Cinco formas de leer el mundo

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Una biblioteca libertaria

Hay en México, desde hace treinta años, una biblioteca particular, abierta al público, especializada en anarquismo y temas sociales: la Biblioteca Social Reconstruir. Es, además, una institución de anarquistas. La fundó Ricardo Mestre Ventura (1906-1996) (o Ricard Mestre i Ventura, o “José Riera” en el Excélsior de los setenta, ochenta y noventa), exiliado de la Guerra Civil española y anarquista catalán. Es su biblioteca personal, que al cabo de la vida, cuando dejó de ejercer sus variados oficios, puso a disposición de sus correligionarios y de cualquier interesado, atendiéndola, cuidándola y acrecentándola él mismo (con la ayuda de amigos suyos: Eliseo Rojas, Benjamín Ramos Ruiz…). La tuvo diez años –hasta su muerte– en un despacho más bien amplio de la calle de Morelos, en que brindó bastante servicio a los ácratas de su generación y a los jóvenes que iba convenciendo de abrazar el ideario de Proudhon, Bakunin y Kropotkin (y los demás ilustres ideólogos), y desde luego sin rechazar a otros curiosos ya volátiles. Las penalidades pecuniarias la han situado ahora en la calle de Dolores 16, despacho 401 –dos habitaciones más bien pequeñas, en que el acervo se apretuja. Allí funciona. A duras penas, pero funciona. Y de ella toman nota historiadores y activistas, y la toman en cuenta grupos reducidos –o quizá no tanto– de aquí y del resto de Latinoamérica, España y el Canadá.

Mestre, el fundador, desempeñó en México trabajos diversos. Al final fue editor –de las obras clásicas del anarquismo, claro, y de producciones nuevas de ese ideal. Fue siempre un pacifista, enemigo acérrimo de la opción violenta –en Cataluña, cuando la guerra, salvó la vida de sacerdotes perseguidos, siendo él un perfecto “indiferente en materia de religión”.1 Esa labor editorial se puede rastrear –tal vez no entera– en la actual biblioteca, entre sus cinco o seis mil títulos (además de aquellos tres padres, están Tolstói, Malatesta, Flores Magón, Cappelletti, Montseny, Rocker, Goldman, Fabbri, Thureau, Abad de Santillán et al., más textos miscelánicos de materia social desde Rousseau).

Al morir el progenitor, laobra iba a quedar encomendada a deudos suyos y a un grupo de amigos. Parece que la sangre se hizo a un lado, y el pequeño cenáculo se dispersó. Entre los discípulos tardíos había unos que a primera vista parecían algo excéntricos (eran los años ochenta y noventa). En realidad se trataba de muchachos aficionados al rock, la música pop y la poesía, y por completo rebeldes y contrarios –de actitud, de letra y de música– con respecto a una autoridad tan desprestigiada y poco digna de respeto como podía ser la mexicana en esos años. (Muchos de ellos, actualmente, piensan que seguimos en esencia igual.) La excentricidad estaba en el atuendo: eran los punks. Hoy en día integran el “movimiento anarcopunk mexicano”, más activo, extenso y creativo de lo que reflejan los medios de comunicación. Uno de sus propulsores, Héctor, también llamado Toby, me recibió en la biblioteca, me brindó informes sobre ella y me dejó curiosear con toda libertad. Su compañera, Martha Cecilia García Juárez, le dedica también mucho tiempo a la institución. Ellos dos son ahora el alma de esa herencia acrecentada y amenazada, y representan su primera defensa y toda su administración.

