En el corazón del infierno

Zalmen Gradowski fue un Sonderkommando, vigilante judío encargado de conducir a los suyos a las cámaras de gas. Antes de morir en Auschwitz en 1944, escribió un desgarrador e inolvidable testimonio del horror. El infierno no es una abstracción teológica, es el sitio donde se concentra el Mal, donde se reducen los hombres a cosas, paso previo al exterminio.

Después, dos hombres extraños cubrirán con guantes sus manos o las envolverán con trozos de tela, ya que estos cuerpos –ahora blancos como la nieve– tendrán entonces un aspecto repulsivo y no querrán tocarlos con las manos desnudas. Arrastrarán a esta joven y hermosa flor por el suelo de cemento, helado y mugriento. Y su cuerpo arrastrado barrerá toda la suciedad que encuentre en su camino.

Y como si se tratara de un animal repugnante, será lanzada, arrojada sobre un montacargas que la enviará al fuego de allí arriba, al infierno, y en pocos minutos esta carne humana se convertirá en cenizas.

Ya podemos ver, ya percibimos su fin inminente. Observo estas vidas palpitantes que aquí ocupan un gran espacio, que ahora mismo representan mundos enteros, y dentro de unos minutos se alzará ante mis ojos otra imagen: la de un compañero llevando una carretilla de cenizas hacia la gran fosa. Ahora estoy junto a un grupo de unas diez o quince mujeres, y muy pronto todos sus cuerpos, todas sus vidas cabrán en una carretilla de cenizas. De quienes ahora están aquí no quedará el más mínimo rastro, todas ellas, que han ocupado ciudades enteras, que tenían un lugar en el mundo, serán borradas en breve, arrancadas de cuajo, como si nunca, como si jamás hubieran nacido. Nuestros corazones están destrozados por el dolor. Sentimos en nosotros mismos, sufrimos en carne propia la angustia de su paso de la vida a la muerte.

Nuestros corazones se llenan de compasión. ¡Ay, si pudiéramos sacrificar trozos de nuestra vida en su lugar, en lugar de nuestras queridas hermanas, seríamos tan felices! Ahora querríamos estrecharlas contra nuestro corazón dolorido, besar todo su cuerpo, embriagarnos con la vida que está a punto de desaparecer. Dejar grabada en el corazón esta imagen de sus vidas que aún palpitan y llevar eternamente en el fondo de nuestros corazones estas vidas que se apagarán ante nuestros ojos. Todos somos presa ahora de pensamientos de pesadilla. Ellas, las queridas hermanas, nos miran con asombro: por qué parecemos tan “trastornados”, si ellas están serenas. Ahora darían lo que fuera por hablar con nosotros, preguntarnos qué será de ellas cuando hayan muerto, pero no se atreven y el secreto no les será revelado hasta el final.

Por ahora, aquí está la gran masa desnuda que dirige petrificada sus miradas en una sola dirección, mientras un oscuro pensamiento va tejiéndose en su mente.

En un rincón han quedado todas sus pertenencias, mezcladas en un ovillo, un revoltijo. Las ropas que hace un instante se han quitado al desnudarse. Son ellas, sus cosas, las que ahora no les permiten mantener la calma. A pesar de saber que ya no las necesitarán, permanecen atadas a ellas por múltiples lazos, aún conservan el calor de sus cuerpos. Ahí están, en desorden; aquí un vestido, allí el chaleco que tanto abrigaba. ¡Ay, si pudieran volver a ponerse esas ropas, qué bienestar sentirían, qué dichosas serían!

¿Será cierto, pues, que su situación es tan trágica que ya nunca más vestirán sus cuerpos esas ropas?

¿Se quedarán ahí abandonadas, tiradas? ¿Nunca más volverán a verlas?

Ay de esas ropas, ahora huérfanas. Son como testigos, advertencias, indicios de la muerte inminente.

Ay, quién vestirá esas ropas cuando ellas hayan muerto. Una sale de la fila y va hacia un pañuelo de seda que ha quedado atrapado bajo el pie de un compañero. Lo recoge rápidamente y vuelve a fundirse en la fila. Le pregunto por qué necesita ese pañuelo. “Es un recuerdo” –me contesta la joven en voz baja–. Y quiere llevárselo a la tumba.

