artículo no publicado

XI. Villa se aparece en mis sueños: Friedrich Katz

 

Friedrich Katz, maestro de maestros, me recibió en su departamento de Filadelfia, donde estaba bajo tratamiento médico, alejado de Chicago, su hogar desde hace cuarenta años y cátedra desde la cual formó a varias generaciones de historiadores dedicados a México. Aunque nunca lo había visto en persona, su hospitalidad me hizo sentir muy cómodo porque creía conocerlo desde que Ilán Semo, cuando hacíamos a principios de los años ochenta la revista El Buscón, me narraba con fruición novelesca los capítulos que iba leyendo de La guerra secreta en México (1982). Como muchos de sus lectores descubrí, al mismo tiempo, a Katz y al telegrama Zimmermann, el mensaje cifrado que pudo arrastrar a México, en 1917, a la guerra con los Estados Unidos como aliado del káiser. Esto, aunado a su condición de asilado en México y víctima de los nazis, convirtió a Katz en uno de los principales especialistas en la influencia alemana en América Latina.

Katz (Viena, 1927) murió de cáncer apenas el pasado 16 de octubre. Fue un vienés mexicano: pasó los años decisivos de la adolescencia a la juventud en el México del general Lázaro Cárdenas. Me narraba Katz, mientras quedaba a punto el equipo de filmación, lo emotivo que fue para él llegar, junto con su familia judía y comunista, y tras el exilio en Francia y los Estados Unidos, a México. En 1940 el único escenario de una “revolución victoriosa”, emprendida por un gobierno popular que imponía profundas transformaciones sociales sin recurrir al terror de Estado, estaba en México, aseguraba el historiador. Por ello, quizá la pieza más convincente de Nuevos ensayos mexicanos (2006) sea la comparación que Katz lleva a cabo entre las revoluciones rusa y mexicana, encontrando que la nuestra, abundante en fechorías e inequidades, nada tuvo que ver con la ingeniería social del terror. Libre de culpa (no creo que Katz lo dijese así) queda la Revolución mexicana del gran pecado del siglo xx. Estuvo Katz entre los defensores de la Revolución mexicana: sin decirlo dogmáticamente, este investigador de la servidumbre agraria durante el Porfiriato consideró que no hubiera sido posible (ni deseable) evitarla.

El cardenismo fue, para Katz, la tierra prometida: el asilo alcanzado en el país que había condenado, en solitario, la anexión hitleriana de Austria en 1938. El desenlace feliz de la actuación de Gilberto Bosques al salvar a miles de refugiados antifascistas, republicanos y judíos, llevó a Katz, con sus padres, a recibirlo, en la estación ferroviaria de Buenavista, en 1944. El diplomático mexicano, internado por los alemanes en el campo de Bad Godesberg, había sido canjeado por unos agentes del Tercer Reich. En aquella noche fresca que recuerda Katz en Nuevos ensayos mexicanos, no solo se anudó para siempre –se me ocurre– su pasión mexicana, sino el deber de escribir las historias de nuestras guerras secretas.

Katz permaneció en México hasta fines de los cuarenta, cuando, tras hacer estudios en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, se estableció en los Estados Unidos. Su primera pasión fue Mesoamérica, de la mano de Wigberto Jiménez Moreno, y solo después se convirtió en estudioso erudito de la Revolución mexicana, con La guerra secreta en México y su biografía de Pancho Villa (1998), el gran libro al cual quedará asociado su nombre de historiador. Trabajó, hasta que la enfermedad se lo permitió, en una biografía de Madero, a quien admiraba más que a Villa, pues hizo en 1911 una “revolución perfecta”, eficaz y con escaso costo de sangre. Pero Madero no pudo defender ni sostener su obra, víctima ejemplar de la contrarrevolución. Marxista de su siglo, Katz admiraba a los artífices de las revoluciones.

Katz encarnó la tradición del socialismo judío, aquella que, recibiendo, uno a uno, los devastadores golpes del siglo, ha perseverado. Con pasaporte austriaco, Katz pasó catorce años en una República Democrática Alemana (rda), prestigiada, afirmó, por los antinazis que la fundaron. Pero aquello, tras 1968, se volvió irrespirable, como siniestra le parecía la vecina dictadura checoslovaca, que conoció bien. “Nadie puede tener nostalgia de todo aquello”, dijo Katz aquella mañana de julio. Me contó que nunca había querido consultar su expediente en la Stasi, para evitarse la depresión de encontrarse allí con algunos amigos y profesores, acaso, y, en diversas medidas, delatores.

