Ilustración: Alejandro Magallanes

Diario para un diario

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1 de junio de 2015 / No tengo claro acerca de qué diarear o journalear. Será, está claro, un diario breve, de un mes. Y no será mi primera vez: ya escribí diarios parciales y puntuales. Nunca consiguieron convencerme de que la disciplina permanente y absoluta de un diario ayuda al oficio de imaginador (a lo máximo que he llegado es al notebook por cada uno de mis libros; siguiendo, intentando seguir, la estela de los de Henry James y Francis Scott Fitzgerald, tan admirables como útiles, para bien y para mal). Así que mis diarios siempre fueron focalizados. Y –como este– con fecha de expedición y de vencimiento. Diarios girando alrededor de un punto fijo, de un núcleo que les de una razón de ser. Así, uno sobre la tan épica como íntima mudanza de mi biblioteca desde el Eixample de Barcelona, cuesta arriba y hasta Vallvidrera, en el Tibidabo. Y otro sobre mi igualmente heroica imposibilidad –aunque lo siga intentando a lo largo de los años, con partes iguales de entusiasmo y culpa– de leer Rayuela, único libro que me falta de toda la obra de Julio Cortázar y que, aclaro, no es que no me guste: es que algo misterioso me impide pasar de la primera página.

Pienso un poco, pienso poco, y propongo –vía email– “el diario de un diario. Es decir: un diario que funcione como teoría y práctica de un diario. Y que vaya revelando a medida que avanza su mecánica. Lo que se incluye, lo que se excluye, lo que se miente, etc. Y que dure un mes”. El sábado 4 tengo concierto de Bob Dylan en Barcelona y estaría bien cerrarlo con eso, ¿no? Un final espectacular y elegante garantizado. Y escribo esta primera entrada del primer día. Y eso/esto –algo así como una declaración de intenciones buenas o malas– es todo por hoy.

El segundo día lo ocupo todo en una decisión formal y estética. ¿Escribiré la fecha al principio de cada párrafo? ¿Seré meticuloso y anotaré algo sí o sí cada veinticuatro horas? Decido que no. Siempre me gustó mucho más el modelo journal que el modelo diary. Un journal es al diary lo que la memoir (ese diario en perspectiva y de lejos) es a la autobiografía. Un journal es un diary de memoria selectiva y parcial. Un diary quiere revelar la fotografía instantánea e implacable y radiográfica del encuentro con un día. Un journal (los hay nocturnos y hasta de sueños; muy recomendable es el de William Burroughs, Mi educación) busca el tiempo perdido. Y, cuando lo encuentra, lo muestra más y mejor de lo que nunca fue: un tiempo razonado y en perspectiva y con notas al pie y añejado con sabiduría. Un diario se inclina por lo meticuloso, lo obsesivo, lo casi científico con afán totalizador; un journal se sienta más cerca de la ficción o de la protoficción, de la libreta de notas, de la observación suelta que tarde o temprano podrá ser atrapada por la cabeza de algún personaje brotado de la cabeza de esa persona que soy yo. Pero, aun así, firmemente instalado en un tiempo y en un espacio determinado. Un journal es como un diario un poco “bajo la influencia”. Algo bebido, drogado, alucinado, sí; pero dependiente de esa realidad de la que no puede separarse nunca del todo. Un journal es como un diary infiel pero que siempre vuelve a casa a pedir disculpas sabiendo que será perdonado porque… (Y, atención, un volumen epistolar es como un diario exhibicionista que muchas veces se arrepiente demasiado tarde de andar dando vueltas por ahí.)