 

El vertido del gas

En el silencio de la noche se oyen los pasos de dos personas. A la luz de la luna se vislumbran las dos siluetas. Se colocan las máscaras para verter el mortífero gas. Llevan dos grandes bidones metálicos, que pronto aniquilarán a miles de víctimas. Dirigen sus pasos hacia el búnker, hacia el profundo infierno, hacia allí avanzan sigilosamente. Serenos, fríos, impasibles, como si se dispusieran a realizar una labor sagrada. Su corazón es de hielo, sus manos no tiemblan ni una sola vez, con paso inocente se acercan a cada “ojo” del búnker enterrado; allí vierten el gas y después tapan el “ojo” abierto con una pesada tapadera para que el gas no pueda salir. A través de los ojos-orificios les llega el intenso y doloroso gemido de la masa, que ya se debate con la muerte, pero su corazón no se conmueve. Sordos, mudos, con frialdad impasible

avanzan hacia el segundo “ojo” y vuelven a verter el gas. Así van cubriendo hasta el último de los “ojos”, y entonces se quitan las máscaras. Ahora marchan orgullosos, llenos de coraje y contentos. Han cumplido con una importante tarea para su pueblo, para su país. Acaban de dar un paso más hacia la victoria...

 

Los preparativos para el infierno

Es preciso endurecer el corazón, matar toda sensibilidad, acallar todo sentimiento de dolor. Es preciso reprimir el horroroso sufrimiento que recorre como un huracán todos los rincones del cuerpo. Es preciso convertirse en un autómata que nada ve, nada siente y nada comprende.

Los brazos y las piernas se dedican a trabajar. Allí hay un grupo de compañeros, cada uno ocupado en su labor. Se jala con fuerza hasta extraer los cuerpos de la madeja, este por una pierna, aquel otro por un brazo, lo que resulte más cómodo. Parece que en cualquier momento van a desmembrarse por los incesantes tirones. Después se arrastra el cuerpo por el mugriento y frío suelo de cemento, y su hermosa blancura alabastrina, como si fuera una escoba, va recogiendo toda la suciedad, todo el polvo que encuentra en su camino. Se toma el cuerpo, ahora manchado, y se lo coloca boca arriba. Te miran unos ojos ya vidriosos, como si preguntaran: “¿Qué harás ahora conmigo, hermano?” Más de una vez reconoces a alguien con quien compartiste ratos antes de que entrara en la tumba. Tres personas se disponen a preparar los cuerpos. Con unas frías tenazas, uno de ellos se introduce en la hermosa boca en busca de algún tesoro, de algún diente de oro, y cuando lo encuentra, lo arranca con carne y todo. Otro, con las tijeras, corta los cabellos ondulados, despoja a la mujer de su corona. El tercero arranca deprisa los pendientes de las orejas, y más de una vez las deja manchadas de sangre. Y los anillos que no salen fácilmente también se arrancan con tenazas.

Ahora ya se los puede llevar el montacargas. Dos hombres mecen los cuerpos como si fueran leños y los lanzan sobre la plataforma; cuando han sumado siete u ocho, se avisa con un bastonazo y sube el montacargas.

 

En el corazón del infierno

Allí arriba, junto al montacargas, cuatro hombres esperan. A un lado, dos arrastran los cuerpos al “depósito”; los otros dos están encargados de conducirlos directamente hacia los hornos. Los cuerpos son alineados de dos en dos ante cada una de las bocas del horno. Los niños pequeños están apilados a un lado y van siendo arrojados a razón de uno por cada dos adultos. Se colocan los cuerpos sobre la “tabla de purificación”[5]–una angarilla de hierro–, y entonces se abre la boca del horno y se empuja la angarilla hacia el interior. El fuego infernal extiende sus lenguas como brazos abiertos y atrapa el cuerpo de inmediato, como si fuera un tesoro. Lo primero en arder son los cabellos. La piel se llena de ampollas y en pocos segundos estalla. Los brazos y piernas comienzan a contorsionarse porque las arterias se encogen y ponen los miembros en movimiento. El cuerpo entero arde intensamente, estalla la piel y puede oírse el crepitar del fuego avivado por la grasa derramada. Ya no se ve un cuerpo, sino una sala en la que arde un fuego infernal que consume algo en su interior. El vientre estalla. Los intestinos y las entrañas brotan rápidamente de su interior y en pocos minutos no queda traza de ellos. La cabeza tarda más en arder. De las órbitas surgen unas llamitas azules que centellean, los ojos arden junto con los sesos ocultos que de este modo se manifiestan, mientras en  la boca sigue calcinándose la lengua. El proceso dura  en total cerca de veinte minutos, durante los que un cuerpo, un mundo, se ve reducido a cenizas.