A Ricard Mestre i Ventura, la parafernalia de los jóvenes del traje raro con colgaduras y la greña hirsuta no li féu fred ni calor (“no le dio frío ni calor”), ni lo impresionó en absoluto. Los trató de inmediato como a cualquiera –a todos trataba bien: al tú por tú y fraternalmente; le habría hablado de tú al Papa y al teporocho, sus iguales, y no le habría dado ninguna preeminencia a aquél sobre éste. Recibió, pues, a los chavos, los tuteó, les pidió que lo tutearan, y los instruyó en muchos temas… y en el anarquismo. Eran unos cuantos. Y ahora le guardan fidelidad. Ellos, esos punks anarquistas, heredaron al final la biblioteca –por decir así: los anarquistas están contra las herencias–, y los dos que he dicho se encargan de ella todo lo bien que pueden –por lo común contra una gran precariedad (deben meses de renta y luz, y les cortaron el teléfono). Y con absoluto desinterés egoísta, y un gran interés por el ideal. La mantienen con lo que colectan para ella en sus presentaciones y conciertos, y llevan, con amigos, un sitio de internet (biblioteca@libertad.org.mx) y un correo electrónico (braulion@matemagica.com.mx) donde informan sobre los días en que abre la institución –el calendario y el horario son irregulares, porque dependen de la disponibilidad de esta única pareja de curadores–, y sobre la manera de favorecerla con donaciones de libros y donativos pecuniarios, y allí también dan cita para impartir enseñanzas acerca del anarquismo y los punks en México y el extranjero, ayer y hoy.

La biblioteca no tiene relación con su barrio, porque en realidad ese paraje –Dolores, López, Independencia, Juárez, San Juan de Letrán– ya no constituye un lugar de habitación: todo son oficinas y negocios, restaurantes e instalaciones más o menos turísticas, de buena o mala muerte, y bodegas lícitas e ilícitas.

Tampoco lleva cuenta o estadística del público que visita y utiliza la instalación. La gran mayoría de los lectores son jóvenes (entre ellos, nuevos punks y otras derivaciones o colindancias de ellos –los skatos, los darks, los straight edges, los regueseros). Sólo un tercio son mujeres.

El movimiento musical, poético y social punk –y los otros, sus pares– ha dado lugar a que renazca el interés, el conocimiento y el compromiso con el anarquismo; si la Federación Anarquista Mexicana (hija de españoles exiliados de la Guerra Civil) se extinguió por 1984, ahora en el DF, en Oaxaca, en Chiapas y otros estados de la República surgen pequeños grupos anarquistas, o interesados en ese ideario, que lo dan a conocer y lo celebran en conciertos y canciones. Si no aspiran a instaurar la anarquía fraternal próximamente, sí buscan hacer conciencia de la obvia igualdad de todos, y sobre la infamante injusticia y la miseria mayoritaria, y mostrar los caminos de la acracia para acabar con esas lacras, y también procuran “por lo menos no dejarse engañar por los poderosos”. Con muchos de ellos mantiene la institución un vínculo, a veces estrecho –junto con algunos centros extranjeros. Llega a suceder, además, que un profesor de secundaria o preparatoria, enterado de la doctrina libertaria, y de la importancia de Ricardo Flores Magón, de Antonio Díaz Soto y Gama, del zapatismo (el original morelense), sugiera un buen día a sus alumnos visitar la biblioteca, y entonces, en la pequeña habitación de lectura, se apersonan –con cita o sin ella– doce, quince, veinte muchachos a acomodarse donde puedan para empezar a abrir los ojos ante un mundo desconocido.

Así pues, con todas las limitaciones que imponen las circunstancias, si en ese momento Ricardo Mestre se asomara a su Biblioteca Social Reconstruir, con aquel gentío bisoño leyendo en el suelo y de pie junto a la ventana y acodados en derredor de la única mesa, mal sentados en bancos y cajas, con la guía de sus antiguos discípulos punks, de seguro que opinaría que això, tanmateix, va força bé: “esto, con todo, va bastante bien.” ~

– Juan Puig



Leer: condición
del desarrollo

El Plan Nacional de Desarrollo 2007-2012 busca situar a México entre las treinta economías más competitivas del mundo. Hoy ocupa el lugar 58. Para superar el enorme desafío de subir veintiocho peldaños en los indicadores del Foro Económico Mundial en cinco años, el PND reconoce que es imperativo seguir una estrategia en tres vertientes: inversión en capital físico, ampliación de las capacidades de las personas y crecimiento elevado de la productividad. Si tomamos en cuenta que la capacidad de leer y escribir es una condición necesaria para el desarrollo de otras capacidades y para el incremento de la productividad, cabría suponer que este gobierno buscará mejorar sustantivamente las capacidades de lectura y escritura de los mexicanos. Sin embargo, en el PND, la única referencia explícita al tema dice: “No basta con saber leer y escribir; para competir exitosamente hace falta también saber utilizar las computadoras y tener acceso a las telecomunicaciones informáticas.” La necesidad de desarrollar la capacidad tecnológica de las personas no se pone en duda, pero para lograrla hay condiciones.

