artículo no publicado

¿Yo soy 132?

Los universitarios que crearon el grupo #YoSoy132 se ganaron la simpatía de muchos por el aire fresco que inyectaron a la campaña electoral. Las contradicciones internas de su discurso y sus posturas maximalistas los colocan, sin embargo, en el filo de la radicalización. Este reportaje es el ojo en la cerradura del movimiento.

La historia empieza en un baño. El 11 de mayo pasado, Enrique Peña Nieto, candidato a presidente por la Coalición Compromiso por México, integrada por el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Verde Ecologista, llegó a la Universidad Iberoamericana para “dialogar” con un grupo de estudiantes. No era el primero. El 23 de abril ya había tenido una oportunidad parecida Andrés Manuel López Obrador, del Movimiento Progresista. ¿Parecida? Es un decir. En palabras del periódico El Universal, AMLO prácticamente salió en hombros de la Ibero, entre gritos de “Presidente”. A Peña Nieto, en cambio, la visita se le amargó, sobre todo cuando había terminado su intervención. Tras exponer su programa de gobierno, enfrentó las preguntas de la concurrencia, que a todas luces esperaba el momento para tirarse a fondo. Según la nota de CNN (“Atenco, el tema que encendió a los jóvenes y originó #YoSoy132”, 4 de junio de 2012), alguno de los presentes decidió levantarse con una pancarta que decía, sin más trámites, “Te odio”. Y en ese ambiente, nada menos, Peña cometió el error de sincerarse. Cuando se le cuestionó sobre su decisión de meter la fuerza pública en el pueblo de San Salvador Atenco en 2006, en sus días como gobernador del Estado de México, el candidato, que ya enfilaba la salida, retomó el micrófono y dijo con todas sus letras que no se arrepentía de haber usado la fuerza pública y que asumía el costo de esa decisión. Entonces empezaron los gritos: “Atenco no se olvida”, coreó la asistencia mientras el candidato entraba a un baño antes de precipitarse a una puerta trasera.

¿Respondió la entrada al WC, como dijo el priista después, al hecho fortuito de que efectivamente necesitaba entrar al baño, o, como aseguran sus adversarios, al miedo? Imposible saberlo. Poco importa. Para el imaginario opositor de izquierda y también –la oportunidad la pintan calva– para el de derecha (“Le tiene miedo a los jóvenes”, machacaría la candidata panista Josefina Vázquez Mota durante el segundo debate mediático de los candidatos presidenciales), Peña se escondió. La juventud había puesto en retirada al monstruo que había matado a dos civiles en Atenco y propiciado un sinfín de abusos contra la población, incluidos veintiséis de tipo sexual. ¿Fue espontánea la reacción del público, un resultado incidental de las respuestas del candidato? Es poco probable. Independientemente de la mencionada pancarta, y siempre según la crónica de CNN, Federico Gómez, uno de los alumnos presentes, aseguró luego que “teniendo todo el background de violaciones, de la impunidad que hubo alrededor de ese caso... los universitarios ya no podían aguantar más y cuando él salió era un repudio”. A Peña, en otras palabras, lo esperaban con las armas a punto. Otro de los alumnos que lo fueron a escuchar, Fernando Loya, añadió: “En ese momento, toda la universidad lo escuchó y dijo, casi, casi, esto ya es hipocresía.” La cosa es que de hipocresía, cabe pensar, es de lo único que no puede acusarse a un exgobernador que decide volver al micrófono y sentenciar: “Tomé la decisión de emplear el uso de la fuerza pública para restablecer el orden y la paz, y [...] lamentablemente hubo incidentes que fueron debidamente sancionados.”

