artículo no publicado

Vasconcelos: libros, aulas, artes

El “Maestro de América” nunca dio clases. El rector que diseñó el emblema y el lema de la Universidad creía que “las escuelas no son instituciones creadoras”. “No he venido –dijo– a gobernar a la Universidad sino a pedir a la Universidad que trabaje para el pueblo.” Y para lograrlo –tanto en la Universidad como posteriormente en la Secretaría de Educación– Vasconcelos actuó en dos ejes principales, los libros y las artes, y uno subsidiario, las aulas.

 

I

Para que la institución “derrame sus tesoros y trabaje para el pueblo”, una de sus ideas iniciales fue traducir libros clásicos y distribuirlos gratuitamente. Deslumbrada por Vasconcelos, la nueva generación acudía a su oficina para incorporarse a la nueva cruzada que se anunciaba. Daniel Cosío Villegas fue uno de esos jóvenes: “Mire, amigo –le dijo–, yo no pienso gobernar la Universidad con el Consejo Universitario, ni me importa; yo voy a gobernar la Universidad de un modo directo y personal. Si usted tiene interés de participar en ese gobierno, véngase desde mañana y aquí, entre Mariano Silva, usted y yo, resolvemos los problemas de la Universidad.” Cosío Villegas se presentó a la cita y Vasconcelos le encomendó, junto con sus amigos Samuel Ramos y Eduardo Villaseñor, la traducción de su libro de cabecera: las Enéadas de Plotino.

En unos años, Vasconcelos publicó decenas de autores con el sello de la Universidad. Dirigía la colección Julio Torri, el fino escritor del Ateneo de la Juventud. Eran hermosas ediciones empastadas en verde que se regalaban en sitios públicos, por ejemplo en la Fuente del Quijote del Bosque de Chapultepec. El presidente Obregón (que en octubre de 1921 lo llamaría a la Secretaría de Educación Pública) vería ese empeño con indulgencia irónica: ¿Qué sentido tenía para los campesinos analfabetos y miserables editar los Diálogos de Platón? Todo el sentido, pensaba Vasconcelos: “Para hacer una obra de verdadera cultura –apuntó en el prólogo a las Lecturas clásicas para niños, que editaría después– es menester comenzar con los libros, ya sea escribiéndolos, ya sea editándolos, ya traduciéndolos.” Por primera vez México se sintió responsable de la producción masiva de libros y se planteó la idea de crear una industria editorial.

Tratándose de una labor de redención, es significativo que Vasconcelos no editara libros humanistas sino libros de revelación, de anunciación profética. No privaban criterios clásicos sino los gustos místicos del ministro:

Se comienza con la Ilíada de Homero, que es la fuerte raíz de toda nuestra literatura, y se da lo principal de los clásicos griegos... Se incorpora después una noticia sobre la moral budista, que es como anunciación de la moral cristiana y se da enseguida el texto de los Evangelios, que representan el más grande prodigio de la historia y la suprema ley entre todas las que norman el espíritu; y La divina comedia, que es como una confirmación de los más importantes mensajes celestes. Se publicarán también algunos dramas de Shakespeare, por condescendencia con la opinión corriente, y varios de Lope, el dulce, el inspirado, el magnífico poeta de la lengua castellana, con algo de Calderón y el Quijote de Cervantes, libro sublime donde se revela el temperamento de nuestra estirpe. Seguirán después algunos volúmenes de poetas y prosistas hispanoamericanos y mexicanos... y libros sobre la cuestión social que ayuden a los oprimidos, y que serán señalados por una comisión técnica junto con libros sobre artes e industrias de aplicación práctica. Finalmente se publicarán libros modernos y renovadores, como el Fausto y los dramas de Ibsen y Bernard Shaw y libros redentores como los de Tolstoi y los de Rolland.

 

Aquella fue, diría después Vasconcelos, “la primera inundación de libros que registra la historia de México”. La labor se multiplicó en la Secretaría de Educación Pública.

