Ser como los demás, de Tanaz Eshaghian

Junto con Arabia Saudita, Irán es el país musulmán donde la ley islámica o sharia se aplica con mayor severidad. Los clérigos vigilan cada aspecto de la vida privada y aplican castigos crueles a quien transgrede los roles asignados a hombres y mujeres, y la relación de dominio y sumisión que debe existir entre ellos. Una de estas transgresiones es la homosexualidad: “ofensa contra dios” que se paga con azotes y, de repetirse, con la vida.

En 2008, la directora iraní Tanaz Eshaghian leyó en The New York Times que en su país natal se realizaba un número alto de operaciones de cambio de sexo. Radicada en Estados Unidos desde la edad de seis años, digirió la información con una pizca de sospecha. La fetua dictada por el ayatolá Jomeini daba la apariencia de medida progresista (algo en sí mismo incongruente). La nota aclaraba que las cirugías no solo eran legales, sino que el régimen las promovía y asumía la mitad de su costo.

 ¿Demasiado bueno para ser verdad? Eso, o demasiado raro. Apenas un año antes, dos adolescentes habían sido ejecutados por delito de homosexualidad.

 

Eshaghian viajó a Teherán y se instaló en la sala de espera del doctor  Bahram Mir-Jalali, uno de los médicos con más experiencia en operaciones de cambio de sexo. De sus encuentros con él, con la prensa local, con representantes del clero y, sobre todo, con los aspirantes a la reasignación de sexo nació el documental Be like others (Transsexual in Iran). Premiado en los festivales de Berlín y Tesalónica (y selección oficial de Sundance) no tuvo distribución comercial. Puede verse en YouTube, tecleando “The true face of islam: Iran has the highest rate of sex changes in the world” (la versión original con subtítulos en inglés) o “La transexualidad en Irán, la república pseudo-islámica” (una versión doblada al español).

 

Desde sus primeras escenas, Ser como los demás esclarece el misterio de la contradicción entre aparente apertura moral e intolerancia sexual arraigada: la cirugía de sexo es la única opción que Irán da a homosexuales que aspiren a un lugar en la sociedad (y a conservar la vida). En tanto esa sociedad solo acepta una noción binaria de la sexualidad –se es hombre o mujer, y punto–, los miembros de una pareja deben ser anatómicamente distintos y complementarios. Que la preferencia sexual no siempre corresponda a la identidad de género es algo que ni siquiera se pone en la mesa de discusión. Quien quiera “ser como los demás” debe cercenarse el pene y  construirse una vagina (o al revés),  y renacer en la sociedad con un nombre distinto. No importa que estuviera en paz con su cuerpo original.

 

Las operaciones de cambio de sexo son una panacea para quien ve como un imperativo alinear su fisiología con su identidad sexual. Los dolores de la recuperación física y de la adaptación psicológica no se comparan con la impotencia de habitar un cuerpo que no corresponde a la percepción de sí mismo. (El documental Morir de pie, de la mexicana Jacaranda Correa, narra el caso de Irina Layevska, transexual que ha contribuido a que México tenga una legislación avanzada en apoyo a esa comunidad.) La transexualidad, sin embargo, es solo una de las muchas formas de la identidad transgénero. Lo que revela Ser como los demás es que los pacientes del doctor Mir-Jalali están ahí menos por deseo propio que por acorralamiento social.

 

 

Es el caso de Anoosh, un hombre extrovertido y sonriente, obligado a dejar la escuela por su forma afeminada de hablar. Usa ropa de mujer para complacer a su novio, que así “se hace a la idea” de que está con una mujer. Como eso convierte a Anoosh en un travesti –alguien que podría morir tan solo por salir a la calle– ha tomado la decisión de operarse. Sentado junto a él, su novio no mira a la cámara. Es claro cuál de los dos no asume su homosexualidad. Mucho más conflictuado que Anoosh, Ali Askar llega a la clínica con dudas sobre la operación. No tiene pareja y tampoco menciona una preferencia homosexual; simple y sencillamente expresa su identidad femenina vistiéndose de mujer. Su familia y vecinos no toleran su ambigüedad: el día que su padre se enteró de que visitaría la clínica le ofreció una taza de té con veneno para ratas. Ali sabe que si entra al quirófano, cortará para siempre el vínculo familiar.

 

Miembro voluntario del equipo del doctor Mir-Jalali, una mujer llamada Vida recibe a los pacientes y les da el apoyo que su familia les niega. Es una transexual que desborda empatía y amor, pero cuyo rostro se endurece cuando la directora le pregunta su opinión sobre los homosexuales. “No me caen bien”, dice. Le parece incorrecto que un hombre con sentimientos masculinos y que puede usar su masculinidad decida recurrir a otros medios para satisfacerse. (La sharia es aún más estricta con los homosexuales pasivos.)

 

Lo trágico de la “solución iraní” no es solo la obligación velada de alterar el cuerpo propio, sino el estatus al que se aspira si todo sale de acuerdo al plan. Apenas vuelvan  de la anestesia, los transexuales verán el mundo desde la prisión invisible en la que vive una mujer en Irán. Anahita –antes Anoosh– reaparece deslumbrante, animosa y todavía más maquillada. Cuenta que tras la operación viajó a otros países, pero que su corazón permaneció con su novio. Este la escucha al borde del sillón, a punto de caerse con tal de evitar sus caricias. Enfrentan un nuevo problema: ahora que forman una pareja “normal” están obligados a contraer matrimonio. Contra lo que podría esperarse, la perspectiva es chocante para Anahita. Ella quiere ir a la universidad y estudiar ingeniería. Si se casa, explica, siempre se referirán a ella como “la esposa de Ali: la ingeniera”. El tono con el que lo dice sugiere que una cosa se supedita a la otra: haga lo que haga, sus méritos importarán menos que su estado de pertenencia a un marido.

 

Su historia, con todo, tiene un desenlace digno. Los otros desenlaces –la mayoría– rondan la tragedia. Muchos transexuales optan por el suicidio. Otros, por su equivalente anímico. Es el caso de Ali. Ahora convertida en Negar vive en una casa con otros transexuales que, como ella, se ganan la vida como “esposa temporal”. Ya que la prostitución es una actividad ilegal –pero alguien tiene que ocuparse de las necesidades sexuales de los hombres iraníes–, la ley permite un contrato que los exime a ellos de responsabilidad conyugal, y a ellas las obliga a estar a su disposición. El hombre decide cuánto dura el contrato. Un día o varios años, da lo mismo: una esposa temporal ya no puede aspirar a otra vida. Al vencimiento de su matrimonio queda en espera de un siguiente marido-cliente. Con la sonrisa más amarga del mundo, Negar explica que sus padres consiguieron matar su amor por ella, y que ella ha hecho lo propio con respecto a los demás.

 

Visto de una manera, Ser como los demás toca una realidad ajena y específica: solo donde la ley se sustenta en la religión –y esta se reinterpreta para volverla más represora– se entiende que la moral “correcta” sea vista como mandato (y lo contrario como delito mortal). Visto de otra, concierne a todos en cualquier lugar. La premisa de un homosexual que no desea modificar su cuerpo vale para demostrar el desastre de aferrarse a cualquier determinismo y negar el ejercicio de la voluntad personal. Una sociedad que encumbra un modelo único –de  división de roles, de convivencia,  de orden social– pide la mutilación de  sus miembros. Lo de menos es si  es literal. ~

 

 

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