Así que, aquí y ahora, esto es lo más importante que ha sucedido hoy para mí. Para otros, se cumple un año de la abdicación de Juan Carlos I (“Felipe, el Rey prudente”, titula El País para explicar a la ciudadanía todas las mejoras del nuevo modelo); se analiza la silbatina Quadrafónica-Sensurround-Dolby-thx en la final de la Copa del Rey como si se tratase de aquel Super-8 de Zapruder una radiante mañana de noviembre en Dallas ’63; las diferentes (de)formaciones políticas continúan explicando la diferencia entre pactar y acordar, pactar o no pactar a la ciudadanía toda que los votó pensando más que nada en el actuar; y el restaurante número 1 del mundo vuelve a ser Can Roca. Todo Marca España. Y lo anoto y lo asiento. Y ya nunca volveré a pensar en ello hasta dentro de tantos años, cuando lo lea para releerme.

Barça-Juventus. Final de la Champions League 2015. Nunca me interesó el deporte en general y el fútbol en particular. Aunque Messi me parece cada vez más interesante, seguramente por motivos que a ningún adorador de Messi le interesan. (¿Cómo sería un hipotético y seguramente imposible diario íntimo de Messi? Probablemente, pocas palabras y serie de diagramas imposibles de descifrar salvo por él. Algo luciendo como cruza de jugadas de ajedrez, pases de baile y flechas para desembarcos zen sobre el área rival, y el tipo de garabatos que uno hace cuando intenta hablar por teléfono con un ser humano y no con una operadora automática que nos escupe, monótona, números a teclear.) Mucho menos me atraen las intrigas cuasi vaticanas de la fifa (por favor, que Aaron Sorkin no escriba una serie sobre todo esto en la que todos hablan demasiado y muy rápido). Pero, de un tiempo a esta parte, ver fútbol por televisión (así como escuchar los alaridos de los invitados en las tertulias político-catódicas) es lo único que me relaja. Hasta me ayuda a escribir. Ruido blanco sucio y todo es pacto y estrategia y ver cómo se llega a la final de las próximas elecciones generales. Partidos políticos. Partidos de fútbol. Hace calor. Demasiado.

Con vistas a no perder impulso invoco los nombres de mis mayores-superiores-inalcanzables en esto de contar la vida diaria: Andy Warhol, Franz Kafka, Adolfo Bioy Casares (autor de la journal-novela La invención de Morel), Virginia Woolf, Cesare Pavese, John Cheever, Ernst Jünger… Releo la antología comentada El diario íntimo de Alan Pauls en cuyo prólogo se lee: “Todo escritor de diarios íntimos es siempre un personaje de Beckett.” Y uno de esos libros de cabecera: la megaantología diarística The Assasin’s Cloak: An Anthology of the World’s Greatest Diaries a cargo de Irene y Alan Taylor (donde, como en el Borges de Bioy Casares) lo primero que uno busca –al menos yo– es ver qué pasó el día y año del propio nacimiento. Nada interesante. Me entero y me intereso por la noticia de la próxima publicación, a lo largo de tres años, de los legendarios diarios de Ricardo Piglia (algo así como seis décadas de prolija anotación cotidiana del pasado inmediato) con el título/transferencia de Los diarios de Emilio Renzi, donde la persona/autor mutará en el personaje/fetiche y acaso admita lo inevitable: el que toda recapitulación de la no ficción es inevitable y necesariamente contaminada por la ficción. La memoria edita y reescribe y, más que contar, recuenta. Y recuerdo casos célebres en los que el ideal del diario se convirtió en símbolo inmortal de la mortalidad auténtica (Ana Frank), en estafa falsificadora y millonaria (Adolf Hitler y Howard Hughes), o perfectos espejos de una época pública (el fundacional Samuel Pepys) o de una épica privada (la guerra y la guerra de Sofía Tolstói contra su titánico marido). Y ese cuento diariado: el “Diario para un cuento” de Julio Cortázar donde el autor se pregunta si “¿Estoy escribiendo el cuento o siguen los aprontes para probablemente nada? Viejísima, nebulosa madeja con tantas puntas, puedo tirar de cualquiera sin saber lo que va a dar…”; y todas esas novelas en forma de diario o con diarios y cartas cruzándose y, ah, Drácula, donde todos hablan y hablan de quien apenas aparece si no es en las páginas de sus registros del día a día o, mejor dicho, de la noche a noche.