Como motores de la redención, Vasconcelos quería que la educación fuese tarea de “cruzados”, de “fervorosos apóstoles” plenos de “celo de caridad” y “ardor evangélico”. El apostolado comenzaba por la alfabetización:

 

Y nos lanzamos a enseñarles a leer –recordaba Cosío Villegas– [...] y había que ver el espectáculo que domingo a domingo daba, por ejemplo, Carlos Pellicer [...] llegaba a cualquier vecindad de barrio pobre, se plantaba en el centro del patio mayor, comenzaba a palmear ruidosamente, después hacía un llamamiento a voz en cuello, y cuando había sacado de sus escondrijos a todos, hombres, mujeres y niños, comenzaba su letanía: a la vista estaba ya la aurora del México nuevo, que todos debíamos construir, pero más que nadie ellos, los pobres, el verdadero sustento de toda sociedad [...] Y en seguida el alfabeto, la lectura de una buena prosa, y al final versos, demostración inequívoca de lo que se podía hacer con una lengua que se conocía y se amaba. Carlos nunca tuvo un público más atento, más sensible, que llegó a venerarlo.

 

Pedro Henríquez Ureña –el “Sócrates” del Ateneo de la Juventud– llegó de su exilio académico en la Universidad de Minnesota para hacerse cargo del Departamento de Intercambio y Extensión Universitaria. Con el escritor dominicano y Vasconcelos, Cosío Villegas recordaba haber ido a los estados de México, Michoacán y Puebla a obsequiar lotes de libros constituidos en buena medida por los clásicos. En el México de 1920 (país de 15 millones de habitantes) existían apenas 70 bibliotecas (39 de ellas públicas); en 1924 –cuando dejó el Ministerio– había ya 1,916 y se habían repartido por todo el país 297,103 libros. Había cinco tipos de bibliotecas: públicas, obreras, escolares, diversas y circulantes. La colección más sencilla se componía de doce volúmenes, que además de las materias habituales (aritmética, física, biología, etc.) incluía Los Evangelios, El Quijote y la antología de las Cien mejores poesías mexicanas. A Vasconcelos le importaba mucho arraigar la biblioteca pública, tal como las había visto operar en sus largas temporadas de exilio y estudio en Estados Unidos, como un centro eficaz de vitalidad intelectual y conocimiento.

El departamento que dirigió Henríquez Ureña fue el heredero de la Universidad Popular. Sólo durante los meses de julio a noviembre de 1922, los 35 profesores del departamento impartieron casi tres mil conferencias a obreros: en la fábrica de calzado Excélsior, la Federación de Sociedades Ferrocarrileras, el Hospicio de Niños, el Sindicato de Mártires de Río Blanco, la Unión de Artes Gráficas y muchos otros lugares. Los temas no podían ser más variados: patrióticos (los niños en nuestra historia patria), profilácticos (cómo atiende el Estado las necesidades de higiene), matemáticos, gramaticales, cívicos, geográficos, astronómicos, morales, vidas ejemplares, historia, división del trabajo, juegos infantiles. La Universidad Popular Mexicana mil veces amplificada.

Vasconcelos creía que “la biblioteca complementa a la escuela, en muchos casos la sustituye y en todos los casos la supera”. “La idea –pensaba– nace en la soledad o en la lucha; en la congoja o en la dicha, pero nunca o casi nunca en la quietud de las aulas.” La labor del maestro, las escuelas rurales y urbanas y la enseñanza de toda índole (científica, técnica, elemental, normal, indígena) tenían, a su juicio, una importancia menor. “En las escuelas se nos educa para que aprendamos a distinguir y a juzgar, para que sepamos apreciar qué es lo que vale entre toda la multiplicidad de esfuerzos humanos; pero sólo en el vehículo generoso de los libros encontramos el tesoro de la cultura humana. La escuela nos alecciona en los métodos y en seguida los libros nos dan las ideas, la riqueza, la prodigalidad entera de la conciencia.” En su Ministerio creó la figura de los “maestros misioneros” que recorrían el país llevando (como nuevos franciscanos o dominicos) la nueva de un gobierno preocupado por su población más necesitada, y ansioso de darle las luces de la cultura. Esa buena nueva no era una prédica profesoral sino un paquete de libros. Los maestros traían consigo “bibliotecas ambulantes” compuestas –según explicaba Jaime Torres Bodet, secretario particular de Vasconcelos– de “cincuenta volúmenes que se hacen circular en una caja de madera que puede ser acarreada a lomo de mula, a fin de que llegue a regiones a donde no alcanza el ferrocarril”.