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Cees Van der Huist
La capacidad de leer, escribir, contrastar y comprender textos diversos, es una de esas condiciones. El cabal dominio de la lectura y la escritura puede no ser una condición suficiente para alcanzar el nivel de desarrollo económico que se pretende, pero sí es una condición necesaria. El PND soslaya el tema. Es indispensable que los programas sectoriales perfilen con claridad la política de esta administración en la materia.

Hace diez años, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) diseñó una prueba denominada PISA (Programme for International Student Assessment) para evaluar si los estudiantes de quince años están preparados para enfrentar los retos de incorporarse a la sociedad del conocimiento. La prueba ha tenido tres aplicaciones y México ha participado en todas ellas. Uno de sus componentes fundamentales mide la comprensión de lectura y es bien sabido que los resultados de los jóvenes mexicanos no han sido satisfactorios. Por ello, hace dos años México se comprometió, como parte de las llamadas Metas del Milenio de la UNESCO, a hacer esfuerzos adicionales para que, en 2015, los alumnos de quince años alcancen un nivel de lectura muy superior (ochenta por ciento) al que tienen actualmente (48 por ciento), con base en los indicadores de la PISA. En diciembre próximo se publicarán los resultados de la prueba que se aplicó en 2006; entonces se sabrá si hay avances, se conocerá su magnitud y se precisará si los cambios se producen al ritmo debido para llegar a la meta en el plazo que se fijó.

Mientras un país intenta avanzar otros también lo hacen. En ese sentido, si lo que el PND persigue es el crecimiento de la economía nacional, medido en relación con el desempeño de los países más desarrollados, es preciso reconocer que conviene considerar la velocidad a la que se dan (o pueden darse) los avances de los diversos aspectos que influyen en el incremento de la competitividad del país. Por ende, y a la luz del reto de llegar a ser una de las primeras treinta economías del mundo, las autoridades habrían de analizar si no sería incluso necesario hacer mejorar más rápidamente los niveles de lectura (y demás factores que repercuten sobre estos niveles, como la disponibilidad de materiales de lectura en la escuela y el hogar), y con ello favorecer el incremento de la productividad y la competitividad, en el tiempo y magnitud establecidos en el PND.

México ha tenido avances alentadores que distan de ser suficientes, pero sobre todo refrendan que el progreso que se busca no puede ser resultado de la inercia, sino de acciones intencionadas. Por ejemplo, entre 2000 y 2005, se logró incrementar la comprensión de lectura de los alumnos de sexto grado de primaria (el número promedio de alumnos ubicado en el nivel más alto de la escala creció de veintitrés a 33 por ciento y la proporción ubicada en el nivel más bajo disminuyó de veinticinco a dieciséis por ciento). Estos cambios son más notables si se analizan por modalidad educativa. En 2000, casi la mitad de los alumnos de las escuelas urbanas públicas estaba en los niveles más bajo y bajo y para 2005 la proporción disminuyó a uno de cada tres. En el caso de las escuelas rurales, la proporción disminuyó doce puntos, de sesenta a 48 por ciento para los niveles más bajo y bajo, en ese periodo, y en educación indígena se redujo en veintidós por ciento la población que había en el nivel más bajo, de 51 a 29 por ciento. Sin embargo, esta mejoría no ha logrado abatir las diferencias entre estratos socioeconómicos, que siguen siendo muy grandes. Por ejemplo, hay 59 puntos porcentuales de distancia entre las escuelas particulares y las indígenas, en el número promedio de alumnos que se ubican en el nivel más alto de comprensión de lectura.