El antiestalinismo no borró en Katz la impronta, el molde de su marxismo, un marxismo analítico, a la austriaca, dispuesto como un mecanismo relojero, preciso y por fuerza repetitivo de la interpretación social de la historia. No se olvide que en la rda y en la urss hubo una selecta escuela de historiadores dedicados a América Latina y de ella, abandonando los esquematismos presentes en sus primeros artículos e investigaciones, Katz fue uno de los grandes sobrevivientes: de alguna manera, su obra es una reparación al hecho de que ninguno de los marxistas de la Segunda y de la Tercera Internacional (con la fatal excepción de Trotski) se ocuparon de la mexicana, la primera revolución del siglo.

Su Pancho Villa es menos una biografía que un retrato colectivo: el carácter psicológico de Villa le importaba poco a Katz. O más bien: fue a través de los villistas que Katz dibujó su enorme retrato, presentando al Centauro como un instrumento (nada ciego) de la comunidad flotante, errabunda, elástica, caprichosa de su gente, los fronterizos, los vaqueros que formaron la División del Norte. Katz fue a buscar muy lejos los motivos de esos rebeldes: entre los hunos, los mongoles y los cosacos. Su biógrafo nunca exalta a Villa, nunca lo denigra. Decía Katz que soñaba con él. No lo dudo: debieron ser sueños conjeturados, en el desierto, en la inmensidad.

Por el camino de Villa, aquel 13 de julio de 2010 en que Katz le dio a Letras Libres una de sus últimas entrevistas, llegamos a esas “multibiografías” que son las novelas, las viejas novelas. Katz se acuerda de El Don apacible, la novela de Mijaíl Shólojov, el Premio Nobel de 1965, sobre los cosacos. “¿Qué habrá sido de la literatura soviética?”, me pregunto, mientras Katz se remonta más atrás y cita, entre las novelas que lo formaron como historiador, las de Erckmann-Chatrian, los novelistas alsacianos autores, al alimón, de la epopeya de los soldados napoleónicos en libros como Historia de un quinto de 1813, La invasión o el loco Yégof, Cuentos de orillas del Rin, Waterloo... Pero Friedrich Katz siempre regresa a ese país de la larga Revolución mexicana que lo acogió, un espacio utópico que se desplaza en el tiempo de la historia, en el cual él vivió. No en balde, cuando se refería a algo que sucedía en México, Friedrich Katz decía siempre “aquí”. En el corazón.

 

 

Aunque es usted uno de los grandes historiadores de la Revolución mexicana, su obra, me parece, está atravesada por el principio de la comparación entre distintas épocas históricas de México y entre distintas regiones. En Nuevos ensayos mexicanos (2006), una utilísima introducción a su obra y a los temas que la constituyen, usted compara el prestigio póstumo de las civilizaciones azteca e inca, pero también el terror revolucionario en México y en la urss durante el siglo xx. Hay otra comparación oportuna, dado el empalme entre los aniversarios de los inicios de la Independencia y de la Revolución: ¿Cree usted que la historia mexicana, como sostenían algunos marxistas, puede leerse a través de un ciclo de revoluciones? ¿O es un gran Estado, desde la colonia, el protagonista? ¿Qué une y qué separa a 1810 y a 1910?

Hay similitudes y también diferencias bastante grandes: las dos revoluciones empezaron como levantamientos populares. Pienso en Hidalgo y Morelos, y también en el maderismo, y después en 1913 y 1914 con Villa y Zapata. Estas revueltas fueron derrotadas en ambos casos por grupos más conservadores: en 1812 o 1813 por una coalición de españoles y criollos; en 1915 por los carrancistas. También hay una similitud en el sentido de que a las dos revoluciones les siguió una época de debilidad del Estado. México era, además, un objetivo fácil para las naciones extranjeras. Otra semejanza fue el auge de los movimientos campesinos. Desde 1821 hasta los albores del Porfiriato fue una historia de constantes revueltas campesinas o de
alianzas de campesinos con oligarcas locales –como fue el caso de Juan Álvarez en Guerrero o de Luis Terrazas en Chihuahua. Hubo también movimientos que empezaron como alianzas y terminaron como sublevaciones indígenas: es el caso de los mayas en Yucatán y los yaquis en el norte.

El período de anarquía, de debilidad del Estado, duró mucho más después de 1810 que después de 1910. Pero también hay diferencias muy grandes. La primera es que hubo un resultado más concreto en 1810: la independencia. La segunda: la revolución de 1810 fue mucho más indígena que la de 1910, fue una revolución ocurrida esencialmente en el Bajío, en la zona de Guadalajara, Guerrero, zona mucho más indígenas que Chihuahua y Sonora en 1910. Esto le dio otro matiz a la revolución. Aunque hubo también, hace un siglo, revoluciones indígenas como la de Morelos, tal como lo muestra John Womack. Lo que pasó en Yucatán bajo Carrillo Puerto fue una revolución indígena, por ejemplo.