La palabra “misionero” tenía una deliberada connotación evangélica y se inspiraba en el apostolado espiritual de los frailes franciscanos y dominicos durante los primeros años de la Conquista. Pero la huella de la conquista espiritual estaba en todas partes. El edificio que se construyó para albergar a la nueva Secretaría de Educación tenía –en sus palabras– una “unción como de templo”, no sólo por haber alojado en su origen al Convento de las Religiosas de la Encarnación (fundado a fines del siglo xvi), sino por representar una vuelta a la tradición urbana del virreinato, con sus vastos corredores, sus columnas y arquerías: “Salas muy amplias para discurrir libremente y techos muy altos para que las ideas puedan expandirse sin estorbo. ¡Sólo las razas que no piensan –agregó el ministro, en un típico desplante– ponen los techos a la altura de la cabeza.” “El patio del fondo –recordaría años después, en El desastre, tomo tercero de sus memorias– era uno de los más bellos ejemplares del Renacimiento español de la Colonia.” Seguir ese mismo estilo en toda la obra era lo indicado. Vasconcelos dispondría las figuras que decoran los tableros del patio nuevo, como una expresión de su utopía de fusión universal:

 

Grecia, madre ilustre de la civilización europea de la que somos vástagos, está representada por una joven que danza y por el nombre de Platón que encierra toda su alma. España aparece en la carabela que unió este contingente con el resto del mundo, la cruz de su misión cristiana y el nombre de Las Casas [...] La figura azteca recuerda el arte refinado de los indígenas y el mito de Quetzalcóatl, el primer educador de esta zona del mundo. Finalmente, en el cuarto tablero parece Buda envuelto en su flor de loto, como una sugestión de que en esta tierra y en esta estirpe indo ibérica se han de juntar el Oriente y el Occidente, el Norte y el Sur en una nueva cultura amorosa y sintética.

 

Un Ministerio de Educación que se limitara a fundar escuelas, pensaba Vasconcelos, sería “como un arquitecto que se conformase con construir las celdas sin pensar en las almenas, sin abrir las ventanas, sin elevar las torres de un vasto edificio”. Por eso ordenó el rescate y conversión de antiguos recintos religiosos en bibliotecas. “Inauguramos una biblioteca al costado de la Secretaría, en la antigua y hermosa nave de un templo que de otro modo hubiese ido a dar a manos de los militares.” Se refería a la Biblioteca y la Sala de Banderas Hispanoamericanas, que con el tiempo se conocería como “Biblioteca Iberoamericana”. La decoraba un mural de Roberto Montenegro, con el tema de “La unión de los pueblos latinoamericanos”.

“El departamento de Bibliotecas –explicó detalladamente, en su discurso inaugural, el 22 de julio de 1922– cuenta con sus oficinas y su almacén y en los bajos dispone de local para una biblioteca de más de diez mil volúmenes, todos realmente útiles y de sistema eficaz, no como el de nuestras antiguas instituciones donde sólo la polilla tiene acceso a la letra impresa. Una sala anexa se dedicará especialmente a biblioteca infantil de tipo norteamericano, con colecciones de estampas fotográficas y mapas de instrucción y el recreo de los niños. Estarán estos salones abiertos de tarde y noche para todos los que sufren sed del espíritu y contendrán además colecciones de duplicados para hacer préstamos a los que gusten de tener por compañero el libro en la soledad.”

 

II

La educación, bajo la mirada de Vasconcelos, debía tener como propósito ayudar a los mexicanos –a todos, no sólo a los niños– a redescubrir su país, no sólo en las aulas sino sobre todo en las calles. Proponía una educación básica con buena carga de formación técnica: “La escuela del trabajo, la escuela de la acción que dice: crea y disfruta y que tu hermano trabaje y sea feliz.” Desde 1922, la Secretaría de Educación estableció escuelas normales regionales donde la formación de los maestros partiría de las actividades agrícolas e industrias rurales del entorno, y los alumnos dedicarían tres horas diarias al aprendizaje de técnicas agrícolas e industriales.

En octubre de 1922, con el apoyo de la Universidad, se crearon los “cursos de invierno”, cuyo objetivo fue el perfeccionamiento cultural y profesional de todos los maestros de primaria del país. Estos cursos comprendían tres ciclos dedicados a las “pequeñas industrias” (que los maestros divulgarían al regresar a su lugar de origen) y que incluían jardinería, apicultura, conservas de fruta y verdura, lechería, fabricación de mantequilla y queso, etc. Los participantes pidieron que se les impartieran clases de economía doméstica, corte y confección e incluso baile. Aunque tuvieron gran éxito y una nutrida participación, al año siguiente fueron reemplazados por cursos más teóricos.

