Diez iluminaciones

Una
de las paradojas de la tradición literaria colombiana es que
sus escritores están acostumbrados a nutrirse de tradiciones
ajenas, sostiene Juan Gabriel Vásquez en este ensayo, que es
el prólogo a su antología de cuentistas colombianos
contemporáneos
Al filo de la navaja
(UNAM)

Diciembre 2007 | Tags:

Sea como sea, esta antología tiene lo que es, para mí, uno de los signos inequívocos de la madurez: la autoridad para superar –o incorporar, o parodiar– los subgéneros. Así es como Juan Carlos Botero se apoya en la aventura como mecanismo narrativo para construir, en “El descenso”, un relato metafísico en la estirpe de “Las nieves del Kilimanjaro”; y así es como Ricardo Silva se aferra casi con descaro a los clichés del melodrama, que acaba, como su admirado Woody Allen, mejorando, trascendiendo y al final convirtiendo en la conmovedora literatura de “Semejante a la vida”. Y, si se me permite la gigantesca licencia poética de pensar que la cultura popular es un subgénero literario, se me permitirá también admirar sin reticencias esas dos maravillas que son “La magia del Joe Domínguez”, de Pedro Badrán, y “¿Recuerdas Staying Alive?”, de Octavio Escobar. Badrán, fiel a la tradición caribe, es un aventajado lector de Faulkner, y su cuento es capaz de reinventar el célebre narrador colectivo de “Una rosa para Emily” para contarnos el auge y caída de un narco de segunda división. En un párrafo de más de diez páginas, y con un sentido impecable de la oralidad que está lejanamente emparentado con Cabrera Infante, Escobar consigue una pequeña hazaña que ya ha conseguido otras veces: un canto generacional que navega sin estrellarse entre esas dos formas tan peligrosas del optimismo que son el gregarismo y la nostalgia.

Y así llegamos a una pregunta más problemática de lo que parece, y que traigo a colación sólo porque si no lo hago yo, otros lo harán: después de todo esto, ¿dónde está Colombia? ¿Cómo merecen estos cuentos el gentilicio que llevan? Pues bien: que se aprieten el cinturón los nacionalistas de la literatura, porque el segundo síntoma de madurez de estos autores es, precisamente, que hayan decidido dar su lealtad no a su pasaporte, sino a la tradición que practican. Dice Frank O’Connor, uno de los grandes cuentistas/teóricos del cuento, que este género, a diferencia de la novela, vive despegado de los grandes movimientos históricos o sociales: es un género de solitarios, de hombres sin paisaje colectivo, donde lo que se juegan los personajes pertenece casi siempre al terreno de las revelaciones íntimas (eso que Joyce llamó epifanías sigue estando presente en la poética de varios de estos cuentistas). Y todo esto es exactamente lo que sucede en los diez relatos de este volumen. Cuando la realidad política colombiana asoma, como en “La magia del Joe Domínguez” o en “Antígona”, lo hace en sordina y con elegancia, casi pidiendo disculpas por entrometerse en los complejos destinos individuales (el amor fracasado, el cariño fraternal). En otros relatos, como “El descenso”, el escenario es colombiano, pero la peripecia interior del personaje borra ese hecho o lo pone en segundo plano, como un azar sin importancia. En los relatos de Gamboa y Ungar, la nacionalidad es un equipaje que se lleva distraídamente, que no interfiere pero que de alguna manera lejana ha condicionado o moldeado los hechos que se narran. Y en Molokai esa misma nacionalidad ha desaparecido sin dejar rastro. Y lo que es más: sin que nadie se preocupe por buscarlo.

Por supuesto que todo lo anterior es un mero inventario: lo importante no es lo que estos autores hagan con su país, sino cómo lo hacen, desde dónde lo hacen. Y yo tengo para mí que todos lo hacen desde fuera.

Todos escriben con otra tradición sobre el escritorio.

Todos llevan entre las líneas de sus libros la memoria de Borges, que en “El escritor argentino y la tradición” dijo que los escritores argentinos tenían derecho al cuerpo entero de la tradición occidental. En el mismo ensayo escribió: “Todo lo que los escritores argentinos hagan con felicidad pertenecerá a la tradición argentina.” Tal vez sean estas líneas, las vindicaciones de un argentino universal nacido en el siglo antepasado, el verdadero prólogo a un grupo de escritores colombianos que, poco más de un siglo después, aspiran a heredar o a merecer esa universalidad.


III

Por último, algunas anotaciones más o menos pertinentes.

Dice Rodrigo Fresán que hay libros con cuentos y libros de cuentos. Los primeros son recopilaciones hechas un poco al azar: el autor se levanta un buen día y se da cuenta de que tiene suficiente material para armar un volumen, así que lo pone todo en la misma carpeta, se inventa acaso una nota más o menos inteligente y manda el conjunto a su editor. Los segundos, en cambio, son verdaderos sistemas: han sido concebidos según una unidad de algún tipo, y no como meras agregaciones. Los buenos libros de cuentos son organismos en los cuales las simetrías, los cambios de ritmo –o de atmósfera, o de simple persona narrativa– contribuyen a la creación de un efecto especial en el lector. Así sucede desde Dublineses, de Joyce, así sucede en la Eréndira de García Márquez, y así sucede en Réquiem por un fantasma, de Pablo Montoya, en Hotel Bellavista y otros cuentos, de Pedro Badrán, en Guía para extraviados, de Julio Paredes... y así sucede (espero) en esta antología.

Para mí, un buen libro de cuentos no admite una lectura desordenada: un buen libro de cuentos sugiere al lector que lo mejor es comenzar por la primera página y seguir pacientemente hacia el final, pues el escritor tuvo razones imperiosas para escoger un orden en particular y no otro. Pues bien, al ponerme en la tarea de organizar el universo privado que es este libro, buscando el contraste (esos choques entre un cuento y el siguiente, esos placeres que surgen de su mera proximidad), me encontré con sorpresa con que el orden ideal coincidía con el orden alfabético de sus autores, empezando por esa especie de prólogo, de obertura maravillosa, que es el cuento de Héctor Abad y terminando con la clave intimista de Antonio Ungar. El lector, entonces, pasará de la aventura a la quietud, de la historia a la contemporaneidad más descarada, de la narración lineal y realista a todo lo contrario.

Toda antología es una invitación abierta a la polémica; toda antología lleva, implícita o no, una declaración de intenciones. Yo he querido buscar cuentos, pero también cuentistas. La sintonía entre un lector y un relato es siempre más misteriosa de lo que parece, y tiene que ver con el equipaje literario y vital que uno trae al texto y con mil pequeños movimientos de nuestra sensibilidad, que es cambiante; así que sería una perogrullada y (lo que es peor) una banalidad intentar la enumeración de las razones por las que son estos diez, y no otros, los que están aquí. Pero lo que he llamado la búsqueda del cuentista merece una explicación, o por lo menos una glosa. La idea se refiere a la diferencia, sutil pero importante, entre dos especies de escritores radicalmente distintas: por un lado, quienes ven el género del cuento como un objeto de encargo, como un terreno de prácticas, como una manera de no dejar que el brazo se enfríe; y por el otro, quienes lo practican con dedicación y curiosidad: la curiosidad de quien intenta lograr que su vehículo lo lleve cada vez a lugares distintos, de quien intenta explorar y colonizar nuevos terrenos.

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