Una tercera diferencia es que en la revolución de 1810, o más bien, en la contrarrevolución que provocó, la Iglesia jugó un papel mucho mayor que en 1910. Se opuso la Iglesia, aunque no activamente, a la revolución maderista; el arzobispo de México dio una misa de acción de gracias cuando fue derrocado Madero. Después vino la Guerra Cristera. Pero la Iglesia en 1910 no tenía el poder que había tenido en 1810; no pudieron matar a dirigentes revolucionarios, como sí hicieron con Hidalgo y Morelos.

Otra diferencia sumamente importante es que el cambio social después de 1810 fue más reducido que el cambio social tras 1910. La hacienda era la base fundamental de la economía mexicana en 1910 y los hacendados, junto con los financieros, el grupo más poderoso: perdieron mucho entre 1910 y 1940 y fueron reemplazados por una élite industrial; en tanto que en la revolución de 1810 la hacienda quedó como la empresa fundamental. Y aunque la Iglesia estuvo lejos de conservar las propiedades que tuvo antes, no fue reemplazada en 1821 por la clase media rural sino por grandes hacendados que adquirieron sus tierras. Hasta 1910 se removió a la hacienda.

En 1810, en contraste con 1910, no hubo frontera con Estados Unidos; frontera que jugó un papel decisivo en la revolución de 1910, porque surtía de armas modernas a los revolucionarios.
El resultado es que el ejército de Morelos no tenía el mismo armamento que el ejército español, y en cambio la División del Norte de Francisco Villa tenía las mismas armas modernas de que disponía el ejército de Victoriano Huerta. Además, la presencia norteamericana fue una amenaza constante que restringió en muchos sentidos la actividad de los revolucionarios, aunque la expulsión de los norteamericanos de México no hubiera sido posible como lo fue la expulsión de los españoles después de 1810.

 

¿Le parece que forman parte de un mismo ciclo de revoluciones?

Absolutamente. De un ciclo interesante porque en una y otra forma de revolución liberal jugaron un papel decisivo los campesinos. 1810 fue prácticamente una revolución del campo; en 1910 participaron los obreros y los mineros junto a la pequeña burguesía, pero la masa de revolucionarios vino del campo en ambos casos.

 

En La guerra secreta en México (1981) y con mayor detalle (o con cierto grado de escepticismo) en Pancho Villa (1998) sostiene usted que la Revolución mexicana fue una gran revolución social que, además, modificó el régimen político. A la luz del revisionismo de los años sesenta y setenta, que ha puesto en duda la naturaleza revolucionaria de la Revolución (valga la redundancia) o la ha descalificado en comparación a otras revoluciones ideológicamente más decisivas en la historia moderna, ¿cómo aprecia usted hoy el estado de la polémica sobre la Revolución? ¿Puede decirse, así sea metafóricamente, que no existió? ¿O fue, como la caricaturizó el escritor español Vicente Blasco Ibáñez, la sustitución de una élite de ladrones por otra? ¿Cómo queda la Revolución mexicana, para decirlo de una manera más seria, ante la revisión de los conservadores, que la ven como una continuación del Antiguo Régimen, y la revisión de los radicales, insatisfechos ante un proceso inconcluso, interrumpido, traicionado?

Todas las revoluciones comienzan por un programa utópico, empezando con la Revolución francesa: liberté, égalité, fraternité, lema que obviamente no se cumplió, pues pasaron cien años hasta que hubo democracia en Francia; la igualdad fue mayor, pero la fraternidad fue utópica. La Revolución bolchevique, que quería establecer un régimen utópico –el comunismo– donde cada uno tendría bastante para sus necesidades, nunca resultó. Juzgar una revolución a la luz de sus primeros pronunciamientos utópicos, por ello, me parece bastante injusto. Para calificar algo como una revolución hay muchas definiciones, pero para mí una revolución es un movimiento de las clases populares que cambia aspectos fundamentales de la situación social, política y económica.