Vasconcelos quiso que la educación elemental fuese más práctica y accesible a más alumnos. Quería armonizar sus etapas (desde el jardín de niños hasta la escuela técnica profesional), creando escuelas en lugares apartados, con programas y métodos uniformes. El doble principio que debía regir el sistema educativo era “enseñanza elemental y educación técnica”. Los establecimientos de educación primaria urbana incluían materias de trabajos manuales, economía doméstica y puericultura. En las escuelas primarias rurales las actividades escolares deberían girar alrededor de los problemas del campo (trabajos y productos agrícolas, irrigación, ganadería, uso de fertilizantes, etc.). La escuela primaria debía perder su carácter “verbalista” y adoptar en cambio una orientación basada “en las ocupaciones manuales, en las pequeñas industrias caseras, en las prácticas agrícolas y en las ocupaciones del hogar”.

El proyecto planteaba una disyuntiva: la escuela primaria ¿debía preparar directamente al alumno para un oficio que ejercería al salir de la escuela? ¿O bien debía permitir el desarrollo integral y armonioso del niño, sin preocuparse del futuro? Los partidarios de la “escuela activa” admitían que la escuela no debía convertirse en un taller, pero era fundamental que apoyara la revaloración del trabajo manual, la cooperación entre obreros e intelectuales, la formación de técnicos, etc.

Sus tres objetivos debían ser: 1) la preparación del individuo para el ejercicio de un oficio (sin tomar el lugar de una escuela profesional), 2) proporcionar una base cultural en estrecho contacto con la vida y 3) acostumbrar al alumno al papel social que después debería desempeñar en la comunidad nacional.

Los principios fundamentales de la escuela activa fueron codificados y ordenados en noviembre de 1923 y aplicados de manera sistemática y oficial a partir de enero de 1924. Las dificultades económicas impidieron su aplicación efectiva: los sueldos de los maestros tardaban hasta 60 días, y la provisión muy esporádica de materiales para los talleres provocaba que las clases se interrumpieran por largos períodos. En muchas escuelas, fueron los propios maestros y los padres de familia quienes solventaron la compra de útiles y materiales.

Tras esa enseñanza primaria con sentido práctico, debía seguir una enseñanza media técnica que la continuara. La intención de Vasconcelos era transformar las antiguas escuelas de artes y oficios en institutos técnicos en los que se formarían “peritos mecánicos, industriales de todo género y trabajadores en las artes de la ciencia aplicada, con la esperanza de reducir la carga del proletariado profesionista, que constituye entre nosotros una verdadera calamidad pública”. Esto significaba una transformación de las opciones educativas tradicionales: “En vez de abrir liceos, en vez de abrir facultades de letras, en vez de hacer fábricas de abogados y médicos, compramos maquinaria y establecemos escuelas de mecánica, electricidad e industrias químicas.” Esta idea tuvo un efecto real: la matrícula de la Facultad de Derecho bajó de 400 a 200 inscritos en 1922; la escuela de industrias químicas pasó de 40 a 600 inscripciones.

Bajo el impulso del químico Roberto Medellín y siguiendo el ejemplo de Alemania, la enseñanza técnica se propuso transformar las escuelas técnicas en centros de cultura y de producción. Medellín propuso a Vasconcelos la creación de varias escuelas: de ferrocarrileros, de textiles, de artes y oficios para hombres (que sustituiría a la antigua escuela de Artes y Oficios que había sido transformada en la Escuela
de Ingeniería Mecánica y Eléctrica), de maestros constructores, de artes gráficas (orientada a la impresión de libros), de taquimecanógrafos, la escuela Gabriela Mistral de economía doméstica y una escuela tecnológica para maestros.

A juicio de Vasconcelos, antes de 1920 la enseñanza mexicana funcionaba muy lejos de la realidad y de las necesidades nacionales. La Facultad de Ciencias Químicas, por ejemplo, operaba en una casa modesta y tenía sólo 40 alumnos. Para 1923 tenía 13 pabellones y 700 alumnos, prueba de que se había comenzado a “crear industria nacional con elementos mexicanos”. El 30 de abril de 1923, sólo en el df había 20,713 alumnos inscritos en instituciones técnicas (en marzo de 1924 eran ya 31,300). Al abrir los “cursos sabatinos” destinados a la formación tecnológica a los maestros, la capacidad de los locales había aumentado considerablemente. Los centros industriales nocturnos de cultura popular, que proporcionaban instrucción elemental a las obreras enseñándoles algún oficio o industria, alcanzaron también un éxito considerable. Se abrieron además 15 escuelas nocturnas para obreros y 10 para obreras. Sin embargo, sólo en Guadalajara y Orizaba se realizó un esfuerzo comparable.