La respuesta de varios altos mandos priistas y algunos medios puede o no haber sido justa, pero desde luego no aplacó a nadie: gasolina a la fogata. “Es un grupo entrenado”, dijo Pedro Joaquín Coldwell, presidente del PRI, a Ibero 90.9. La respuesta llegó muy rápido y como llegan las respuestas hoy en día: en las redes sociales. Ahí sigue. Una buceada rápida en YouTube basta para dar con el video etiquetado como “131 alumnos de la Ibero responden a EPN”, donde los jóvenes aparecen con sus credenciales de estudiante en la mano, al tiempo que se identifican en voz alta y pausada, de frente a la cámara. Al presunto autor del video lo conocemos gracias a un reportaje de Guillermo Osorno (“Las manos que mueven a #YoSoy132”, Gatopardo 133, julio de 2012). Se llama Rodrigo Serrano y estudia ciencias de la comunicación. Un día más tarde, las redes sociales, particularmente Twitter, abundaban en expresiones solidarias, formuladas cada vez con más frecuencia como “Yo soy el estudiante 132”.

 

Los malditos medios

#YoSoy132 no tardó en plantarse en las primeras planas, mexicanas y extranjeras. En España, pronto brotaron las analogías con otro movimiento juvenil bautizado numéricamente, el 15-M, nacido, como el 132, en la víspera de las elecciones locales, en ese caso las de 2011, y pronto conocido, con más precisión de la que podría pensarse a simple vista, como los “indignados”. Un nombre que pareciera nacido de una organización nihilista rusa y que retrata bien el hastío de sesgo anarquizante con que los jóvenes españoles –“Que no, que no, que no nos representan”– se dirigían a las clases gobernantes, en el contexto de una Europa abandonada a los ajustes económicos y rota por la crisis y el desempleo masivo. Pero quizás ahí paren las similitudes. La diferencia más clara es el papel que juegan los medios de comunicación en los discursos de uno y otro movimiento. Los indignados han lanzado críticas contra los medios, pero sus dardos se dirigen ante todo a la clase dirigente. El 132 ha hecho de aquellos uno de los dos ejes de su discurso. El segundo, vaya por delante, es el antipriismo.

Ya el video de los 131 va dedicado a “los medios de comunicación de dudosa neutralidad”. El fin de semana que siguió a la algarada de la Ibero, los jóvenes del 132 congregaron a varios miles de personas frente a la Estela de Luz, el muy cuestionado monumento para celebrar el bicentenario de la Independencia, en el Paseo de la Reforma. Buena parte del contingente caminó hasta las puertas de Televisa Chapultepec, igual que en el curso de la semana otras dos manifestaciones mucho más pequeñas habían aterrizado en Televisa Santa Fe y Televisa San Ángel. Lo que en los días previos era una consecución de manifestaciones enérgicas pero disgregadamente dirigidas contra el candidato priista y los medios que, decían, intentaban a toda costa impulsarlo a la presidencia, se acercaba a convertirse en un manifiesto claro, organizado, que tenía como blanco de su encono, antes que al mercado o a los estamentos políticos, según la tradición, a los medios de comunicación mismos, a los que exigían, antes que nada, “neutralidad”, como si tal cosa fuera posible o incluso deseable.

No se ha estudiado lo suficiente el carácter al menos contradictorio de las exigencias de un movimiento que –basta con asomarse a sus declaraciones– clama por libertades en los medios al tiempo que aboga por regularlos, investigarlos, limitarlos y, en un extraño homenaje a tiempos autoritarios que ya parecían idos, homogeneizarlos en cadenas nacionales. Los lectores ya no tan jóvenes recordarán aquellas tardes setenteras en las que los pocos canales de la televisión abierta se veían obligados a cancelar el fut, la telenovela o el capítulo de Don Gato para transmitir, todos y a la vez, el discurso del candidato en turno. O la pesadilla de la Hora Nacional, o la perdurable cursilería de asestar el himno nacional a las doce de la noche. (Quién sabe cuántas vocaciones lectoras nacieron de aquellos días de pax priista.) De pronto, el movimiento que llegó a declararse abiertamente anti Peña Nieto, por aquello de no volver a los setenta años de priato, apostaba precisamente por volver a aquellos días, en una especie de efecto copy cat de lo que ocurre en países como Venezuela o Irán. Con una diferencia: los encargados de decidir qué le conviene ver al pueblo serían ellos, los estudiantes, y no ya los funcionarios priistas. Pueblo, de paso, es un término que debe ser usado aquí con muchas restricciones. Porque incluye solo a aquellos que no pueden pagarse algún sistema de televisión por cable o vía satélite, es decir, a los más pobres, los de la antenita de conejo que no tendrían más remedio que soplarse a los señores candidatos.