¿Qué cambios entonces trajo la Revolución mexicana? El primero, que ya describí antes, fue la eliminación de la clase de los hacendados como factor político de primera importancia. Fueron reemplazados por otra élite, industrial, comercial, financiera… pero hay una diferencia profunda entre una élite de hacendados y otra de comerciantes, industriales y financieros, pues esta última es flexible. En una industria el obrero pide más salario y cuando hay bastante presión se lo dan, y ello no significa que desaparezca la industria como en la revolución comunista. El industrial sigue controlando su industria y el comerciante su comercio; en tanto que en la hacienda piden tierras y si se reparten las tierras ya no hay hacienda. Esto no se nota solo en la mayor flexibilidad de la clase de los no hacendados, sino también en una actitud muy diferente hacia la educación popular. El industrial necesita una clase obrera educada, formada, que pueda trabajar en sus empresas. Luis Terrazas, uno de los hacendados más ricos, cuando le dijeron que querían establecer escuelas en sus haciendas dijo: “No necesito abogados. Necesito labradores.”

En los países de América del Sur en los que quedó la oligarquía terrateniente el apoyo a dictaduras militares fue mucho más fácil. Mientras que los terratenientes necesitan una dictadura para mantener sus tierras, las clases burguesas pueden acomodarse también con un régimen democrático, como es el caso de los Estados Unidos, con un régimen democrático y una de las clases dominantes más fuertes que hay en el mundo.

Una cosa que hizo la Revolución mexicana fue incorporar a las clases populares en el Estado. Pero esa incorporación se hizo de manera sumamente diferente. Bajo Obregón fueron aliados porque necesitaba de los agraristas y aun de los sindicatos para combatir a grupos rebeldes del ejército; bajo Cárdenas, la Confederación de Trabajadores de México y la Confederación Nacional Campesina fueron socios del gobierno con una gran medida de libertad: hacían huelgas y ocupaban tierras; bajo el Partido Revolucionario Institucional (pri) estaban subordinadas las clases populares al Estado, lo que no significa que el pri no tuviera que hacerles concesiones. Durante el Porfiriato no hubo sindicatos ni organizaciones populares: el Estado nunca se interesó, con excepción de poquísimos sindicatos, en controlar los movimientos populares. Los dominaba, los echaba fuera del proceso político. Lo poco de libertad política que habían tenido antes –la autonomía municipal, el derecho de elegir a sus alcaldes, a sus presidentes municipales– se desechó con Porfirio Díaz, quien a través de sus jefes políticos nombraba a los presidentes municipales. Así que esto fue también una diferencia fundamental. Y gracias al progreso de la educación, al dominio del país por los terratenientes, la modernización se hizo más rápidamente en México después de la revolución de 1910 que un siglo antes.

 

Impera la idea de que las revoluciones solo sirven para revitaminizar a los viejos Estados: el antiguo régimen porfiriano se convierte en el poderoso Estado de la Revolución que desarrolla una potencia que ya existía previamente. Entiendo que a usted esa visión no le parece del todo histórica...

Los presidentes, hasta 1940, fueron revolucionarios y después de 1940 tenemos la dictadura de un partido, pero, aún así, ese partido tuvo que hacer concesiones a las clases populares que Porfirio Díaz nunca hizo. También se implementó el sexenio, que cambiaba no al régimen político pero sí a los miembros de la cla-
se política. Limantour decía que uno de los graves errores del Porfiriato era no haber sabido cambiar a las élites.

 

Yo no le voy a preguntar si va a haber otra revolución en 2010, pero quisiera preguntarle si cree, como Alan Knight, que los genes de la Revolución están vivos en el cuerpo social mexicano.

Hay mucha insatisfacción en México con las condiciones sociales, con los salarios, con la miseria, con la pobreza que no se abolió. Pero de allí a una revolución, es distinto: la mayor parte de la izquierda no aboga por la revolución –ni el Partido de la Revolución Democrática, ni Cuauhtémoc Cárdenas, ni López Obrador hablan de una revolución. Las revoluciones comunistas pregonaban que a través del control del Estado iba a haber prosperidad mediante una economía planificada. Con el derrumbe de la urss esto resultó una utopía.

En México, hoy día, en contraste con la época de Porfirio Díaz, existe una posibilidad real de cambiar las cosas a través de elecciones. En 1810 había una alternativa: la independencia. En 1910, otra: Madero, que prometió la democracia. Ahora tenemos democracia, y tenemos pobreza. Hay genes de la Revolución, es verdad, pero estos genes no han provocado desde 1910 –digamos desde 1920– un movimiento violento en contra del régimen existente, lo que dice mucho; la insatisfacción no necesariamente provoca revolución.

 

Usted es un hijo adoptivo de la Revolución mexicana, acogido como fue, de niño y con su familia, por el gobierno del general Cárdenas. En México se salvaron ustedes de la persecución nazi y el cardenismo forma parte de su biografía. Por ello, no deja de ser emotivo preguntarle cuál es la relación entre el cardenismo y la Revolución mexicana. Tal pareciera que la llamada ideología de la Revolución fue obra del cardenismo.

