En el corazón del infierno

Zalmen Gradowski fue un Sonderkommando, vigilante judío encargado de conducir a los suyos a las cámaras de gas. Antes de morir en Auschwitz en 1944, escribió un desgarrador e inolvidable testimonio del horror. El infierno no es una abstracción teológica, es el sitio donde se concentra el Mal, donde se reducen los hombres a cosas, paso previo al exterminio.

No teníamos el coraje ni la firmeza para decirles a estas queridas hermanas que se desnudaran. Porque las ropas que llevaban puestas, incluso ahora, son las corazas, los escudos que protegen sus vidas. En el momento en que se desvistan y queden como su madre las trajo al mundo, perderán su última defensa, el último sostén del que ahora penden sus vidas. Y por eso no tenemos el coraje de decirles que se desnuden lo más rápido que puedan. Que aún permanezcan un momento, un instante más dentro de su coraza, arropadas por la vida.

La primera pregunta que surge de todos los labios es si ya han llegado sus maridos. Quieren saber si aún viven sus maridos, padres, hermanos, amantes, o si sus cuerpos yacen inmóviles en alguna parte, los están quemando las llamas y de ellos ya ni rastro queda. Y si ellas se han quedado solas, abandonadas y con un hijo que ya es huérfano. Quizás haya perdido para siempre a su padre, a su hermano. Pero entonces, ¿para qué vivir, por qué iba a querer  seguir viviendo? “Dime, hermano”, dice una de ellas, resignada –su mente hace tiempo se ha hecho a la idea de que ha de abandonar la vida y el mundo para siempre–. Se dirige a nosotros valientemente, con una nota de firmeza en su voz: “Decidnos, hermanos, ¿cuánto se tarda en morir? ¿Es una muerte penosa o fácil?”

Pero no les está permitido demorarse en aquel lugar. Las bestias asesinas no tardan en manifestarse. El aire es rasgado por los gritos de los bandidos borrachos, impacientes por saciar su sed con la desnudez de mis queridas y hermosas hermanas. Los porrazos arrecian sobre las espaldas, cabezas y cualquier otra parte de los cuerpos con la que tropiezan, y rápidamente van cayendo al suelo las prendas de vestir. Algunas se avergüenzan, quisieran ocultarse donde fuera, con tal de no exponer su desnudez. Pero aquí no hay un solo rincón, aquí ya no existe la vergüenza. La moral y la ética van a la tumba, junto con la vida.

Algunas se abalanzan sobre nosotros como hechizadas, como enamoradas se lanzan a nuestros brazos y nos ruegan con miradas avergonzadas que las desvistamos, quieren olvidarse de todo, no quieren pensar en nada. Al pisar el primer escalón de la tumba ya han saldado todas las cuentas con el mundo de ayer, con su moral y principios, con sus ideas éticas. Y ahora, en el umbral de la fosa, mientras aún permanecen en la superficie de la vida y siguen sintiendo, perciben todavía que necesita disfrutar el cuerpo, quieren darle todo lo que desee, el último placer, la última alegría que sea posible obtener en vida, ahora quieren emborracharlo, saciarlo antes de morir. Por ello desean que ese cuerpo que palpita intensamente, pleno de sangre y de vida, sea acariciado, mimado por la mano de un hombre extraño, que sea el más cercano amante, aquí y ahora, quien lo acaricie. Y sentir de ese modo como si la mano del esposo o del amante fuese la que acariciara y mimara su cuerpo consumido por la pasión. Quieren emborracharse ahora, las queridas hermanas, las hermosas mías. Y sus labios ardientes se tienden hacia nosotros con amor, quieren besarnos apasionadamente, mientras esos labios siguen con vida.

Llegan raudos más camiones repletos de víctimas; estas entran en la sala. Entre las filas de mujeres desnudas muchas se abalanzan sobre las recién llegadas, llorando y gritando de manera atroz; es que las hijas desnudas han reencontrado a su madre y se besan y abrazan, se alegran de volver a estar juntas. Y la hija se siente feliz de que su madre, de que el corazón de su madre, la acompañe a la muerte.

Todas se desnudan y forman en fila, unas lloran y otras se quedan quietas, como petrificadas. Una se arranca el cabello y habla furiosamente consigo misma. Cuando me acerco a ella escucho solamente estas palabras: “¿Dónde estás, amado esposo mío, por qué no vienes a verme, si soy tan joven y hermosa?” Las que están cerca me dicen que el día anterior, en el calabozo, ha perdido la razón.


