo suficientemente afilada, lo que lo obligaba a volver la punta de la pluma al revés, para escribir mejor”, según constató Jean Selz. A esto se sumaba su pulsión por no desaprovechar ni un centímetro cuadrado de papel –el reverso de las cartas de sus mejores amigos le servía para hacer apuntes.

En otros casos, la pequeñez de lo escrito volverá inmenso el espacio de la hoja, para dar lugar a la expresión visual del desamparo, como subraya Ursula Marx a propósito de uno de los sonetos escritos por Benjamin a la muerte de su amigo Christoph Friedrich Heinle, que viene reproducido en el libro. Por otra parte, se señala más de una intención que subyace en esta letra pequeñísima. “Las micrografías de Benjamin repelen la lectura accidental; y Benjamin inscribe en ellas intencionadamente la conciencia de la magnitud y de la importancia de lo que escribe.”

A pesar del enorme interés que ha motivado el rescate de su obra, este libro nos enseña que la jornada aún no culmina y hay más por conocer. Como lo que ha quedado de su colección de tarjetas postales y la génesis de esta afición, de la que el mismo autor nos da su procedencia. El modelo fue transmitido por su abuela materna, una viajera incansable que le enviaba postales de sus aventuras, sembrando en él el anhelo de viajar. “Y como la nostalgia que sentimos define tanto un lugar como su propia imagen exterior, hay que decir algo de esas postales.” Benjamin llegó a pensar en escribir una Estética de la tarjeta postal, en una época de surgimiento y pleno apogeo de la misma, distante de la nuestra, menos en el tiempo que en la sensibilidad (nada queda de esa capacidad de evocación que tenían las vistas codificadas sobre un lugar, en las actuales fotos tomadas por celular que se suben a las redes sociales para informar sobre los viajes). De aquellas imágenes podemos ahora conocer más de la localidad de San Gimignano, acompañadas por su encuadre personal para transmitir la quintaesencia de lo que vio: “Difícil escapar de este presente exagerado, tener presente, por la mañana, la tarde; y por la noche, el día.” No menos subyugante será el relato sobre la muralla que descubrió a través de una fotografía, durante uno de sus paseos por un poblado español. O los retratos de juguetes artesanales de Rusia. Testimonios que son, a su vez, residuos de un mundo en desaparición, como nos deja ver Michael Schwarz.

Una de las novedades que se ofrecen en estos Archivos son los cuadernos de notas sobre las primeras frases de Stefan, donde Benjamin registra meticulosamente los desvíos y desvaríos de su hijo, bajo el título de opinions et pensées, como haciéndolas parecer las máximas de un filósofo. O las ocho reproducciones de sibilas tomadas de las losas de la catedral de Siena, que aparecieron entre sus cosas y que Benjamin parece haber traído de uno de sus últimos viajes, antes de que dejara de ser un viajero y pasara a ser un refugiado, apátrida. La perspectiva del lugar ya nunca volvería a ser la misma. Y desde sus destinos provisionales, los cuadernos de notas se convertirán también en albergues temporales de sus escritos. Un fragmento de una carta destinada a Alfred Cohn nos da muestras de la emoción que sentía al comenzar un cuaderno nuevo: “Quizás no sepas lo hermoso que es ver siempre tan amistosamente admitidos los pensamientos cambiantes y de diversa índole de tantos años en tan delicados y limpios alojamientos.”

Los títulos de los capítulos que acompañan con ensayos específicos a las reproducciones han sido tomados cuidadosamente de los propios textos de Benjamin, de modo que imprimen un estado de ánimo particular a la lectura. Así, el primer capítulo dedicado a Benjamin como archivero, titulado “Árbol del esmero”, obtiene dicha expresión de una carta que Walter Benjamin le enviara a Gershom Scholem, donde le decía: “Ha llegado el momento en el que tienes que dejarme zarandar el árbol del esmero, cuyas raíces se encuentran en mi corazón y sus hojas en tu archivo, para tomar algunos de sus escasos frutos.” No pocas veces había solicitado de su amigo que le enviara de regreso las copias de los trabajos que tenía en su poder, pero, por este motivo, algunas de ellas se perdieron.

En otras traducciones al español, esta misma expresión aparece designada con las palabras “Árbol de la escrupulosidad”, “Árbol del cuidado”, y en inglés se la transfiere como tree of conscientiousness, que agrega la connotación de conciencia unida a diligencia, la alerta de un cierto estado de conciencia escrupuloso. Baum der Sorgfalt es la expresión original en alemán que Benjamin usó en su carta. Tal parece que reúne todas estas connotaciones y más, como la del amoroso cuidado que trae implícita una atención tan dedicada a algo o a alguien. El árbol custodiado por Benjamin desde el exilio fue como la imagen bíblica del árbol de la vida o de la sabiduría. Benjamin cuidaba su árbol de archivos desde lejos, asegurándose de alojar en sus hojas copias de sus trabajos, que podrían serle de utilidad en algún momento. Su árbol de archivos era, en efecto, un  árbol de la vida para su propia vida, aún y a pesar de los “escasos frutos” que decía haber en él. Por cada uno de ellos, estamos agradecidos. ~

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