Las investigaciones han mostrado que el factor que más peso tiene en el desarrollo de las competencias comunicativas (hablar, escuchar, leer y escribir) y mayoritariamente responsable de estas diferencias es el capital cultural, una variable que se calcula considerando la escolaridad de los padres, el número de libros en casa y la frecuencia con la que los estudiantes asisten al cine. Sobre su incidencia hay cada vez más datos disponibles y por ende mayor entendimiento del fenómeno, lo que a su vez ofrece mejores circunstancias para impulsar acciones dirigidas a incrementar el capital cultural de las familias y las comunidades. Por ejemplo, hoy se sabe –con datos precisos– que el estímulo temprano a la lectura crece a medida que se incrementa la escolaridad, pasa de 6.1 por ciento entre las personas sin escolaridad a 55.4 por ciento entre los universitarios. El 81 por ciento de la población reporta tener libros en el hogar, aunque en número limitado (37 por ciento tiene entre diez y 49 libros, y 36 por ciento menos de diez), pero la cantidad aumenta generacionalmente: hay treinta puntos de diferencia entre los jóvenes de doce a veinte años y los mayores de 56 que dicen haber tenido libros en la infancia. Ante la insuficiencia de material de lectura en el hogar, los más de doscientos millones de ejemplares disponibles en las bibliotecas escolares y de aula están ejerciendo una importante función compensatoria: los padres reportan que sus hijos llevan libros prestados a casa (59 por ciento en escuelas indígenas, 74 en rurales y 56 en urbanas) y también reportan leer ellos a sus hijos; mayoritariamente lee la madre (65 por ciento en preescolar general y 43 en preescolar indígena), aunque en las comunidades indígenas los hermanos mayores contribuyen también con el 35 por ciento de la participación. Cabe entonces preguntar: ¿Qué acciones pondrá en marcha este gobierno para mejorar la comprensión lectora, incrementar el capital cultural de las familias y avanzar al ritmo que el país requiere para ser más competitivo?

Al respecto, hay dos factores críticos: la necesidad de conjuntar esfuerzos mediante la articulación de las políticas sectoriales –económicas, educativas, culturales, de desarrollo social y laborales– y garantizar la continuidad de éstas, a lo largo de lapsos amplios de tiempo. El Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) destaca además tres requisitos que se han de tener en cuenta en el diseño de esas políticas: sistemas confiables de información y evaluación, un marco jurídico que precise el papel de cada actor y que propicie la construcción de consensos en los que puedan sustentarse las políticas, y un financiamiento adecuado.

A diferencia de otros comienzos de sexenio, la situación en materia de planeación del desarrollo de las competencias comunicativas puede y debe ser distinta. Las autoridades tienen a su alcance información muy valiosa procedente de dos encuestas y dos estudios2 realizados en los últimos dieciocho meses por instituciones muy acreditadas en la evaluación de la política educativa y en la elaboración de estudios estadísticos –como la UNAM, el INEGI, la Universidad de Harvard y el INEE– y cuyo prestigio respalda ampliamente la validez de su información. Hoy es posible hacer un diagnóstico detallado del comportamiento lector de los mexicanos, dentro y fuera de la escuela, y de los factores asociados a él, a partir de datos muy reveladores –algunos mencionados arriba– que permiten formular hipótesis que sirvan de base para diseñar estrategias dirigidas a ampliar las capacidades de la población; en particular, su capacidad de leer y escribir, de contrastar y comprender textos diversos. Y si, como establece el PND, ampliar las capacidades de los mexicanos es un imperativo para el desarrollo, entonces la construcción de una agenda de política pública en esta materia, en la que concurran autoridades, iniciativa privada y sociedad civil, es impostergable. ~

– Elisa Bonilla Rius 



Ordenar la periferia

1.

Vista desde el centro, la periferia es un lugar nebuloso, casi inexistente. Su destino parece ser deslizarse hacia la invisibilidad y lo que ahí sucede está coloreado con la paleta del sueño. En el borde, los hechos y las cosas se combinan con reglas particulares, distantes pero similares a las que operan en el centro, aparentemente sólido y definido.

La periferia y el centro se relacionan con rispidez consanguínea. La primera se comporta ingobernable y adolescente, preocupada por sus maneras y su relevancia.

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Cees Van der Huist
Éste, por su parte, es egoísta porque está convencido de su importancia y no tiene necesidad de afirmarse. El centro mira sin demasiado interés cómo la periferia intenta fingir que no le importa estar al margen.


2.