No creo que toda la Revolución, toda la ideología de la Revolución, proviniese del cardenismo. En el Plan de Ayala, en las propuestas de la Convención de Aguascalientes y en la Constitución, muchas de las formulaciones de la Revolución mexicana ya se habían dado: la reforma agraria, el artículo 123, la propiedad del subsuelo por parte de México. Lo que hizo el cardenismo fue reformular y añadir algunas cosas, como la idea del socialismo, que antes no se daba. Hubo algunos teóricos socialistas durante la Revolución: Antonio Díaz Soto y Gama, por ejemplo, que hablaba del socialismo en sus discursos en Aguascalientes, como lo hizo Felipe Ángeles en sus entrevistas y aun en sus últimos días, durante su juicio, pues había leído a Kautsky y a Marx. Pero la idea del socialismo mexicano vino con Cárdenas; la educación socialista, por ejemplo, aunque no era la del socialismo soviético. Era de índole completamente diferente: sin dictadura, sin expropiación de la economía. El socialismo de Cárdenas tenía más aspectos socialdemócratas que comunistas. Fue una verdadera ideología, el cardenismo.

Los revolucionarios de 1910, además, veían en la reforma agraria una solución que no pasaba necesariamente por el ejido. Muchos norteños no lo querían, a diferencia de lo que ocurría en el sur, donde el ejido tenía antecedentes históricos. Así que la formulación del ejido como base de toda la reforma agraria no era una demanda mayoritaria de los revolucionarios de 1910 y sí era una demanda de Cárdenas. Ahí viene la ideología cardenista. El anticlericalismo, por otra parte, se formuló en la Revolución, en la Constitución de 1917, y debo decir que tanto Carranza como Calles eran mucho más anticlericales que Cárdenas. La ideología cardenista englobó todo, lo sistematizó.

 

Un libro como La guerra secreta en México fue una bocanada de aire fresco. Es una crónica diplomática de cómo Venustiano Carranza respaldó en los hechos, con gran valentía y astucia, el nacionalismo mexicano. Paradójica y afortunadamente, fue un libro que universalizó la historia de la Revolución mexicana, convirtiéndola en un capítulo importante en el panorama de la Primera Guerra Mundial. ¿Qué tanto, desde entonces, ha cambiado, en ese sentido universalista y comparativo, la historiografía de la Revolución?

Se ejercen esas comparaciones mucho más ahora que antes. Está, por ejemplo, el libro de John Mason Hart donde compara a la Revolución mexicana con la Revolución turca, con la iraní, con toda una serie de revueltas que ocurrieron en otras partes; Alan Knight también hace comparaciones con la Revolución francesa; mi colega John Coatsworth comparaba las sublevaciones campesinas en México con las andinas; Pablo Yankelevich analiza el papel que tuvo la Revolución mexicana en América del Sur; y Eugenia Meyer examina el papel de los periodistas norteamericanos en la Revolución mexicana.

Pero esta revolución que estalló en 1910 y se prolonga hasta 1914, cuando estalla la Primera Guerra Mundial, no le interesó a ninguno de los grandes revolucionarios marxistas que vivían en Europa en aquel entonces: Lenin, Trotski, Kautsky, Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht. La única izquierda que verdaderamente se interesó estuvo en los Estados Unidos: no solo John Kenneth Turner o John Reed, inclusive a escritores moderados que no eran de izquierda, como Walter Lippmann, les preocupó la Revolución. Es un fenómeno muy extraño que en el índice de las obras de Lenin no se encuentre una sola mención de la Revolución mexicana. Me pregunto por qué: ¿era desprecio del campesinado?, ¿ignorancia de lo que pasó en México?

El que sí se había interesado por México fue Marx: cuando vinieron los franceses tenía un tremendo interés por México, escribía artículos para periódicos alemanes e ingleses. Pero en el momento que estalló la Revolución de 1910, estos revolucionarios de primera no tenían ningún interés. Rosa Luxemburgo tenía interés en América Latina; escribió todo un ensayo sobre si era o no socialista el régimen de los incas, pero ¿y la Revolución mexicana?

 

¿Cuál sería el primer marxista no mexicano que se ocupó de la Revolución mexicana?