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Sabina Rivas y los Sonderkommandos

 

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de ver la película La vida precoz y breve de Sabina Rivas. Dirigida por Luis Mandoki, el filme es una adaptación de la novela La Mara, de Rafael Heredia. La película retrata, de manera cruda y sin concesiones, la realidad de miles de centroamericanas que, en su afán por llegar a los Estados Unidos, salen de sus países dispuestas a atravesar México y alcanzar la frontera norte. La peligrosidad de ‘La Bestia’, la corrupción de las autoridades migratorias mexicanas, las bandas del crimen organizado que sacan ventaja de la vulnerabilidad de las y los migrantes, los giros negros –escuelas de prostitución– que se ofrecen a las migrantes como oportunidades para aligerar y asegurar su camino hacia el sueño gringo, aparecen en una imagen policromática en la película producida por Abraham Zabludovsky.

 

Pero no quiero hacer aquí, en esta ocasión, crónica cinematográfica. Tampoco quiero abundar sobre la paradójica asistencia financiera de Televisa y del gobierno de Chiapas a este proyecto fílmico. Quiero solamente hacer alusión, como punto de partida para la reflexión que hoy quiero compartirles,  a una escena de la película que me hizo pensar.

 

La protagonista (una joven que de niña fue violada por su propio padre, que no encontró apoyo ni ayuda en su madre que no hizo nada por evitar las violaciones continuas, que fue testigo presencial de la muerte de sus progenitores a manos de su hermano que, enamorado de ella y por defenderla, terminó ultimando a padre y madre) trabaja en una cantina-prostíbulo en una ciudad fronteriza de Guatemala, a orillas del Suchiate. Es protegida y explotada por una matrona que alimenta el sueño de la muchacha de llegar a los Estados Unidos y se vale de ello para explotarla y sacar provecho. En un momento determinado, cuando un corrupto policía mexicano la persigue y quiere obligarla por la fuerza a mantener relaciones con su jefe, la matrona sale en defensa de la muchacha y aleja, con arma en la mano, al policía abusador.

 

La relación matrona – pupila no deja de ser ambigua a lo largo del filme: la mujer explota a la joven, sí, pero es también el único afecto cercano que la muchacha experimenta. Por momentos se antoja casi como un sustituto materno. Mientras veía las escenas de ellas dos conversando, en un dejo algo parecido a la ternura, el hígado se me revolvía. ¿Cómo puede aparentar ternura quien vive de la explotación de otras mujeres?

 

Mis pensamientos se vieron de pronto interrumpidos. Mi compañero de butaca, ignorante de los sentimientos que este tipo de relación despertaba en mí, cuando vio a la matrona defender con el arma en la mano a su pupila en contra del policía corrupto y amenazante, hizo un comentario que me sembró una daga: “seguramente ella también es alguien a quien violaron de niña, o la obligaron a hacer servicios sexuales que rechazaba…”

 

La diferencia entre víctima y victimario no desaparece. La explotación a la que esa mujer sometía a sus muchachas no queda justificada. Sin embargo, el comentario surgido de la butaca de al lado introdujo un matiz que no es nada despreciable. Algo parecido a la vieja canción italiana que, allá por los años ochenta, entonaba el cantautor Claudio Baglioni y que subrayaba que el terrorista que hizo estallar la bomba también se cayó de un árbol cuando era niño, y lloró, y agradeció a su mamá cuando ella lo abrazó y le curó la herida… O aquella sentencia de mi antiguo párroco, que sostenía que en el cielo habríamos de encontrarnos con grandes sorpresas, como, por ejemplo, tomarnos de la mano de un Hitler o de un Mussolini en la alegría final, gracias al perdón de Dios y a quién sabe cuántos elementos externos que produjeron monstruos como aquellos.

 

Repito: no se tome esta reflexión como una justificante para los males objetivos que produjeron personas como Hitler o Pinochet. Se trata solamente de introducir un matiz que apunta a que, en cuestión de comportamientos morales, la línea entre víctima y victimario no es siempre tan clara. No todo es blanco y negro: una buena parte de nuestras vidas y actuaciones se ejecutan en una amplia gama de grises. Saber apreciar y valorar esta gama cromática es fuente de sabiduría y equilibrio.