Un diario, muchas veces, se escribe contra la idea de que nada de importancia sucede en la propia vida una vez superados esos diarios púberes y adolescentes y turbulentos como el de Laura Palmer en Twin Peaks.

La Gwendolen de La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde exclama: “Nunca viajo sin mi diario. Una siempre debe tener a mano algo fascinante para leer en el tren.”

En su Diccionario del diablo, Ambrose Bierce define: “Diario. Registro de la parte de la propia vida con la que uno puede relacionarse sin ruborizarse.”

James Matthew Barrie, creador de Peter Pan, diagnostica: “La vida de todo hombre es un diario en el que intenta escribir una historia pero acaba escribiendo otra; y su hora de mayor humildad es aquella en que compara el volumen tal cual es con aquel que se propuso que sería.”

Y, por supuesto, pocas cosas mienten más y mejor que un diario y ahí está el sublime y virósico Esta salvaje oscuridad de Harold Brodkey como ejemplo bueno o malo, quién sabe.

Así, por cada diario (incluso los más sinceros y autoflagelantes, como el de John Cheever) hay un gemelo fantasma e invisible: un diario de antimateria, flotando en otra dimensión, en otro planeta que está en este pero… Al final, los diarios de la Bridget Jones de Helen Fielding o los del Adrian Mole de Sue Townsend son tan enfermos como los de Edith Howland de Patricia Highsmith y el Antoine Roquentin de Jean-Paul Sartre. Los diarios de la ficción en más de una ocasión son más auténticos que los diarios en la no ficción. Los diarios son síntoma y enfermedad. Los diarios son bombas de tiempo que pueden estallar tanto tiempo después en los ojos de quienes los leen o de quienes releen lo que escribieron. Los diarios son onda expansiva, fuego amigo, daños colaterales, atentado suicida, único sobreviviente para contar el cuento.

El muerto Saul Bellow cumple cien años y muere el nonagenario Christopher Lee. Dos de mis vampiros favoritos.

El primer titular de primera plana de El País de hoy reza: “El Rey revoca el título de duquesa de Palma a su hermana Cristina” y, en la bajadilla, ora: “El boe publica el Real Decreto este viernes. Fuentes de la Casa del Rey han dicho a este periódico que ‘la decisión de renunciar a los derechos de sucesión dinástica sigue en manos de doña Cristina’.” Compruebo la fecha del periódico y, sí, es el día y el mes y el año que pensaba. Pero sigo sin estar del todo seguro en qué época es en la que en verdad vivo. En cualquier caso, esta noticia tan regia me hace pensar en llevar el sistema a tantas otras áreas más cercanas. Ejemplo: “A partir de la calidad de sus últimos libros hemos revisado nuestra decisión y hemos acordado en que en realidad no se merecía ese Nobel que le otorgamos hace unos años. Por lo que le rogamos pasar por ventanilla para devolverlo a la brevedad. Puede usted conservar el Príncipe/cesa de Asturias.”

Bajo desde Vallvidrera hasta el Eixample. Voy a dar una conferencia sobre La broma infinita, de David Foster Wallace. La doy y, agradable sorpresa, entre el público no detecto miradas de desconocidos que querrían devolvérmela en el acto. Parecen todos auténticamente interesados. Saliendo de allí, paso por la librería La Central, a buscar tres libros que me han llegado. El encargo (deseo) y búsqueda (recogimiento) de libros podrían ser el tema/registro para otro diario. Y nunca entenderé a aquellos que cantan loas a la posibilidad de descargarse libros en sus artefactos electrónicos. Como si el salir a cazarlos, el atraparlos y sostenerlos en la mano y hojearlos entre tantos otros libros posibles no fuese parte de la aventura: los preliminares juguetones al orgasmo de la lectura. Pero cada vez que comento/escribo este tipo de cuestiones me miran con creciente piedad y temor. En cualquier caso, los libros son:

A Little Life, segunda novela de la joven escritora Hanya Yanagihara, nacida en Los Ángeles. Su primer libro, The People in the Trees, me gustó mucho con uno de esos protagonistas infames y monologantes (inspirado en el auténtico y caído en desgracia investigador médico acusado de abuso de menores aborígenes Carleton Gajdusek) muy en sintonía con los que suelen arrastrarse como sombras por las ficciones del gran John Banville. A Little Life tiene toda la pinta de querer jugar a ese triunfal juego perdedor pero meritorio de “Gran Novela Americana”. Alguien me comenta que Yanagihara es “el nuevo Franzen”. Le respondo que “el nuevo Franzen” va a ser la nueva e inminente novela de Franzen. Con todo lo que eso implica.

Finders Keepers. Stephen King. He leído todos y cada uno de sus libros en sincro con su publicación. Compré el primero publicado bajo su nombre, Carrie, en el entonces terrorífico Times Square de una ruinosa Nueva York que ya no existe. Aquí, de nuevo, uno de sus temas fetiches: las tensiones entre lectores-aprendices-escritores. King, seguramente, es el hombre que más y mejor ha escrito sobre estas relaciones peligrosas después de Henry James.

My Generation recopila póstumamente toda la obra ensayística (menos su muy popular memoir sobre la depresión, librito por el que, paradójicamente más y mejor es recordado) de William Styron. Leí a Styron de joven, lo aprecié; pero cada vez me parece peor y hasta más detestable. Rescato de la hoguera de mis pensamientos Esta casa en llamas: su –luego de la perfecta nouvelle “de ejército” La larga marcha, serializada en revista en 1952 y editada como libro en 1956– segunda y excesiva y fallida pero apasionante novela luego de haber debutado triunfalmente con ese solemne pastiche de Faulkner y all things southern que es Tendidos en la oscuridad. Superado el temblor de su segundo acto, Sytron se dedicó con garras y dientes a eso de ser “león literario”, pero sin nada de la gracia psicótica de Norman Mailer. Sí, La Novela Portentosa y todo eso. Pero no solo eso: la vida como parte inseparable de la obra. Styron conspiró, cortejó, aduló (cuando Styron elogia el efecto es soporífero y acaso calculado: pocas ganas de ver si hay algo interesante en sus encendidas pero mojadas recomendaciones), y trepó en las recepciones de la Casa Blanca y en las casas de verano de los poderosos y en los comités donde elevaba a algún adorador peor que él y hundía a un rival mejor que él. Y él y él y él. El Él. Sus impresiones sobre Fitzgerald y Hemingway y Faulkner son los de un estudiante de memoria, las de sus contemporáneos no cumplen otra función que la de salir en la foto con ellos. Hace unos años, la edición de sus cartas (¿son los volúmenes de cartas mutaciones del formato diario?) me lo reveló como un tipo que, como el Tobi en la versión “La Araña” de La pequeña Lulú, “teje y teje su tela”. Ah, conozco a tantos como él. Síganlos de aquí para allá a la caza de medallas, óiganlos enhebrar amables obviedades (como lo son casi todas las piezas incluidas en My Generation) perfecta y especialmente diseñadas para no inquietar a la concurrencia y hacerla sentir y pensar que es más inteligente de lo que suponía porque, hey, a todos ellos también se les ocurrió eso de comparar a Borges con Homero y lo de que La metamorfosis es una metáfora de la deshumanización del hombre agobiado por su entorno y…