Probablemente el primero fue M.N. Roy, hindú, uno de los fundadores del Partido Comunista en 1919, que vino a México por causalidad, porque había conspirado con los alemanes para organizar una revolución en la India contra los ingleses y vivía en los Estados Unidos. Cuando los norteamericanos empezaron a saber lo que hacía se fugó a México. Había recibido mucho dinero de los alemanes para fomentar una revolución en la India. Él vio muy pronto que esto era imposible desde México y lo que hizo fue utilizar ese dinero para fundar el Partido Comunista Mexicano. Él fue el primero que se preocupó por lo que había sido la Revolución mexicana.

 

Ya que estamos en el marxismo, pensando en su ensayo comparativo entre el terror y la violencia en las revoluciones mexicana y rusa, se dijo –lo dijo François Furet– que, a fin de cuentas y ante la ruina del muro de Berlín, la Unión Soviética no había heredado una civilización al mundo. ¿Qué heredó la Revolución mexicana?

En contraste con la situación de Rusia hoy, la Revolución mexicana sigue teniendo legitimidad. Eso se expresa muy simplemente en los cambios de nombres: en Rusia, Leningrado cambió de nombre por San Petersburgo, y todos los nombres de los revolucionarios rusos han sido erradicados de las ciudades. Creo que hay todavía alguna mención de Stalin en Gori, donde él nació, en el Cáucaso, pero ahí termina el asunto. Y aunque el Partido Comunista ruso, que no es actualmente muy fuerte, dice que es heredero de Stalin, no se puede decir que los revolucionarios rusos sean personajes muy populares. Cuando yo le he preguntado a emigrados rusos: “¿quiénes son sus héroes ahora?”, algunos vuelven al zar y la mayoría aprecian a los mariscales que dirigieron la guerra contra Alemania, como Zhúkov, que sigue siendo un personaje sumamente popular.

En México la Revolución sigue teniendo legitimidad. Nadie ha cambiado la avenida División del Norte por la avenida Victoriano Huerta. La Revolución sigue inspirando a grupos populares que toman el nombre de Zapata o de Villa; eso ya da una idea de una legitimidad mayor. Pero también hay otro factor que da un matiz muy diferente a la Revolución mexicana: el cardenismo. Para explicar un poco la diferencia entre el cardenismo y lo que pasó en otras revoluciones, debo explicar que en casi todas las revoluciones hay un período que yo llamaría “la revolución de abajo”, que es una revolución popular, enorme, y otro período, “la revolución de arriba”, donde los nuevos dirigentes que forman el nuevo Estado tratan de implementar sus ideas. En la Revolución francesa, la primera fue una revolución popular en 1789 y también en 1793, y la segunda ocurrió ya bajo el terror revolucionario: una revolución de arriba con muchas víctimas. El segundo intento de implementar la revolución desde arriba en Francia fue el régimen napoleónico.

En Rusia hubo la revolución de abajo, la de marzo de 1917 contra el zar, y hasta cierto punto la de octubre que tenía un apoyo de masas, por lo que Lenin hizo la paz con Alemania y dio la tierra a los campesinos... Pero “desde arriba” fue la revolución estaliniana que quitó todos los privilegios a los obreros, desarticuló la reforma agraria creando koljoses –comunidades que no eran como los ejidos mexicanos sino colectivizaciones impuestas por el gobierno– y sacrificó a millones de personas, masacradas, mandadas al gulag, ejecutadas. En China tenemos la Revolución Cultural con sus millones de víctimas, también implementada desde arriba.

En México tenemos una gran diferencia con la revolución cardenista, que desde arriba impone el cambio sin mayor derramamiento de sangre, sin terror revolucionario. Sigue existiendo una oposición, y cuando Cárdenas, el dirigente de la revolución, termina sus seis años, a diferencia de Stalin, de Mao, de Lenin, hace elecciones y se va del poder. Eso es único, un régimen tal que implementa reformas profundas sin violencia, un régimen revolucionario que da libertades tales como las de Cárdenas; eso lo diferencia de todas las revoluciones. Y creo que en México la tradición cardenista sigue viva, sigue siendo un modelo.

Finalmente hay otra diferencia también entre Rusia y México. Con todos los problemas que México tiene ahora, diría que hay más democracia, más libertad para la oposición en el México de ahora que en la Rusia de Putin, donde los partidos de oposición ya no cuentan, donde los gobernadores son nombrados por el presidente. Así que ambos países siguieron un camino completamente diferente.

 

Friedrich Katz es autor de una de las grandes biografías mexicanas, la de Pancho Villa, un libro donde el historiador de la servidumbre agraria y el historiador diplomático que había sido usted confluyen ante una leyenda. ¿Qué dificultades encontró, como biógrafo, ante Villa y sus tres leyendas: la negra, la blanca y la épica? ¿Cómo transitó usted la frontera, que a los antiguos griegos y a los historiadores alemanes del siglo xix les parecía tan clara, entre la historia y la biografía? ¿Hay, finalmente, un Pancho Villa en sus sueños, en su memoria como biógrafo e historiador?

