Cuando el tecolote canta: Andrés Henestrosa (1906-2008)

Acaban de morir dos figuras que cubrieron, con su vida y obra,
todo el siglo XX: Julien Gracq,
fino narrador francés, y Andrés Henestrosa, escritor hondamente plantado en la
tradición mexicana. Despedimos con un par de ensayos a estos autores que desde
poéticas y realidades distintas fueron fieles al rigor creativo.

I

Vino al mundo Andrés Morales Henestrosa al exacto mediodía del 30 de noviembre de 1906, en San Francisco Ixhuatán, Oaxaca, pueblo todavía hoy lleno de magia, situado en el Istmo de Tehuantepec a unos cuantos kilómetros del innombrable mar. Lo alumbró sola su madre, Martina Henestrosa, Tina Man, una de las mujeres mejor plantadas del Istmo por su belleza y su carácter, con la que logró casarse Arnulfo Morales, el padre, luego de vencer la prohibición de ambas familias, de los cuatro abuelos a los que, como se ufanaría más tarde el escritor, les costaba trabajo entenderse y hablar si no era a través de los nietos. Sangre española, zapoteca, negra, mixteca corría por las venas del niño que fue Andrés, y cada una con el pulso de su idioma. La del pequeño nacido a mediodía fue una infancia gioconda, abierta de par en par al júbilo: descalza, húmeda de selva y de mar: de día midiéndose en los árboles y ahuyentando serpientes, de noche fermentada por la jungla de las fábulas populares y de la materia mítica, vertida en tres o cuatro idiomas donde dialogan –como en la pintura de Francisco Toledo, otro telúrico juchiteco– el coyote y el conejo, la muerte y la culebra. Una infancia trascurrida entre Ixhuatán y el rancho ubicado en la Isla de León, al filo del mar vivo, entre el océano innombrable y el mar muerto, o sea la Laguna Superior, como ha evocado su hija Cibeles en Andrés Henestrosa en la niña de sus ojos.1

El hondo zumbido insistente de los trópicos era el trasfondo firmamento de su palabra ingeniosa y penetrante. De esa infancia encantada como un manantial vendrán los cuentos y las fábulas de Los hombres que dispersó la danza (1929, 1945), suerte de Popol Vuh fragmentario, prendas narradas de los antiguos y anónimos Binigundaza zapotecos: “Hombre nacido del pueblo, sostenido en el ímpetu del pueblo, fidelísimo a sus orígenes, la generosidad de su trato se identifica con la llaneza de su prosa”, expresa su amigo el poeta Alí Chumacero.2 

 

II

Llega Andrés Henestrosa a la ciudad de México el 17 de diciembre de 1921 con una almohada llena de ropa por equipaje, unos cuantos pesos en el bolsillo y un precario español. Viene atraído por el deseo imperativo de estudiar pregonado por el entonces secretario de Educación Pública José Vasconcelos. Logra impresionar al filósofo y maestro por su carácter y agilidad mental, y entra a estudiar a la preparatoria de San Ildefonso. Antonio Caso, otro de sus maestros, lo oye referir en los corredores unos cuentos populares que le invita a escribir. Así, ayudado por Antonieta Rivas Mercado, la generosa y sagaz mecenas y promotora, pasa al estado escrito el libro que le dará fama: Los hombres que dispersó la danza (1929), serie de cuentos y fábulas indígenas que se inscriben en el aire del tiempo. Por esos años Antonio Mediz Bolio publica La tierra del faisán y el venado (1922), Miguel Ángel Asturias da a la estampa Leyendas de Guatemala (1930) y el peruano José María Arguedas su Yahuar fiesta (1941). Años más tarde el surrealista Benjamin Péret recogerá en su libro póstumo Anthologie des mythes, légendes et contes populaires d’Amérique (1960)3 diversos fragmentos del libro.

El libro en cuestión es publicado a sus espaldas por la generosa Antonieta, pero Henestrosa seguirá trabajando en él hasta que, muchos años más tarde, en 1945, se publique la edición definitiva con un prólogo de ese otro testigo excepcional: Luis Cardoza y Aragón.

Henestrosa se suma a la campaña de José Vasconcelos por la Presidencia junto con Alejandro Gómez Arias y los hermanos Mauricio y Vicente Magdaleno, entre otros. Sigue a Vasconcelos hasta el final de su derrota.