Otras nos hablan en voz baja, serenas: “¡Ay!, si somos tan jóvenes, tenemos ganas de vivir, hemos disfrutado tan poco de la vida.” No nos piden nada, porque saben que somos igualmente víctimas, como ellas. Pero hablan, simplemente por hablar, porque el corazón está colmado de pena y antes de morir quieren hablar con alguien que está vivo y contarle sus sufrimientos.

Unas mujeres en grupo se abrazan y besan, son hermanas que se han encontrado allí y se apretujan hechas un ovillo.

Allí está también una madre desnuda sentada en un banco con su hija en el regazo. Una criatura, una niña que aún no ha cumplido quince años. Estrecha la cabecita contra su pecho y la besa por todas partes. Y una corriente de cálidas lágrimas se derrama sobre su sangre joven. La madre llora por su niña, a la que con sus propias manos pronto conducirá a la muerte.

En la sala, en la inmensa tumba, brilla ahora una nueva luz. A un lado del gran infierno se alinean los blancos, alabastrinos cuerpos de mujer que esperan la apertura de las puertas del infierno que les franqueará el camino hacia la tumba. Nosotros, los hombres, vestidos, estamos frente a ellas y las miramos petrificados. No somos capaces de discernir si la escena que contemplamos es real o si se trata solamente de un sueño. ¿Hemos aterrizado acaso en un mundo de mujeres desnudas donde pronto serán objeto de un diabólico juego? ¿O estamos en algún museo, en el taller de un artista al que mujeres de todas las edades, mostrando la más amplia gama de expresiones en sus gestos, suspiros y callado llanto, han venido por su propia voluntad para posar como modelos?

Porque lo que nos sorprende es que estas mujeres, en lo que parece una excepción a tantos otros transportes, permanezcan tan serenas. En su mayoría incluso parecen animosas y despreocupadas, como si nada estuviera pasándoles. Miran de frente a la muerte con una valentía, una serenidad que nos dejan estupefactos. ¿Acaso no saben lo que les espera? Las contemplamos compasivamente porque vemos alzarse ante nosotros otra estampa de horror: estas vidas palpitantes, estos mundos en ebullición, el ruido, el alboroto que surge de ellas, en unas horas habrá muerto, yacerá inmóvil. Sus bocas enmudecerán para siempre. Esos ojos brillantes que ahora las dotan de tanto encanto, tanta magia, quedarán detenidos, apuntando hacia una única dirección, como si fueran a sondear la eternidad de la muerte.

Estos hermosos cuerpos seductores que ahora florecen llenos de vida tendidos quedarán en el suelo, como seres repugnantes revolcados en el lodo y la mugre de la tierra, sus limpios cuerpos alabastrinos maculados por las deyecciones.

De la boca de perla se arrancarán los dientes junto con la carne, y la sangre correrá a raudales.

De la nariz perfilada manarán dos ríos: uno rojo, otro amarillo o blanco.

Y el rostro blanco y rosado se tornará rojo, azul o negro por efecto del gas.

Los ojos desorbitados estarán inyectados en sangre, y será imposible reconocer a la mujer que ahora mismo tenemos ante nosotros. Y dos heladas manos cortarán los ensortijados cabellos y arrancarán los pendientes de sus orejas y los anillos de sus dedos.

Ver artículo completo ›
Comentar ›

Comentarios (5)

Mostrando 5 comentarios.

 

Sabina Rivas y los Sonderkommandos

 

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de ver la película La vida precoz y breve de Sabina Rivas. Dirigida por Luis Mandoki, el filme es una adaptación de la novela La Mara, de Rafael Heredia. La película retrata, de manera cruda y sin concesiones, la realidad de miles de centroamericanas que, en su afán por llegar a los Estados Unidos, salen de sus países dispuestas a atravesar México y alcanzar la frontera norte. La peligrosidad de ‘La Bestia’, la corrupción de las autoridades migratorias mexicanas, las bandas del crimen organizado que sacan ventaja de la vulnerabilidad de las y los migrantes, los giros negros –escuelas de prostitución– que se ofrecen a las migrantes como oportunidades para aligerar y asegurar su camino hacia el sueño gringo, aparecen en una imagen policromática en la película producida por Abraham Zabludovsky.