Las dificultades eran enormes porque, en contraste con Carranza y con Cárdenas, Villa no dejó archivo. Había una tremenda cantidad de leyendas, al propio Villa le gustaba hacer leyendas sobre sí mismo. Pero la pregunta que me pareció más importante era quiénes eran los villistas y de dónde venían. En todos los libros se encuentra uno con los villistas heroicos; algunos dicen que fueron como Villa, antiguos bandidos, otros hablan de que eran vaqueros o tipos fronterizos bastante marginados. Esto para mí era un problema fundamental y allí ligo biografía e historia. ¿Cómo vencer estos obstáculos? Empecemos con los villistas y después volveré a Villa. Mi primera idea fue considerar que eran vaqueros; Chihuahua era un estado donde había vacas y una gran parte de la población criaba animales. Entonces me puse a estudiar si había precedentes de revolucionarios vaqueros, y eran muy pocos en la historia: en Asia estaban los vaqueros de Mongolia bajo Gengis Kan, pero ya imagino los titulares: “Katz dice: Villa, el Gengis Kan del siglo xx”. Eso recordaba a aquello de que Zapata era el “Atila del sur”. En fin: los mongoles eran algo muy diferente de lo que había en el norte de México.

Luego examiné a los cosacos; allí sí había materia de comparación. Los cosacos eran cultivadores pero al mismo tiempo tenían sus caballos y eran algo nómadas. Además vivían en la frontera y formaban colonias militares. Cuando miré al norte de México encontré más semejanzas; encontré que, por ejemplo, el centro de la revolución en Chihuahua era el distrito Guerrero y en el distrito Guerrero en el siglo xviii, como también en otras partes del estado, la Corona estableció colonias militares para luchar contra los apaches y comanches. Esos colonos perseveraron; les dieron privilegios, tierras, armas –lo que se prohibió completamente a los campesinos del sur. La cantidad de tierras que esos colonos tuvieron fue considerable y eran una especie de clase media campesina. Continuaron luchando contra los apaches durante todo el tiempo de la primera república, de la anarquía, de la república restaurada, hasta que bajo Porfirio Díaz terminó la guerra apache. En ese momento el estado ya no los necesitaba.

Por otra parte, el mismo año en que fueron vencidos los apaches, en 1884, con la derrota de Jerónimo en Estados Unidos, se estableció la primera línea ferroviaria entre México y Estados Unidos, y entre el norte de México y la capital. El resultado es que aumentó tremendamente el valor de la tierra, los hacendados empezaron a cultivar tierras que antes no habían cultivado. Y empezó una ola de expropiaciones en estos pueblos. Cuando resistieron les quitaron el instrumento para protestar, su autonomía municipal, y les impusieron a los jefes políticos que a su vez impusieron a sus propios hombres como caciques y como presidentes municipales. Estos colonos militares son, para mí, la base de la revolución en Chihuahua, y en menor escala también en Durango. Y lo que me convenció aún más fue la lectura de dos entrevistas: una que le dio Villa a John Reed, describiendo su sueño de que al llegar la paz todos sus hombres se fueran a vivir en colonias militares, donde se entrenarían para defender la patria durante tres partes del tiempo y el resto del tiempo se dedicarían a cultivar la tierra. Y otra, una entrevista similar que dio Villa a un enviado de Woodrow Wilson con el que tuvo conversaciones en 1915.

Así que Villa asumió esa vieja tradición norteña de las colonias militares, y así pude saber quiénes eran los villistas, lo cual me puso en disposición de averiguar finalmente quién era Villa. El problema era entonces de dónde sacar la médula histórica de un personaje que no dejó memorias... Estaban las entrevistas concedidas por Villa, y las llamadas Memorias de Villa también, aunque las Memorias fueron redactadas después por Manuel Bauche Alcalde y no es claro lo que era de Villa y lo que era de Bauche Alcalde.

 

Pero la versión de Bauche Alcalde es la que usará Martín Luis Guzmán.

Exactamente. Él usa a Bauche Alcalde de manera muy interesante. Martín Luis Guzmán de ninguna manera niega haberlas utilizado y de hecho en los contratos que firmó Guzmán para el libro de Villa se ve que cedió una parte de las regalías a Nellie Campobello, que le había proporcionado el libro de Bauche Alcalde. Pero, y esa es una de las cosas interesantes de Guzmán, omite todas las referencias de Villa a cuestiones ideológicas: para él Villa no pudo tener ideología.