Luego vienen para Henestrosa años de incertidumbre y trabajo, vive azarosamente, sin domicilio fijo durante algunos años, venturosos de todos modos pues eso le permite conocer y amistarse con muchos escritores mexicanos y extranjeros: se ha hecho amigo de Renato Leduc y de los jóvenes Alí Chumacero, Octavio Paz y José Luis Martínez, de Ermilo Abreu Gómez y de Clemente López Trujillo, con quienes editará Cuatro siglos de literatura mexicana (1946); funda con Gregorio López, Antonio Chiñas P., Rafael Heliodoro Valle, Gabriel López Chiñas, Wilfrido C. Cruz y Alfa Ríos Pineda, más tarde su esposa, la segunda mujer de su vida, la revista de cultura zapoteca Neza / Órgano de la sociedad nueva de estudiantes juchitecos (1936) –reeditada más tarde por Francisco Toledo (1987)–, colabora en la fundación de la Academia de la Lengua Zapoteca; prodiga las colaboraciones en suplementos, periódicos y revistas pues Andrés Henestrosa fue durante muchos años un escritor que vivió gallardamente de su pluma y se ganaba la vida escribiendo el artículo de cada día; compra y adquiere libros raros, sobre todo mexicanos, españoles e hispanoamericanos en las librerías de
viejo de aquel entonces, hasta llegar a reunir el acervo de más de cuarenta mil ejemplares que entregó a Oaxaca en los últimos años de su vida y a hacerse una justificada reputación de bibliófilo y amateur de las rarezas bibliográficas mexicanas, como lo reconoce en alguna página Alfonso Reyes.

En esos años tormentosos conoce a multitud de visitantes extranjeros, a quienes les sirve de guía y anfitrión desde un cuarto de la calle de Ecuador, como Henri Cartier Bresson y Langston Hughes –quien será el responsable de que se le otorgue la beca de la Fundación Guggenheim en 1936.

Andrés, Andraca –como le decían sus contertulios del Café París, según recuerda el tabasqueño Manuel González Calzada–, se gana la vida escribiendo, se abre paso por el mundo con su lengua incisiva y terrible, asistido por el arma de una memoria implacable: cuando viene Pablo Neruda a México se le planta enfrente, sin conocerlo, y le recita de corrido los sonetos de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Desde entonces Neruda será para él un amigo inseparable y un modelo necesario, y de la amistad entre ambos dejan testimonio las dedicatorias afectuosas del chileno al mexicano.

Al volver de Nueva Orleans –otra coincidencia con Benito Juárez quien también estuvo ahí–, Andrés Henestrosa trae bajo el brazo una narración en forma de carta: Retrato de mi madre, pieza que le arrebata de las manos su joven admirador, Octavio Paz, para publicarla en la revista Taller.

La prosa sencilla y transparente de esta carta es la que campea por otros textos de la misma índole recogidos más tarde en el libro Cartas sin sobre (1996) y que es la segunda manera poética y prosódica de Andrés Henestrosa.

Si en lo literario Andrés Henestrosa empieza a sentar cabeza con la publicación de Retrato de mi madre, su vida se ordena cuando contrae matrimonio en Juchitán, Oaxaca, con Alfa Ríos (esa suntuosa belleza indígena pintada por Roberto Montenegro, Raúl Anguiano, Miguel Prieto, Juan Soriano, Miguel Covarrubias), quien le daría, pocos años después, a su hija Cibeles Henestrosa Ríos, la tercera dama de su guarda y compañía. La boda es uno de los acontecimientos legendarios en la historia de las artes efímeras y de la fiesta mexicana; escritores como Agustín Yánez, Luis Suárez, Luis Cardoza y Aragón, Emilio Prados, José Bergamín, Antonio Vargas MacDonald acudirán al asombroso ritual y muchos de ellos celebrarán, en libros, páginas y artículos deslumbrados y deslumbrantes, esa danza que reunió a los hombres y sus sombras bajo una enramada en Juchitán, Oaxaca, la tarde del sábado del 24 de mayo de 1940.

 

III

El buen mezcal trae gusano, y Andrés Henestrosa se tomaba diario su copita. Traía también en la sangre el gusano de la política y, si en su juventud había sido vasconcelista, en la madurez, en los años cincuenta, se entrega, con apostura taurina, a esa tentación, como otros ex vasconcelistas, empezando por el presidente Adolfo López Mateos. A esta época pertenecen las imágenes del candidato a diputado que va recorriendo polvorientos pueblos y arengando multitudes tan pronto en castellano, tan pronto en zapoteco o en huave, lenguas indígenas que nunca olvidó.

De hecho, el trasiego entre estos idiomas y el castellano es una de las claves secretas de su obra, siempre fermentada por un polvo de otras estrellas: ya sea en las narraciones de Los hombres que dispersó la danza, ya en Los hispanismos en el idioma zapoteco, su admirable discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, ya en las letras de las canciones que supo adaptar y revivir para que muchos las cantaran, ya en su prosa límpida como agua de noria taciturna.

Editor de revistas como Neza, Didza o Didcha, El Libro y el Pueblo y Las Letras Patrias, Andrés Henestrosa fue también un periodista de carrera larga: más de veinte mil artículos firmados con su nombre o con los de sus diversos pseudónimos informan en parte los tomos de su Alacena de minucias (cuya última entrega, editada por su biógrafo, Adán Cruz Bencomo, y publicada por Miguel Ángel Porrúa en 2007, es la que corresponde a 1951-1961 y consta de más de ochocientas páginas), que son como otros tantos cajones de dulces para alimentar con su sabrosa sustancia miscelánea al niño que fue, al niño que somos sus lectores.