“Sólo fui un cristiano tolstoiano”, dijo al final de su vida. Estaba confesando una verdad de oro, pero el tiempo y el mito distorsionarían el sentido de su misión. Vasconcelos, el abogado que ejerció apenas su profesión, el pensador autodidacta que aprendió más en los “libros para leer de pie” y en las veladas del Ateneo de la Juventud que en las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria, creía que el mejor modo de que la Universidad sirviera al pueblo era hacer de México un país de lectores. Y en el campo y la ciudad, desde la enseñanza primaria hasta la educación media, quiso que las aulas fuesen laboratorios para la vida práctica que convivieran creativamente con su entorno inmediato.

 

III

La otra palanca educativa eran las artes. Los exilios de Vasconcelos no habían sido sólo políticos o amorosos, sino intelectuales y sobre todo estéticos. Había recorrido con detalle los museos ingleses y norteamericanos. En sus ensayos filosóficos interpretaba el mundo como una danza del espíritu que se eleva hasta alcanzar una armonía musical, “pitagórica”. Sin ser poeta, novelista o ensayista, era todo ello en una síntesis literaria muchas veces desvariada, pero siempre poderosa y genuina. Amaba la escultura (como atestigua la simbología del edificio de la sep) y tenía la mirada de un constructor renacentista. Se veía a sí mismo como un restaurador estético. En cuanto al estilo arquitectónico, quiso volver a la vieja tradición colonial, al siglo xviii. A Diego Rivera le encomendó ciertas soluciones fundamentales para concluir el estadio que se edificó en la ciudad de México, junto a la escuela Benito Juárez. La palabra construcción era clave: “Hagamos que la educación nacional entre en el período de la arquitectura.”

Este impulso debía provenir del Estado: “No obstante que un criterio estrecho pudiera afirmar que esta rama de la cultura no debe corresponder al Estado, es innegable que no hay un solo pueblo que haya dejado huella en la historia o represente algo en la civilización, donde no se encuentre el Gobierno ejerciendo una acción tenaz y decisiva con el objeto de fomentar el arte en todas sus manifestaciones. El Estado, es claro, no puede juzgar de la obra del artista; nadie puede juzgar esa obra sino el artista mismo; pero, en cambio, el Estado debe exigir del artista que trabaje y no que al amparo de algún efímero triunfo inicial se convierta en un pensionado perpetuo que ya no se afana en reproducir.” Esta actitud era también la del hombre renacentista, en este caso, del mecenas.

La estética dominaba todo su proyecto. “El Departamento de Bellas Artes –escribe en El desastre– tomó a su cargo, partiendo de la enseñanza del canto, el dibujo y la gimnasia en las escuelas, todos los institutos de cultura artística superior, tal como la antigua Academia de Bellas Artes, el Museo Nacional y los Conservatorios de Música.” La pedagogía para párvulos incluía cantos, recitaciones, dramatizaciones y dibujo. Muy ligados a esta concepción estaban los conservatorios, orfeones, el teatro popular, los métodos indígenas para la enseñanza del dibujo. Dos ideas afines eran el aseo obligatorio de los niños en las escuelas –jabón y alfabeto– y la ocurrencia de que escucharan música de Palestrina en la escuela. El teatro al aire libre que se escenificaría en el nuevo estadio tendría un papel estelar. Vasconcelos imaginaba fastos romanos: “Un gran ballet, orquesta y coros de millares de voces”, un arte colectivo que expresara las aspiraciones de redención estética de la humanidad. En esos días pensaba que la ópera –con algunas excepciones– tendía a desaparecer. La música y la danza –Isadora Duncan interpretando a Beethoven– serían el arte unificado del futuro.

Pero el arte que reflejó más estrechamente su proyecto de redención por la vía de la estética fue la pintura mural. El mérito de conjuntar a los pintores fue todo suyo. Los pintores tuvieron su época de oro. Algunos hicieron vitrales, otros figuras ocultistas. Para “decorar” los muros centenarios de la Escuela Nacional Preparatoria (edificio que había alojado al antiguo Colegio de los Jesuitas) Vasconcelos había contratado a José Clemente Orozco, el poderoso pintor de temperamento anarquista que había sido testigo directo de la Revolución mexicana. Sus dramáticos murales, casi libres de fe ideológica, reflejarían la tragedia que Orozco había presenciado, dándole sólo por momentos un aire de redención. Para los lienzos del corredor de la Secretaría, Vasconcelos necesitaba una visión opuesta: festiva, esperanzada, y para eso había invitado a “nuestro gran artista, Diego Rivera”. “La plástica –escribió en De Robinson a Odiseo– no es un asunto sino una de las maneras de expresar asuntos; una de las voces del ser y no el ser. Esto hace indispensable que el mecenas no sólo dé más monedas, sino también el plan y el tema.” En ese sentido, Rivera tenía ya dibujadas “figuras de mujeres con trajes típicos de cada estado de la República y había ideado para la escalinata un friso ascendente que, partiendo del nivel del mar con su vegetación tropical, se trasformaba en el paisaje de la altiplanicie y terminaba en los volcanes”. Esas pudieron haber sido las pautas iniciales, algo inocentes, que el mecenas Vasconcelos había sugerido al artista.