La idea de la cadena nacional se hizo pública con el segundo debate presidencial en puertas. El primero fue trasmitido por Televisa pero no por TV Azteca, luego de que el presidente de esa televisora, Ricardo Salinas Pliego, anunciara en Twitter que dedicarían su trasmisión al futbol. Pero el segundo debate era otra historia. A pesar del aburrimiento infinito de esos diálogos entrecortados, esas respuestas al adversario con un delay eterno por efecto del formato, esos catálogos larguísimos de buenas intenciones, el público siguió con interés el duelo verbal a cuatro espadas. En la segunda vuelta, Televisa decidió consagrar al debate la señal de Canal 2, con diferencia el de más rating y con una cobertura casi total del territorio mexicano, y TV Azteca correspondió usando su carta más fuerte, el Canal 13. De esa suerte, incluso sin sumar a la ecuación a las televisoras públicas y otros medios, quedaba garantizado el acceso de la práctica totalidad de la población a la señal. Para el 132, sin embargo, no era suficiente. Al final, la propuesta no pasó. Pero el intento se hizo, y el movimiento celebró como una victoria que las televisoras hubieran cedido.

Es imposible pasar por alto que el clasismo condescendiente que subyace a la idea de la cadena nacional se extiende a toda la concepción del papel de los medios hecha manifiesta por el movimiento en sus apariciones públicas cotidianas. Es, sin duda, un planteamiento que coincide punto por punto con el de Andrés Manuel López Obrador. A la hora de redactar estas notas, el 132 camina de embajada en embajada para convencer a los gobiernos extranjeros de que la elección que dio el triunfo a Enrique Peña Nieto debería ser invalidada. Las razones son diversas. Las más importantes tienen que ver con las experiencias acumuladas por los integrantes del movimiento durante la jornada electoral, plagada, dicen, de “irregularidades” e incluso actos violentos y viciada de raíz por la presunta compra masiva de votos a cargo del PRI –no hay referencias a los actos correspondientes del lado del Movimiento Progresista–. Pero hay otro motivo, y es el papel lamentable de los medios de comunicación, que –aseguran– condicionaron indefectiblemente las conciencias de los votantes. Otra vez, el 132 se acerca a distancia de gancho al hígado al movimiento obradorista, seguro de que la voz de los medios, a los que acusa de parcialidad y complot, tienen la capacidad de lobotomizar a las masas a placer, como si los ciudadanos fueran incapaces de tomar decisiones libremente por el solo hecho de encender la televisión y exponerse a su influjo diabólico. Desde luego, ese influjo no afecta a todos los ciudadanos. Los jóvenes del 132, como Obrador y los suyos, parecen tener alguna condición espiritual que les garantiza inmunidad ante la manipulación mediática y un elevado sentido crítico. Habría que añadir que los dardos, sin excepción, se dirigen a los medios que se permiten ejercer la crítica contra el obradorismo. A los que le son afines, digamos Proceso, La Jornada o el noticiero de Carmen Aristegui, no se les exigió la neutralidad reclamada ya en el primer manifiesto del 132, como si la neutralidad periodística solo se pudiera exigir por consideraciones ideológicas o de rating.