 

Pero no quiero hacer aquí, en esta ocasión, crónica cinematográfica. Tampoco quiero abundar sobre la paradójica asistencia financiera de Televisa y del gobierno de Chiapas a este proyecto fílmico. Quiero solamente hacer alusión, como punto de partida para la reflexión que hoy quiero compartirles,  a una escena de la película que me hizo pensar.

 

La protagonista (una joven que de niña fue violada por su propio padre, que no encontró apoyo ni ayuda en su madre que no hizo nada por evitar las violaciones continuas, que fue testigo presencial de la muerte de sus progenitores a manos de su hermano que, enamorado de ella y por defenderla, terminó ultimando a padre y madre) trabaja en una cantina-prostíbulo en una ciudad fronteriza de Guatemala, a orillas del Suchiate. Es protegida y explotada por una matrona que alimenta el sueño de la muchacha de llegar a los Estados Unidos y se vale de ello para explotarla y sacar provecho. En un momento determinado, cuando un corrupto policía mexicano la persigue y quiere obligarla por la fuerza a mantener relaciones con su jefe, la matrona sale en defensa de la muchacha y aleja, con arma en la mano, al policía abusador.

 

La relación matrona – pupila no deja de ser ambigua a lo largo del filme: la mujer explota a la joven, sí, pero es también el único afecto cercano que la muchacha experimenta. Por momentos se antoja casi como un sustituto materno. Mientras veía las escenas de ellas dos conversando, en un dejo algo parecido a la ternura, el hígado se me revolvía. ¿Cómo puede aparentar ternura quien vive de la explotación de otras mujeres?

 

Mis pensamientos se vieron de pronto interrumpidos. Mi compañero de butaca, ignorante de los sentimientos que este tipo de relación despertaba en mí, cuando vio a la matrona defender con el arma en la mano a su pupila en contra del policía corrupto y amenazante, hizo un comentario que me sembró una daga: “seguramente ella también es alguien a quien violaron de niña, o la obligaron a hacer servicios sexuales que rechazaba…”

 

La diferencia entre víctima y victimario no desaparece. La explotación a la que esa mujer sometía a sus muchachas no queda justificada. Sin embargo, el comentario surgido de la butaca de al lado introdujo un matiz que no es nada despreciable. Algo parecido a la vieja canción italiana que, allá por los años ochenta, entonaba el cantautor Claudio Baglioni y que subrayaba que el terrorista que hizo estallar la bomba también se cayó de un árbol cuando era niño, y lloró, y agradeció a su mamá cuando ella lo abrazó y le curó la herida… O aquella sentencia de mi antiguo párroco, que sostenía que en el cielo habríamos de encontrarnos con grandes sorpresas, como, por ejemplo, tomarnos de la mano de un Hitler o de un Mussolini en la alegría final, gracias al perdón de Dios y a quién sabe cuántos elementos externos que produjeron monstruos como aquellos.

 

Repito: no se tome esta reflexión como una justificante para los males objetivos que produjeron personas como Hitler o Pinochet. Se trata solamente de introducir un matiz que apunta a que, en cuestión de comportamientos morales, la línea entre víctima y victimario no es siempre tan clara. No todo es blanco y negro: una buena parte de nuestras vidas y actuaciones se ejecutan en una amplia gama de grises. Saber apreciar y valorar esta gama cromática es fuente de sabiduría y equilibrio.

 

El número 169 de la revista Letras Libres, correspondiente al mes de enero de 2013 y dedicado a reflexionar sobre El Holocausto, hace un guiño a este misma temática en el artículo En el corazón del infierno (pp. 22-27). En la introducción al artículo, transcripción de las notas de Zalmen Gradowski, un Sonderkommando, Ana Nuño nos alerta:

 