 

IV

 

Cuando el tecolote canta,
el indio muere,
no será cierto,
pero sucede.

 

Éstas fueron unas de las últimas palabras que le oí a Andrés Henestrosa en su casa de Tlacochahuaya, “lugar de tierra húmeda”, en Oaxaca, el domingo 28 de enero de 2007, luego de la presentación del video Andrés Henestrosa: el hombre que dispersó sus sombras, realizado para la Fundación Pro Academia Mexicana de la Lengua (dirigida entonces por Claudia Gómez Haro), por el cineasta Albino Álvarez, con alguna colaboración mía.

“Andrés, ¿qué quieres decir con esto?”, le pregunté. Me dijo que los tecolotes huelen la muerte del hombre que se irá de muerte natural y que se van acercando atraídos por un olor que nosotros no podemos alcanzar. La explicación me pareció plausible. Luego, alguien me dijo que la misma expresión estaba en las Metamorfosis de Ovidio. Más tarde me encontré con que esas palabras son el epitafio que los redactores del periódico La Orquesta dedicaron a la muerte de la efímera publicación llamada Juan Diego, que empezó a circular después de la muerte de Benito Juárez. ¿No es natural que Andrés Henestrosa, un hombre enamorado del siglo XIX, se hubiese apropiado como un saludo a la muerte del epitafio de una publicación efímera del siglo XIX?


El tecolote canta
Y el indio muere.
Cuando suben la canasta
Esto sucede.4

 

V

Cosmopolita de los tiempos mexicanos, hombre bisagra entre razas, lenguas y espacios, Andrés Henestrosa lo mismo podía guiar al historiador Ralph Roeder por los laberintos oaxaqueños y orientarlo en la redacción de sus biografías de Benito Juárez y de Porfirio Díaz que recordar en una página (en Divagario) que había conocido de niño, en un tendajón de Juchitán, ya muy anciana, a Juana la Cata, la amante secreta de Porfirio Díaz, y darle indicaciones preciosas al historiador Enrique Krauze para reconstruir ese tramo de la vida del Bismarck oaxaqueño; lo mismo podía entregarle a Francisco Toledo un apunte sobre la vida sexual de los antiguos zapotecos para su revista Guchachi’ Reza que discutir con Ernesto Mejía Sánchez sobre Rubén Darío o sugerirle, más allá de Los caminos de Juárez (1972), a Patricia Galeana de Valadés alguna pista sobre la formación de Benito Juárez en el seminario y suscitar la cuestión de su formación clásica, específicamente en la historia latina de Tácito y el derecho canónico; lo mismo podía ayudar a Susana Harp y a Natalia Toledo a redondear la fragua de su cancionero zapoteco que complementar con picardía las coplas de la Sandunga y discurrir sobre las posibilidades y consecuencias de escribir Zandunga (con zeta) o Sandunga (con ese); lo mismo era capaz de corregirle algún punto de historia de Oaxaca a su maestro José Vasconcelos Calderón que divertirse con Ángeles González Gamio sobre la historia de la evolución entre el homo sapiens y el homo sanborns; lo mismo podía improvisarle una canción a su amiga Griselda Álvarez que dar consejos editoriales muy diversos a Miguel Ángel Porrúa, para quien llegó a ser como un padre espiritual.

Todas las regiones del aire mexicano parecían convivir en este ciudadano de todos los Méxicos en quien se resuelve y exalta la tradición autodidacta mexicana.

Su obra poética y periodística, histórica y narrativa no necesita en realidad del homenaje y la ritualización: ya la hicieron suya desde antes los músicos y los cantantes, ya la guardan como una caja de dulces, no siempre tan secreta, los historiadores.

Andrés Henestrosa es un escritor hecho a la medida del México que será, un leyente y andariego, un poeta y un artista de la memoria capaz de atesorar la primera edición de los Versos sencillos que José Martí le dedicó a Manuel Gutiérrez Nájera para ir a devolverla a Cuba muchos años después, un comestor libri, un convivio risueño y –más allá de centenarios y bicentenarios– un salvador perdurable de los innumerables lugares, personas, revistas, periódicos y libros mexicanos olvidados o desconocidos... ~

 

_____________________________

1 México, Miguel Ángel Porrúa, 2006, 104 pp.
2 Alí Chumacero en Los hombres que dispersó la danza y algunos recuerdos, andanzas y divagaciones
de Andrés Henestrosa, México, Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 8.
3 Benjamin Péret, Anthologie des mythes, légendes et contes populaires d’Amérique, París, Bibliothèque Albin Michel, 1960, 409 pp.
4 En “Los ayatazos de Juan Diego”, prólogo de Esther Acevedo a la recopilación de J.J. Garibay, J. Gómez Vergara y J. Romo, Periodistas en su tinta / Retratos y biografías, México, Breve Fondo Editorial, 2005, p. 27.

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