Mediado el mes de julio, las evidencias de que esta satanización de los medios es al menos peligrosa se multiplican. El 27 de junio, el periodista Carlos Marín, director editorial del Grupo Milenio y uno de los rostros del programa de debates Tercer Grado, del Canal 2, decidió caminar hasta su oficina a través de Avenida Juárez. Con reflejos prontos, un grupo de unas cincuenta personas identificadas con #YoSoy132 lo rodeó, le escupió, le gritó, lo insultó, lo empujó. Poco después, el 23, Ricardo Alemán, que paseaba por la ciudad con sus hijos, sufrió una agresión parecida de un grupo de ambulantes. No mucho mejor le fue al también periodista Carlos Loret de Mola con la multitud congregada frente a Televisa Chapultepec para dar ánimos a Andrés Manuel López Obrador ese día en que aceptó la invitación de presentarse a responder las preguntas de los periodistas de Tercer Grado. La multitud sumaba a los jóvenes del 132 un contingente cada vez más habitual en las filas del movimiento obradorista: el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), lanzado a la oposición luego del cierre de Luz y Fuerza del Centro. Del SME se puede decir lo que se quiera, pero no que escatima en beligerancia o incluso en violencia, a menudo verbal, a veces hasta física. No fue un sindicato radical mientras sus afiliados gozaron de salarios y prestaciones muy por arriba del promedio, pero lo es desde su despido. Y en eso se parece cada vez más al 132, o al menos, habría que decir, a ciertas presuntas facciones de un movimiento incapaz de aclararnos a nosotros, los ciudadanos del común, cuáles son sus fronteras, quién puede ser incluido en su nómina, qué tan capaz ha sido de mantenerse inmune a la enfermedad del radicalismo que ha invadido a todos los grandes movimientos estudiantiles de las últimas tres décadas. Un movimiento, en suma, incapaz de decirnos qué es, y que tiene un comportamiento público llamémoslo bipolar.

 

Un raro apartidismo

Una de las primeras apariciones televisadas del 132 muestra la escena inusual de un Paco Ignacio Taibo II que discute airadamente con un joven que pretende callarlo. El contexto es el mitin frente a la Estela de Luz. No sin razón, el biógrafo de Villa y el Che, que jamás ha ocultado sus simpatías por AMLO o al menos por el movimiento que este abandera, le pregunta al joven quién carajo se piensa que es para impedirle decir lo que mejor le parezca. El joven tiene sus razones: el movimiento, todavía, pone mucha atención en proclamarse apartidista y Taibo acababa de preguntar si alguien ahí pensaba votar por Peña Nieto, un modo irónico de reforzar su solicitud de que se vote a AMLO.

Fotografía: John Moore / Getty Images

 

¿Es realmente apartidista el 132? Hay motivos para preguntárselo. Resulta al menos dudoso que un movimiento que terminó por definirse justo como pitII lo hubiera querido, es decir abiertamente opuesto al PRI, merezca esa etiqueta. La declaración de principios antipeñistas no tardó mucho en llegar, aunque lo hizo de modo contradictorio. El 24 de mayo, el comité del movimiento, con representación de quince universidades públicas y privadas, se reunió en asamblea en la Plaza de las Tres Culturas. Sin “incidentes, con diversos discursos y participaciones”, según la crónica del semanario Proceso (“Se pronuncia #YoSoy132 contra Peña Nieto”, 26 de mayo de 2012), los estudiantes se declararon abiertamente contra la candidatura del priista, por considerar que representa a las clases empresariales. Poco después, los delegados del ITAM se deslindarían de esta toma de posición, aunque sin abandonar el movimiento. Según se verá, de poco les sirvió.

