Dos testigos

Primo Levi, testimonio de los límites

Primo Levi y Jorge Semprún fueron víctimas de la violencia nazi y reflexionaron sobre ella en obras memorables. En esta nueva lectura, Beck y Canal abordan dos aspectos claves de la experiencia: el dolor físico y la condición de superviviente.

Enero 2013 | Tags:

 

 

Las primeras líneas de Si esto es un hombre –el relato del químico y escritor italiano Primo Levi sobre su estancia como prisionero en Auschwitz entre 1944 y 1945– son seguramente algunas de las más perturbadoras de la literatura moderna. Se trata de una maldición:

 

Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras.

Grabadlas en vuestros corazones

Al estar en casa, al ir por la calle,

Al acostaros, al levantaros;

Repetídselas a vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,

La enfermedad os imposibilite,

Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

 

Apenas comienza, la lectura de la obra de Levi sitúa al lector en un raro estado de intensidad. No solo le reclama la atención de su intelecto: le exige que ponga en crisis, o por lo menos en suspenso, su disposición moral ante el dolor y su postura mental hacia la historia del siglo XX –que sigue siendo, de tantas maneras, todavía la nuestra.

 

En Si esto es un hombre Levi se propone realizar una fenomenología –una descripción analítica y minuciosa– de la desdicha sin límites. En el prefacio nos advierte que su relato “no se ha escrito con el fin de formular nuevas acusaciones”, sino que “debe ser capaz, más bien, de proporcionar documentación para un estudio sosegado de ciertos aspectos de la mente humana”. Estos aspectos son los del funcionamiento de la conciencia en una situación de privación extrema –la de sentirse “afuera del mundo”–. Levi disecciona la significación específica del sufrimiento corporal en un estado de derelicción y apunta: “Era la misma incomodidad, los golpes, el frío, la sed, lo que nos sostuvo en el aire en el vacío de la desesperación sin fondo.” En sus descripciones de la experiencia del sueño en el campo se repite una misma imagen inquietante: la sensación onírica de estar durmiendo sobre un lugar hecho para el movimiento, no para el reposo; una orilla y no un lugar –la percepción de encontrarse encima de una carretera o los rieles de un ferrocarril–. En el campo ni siquiera el sueño ofrece la oportunidad de una salida. Soñar no representa la liberación del inconsciente, sino la continuidad del terror. El sentido del amanecer y el despertar igualmente se transforman: ya no significan la promesa de un nuevo comienzo, sino que marcan el principio de una “condena cotidiana”. Palabras habituales de la vida en libertad como “cansancio”, “miedo” o “dolor” pierden el sentido o se vuelven inútiles. El sentimiento de hambre de un prisionero no es la sensación de haber perdido una comida. El prisionero no tiene hambre: es hambre. Su manera de tener frío “tiene necesidad de una nueva palabra”.

La obra de Levi está atravesada por un conflicto de actitudes con respecto al testimonio: la conciencia simultánea de su urgencia y de su imposibilidad. Por un lado, Levi describe la necesidad apremiante y primordial de contar, de hacer que “los demás” participen de su historia. Narrar era para Levi y otros antiguos cautivos una premura que había adquirido “el carácter de un impulso violento e inmediato, hasta el punto de competir con nuestras otras necesidades elementales”. La compulsión de narrar representaba además el procedimiento de oposición al nazismo y su “falsificación orwelliana de la realidad”, su combate agónico contra la memoria y la evidencia –un combate que continúa hasta nuestros días–. Por otro, Levi apunta lo paradójico de su condición de sobreviviente: el testimonio sobre los campos es en cierto sentido imposible porque quien padeció esa sucesión de suplicios aberrantes siempre supo que estaba en medio de “un tipo de noche que los ojos humanos no podrían atestiguar y sobrevivir”. En Los hundidos y los salvados, otra de sus obras sobre su existencia en Auschwitz, Levi recuerda que la historia de los campos ha sido escrita por aquellos que, como él mismo, nunca conocieron el fondo: “Aquellos que lo hicieron no regresaron, o su capacidad de observación se paralizó por el sufrimiento y la incomprensión.” El testigo completo es, pues, el que por su aniquilación física o moral está incapacitado para hablar.