Apenas si leemos fracciones de libros, nos dicen los estudios. Sin embargo, en la pantalla, en el páramo virtual al que accedemos a diario, nos topamos con borbotones de textos y mensajes extendidos. Quizá la distancia que mantenemos con la letra impresa esté modulada por la cotidiana ligereza y sencillez que le exigimos a nuestro entorno. Tal vez dedicarle demasiado tiempo a desentrañar y apreciar las cadencias de un endecasílabo parezca un dispendio, un lujo. Cualquiera que sea la razón, como una epidemia, todas las regiones del país padecen el mismo mal: el libro es parte del anaquel menos visitado en un delicatesse.

Desolador como puede ser, el panorama en la periferia es escandalosamente ignorado. Se sabe poco, y cuando se sabe, el centro omnívoro lo integra al trajín de novedades que preside. Los libros de la periferia terminan engrosando los anaqueles de una biblioteca apenas visitada, sitiada por las dificultades a las que obliga el arte.

En este país, en el que la periferia se asume como todo el espacio que rodea a la capital, es vergonzoso el desconocimiento del acontecer literario más allá de algunas de las dieciséis delegaciones y otros núcleos aislados. Resulta fácil decir que no se sabe porque nada sucede más allá.


3.

En la red, escenario virtual de tantas reivindicaciones, un sitio aspira y logra darle al lento libro de los márgenes la visibilidad que está pidiendo. www.excentricaonline.com, portal sin ostentaciones ni florituras, alberga los empeños de las regiones más invisibles, las menos atendidas. Heredero de los catálogos por correspondencia, pero más amable para quien la recorre, y del boletín de noticias en torno al mundo editorial, este sitio y sus enlaces imponen una suerte de orden sobre el nebuloso panorama. Instaura un centro justamente en el espacio sin centro, para que por fin la periferia se reconcilie con su antagonista. Entre los vínculos se halla la información bibliográfica de los fondos estatales de cultura, las universidades, las publicaciones periódicas y las editoriales que subsisten en los estados.

Como herramienta de búsqueda y como testimonio de las persistencias, el sitio es encomiable. Cada uno de los enlaces supone un vistazo informado a los mundos alternos, al corazón de la periferia. Al mismo tiempo, las entradas en este fichero resultan desconcertantes: ¿qué, de entre todas aquellas ediciones, supone un hallazgo?, ¿qué vale la pena ignorar?


4.

Pensar este espacio sin su formato virtual, sin la acelerada capacidad de renovarse, nos llevaría a un catálogo atacado por una caducidad apresurada. El acervo que contiene excentricaonline.com aprovecha de lo virtual la actualidad más necesaria, la que disipa el polvo que se le quiere imponer por fuerza a la periferia.

El sitio, que busca “internacionalizar los esfuerzos locales, regionales”, tiene en su contra la velocidad de crucero de la industria editorial. Excentricaonline.com hace la labor de archivo, devela lo que permanecía oscurecido. Sin embargo, el mundo editorial persiste en su caminata a paso lento, tanto que los libros desaparecen como un punto en el retrovisor.


5.

Siglo tras siglo hemos afirmado que cada uno es el centro de su propia esfera. Los límites de nuestra injerencia se vuelven, en potencia, más amplios año tras año; todo depende de los medios con los que contamos. Una computadora y una línea telefónica dividen a los que pueden acceder al jardín de las delicias (que William Gibson bautizó como ciberespacio), respecto de los que se tienen que conformar con la rala oferta de la biblioteca pública frente a su casa. O, para decirlo en términos que nos atañen, entre los que pueden sólo vivir “en conversación con los difuntos” y los que, además de “escuchar con los ojos a los muertos”, pueden arrimarse a los vivos que conversan, con palabras entrecortadas y faltas de ortografía, en pequeños recuadros parpadeantes sobre una pantalla.