Esa asamblea llevó a otra en las Islas de Ciudad Universitaria, el 30 de mayo. Osorno habló con uno de los organizadores, Carlos Brito, del Instituto Politécnico, que coordinó la mesa cuatro, es decir, la responsable de definir la organización del movimiento. Ahí, en sus palabras, conoció “a los ultras”. La UNAM, sobra decirlo, no es ajena a radicalismos. El movimiento del 87, el CEU, terminó controlado por las facciones negociadoras, las de Ímaz, Santos, Ordorica. El de 1999, el CGH, en cambio, terminó en manos del extremismo, que respondió literalmente a patadas a los intentos de control de la vieja guardia ceuista, expulsó a las facciones moderadas y cerró la universidad con alambre de púas. En la siguiente “asamblea interuniversitaria”, pocos días después, esos ultras, eternos, se dejaron conocer. El encuentro, en la Facultad de Arquitectura, congregó, sí, a los representantes del 132, pero la variedad de grupos que se dejaron caer, desde las organizaciones vecinales hasta los concheros, es difícil de censar. Doce horas después se concluyó que las asambleas locales serían autónomas, que enviarían representantes a las asambleas generales y que la asamblea general trabajaría por medio de comisiones, en una especie de cruza del movimiento del 68 con la cámara de diputados.

Es evidente que la variedad de formas de manifestarse del 132 tiene que ver con esta estructura horizontal y extendida, que, según el caso, da lo mismo para marchas tan perfectamente organizadas como la que siguió a las elecciones del 1o de julio –marchas en las que los manifestantes regresan a borrar los grafitis hechos por sus compañeros–, que para agresiones como las sufridas por Marín, Alemán y Loret. Pero es un hecho que la algarabía intimidatoria, los conatos de violencia, el insulto grotesco en las redes sociales y las marchas son crecientes, en coincidencia con la escalada de crispación de AMLO, y a las vez perceptibles desde los primeros momentos del #YoSoy132, una consecuencia ineludible de incluir en tu nómina a personajes sobradamente identificados con el obradorismo duro o de tener en calidad de compañeros de ruta a grupos como el SME o el Movimiento de Aspirantes Excluidos de la Educación Superior, que a nada estuvo de reventarles la asamblea del 11 de junio en la Ibero. Afiliados al obradorismo son figuras como Circe Cacho o Carlos Cario, estudiantes de la UNAM y al mismo tiempo militantes de Morenaje, o sea, el más que pejista Movimiento de Regeneración Nacional Jóvenes y Estudiantes. Pero no es a figuras como Circe o Carlos a quienes puede imputárseles alguna responsabilidad sobre la violencia. Como es frecuente, esta se ampara en la masa, en la capucha, en el anonimato o el seudónimo de la red; no es posible señalar a nadie con el dedo, no de momento. Aunque no han faltado acusaciones con nombre y apellido. Alemán, precisamente, publicó un artículo (“La mano que mueve al #YoSoy132”, El Universal, 10 de junio de 2012) en el que señala no ya como instigadores del movimiento, sino como sus principales maquinadores y operadores, a Mauricio Toledo, delegado electo por Coyoacán e hijo de Nelson Toledo, integrante del gabinete de Salvador Allende, o Miguel Torruco Garza, boxeador, estudiante de la Ibero e hijo de Miguel Torruco Marqués, el que hubiera sido secretario de Turismo con un AMLO presidente.

En opinión de Alemán, la trama se extiende hasta la familia del millonario Carlos Slim, dado que Torruco Garza es cuñado de Carlos Slim Domit, hijo del hombre más rico del mundo, y sobre todo hasta el expriista Manuel Camacho, que tomaría la estrategia de acción estudiantil de los inconformes chilenos. Siempre según Alemán, Camacho está en contacto con Marco Enríquez Ominami. Excandidato a la presidencia en Chile, este hombre, conocido como meo, hijo de un veterano del Movimiento de Izquierda Revolucionaria asesinado por la dictadura pinochetista, entendió que el movimiento estudiantil chileno encarnado en Camila Vallejo y surgido como el mexicano de universidades privadas era una buena arma propagandística y de agitación.

Alemán es articulado y convincente pero todavía no ofrece evidencias tangibles de la trama que denuncia y que por lo tanto no puede ser validada en este punto. Pero hay una pista interesante, y es la que ofrece la supuesta “conexión chilena”. En Chile se empleó una agresiva campaña contra los medios, destinada a quebrarlos y dejar sin réplica las acusaciones contra las clases dirigentes. No es posible asegurar que efectivamente la estrategia llegó al movimiento mexicano por vía de meo, pero es posible que de aquellas brasas hayan surgido estos fuegos por alguna otra vía, incluso por el mero influjo de internet. Como sea, algo habrá enseñado la joven Vallejo en su reciente visita, cuando recordó a sus pares mexicanos que la juventud ha de ser el motor del cambio en el mundo.