Los Sonderkommandos eran escuadrones especiales de trabajo, destinados a operar en las cámaras de gas y los crematorios. Todos sus miembros eran deportados judíos. Hubo Sonderkommandos en los seis campos de exterminio para judíos construidos en territorio polaco (Chelmno, Treblinka, Majdanek, Sobibor, Bełżec y Auschwitz-Birkenau). Los de Auschwitz fueron los más numerosos, y uno de ellos protagonizó la única revuelta que se produjo en este campo. Estaban obligados a retirar los cadáveres de las cámaras, limpiarlas y prepararlas para el siguiente gaseamiento, conducir los cuerpos al crematorio anexo y quemarlos. Asimismo, debían dispersar las cenizas en los lugares designados a este efecto. Vivían en régimen de estricto aislamiento respecto de los otros prisioneros del campo. Gozaban del privilegio de una ración extra de comida y, ocasionalmente, bebidas alcohólicas. Periódicamente eran, a su vez, exterminados en las cámaras de gas y reemplazados por otros deportados. En la primavera de 1944, cuando se inició el gaseamiento masivo de los judíos húngaros deportados a Auschwitz, el Sonderkommando de Birkenau estuvo integrado por un millar de hombres que trabajaban en equipos por turnos de doce horas ininterrumpidamente… Los miembros de los Sonderkommandos de Auschwitz han sido objeto de una de las más tenaces leyendas negras divulgadas después de la Segunda Guerra Mundial. Bien por desconocimiento de la lógica del proceso de exterminio de los judíos europeos ejecutado por el régimen nazi, bien por voluntad de borrar lo que durante mucho tiempo los sobrevivientes consideraron episodios especialmente vergonzosos del mismo, la realidad de estos ‘comandos especiales’ se mantuvo discretamente apartada del estudio general del proceso de internamiento, selecciones y asesinato en las cámaras de gas de los seis campos de exterminio levantados por los alemanes en territorio polaco”.

 

Esa leyenda negra ha cambiado gracias a algunos documentos que han sido descubiertos enterrados in situ en los campos de Auschwitz-Birkenau. Se trata de manuscritos de los Sonderkommandos, que sabiéndose ellos mismos condenados a la muerte, tomaron la decisión de compartir el horror del que eran testigos y del que se les obligaba a ser partícipes, con la expresa voluntad de evitar que todo ello pereciera en el olvido. Lo hicieron elaborando los manuscritos que después fueron enterrados y más tarde, después del fin de la Segunda Guerra Mundial, descubiertos y publicados. Son precisamente las notas de uno de esos manuscritos, las que constituyen el artículo En el corazón del infierno, ya señalado líneas arriba.

 

Los Sonderkommandos, y la superación de la leyenda negra que los había acompañado durante tantos años, se sitúa en el mismo canal que mis reflexiones sobre la matrona de Sabina Rivas: no todo es lo que parece, y aun las acciones más abyectas tienen causas previas y un pasado que es preciso conocer para tener una visión equilibrada.

 

raulugo.indignacion.org.mx


en cuanto alo texto pue4do decir que el autor muestra una gran sencibiloidad hacia el dolor de los otros, por lo cual me puedo imaginar  el dolor que sintio al saber  como acabarian las vidas de estas personas, el ver el ultimo mento de sus vidas, seguramente su unica salida fue escribir para dejar su dolor

Es increíble lo que este texto provoca; la forma en la que describe el sufrimiento humano desde la sencillez de una emoción y desde la complejidad de la psicología humana. La muerte desnuda y desgarra.

Me impresiona ver la forma en la que el hombre a lo largo de la historia repite las historias... acaso somos tan tercos? acaso somos ciegos, sordos?... o acaso somos hombres? La libertad es el costo de nuestra elección

Realmente hay que leer este texto. Leer la descripción del autor me ha llevado a tener una sensación de tristeza y frustación. Cuando uno se pone a pensar si es posible que estas atrocidades puedan existir, creo que sería ingenuo de mi parte dejar de lado una afirmación por demás indescriptible.

No queda más que hacer honor a todos los judíos que por la inconsciencia de unos cuantos sufrieron estos inhumanos actos de barbarie.

Imposible no leer estos fragmentos y recrearlos en la mente. La forma en que contraponen su percepción de la belleza del cuerpo con vida y su trágico, penoso, increíble final, toca las fibras más sensibles del lector y arranca lágrimas de incredulidad, ese horror no pudo haber pasado y sin embargo sucedió. No importa cuántas veces, en cuántas formas se escriba sobre momentos como ésos, las imágenes que se construyen con la lectura me dejarán siempre atónita.

Enviar un comentario nuevo

Comentar

Si ya eres usuario registrado o crea tu cuenta ahora
To prevent automated spam submissions leave this field empty.
Términos y condiciones de participación