Tanto más sana –y graciosa y llena de gracia– es la beligerante soberbia de Vladimir Nabokov, quien sostenía que la realidad está sobrevalorada (no siendo más que información y especialización) y a quien releo in toto por estos días. Nabokov, pienso, es todo lo contrario al adicto a la centralidad Styron. Para mí seguro, el mejor ejemplo a seguir, pero imposible de alcanzar: un escritor excéntrico que se había vuelto céntrico gracias a un gran libro excéntrico y central, Lolita (casi el negativo ficticio del travelogue real del escritor y su esposa por moteles de la América profunda; acaba de salir un libro sobre todo el asunto, lo encargaré y lo recogeré, Nabokov in America: On the Road to Lolita,de Robert Roper), para después, con él, con la nínfula en cuestión, darse el lujo y el placer de ser más excéntrico que nunca con Pálido fuego o Ada o el ardor,este último que sigo sin poder leer. No porque no me guste sino porque –me sucede lo mismo con el Rayuela de Cortázar– sospecho que Ada no quiere que la lea. Me invitan a una feria del libro en Ecuador. Acepto. Largo viaje en avión, perfecta situación para intentarlo de nuevo con Ada.

Me llaman para –a propósito de un nuevo escandalete político– preguntarme qué opino del humor negro. No opino nada. En cambio, no me llaman para opinar (¿humor rosa?) sobre el folletín Vargas Llosa/Preysler. Pero, seguro, todo se andará…

Leo que Plinio (no se precisa si se trata de El Joven o el Viejo o si, simplemente, fueron siempre la misma persona que temprano o tarde ganó en años y perdió en casi todo lo demás) registró la costumbre de los tracios de dejar caer dentro de una urna un guijarro blanco los días buenos y uno negro, en una urna diferente, los días malos. Lo que, al final de sus vidas, les permitía contabilizar con precisión los niveles de alegría y de tristeza de sus vidas más allá de que recordasen o no los motivos. El paso de los siglos nos trajo la complicación de los guijarros grises. Y, también, parece, la de la Grecia de aquí y ahora.

Guijarro blanco inmaculado. Llevo a mi hijo (ocho años) a su primer concierto de rock. Bob Dylan. Gran comienzo para su vida en directo. Dylan, como siempre, luce atemporal pero ya como cabalgando hacia su horizonte. Me pregunto cuántas veces me quedan por verlo y oírlo live. Me pregunto, casi temblando, si será esta mi última noche junto a él. Este diario no lo sabe aún; pero lo sabrán quienes lo lean, de aquí a un tiempo, cuando todo y todos seamos respuestas blowin’ in the wind o caídos cuesta abajo like a rolling stone, con la perspectiva de los diarios, de los años.

Hoy, de salida de este journal y llevando a mi hijo, en modalidad vacacional, a la casa de un amigo. En el metro, de ida y de vuelta, dos chicas leyendo. Leyendo libros y no pantallas. Leyendo en tinta sobre papel. Guapas, además. Una (de ida) lee Franny y Zooey de J. D. Salinger. Otra (de vuelta) lee Retrato del artista adolescente de James Joyce. Ganas de besarlas y de abrazarlas por todas las razones correctas y con los más inocentes de los motivos. Mejor no. Pero, aun así, tan feliz de verlas ver libros. Miro a las chicas con sus vestidos de verano, como en ese gran cuento autobiográfico o no de Irwin Shaw. Las chicas con sus ojos clavados en lo que hace ya tanto tiempo dijeron y siguen diciendo escritores para todas las estaciones. Escritores cuyos diarios son sus ficciones.

Yes Future.

Sí, hay futuro, pienso viéndolas. Y diciéndome que al llegar a casa las pondré por escrito en este diario que –más o menos– las proyectará hacia el futuro, durante años, cada vez que alguien lo lea y las lea, Buzz Lightyear dixit, hasta el infinito y más allá.

Mientras tanto y hasta entonces, el resto de la vida por venir, los restos de la vida que ya pasó y que siempre se podrá reescribir.

En serio.

Realmente.

De verdad.

O algo así. ~

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es escritor. En 2019 publicó La parte recordada (Literatura Random House).


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