De la última asamblea referida surgió el manifiesto de #YoSoy132, disponible en muchos foros incluida por supuesto su página, una extensa colección de documentos audiovisuales que serán muy valiosos para los investigadores del futuro. Invitamos a los lectores a visitarla, con precaución a la hora de guglear (la dirección correcta, según los responsables de medios del movimiento, es www.yosoy132media. org). Desaparecido de la arena pública desde que en la competencia por el mercado de izquierda de 2006 lo noqueó amlo, el subcomandante Marcos parece haber resurgido entre discípulos no sabemos si de sus ideas, pero acaso sí de su estilo no siempre claro. Van algunos fragmentos:

Somos estudiantes. Somos un antiguo minero, o un joven rebelde, o una burguesa guapa. Somos lo que ustedes no son./ Nosotros venimos de las redes, de un mundo de ceros y unos, de un mundo que no conocen y que nunca manipularán./ No queremos el mundo tuerto que los medios construyen cada día para distraernos mejor./ ... / No nos creemos las clarinadas de la victoria: “La democracia ha ganado”, “La historia se ha acabado”, “Triunfa la libertad”, “El mercado está abierto”.

Y para rematar:

Somos los desesperados, los que refrescan el timeline cada cinco minutos. Somos la nostalgia de revolución de nuestros padres. Somos la nostalgia de un futuro que podría ser./ Creemos que la protesta pertenece al pasado, pero también creemos que la protesta contra el orden es el fundamento del orden nuevo.

No es fácil entender muchas de sus referencias –ojalá algún lector nos explique lo de la burguesa guapa que quién sabe quién no es–, pero el difuso mensaje de reorganización social por la vía revolucionaria, la atención preferente a los medios y las dudas sobre el mercado y la democracia son, de nuevo, más que afines a los discursos del obradorismo. Este perfil se acentuará con los resultados preliminares de las elecciones. El movimiento, entonces, se decantará abiertamente por el antipriismo e impugnará las elecciones, con las mismas premisas, en lo esencial, que el movimiento obradorista. Lo expuso mucho más articuladamente uno de sus dirigentes más visibles, Antonio Attolini, cuando habló en el noticiero de Carlos Loret de Mola, Primero Noticias, el 4 de julio. Alumno del ITAM, articulado, sereno, Attolini aseguró que el movimiento es anti Peña Nieto: “Matizado... Particularmente la asamblea del ITAM no está en contra de Peña Nieto sino a favor de la rendición de cuentas... En general (en) la asamblea se determinó (que) no está en contra del sujeto físico... Él como ente político [...] tiene naturalmente, en un orden democrático sano, que soportar crítica constructiva.” En contraste, la página a la que Attolini nos remite invita a la “Convención Nacional contra la Imposición en San Salvador Atenco” y, bajo la imagen de un puño rojo alzado, lanza una “Convocatoria urgente” bajo los preceptos de que “Peña Nieto promete continuar con el saqueo a la nación para el beneficio de unos cuantos multimillonarios” y de que “el regreso del PRI a la presidencia es el regreso del régimen priista (sic) represivo y autoritario”.