 

El número 169 de la revista Letras Libres, correspondiente al mes de enero de 2013 y dedicado a reflexionar sobre El Holocausto, hace un guiño a este misma temática en el artículo En el corazón del infierno (pp. 22-27). En la introducción al artículo, transcripción de las notas de Zalmen Gradowski, un Sonderkommando, Ana Nuño nos alerta:

 

Los Sonderkommandos eran escuadrones especiales de trabajo, destinados a operar en las cámaras de gas y los crematorios. Todos sus miembros eran deportados judíos. Hubo Sonderkommandos en los seis campos de exterminio para judíos construidos en territorio polaco (Chelmno, Treblinka, Majdanek, Sobibor, Bełżec y Auschwitz-Birkenau). Los de Auschwitz fueron los más numerosos, y uno de ellos protagonizó la única revuelta que se produjo en este campo. Estaban obligados a retirar los cadáveres de las cámaras, limpiarlas y prepararlas para el siguiente gaseamiento, conducir los cuerpos al crematorio anexo y quemarlos. Asimismo, debían dispersar las cenizas en los lugares designados a este efecto. Vivían en régimen de estricto aislamiento respecto de los otros prisioneros del campo. Gozaban del privilegio de una ración extra de comida y, ocasionalmente, bebidas alcohólicas. Periódicamente eran, a su vez, exterminados en las cámaras de gas y reemplazados por otros deportados. En la primavera de 1944, cuando se inició el gaseamiento masivo de los judíos húngaros deportados a Auschwitz, el Sonderkommando de Birkenau estuvo integrado por un millar de hombres que trabajaban en equipos por turnos de doce horas ininterrumpidamente… Los miembros de los Sonderkommandos de Auschwitz han sido objeto de una de las más tenaces leyendas negras divulgadas después de la Segunda Guerra Mundial. Bien por desconocimiento de la lógica del proceso de exterminio de los judíos europeos ejecutado por el régimen nazi, bien por voluntad de borrar lo que durante mucho tiempo los sobrevivientes consideraron episodios especialmente vergonzosos del mismo, la realidad de estos ‘comandos especiales’ se mantuvo discretamente apartada del estudio general del proceso de internamiento, selecciones y asesinato en las cámaras de gas de los seis campos de exterminio levantados por los alemanes en territorio polaco”.

 

Esa leyenda negra ha cambiado gracias a algunos documentos que han sido descubiertos enterrados in situ en los campos de Auschwitz-Birkenau. Se trata de manuscritos de los Sonderkommandos, que sabiéndose ellos mismos condenados a la muerte, tomaron la decisión de compartir el horror del que eran testigos y del que se les obligaba a ser partícipes, con la expresa voluntad de evitar que todo ello pereciera en el olvido. Lo hicieron elaborando los manuscritos que después fueron enterrados y más tarde, después del fin de la Segunda Guerra Mundial, descubiertos y publicados. Son precisamente las notas de uno de esos manuscritos, las que constituyen el artículo En el corazón del infierno, ya señalado líneas arriba.

 

Los Sonderkommandos, y la superación de la leyenda negra que los había acompañado durante tantos años, se sitúa en el mismo canal que mis reflexiones sobre la matrona de Sabina Rivas: no todo es lo que parece, y aun las acciones más abyectas tienen causas previas y un pasado que es preciso conocer para tener una visión equilibrada.

 

raulugo.indignacion.org.mx


en cuanto alo texto pue4do decir que el autor muestra una gran sencibiloidad hacia el dolor de los otros, por lo cual me puedo imaginar  el dolor que sintio al saber  como acabarian las vidas de estas personas, el ver el ultimo mento de sus vidas, seguramente su unica salida fue escribir para dejar su dolor

Es increíble lo que este texto provoca; la forma en la que describe el sufrimiento humano desde la sencillez de una emoción y desde la complejidad de la psicología humana. La muerte desnuda y desgarra.

Me impresiona ver la forma en la que el hombre a lo largo de la historia repite las historias... acaso somos tan tercos? acaso somos ciegos, sordos?... o acaso somos hombres? La libertad es el costo de nuestra elección

Realmente hay que leer este texto. Leer la descripción del autor me ha llevado a tener una sensación de tristeza y frustación. Cuando uno se pone a pensar si es posible que estas atrocidades puedan existir, creo que sería ingenuo de mi parte dejar de lado una afirmación por demás indescriptible.

No queda más que hacer honor a todos los judíos que por la inconsciencia de unos cuantos sufrieron estos inhumanos actos de barbarie.

Imposible no leer estos fragmentos y recrearlos en la mente. La forma en que contraponen su percepción de la belleza del cuerpo con vida y su trágico, penoso, increíble final, toca las fibras más sensibles del lector y arranca lágrimas de incredulidad, ese horror no pudo haber pasado y sin embargo sucedió. No importa cuántas veces, en cuántas formas se escriba sobre momentos como ésos, las imágenes que se construyen con la lectura me dejarán siempre atónita.

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