La economía española ha sido un ejemplo reciente de rápido crecimiento entre los países desarrollados. Los presidentes del gobierno español se permitían ir por el mundo dando lecciones de cómo hacer crecer una economía y adelantar a sus “rivales” económicos. Los comentarios del presidente Zapatero sobre el avance de España a Italia en términos de pib per cápita fueron el último ejemplo. Pero el “milagro” económico español de los últimos diez años languidece. El gobierno español culpa a la crisis internacional de los graves problemas económicos en lo que los psicólogos llamarían atribución externa de los problemas, cuando los éxitos se atribuían a aciertos internos. Sin embargo, el crecimiento económico español había sembrado la semilla de una crisis propia. Un crecimiento muy dependiente del sector inmobiliario (que llegó a representar el 18% del PIB y absorber el 60% del crédito total) y del aumento rápido del endeudamiento de familias y empresas con fondos provenientes del exterior (un déficit exterior del 10% del PIB) no es de ninguna manera un modelo de crecimiento saludable. Una economía con un crecimiento nulo de la productividad, como era el caso español, estaba destinada al fracaso en el medio plazo. La enorme burbuja inmobiliaria española era insostenible con o sin crisis internacional. Los problemas financieros internacionales simplemente hicieron patente la imposibilidad de posponer el necesario reajuste del modelo de crecimiento a la española.
Castillos en el aire: factores psicológicos en las crisis… ¡y en las expansiones!
Los efectos psicológicos y, en particular, la pérdida de confianza, juegan un papel importante en las crisis. Pero no debemos olvidar que el exceso de confianza fue un factor muy importante en la insostenible expansión del periodo anterior. El mantenimiento de unas expectativas irracionales sobre el crecimiento futuro del precio de la vivienda y un conjunto de falacias populares relacionadas con el sector inmobiliario (entre las que destacaba la creencia de que el precio de la vivienda no podía caer) provocaron una expansión insostenible del sector de construcción residencial. Los poderes públicos deberían haberse planteado el “apaciguamiento del exceso de confianza”, especialmente ante el descarado intento de propagar un optimismo injustificado sobre la evolución futura del sector inmobiliario por parte de los promotores y constructores españoles.
También merece la pena señalar que los factores psicológicos normalmente se activan a partir de problemas reales. En ese sentido era lamentable ver a los representantes del gobierno, y algunos analistas económicos españoles, decir al comienzo de la crisis que los problemas económicos “sólo estaban en la cabeza de los ciudadanos” y que la crisis “no era real”. Y mientras tanto la destrucción de empleo se aceleraba y el exceso de endeudamiento provocaba problemas financieros a multitud de familias.
Pero, sin duda, la pérdida de confianza ha tenido cierta influencia en la profundidad de la crisis actual. ¿Cómo se puede recuperar la confianza? Básicamente siendo transparente y realista sobre la situación económica. Ésta es la aproximación adoptada por Barak Obama. Frases como “aún no hemos tocado suelo” o “hay signos de mejora pero la recuperación será larga” ejemplifican esta opción.
¿Cómo no se genera confianza? No se genera confianza negando la crisis cuando hay ya indicaciones claras de su existencia, como hizo el gobierno español. Esta actitud hace perder la credibilidad y dificulta la capacidad de generar confianza en el futuro, cuando realmente aparezcan los signos de recuperación. Tampoco se genera confianza haciendo predicciones imposibles sobre momentos de recuperación futura (“la economía empezará a generar empleo en marzo de 2009” o “la reunión del G20 marca el comienzo de la recuperación”) como ha hecho el presidente Zapatero.
Por tanto, la confianza es un factor importante en la evolución de la economía, pero recuperar la confianza requiere algo más que declaraciones solemnes y grandilocuentes. Precisa un análisis realista y sustentado en la evidencia.
Gastad, gastad, malditos
Ante los problemas generados por la crisis económica los gobiernos actuaron inicialmente con las recetas habituales. Se pensó que la bajada de los tipos de interés, que tanto éxito tuvo después de la burbuja tecnológica, podría resolver la crisis. Sin embargo, y al igual que ya sucediera en el caso japonés donde también coincidieron el pinchazo de una burbuja inmobiliaria y bursátil, la munición monetarista no dio los frutos deseados. Tras reducir los tipos de interés a niveles cercanos a cero, la Reserva Federal comenzó una expansión cuantitativa (que los economistas denominan gráficamente como “tirar dinero desde helicópteros”), que fue seguida por el Reino Unido.
Los problemas de la política monetaria para hacer frente a la desaceleración económica hicieron que los gobiernos volvieran la vista a las viejas recetas keynesianas. Si el consumo privado no conseguía sostener la producción, el sector público tomaría la iniciativa. Esta perspectiva ha sido adoptada de manera muy decidida en Estados Unidos y, con algo menos de entusiasmo, en Europa. En España el gobierno también decidió poner en marcha la máquina del gasto público con la financiación de obras municipales y un plan de construcción de infraestructuras.
Los economistas del lobby constructor de infraestructuras argumentan, sin citar fuentes ni métodos de cálculo, que cada euro invertido en obras públicas genera tres euros de producción. Nada más lejos de la realidad: en países desarrollados y, en especial, aquellos que tienen unas infraestructuras de construcción reciente como España, este tipo de inversión es muy poco rentable. De hecho hay una enorme cantidad de literatura económica que muestra el escaso efecto de las infraestructuras sobre la productividad. En un país como Estados Unidos puede tener sentido reconstruir el maltrecho sistema público de carreteras. En España hacer un cuarto carril para que se pueda acceder sin atascos los fines de semana a las segundas residencias sería un disparate. Continuar con la construcción de trenes de alta velocidad para conectar todas las ciudades españolas es otra de las “grandes” ideas para gastar en infraestructuras. Sin embargo, los análisis coste-beneficio muestran que esta alternativa de transporte es muy cara y muy poco rentable frente a otros medios ferroviarios como podrían ser trenes convencionales de velocidad alta. No es el momento de hacer grandes infraestructuras cuyo impacto sobre el empleo será, en el mejor de los casos, de corto plazo. Es el momento de que España haga una decidida apuesta por la educación y la formación del capital humano para superar las disfunciones del pasado y poner los fundamentos de la productividad futura. Ver artículo completo ›


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Comentarios (2)
Probablemente uno de los aspectos más nefastos de la crisis es el alto porcentaje de desempleados que está dejando, por mi experiencia trataría de buscar un empleo por todos los medios disponibles, en internet tenemos buenos buscadores y portales de empleo como http://www.contactosdetrabajo.com que es gratuito y me mantiene actualizado del mercado laboral.
Gracias y un saludo
Todo lo que has dicho es.... una desfachatez!
La crisis se ha creado a propósito. Todo, desde el principio, desde la especulación inmobiliaria hasta las quiebras de las entidades financieras, todo viene de lo mismo! Del capitalismo! Que es lo que quieren hacer? La tercera Guerra mundial, quieren que caigamos más bajo aun para empezar a producir armas y munición y de esa forma enriquecerse aún mas. Mi pronóstico es que la cosa, no solo no va a mejorar si no que va a ir a peor, que España y la mitad del mundo va a estar sumergida en la más nefasta de las tinieblas con la llegada de una nueva guerra, por orden de unos mercenarios....
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