Excentricaonline.com cumple con sus objetivos, tiende un puente virtual entre los interesados y sus objetos del deseo. Iniciativas como ésta hacen evidente también una brecha perniciosa entre el lector y el libro. El sitio se actualiza constantemente; sin embargo, el ejemplar, en su soporte material, paradójicamente, termina siendo el componente más elusivo de este binomio; no alcanza a actualizarse, es decir a aparecer, y el deseo queda en suspenso. Por fortuna conocemos sus señas… pero quizá las páginas impresas y empastadas son ya periféricas, lejanas, nebulosas, casi inexistentes. ~

– Pablo Duarte



Almadía: Oaxaca en el mapa editorial

No es arriesgado aventurar que hoy es de la Editorial Almadía el puesto que hace medio lustro ocupaba Sexto Piso en las conversaciones calificativas del gremio local –la juventud, la sorpresa, la esperanza. Mérito no menor teniendo en cuenta que se han colado en las sobremesas y papeles capitalinos sin moverse de Oaxaca, ciudad origen y bandera del proyecto. Pero éste, a diferencia del liderado por Francisco de la Mora, Luis Alberto Ayala Blanco y compañía, cuyas pretensiones se limitan a mantener su firma consolidada dentro del mercado independiente, aboga por ser más que una editorial. Por lo pronto, es uno de los vértices del triángulo cultural oaxaqueño dirigido por Guillermo Quijas y que conforman además la librería Proveedora Escolar y la Feria del Libro de Oaxaca. Sus libros aprovechan, aparte de esto, la situación privilegiada de la ciudad como referente mundial de las artes plásticas, presentando a modo de portada obras de artistas locales (si bien empiezan a abrirse a pintores de todo México).

A efectos legales, Almadía –eufónico nombre sugerido por la editora Ave Barrera que alude a los troncos hechos balsa pirenaicos que se arrastran unidos río abajo– nació hace dos años; en rigor, forma parte de un plan que ya tramaba el abuelo materno de Quijas, Ventura López, hace más de cincuenta años, cuando fundó la Proveedora Escolar. El profesor López, aparte de vender libros, imprimía algunos títulos, cediendo parte del tiraje a los autores como regalías, y organizaba eventos culturales en la comunidad. Cuando el nieto tomó las riendas de la empresa familiar, era su intención seguir ese espíritu, expandiendo y formalizando el negocio, en el que trabaja también una pieza no menor de este engranaje, verdadero ejemplo de matriarcado juchiteco: la arquitecta Claudina López, responsable de la importante galería Quetzalli, del pintor Francisco Toledo, y la madre de Quijas, de la que Juan Villoro, invitado en el encuentro de escritores en Oaxaca del pasado marzo, habla con devoción llamándola “madre Tierra”.

Para Guillermo Quijas, estaba claro que a la distribución que proporcionaba la Proveedora y a la difusión que suponía la Feria del Libro de Oaxaca, faltaba la rueda del triciclo que se encargara de la producción, una editorial. Para concretar los planes familiares, hubo de aparecer, de vuelta a la civilización, un catalizador, una figura polémica y acreedora de un aura suficientemente atractiva, en Oaxaca y fuera de ella, como para convertirse en emblema de la casa: Leonardo Da Jandra. ¿Cómo se unieron el orden y el trabajo meticuloso de la familia Quijas López y la jubilosa anarquía del escritor hasta el pasado año residente de una playa de Huatulco en una cabaña hecha con sus propias manos? “Cuando vivía en la selva –cuenta él mismo– solía bajar al pueblo una vez por semana. En una de esas idas recibí un correo electrónico de una mujer que se llamaba Carla Zarebska, para invitarme a presentar un libro suyo, Guadalupe. Cuando la conocí personalmente quedé fascinado por su inteligencia y belleza. Enseguida me dijo que era dificilísimo encontrar mis obras en librerías; entonces despotriqué contra la pésima labor de distribución de la editorial Planeta. La segunda o tercera vez que nos vimos surgió la propuesta: ¿y por qué no hacemos una editorial? Pero el proyecto se frustró porque Carla se fue con su esposo a vivir a Mérida. Me quedé con las ganas, y al conocer a Guillermo Quijas, comenzamos a darle vida al proyecto.”

Es Da Jandra quien coordina el consejo editorial –del que forman parte Martín Solares y Tryno Maldonado, entre otros– que determina la enseña de toda editorial, el catálogo (el propio Guillermo Quijas, a la hora de explicar los criterios de selección, no esconde que de ello se encarga la “gente capacitada” que los apoya), y quien desgrana la política editorial: “Al contrario de editoriales como Acantilado y Atalanta, no apostamos de arranque a autores raros ya muertos o a libros valiosos pero inéditos en castellano.