Yo leí las entrevistas con todas las personas que trabajaron con Villa. Muchos dejaron memorias. Por ejemplo uno de sus secretarios, no me acuerdo el nombre, publicó un libro bajó el pseudónimo de “Juvenal” en 1916, describiendo muchos aspectos desconocidos del personaje. Otro, que fue secretario de Madero y de Villa, también dejó memorias; esto ya es muy interesante, porque se ve a Villa desde otro ángulo.

Y después encontré papeles de mucha gente que se escribió con Villa, por ejemplo Silvestre Terrazas, el secretario de Estado de Villa. En esa correspondencia y en las memorias del propio Terrazas se ven muchos aspectos del personaje. Por el contrario, las memorias de sus diferentes esposas tienen un valor limitado: lo muestran como esposo, pero Villa no tomaba en serio a las mujeres y no hablaba con ellas. Lo que ayudó enormemente fueron los informes de diplomáticos que lo conocieron y los servicios secretos que a veces tenían a sus agentes cerca de Villa, informantes bastante buenos, objetivos. Tomando todo esto en su conjunto pude tener una mejor idea del personaje.

Es obvio que Villa cambió: hay períodos en que había fuentes muy nutridas, como las que cubren al Villa revolucionario, de 1910 a 1915, mientras que escasean las referencias entre 1915 y 1918. Otro de los revolucionarios que anduvieron con él y que escribió sus memorias cuenta las salvajadas que cometió Villa como guerrillero. Entre 1910 y 1914 nunca obligó a nadie a entrar a la División del Norte, eran voluntarios, pero de 1915 a 1918, en la época guerrillera, con la gente ya cansada de luchar y derrotada, Villa los obligaba a entrar a su ejército. Tomaba represalias contra las familias de quienes se oponían a combatir con él.

Me ayudaron mucho los datos de inteligencia que recogió la expedición de Pershing, cuyos agentes entrevistaron a mucha gente: ex villistas, soldados capturados... ellos nos ofrecen el aspecto negativo de Villa. También los españoles mandaron alguna gente con él en 1914 y 1915, pues esperaban que Villa devolviera sus propiedades a los españoles. Y los alemanes tenían agentes con Villa.

 

¿Y el fantasma de Pancho Villa?

Se me aparece. Se me aparece no solo a mí sino a mi esposa, que recuerda que cada vez que íbamos de vacaciones éramos tres: ella, yo y Pancho Villa, porque seguía trabajando sobre Villa. No era demasiado raro encontrarme en una conversación con Villa, en la cual me decía: “Esta pregunta es imbécil, lo voy a fusilar.” Se me aparece con bastante frecuencia en mis sueños también.

 

Usted, finalmente, es un hombre de buena pluma. Más allá del rigor intelectual y documental, sus libros se leen muy bien. El historiador también es un escritor. ¿Cuáles son los clásicos de la historia que lo formaron? ¿Los de Marx, los de Ranke, los de Michelet? Usted admira mucho a Martín Luis Guzmán como el novelista-historiador que salvó mucho de la memoria de Villa. ¿Qué otros novelistas lo formaron y, eventualmente, lo acompañaron, de manera explícita o implícita, al escribir su Pancho Villa?

Entre los historiadores, Marx, pero sobre todo Engels. La guerra campesina en Alemania, de Engels, me inspiró bastante. También como historiador moderno Eric Hobsbawm; soy amigo de él, es austriaco como yo y sus obras me han inspirado profundamente. En cuanto a la literatura mexicana, las obras de Martín Luis Guzmán o Carlos Fuentes: Artemio Cruz es un libro que encuentro muy bueno para tener una idea de la Revolución. Y después, escritores que escribieron sobre otras revoluciones, por ejemplo Mijaíl Shólojov, el escritor soviético que escribió un libro sobre los cosacos, El Don apacible. Esa novela me hizo pensar mucho sobre Villa, porque los cosacos de El Don apacible eran fronterizos que también habían luchado por sus privilegios. Y Alekséi Tolstói, no el gran Tolstói, sino su descendiente, que escribió sobre la Revolución rusa. Y después algo que probablemente nadie conoce hoy, que leí de niño: las novelas francesas de dos escritores alsacianos que escribían juntos y firmaban Erckmann-Chatrian, autores de historias sobre Napoleón y sobre la revolución de 1789. Toda esta mezcla me ayudó mucho en la historiografía, sin olvidar a autores como Michelet. ~