Giorgio Agamben ha caracterizado esta situación contradictoria como “la aporía de Auschwitz”. La aporía encierra una discrepancia en la estructura misma del testimonio: lo sucedido en el campo es la realidad más intensa, una saturación de lo real que por su mismo exceso se presenta simultáneamente como inimaginable. Los sobrevivientes, dice Agamben, “dieron testimonio de algo de lo que es imposible dar testimonio”. Desde la perspectiva de Walter Benjamin y sus reflexiones sobre la narración, se podría aventurar que Primo Levi y los demás relatores de los campos, al haber encontrado la manera de convertir en escritura la ruptura más atroz en la continuidad de la conciencia humana, se convirtieron en los creadores de una tradición imposible: la tradición que narra el quiebre de la experiencia.

El estilo literario es una de las estrategias mediante las cuales Levi concilia la oposición entre la urgencia y la imposibilidad. Si al describir episodios y situaciones del internamiento en el campo Levi hace continuamente referencia a lo fársico y lo grotesco, al leerlo es inevitable no pensar –es evidente– en lo kafkiano y, más allá, en lo dantesco. ¿Es posible imaginar una alteración más absurda y bestial del “Abandonen toda esperanza” que Arbeit macht frei –“El trabajo trae la libertad”–, divisa que recibía a los prisioneros en Auschwitz? Para dar con las claves expresivas de Levi, sin embargo, habría que ir quizás todavía más allá: a lo bíblico. Por momentos Si esto es un hombre se lee como un anti-Evangelio, una anti-Revelación, la de la “mala nueva” de Auschwitz –como una inversión maléfica de lo bíblico–. Las historias “simples e incomprensibles” de los prisioneros, nos dice Levi, son “las historias de una nueva Biblia”, una extraña Biblia que se repite, esta vez sin Providencia ni salvación. Pero este relato de proporciones apocalípticas no está escrito en un estilo arcaico o grandilocuente, sino con una prosa distintivamente vigesémica, sucinta y contenida. Las fuentes de esta prosa no están en la obra de contemporáneos como Ernest Hemingway o Albert Camus, sino –descubre Levi en una entrevista– en el estilo de los “reportes semanales” que circulan en las fábricas, escritos en un lenguaje conciso y comprensible a todo el mundo.

La significación más profunda de Si esto es un hombre es quizás la de representar, junto con Más allá de la culpa y la expiación de Jean Améry, una de las más inquietantes meditaciones sobre la redefinición de lo humano. En los campos, los prisioneros vivían en un estado de precariedad absoluta, de “vida desnuda”. Levi retorna constantemente al motivo de la desnudez: la existencia en el campo era una sucesión de desnudeces impuestas –aun a la intemperie, en medio del frío y de la nieve– que tenía el fin de reducir el cuerpo a una pura masa, de privarlo de su capacidad de ser un signo de humanidad. Se trataba no solo de una degradación del cuerpo: ahí también se desfiguró el rostro de lo humano. De ahí la pena en principio inexplicable que, de acuerdo con Levi, sentían los justos entre las víctimas por los delitos de los victimarios: “percibían que lo que había pasado alrededor de ellos y en su presencia, y en ellos, era irrevocable. Nunca jamás podría ser limpiado; probaría que el hombre, la especie humana –nosotros, en breve– tenía el potencial de construir una enormidad infinita de dolor”.

En más de una ocasión, Levi se refiere a la experiencia histórica de los campos como un “experimento”: el de mirar el mundo de los hombres desde la extrañeza de un extremo absoluto, desde el espacio exterior de lo no humano. ¿Qué se descubre desde esa perspectiva radical? Entre otras cosas, el darse cuenta de que, en un siglo sobrepoblado de cultos a la ruptura, la verdadera rebelión no consiste en la transgresión, sino en la afirmación de un límite –la conciencia de que lo humano, a pesar de ser una condición abierta, cuya naturaleza consiste en la negación de la naturaleza, tiene una forma.

En un pasaje estremecedor, Levi relata que uno de los sueños más recurrentes de los prisioneros consistía en soñarse a sí mismos después de su liberación, contando la historia de su existencia en el campo. Aunque el relato es trágico, en el sueño el público no escucha, es indiferente. Se trata de una inquietante mise en abîme del libro entero y, en realidad, de toda la literatura del testimonio sobre el Holocausto. “Sucedió, por lo tanto puede suceder otra vez: este es el corazón de lo que tenemos que decir.” Unido a la imprecación que da apertura a la obra, este gesto revela que la lectura del libro de Levi, el acto mismo de tomarlo entre las manos, entraña un pacto ético entre el lector y la historia. ~

 

 

 

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