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Cees Van der Huist
Para Almadía lo primordial es dar a conocer la literatura actual más arriesgada, por supuesto con la necesaria calidad literaria. No obstante, ya estamos contemplando una colección en la que incluiremos algunas obras del doctor Johnson, Swift, Thoureau, etcétera.” Es por la concesiva por donde se cuela una de las debilidades de la editorial: unas pautas selectivas demasiado flexibles, que combinan autores incuestionables como Guillermo Fadanelli, Mario Bellatin o, próximamente, Juan Villoro, Enrique Vila-Matas y Bernardo Atxaga, con escritores no siempre a la altura cuyo principal mérito literario es residir en Oaxaca. Guillermo Quijas se defiende: “Enfocarnos exclusivamente a una sola línea editorial sería limitarnos. Me parece que la diversidad de eventos que realizamos en Oaxaca da para un mercado muy amplio. Tendríamos que tener diferentes sellos editoriales, y eso es algo que hacer a muy a largo plazo.”

Algo es indiscutible: en estos dos años Almadía ha conseguido colocar a Oaxaca en la actualidad más allá de la pintura contemporánea y el conflicto de la appo, y en estos meses pasados ha cruzado incluso el Atlántico: con el Fondo de Cultura Económica, por ejemplo, ha firmado un convenio para distribuir en España y el resto de Latinoamérica. Por ahora, la nave va. ~

– Yaiza Santos



Leer y odiar en la cafetería

Cioran. Decide leer solamente a Shakespeare. En Brasov, cerca de Rumania, lee todos los días en una cafetería. Por las mañanas imparte clases, por las tardes lee a Shakespeare. Una tarde, el profesor de gimnasia del instituto lo reconoce y se sienta a su lado. Cioran le pregunta quién es: “¿Cómo?, ¿no me reconoce? Soy su colega, soy el profesor de gimnasia.” Como sabemos, si el hombre que interrumpe la lectura no es William Shakespeare, despierta deseos homicidas, pero Cioran, sin escopeta en mano, continúa leyendo. Primera nota: desdeña al profesor y continúa la lectura porque leer en una cafetería, aunque es un sitio público, es un acto privado. Un acto privado con espectadores. Leer en una cafetería es una conversación que se desea silenciosa en la dictadura del ruido. Pero en los tiempos que corren, leer en una cafetería es lo mismo que hacerlo en una oficina, en un departamento o en una biblioteca. Sabemos que siempre hay una llamada, un claxon, un taladro detrás de cada pared: la torre de Montaigne es la cafetería de la esquina y la celda del monasterio es un vagón del metro. Los libros leídos en lugares públicos despiertan el morbo del que pasea. Terreno fértil. Hay más lectores en las cafeterías que en un edificio.

Un hombre. Decide leer en una cafetería. Más curiosidad suscita el libro que sostiene un desconocido que su vida. No se puede educar la curiosidad. Pero no interrumpiremos su lectura, no somos incómodos profesores de gimnasia. Sabemos cuáles son los libros más vendidos pero interesa saber qué se lee; hay que empezar, digamos, con él. De modo que tratamos, discretos, de observar la portada del libro, pero la inclinación no nos permite verla. Tenemos que comprar un café, sentarnos cerca para meter nariz. Para ver el título tenemos que hacer una sentadilla propia de un profesor de gimnasia. El hombre se da cuenta y, porque nunca dejó que le copiaran un examen, pone fin: se lleva la edición al regazo, no hay manera de saber qué lee. Segunda nota: no quiere que veamos el título y no permite que otros husmeen el texto que lo acompaña porque leer en una cafetería, acto pudoroso y exhibicionista a la vez, mantiene los mismos comportamientos del que lee a puerta cerrada. Busca mudar un acto íntimo a la calle, quiere una intimidad pública. La lectura en las cafeterías es un acto vertical que no quiere ser horizontal. Pero lo es: no está exento del ruido ni se salva del morbo vecino. Veamos lo que se lee durante una semana en cinco cafeterías, en cinco distintos puntos de la ciudad: quince periódicos de circulación nacional (cabe decir que las páginas de las sección de espectáculos terminan desordenadas, onduladas y notablemente estudiadas); seis juegos de fotocopias (entre los que sobresale “La inteligencia de la empresa”); un libro de autosuperación; La casa silenciosa de Orhan Pamuk, Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco y Cien años de soledad; y una carta que, dada la exaltación de las lectoras, suponemos de amor. Predominantes los periódicos, apenas tres libros. No sorprende. Hay más cafeterías en una cuadra que lectores en el país.