 

Luces y sombras

#YoSoy132 nació quejándose de los medios, pero a menudo tuvo una recepción amistosa en estos, y cuando no lo fue expresamente, fue sin duda prolongada, como prueban las reiteradas muestras de simpatía que les llegaron desde El Mañanero, el programa de noticias que se trasmite por Foro tv y W Radio y que conduce Brozo, o la media hora que les dedicó el noticiero de Loret de Mola en Televisa, a la que se sumó el esfuerzo análogo de Joaquín López-Dóriga en la misma televisora. El tope de su popularidad llegó de la mano del tercer debate presidencial, el 19 de junio. Fue un debate nada ajeno a la polémica, suscitada por la decisión de no asistir que hizo pública Peña Nieto, quien alegó que no iba a dar la cara en un entorno abiertamente hostil. Es probable que dar la cara le hubiera funcionado mediáticamente, sobre todo si se piensa que el formato pergeñado por los jóvenes, con preguntas formuladas por la ciudadanía y bloques temáticos, propició un debate mucho más ágil y concreto en sus respuestas, pero la negativa era predecible y fácil de entender. El 132 decidió impedir a las televisoras que trasmitieran la conversación entre los candidatos –a las mismas televisoras que quería antes en cadena nacional y cuya disposición a transmitir el segundo debate celebraron tanto–. Al final, la transmisión vía internet falló más de lo deseable y su difusión recayó por momentos en las escasas cadenas de radio enlazadas. Con todo, el experimento fue un éxito. Ese día, quizá más que nunca, el 132 pudo sostener su neutralidad y su mesura mirando a los ojos. Desde entonces, esos dos términos son otros dos que conviene usar con muchas reservas.

La descalificación definitiva del proceso electoral pronunciada por la federación estudiantil es, de nuevo, esencialmente idéntica a la de Andrés Manuel López Obrador. Por eso, sufre sin remedio de las mismas carencias. Argumenta el 132 que la coalición ganadora compró votos en proporciones masivas, pero ni ofrece pruebas sustanciales de esa presunta compra millonaria, ni explica por qué esa compra no afectó a las cámaras o los estados donde ganaron candidatos de izquierda, ni hace referencia a las prácticas análogas de la coalición progresista. Asegura, por momentos con francos aunque involuntarios arrebatos clasistas –uno de los voceros del movimiento habló del “embrutecimiento” masivo–, que las televisoras anestesiaron las conciencias del pueblo, en su enésimo homenaje a la Escuela de Frankfurt, pero no explican por qué antes de conocer los resultados de la elección avalaron un proceso en el que las televisoras ya tenían el siniestro papel que les atribuyen. Y hablan de trampas y violencia en las casillas, pero no logran fundamentar con hechos la aseveración de que unas y otra ocurrieran en proporción suficiente como para asegurar que la elección no trascurrió en libertad, según sus declaraciones a la prensa.

A diferencia de López Obrador, en cambio, el 132 parece apostar a la desobediencia civil desde ya. El encuentro en Atenco convocó a una pluralidad de organizaciones entre las que se cuentan varias de las más recalcitrantes, del SME a la Confederación Nacional de Trabajadores de la Educación, al Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, hasta sumar trescientas. ¿Qué se decidió como medidas de “lucha”? Bloquear carreteras, “liberar” casetas de cobro, ocupar plazas públicas, tratar de impedir la toma de posesión de Peña Nieto el 1o de diciembre y, llamativamente, “tomar” las instalaciones de Televisa en todo el país el 27 de julio, con la idea de boicotear la trasmisión de los Olímpicos. Rodrigo Serrano, uno de los voceros del movimiento, aclaró en la edición vespertina de Hoy x Hoy, en W Radio (16 de junio), que el 132 solo había asistido a Atenco como invitado, no como organizador, y que muchas de las decisiones tomadas por la concurrencia, por ejemplo las tomas de instalaciones de Televisa, no las suscribían. La nota del diario Reforma de ese día, sin embargo, consigna intervenciones de estudiantes que contradicen ese desmarcarse.

¿Qué hace el movimiento que borra grafitis y representa a todo el espectro político en esas compañías y en esas maquinaciones? Definirse, quizá. O simplemente revelar su yo profundo, el del enésimo movimiento ciudadano cooptado por la radicalidad, que, esa sí, se organiza bien, en bloque, sin margen para la ambigüedad militante o la disidencia. La ambigüedad perdura: no sabemos quién es 132. ~