Schopenhauer. Asiste siempre a la misma cafetería y se sienta en la misma silla. Otra rutina: al tomar asiento deja una moneda sobre la mesa. Todos los días recoge la moneda luego de tomar café y se va. Una tarde, una mesera la pregunta por qué lo hace. Schopenhauer responde. Pone la moneda sobre la mesa para entregarla al primero que diga algo interesante en las mesas contiguas. Hablan, en todo caso, de noticias. Tanto las noticias de un país como la primera plana de una historia amorosa. Pero cada día saca y guarda la misma moneda. Tercera nota: guarda a diario una moneda porque asistir a una cafetería, pese a que ninguna frase es digna de su dinero, es estar al día. Y tenemos una tendencia por estar al día. No por nada el blablablá y los periódicos son estelares en nuestras cafeterías, como no es gratuito que las secciones de nota rosa sean tan exploradas. Después del paseo por cinco cafeterías, que se antojaba al lado de Walser, notamos que hay más palabras cruzando de una mesa a otra que palabras impresas. Schopenhauer lo tiene claro, escucha las conversaciones como si subrayara un libro de Shakespeare. Si leyera, en cambio, habría un profesor de gimnasia inoportuno, habría curiosos que querrían saber qué lee. Si conversara tal vez una mujer le entregaría un peso a cambio de sus frases lúcidas. El silencio es imposible. No sobresalta. Hay más conversaciones en una cafetería que monedas en el bolsillo.

Una mujer. Nada detiene sus palabras. Es generosa: una, otra y esta otra palabra para su amiga. Escuchamos algunas frases sueltas pero no traemos cambio. Todas hablan de sus problemas amorosos. Un café es más barato que el psicólogo. No interrumpe al único lector de Pamuk, no fisgonea los periódicos en la mesa de al lado ni pone atención a las palabras que la rodean. Un paso delante de todos, no es una espectadora silenciosa, participa. Cuarta nota: habla porque el chachachá de las palabras, sobre todo en una cafetería, es la razón de su visita. Mientras que Jelinek, por ejemplo, todos los días debe tener algo impreso delante de sus ojos, ella necesita emitir palabras delante de su amiga. Esto es lo protagónico en nuestras cafeterías. No es Europa. En nuestras cafeterías hay más notas inéditas del corazón que lectores de libros. Nada sospechoso. Los lectores en nuestro país son subversivos. Aquí el rebelde trae un libro en las manos.

Una servilleta. Última nota en una servilleta: hay más profesores de gimnasia que lectores. ~

– Brenda Lozano 






1. Enrique Krauze publicó una semblanza de Ricardo Mestre –“Mi amigo anarquista”– en el número de julio del 2006 de Letras Libres.


2. Encuesta Nacional de Lectura que realizó la UNAM por encargo del Conaculta, y Encuesta Nacional de Prácticas de Lectura en las Escuelas de Educación Básica 2006 que realizó el INEGI a solicitud de la SEP. Los estudios son: “La formación de lectores en México. Un proceso en construcción”, resultado de la evaluación que investigadores de la Universidad de Harvard hicieron al Programa Nacional de Lectura de SEP, publicado en Aprender más y mejor, de Fernando Reimers (coord.), México, FCE, 2006, y Prácticas docentes para el desarrollo de la comprensión lectora en primaria, del INEE, 2007. Existe además otro libro con trece lecturas independientes y contrastadas –Daniel Goldin (ed.), Gabriel Zaid, Néstor García Canclini, Richard Uribe, Tomás Granados, Federico Reyes Heroles, René Solís, Julia Flores, Elsa Ramírez, Judith Kalman, Fernando Reimers, Gregorio Hernández, Felipe Garrido y Elisa Bonilla— titulado Encuesta Nacional de Lectura. Informes y evaluaciones, Conaculta-UNAM.

   
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