Tras pintar el Anfiteatro Bolívar anexo a la Escuela Nacional Preparatoria, Diego Rivera aceptó ocuparse del primer patio de la Secretaría, mientras Jean Charlot, Xavier Guerrero y Amado de la Cueva tenían a su cargo el segundo. Por su parte, Carlos Mérida trabajó en los muros de la biblioteca infantil y Roberto Montenegro en las oficinas principales. Al poco tiempo, Diego avasalló con su fuerza y productividad a Charlot y De la Cueva, y absorbió la obra completa: 239 tableros que abarcan una superficie de 1,585 metros cuadrados. Los temas específicos que Diego fue hilvanando, desde 1923 hasta la culminación del conjunto en 1928, no pudieron haber sido dictados por Vasconcelos por las razones que él mismo da en uno de sus opúsculos, El pesimismo alegre: “Las mejores épocas artísticas son aquellas en que el artista trabaja con libertad personal, pero sujeto a una doctrina filosófica o religiosa claramente definida.”

Esa doctrina era la Revolución mexicana, interpretada por Diego con una intensa carga de idealismo social y materialismo histórico (y estético) que, a la distancia, no parece muy afín al talante de Vasconcelos. El mundo del trabajo (la hilandería, la agricultura, la minería, la tintorería), las fiestas mexicanas con todo su estruendo y colorido, no eran temas afines al temple místico del ministro, que condescendía poco, aun en sus memorias, a la descripción de los escenarios sociales. Los suyos parecían ser sólo el cielo y la naturaleza, escenarios de Dios, intocados por el hombre. O un solo hombre, él mismo, tocado por la pasión y el absoluto. Pero no hay que olvidar que en aquella época Vasconcelos vivía su momento tolstoiano, con sus ideales de simplicidad laboral y sus modestas utopías anarquistas. Por eso entre Rivera y Vasconcelos existió una profunda corriente de simpatía que luego se malogró debido a los fanatismos de la identidad (racial e ideológico) en que ambos, en sentido opuesto, por desgracia incurrieron. Con todo, al filósofo y el artista los unió siempre la fe en el arte como camino de redención social.

Como arquitecto espiritual, Vasconcelos tocó una fibra profunda en la historia mexicana. La llamada conquista espiritual, la conversión de los indios, se había llevado a cabo en el siglo xvii no a través de sermones o libros sino a través de la vista. La pintura mural que los franciscanos y dominicos habían plasmado en tantos conventos de México fue una fuente explícita de inspiración para Vasconcelos. Sabía muy bien que los indígenas de México habían aprendido la historia sagrada en esas pinturas y, posteriormente, en las suntuosas fachadas y retablos del barroco. Vasconcelos no quería fundar, propiamente, una religión, pero sí pretendía llevar a todo el país la cultura universal (tanto occidental como oriental) complementándola con una extraordinaria valoración de la cultura mexicana en todos sus pasados: indígena, virreinal y liberal. La revolución educativa representaba, por así decirlo, una catolicidad cultural.

“Que la luz de estos claros muros sea como la aurora de un México nuevo, de un México espléndido”, concluyó José Vasconcelos aquella mañana de julio de 1922, cuando inauguró el edificio de la Secretaría de Educación. Lo cierto es que nunca sospechó la tremenda significación histórica y política que adquiriría esa obra. En esos murales, Vasconcelos propició y acaso creó el mito más poderoso del siglo xx: el mito de la Revolución mexicana. La historia mexicana apareció por primera vez, a todo color y a la vista pública, como una historia sagrada: la arcadia indígena, el trauma de la Conquista, los oscuros siglos virreinales, la primera redención de la Independencia con respecto a España, la segunda redención de la Reforma (contra la Iglesia), la dictadura de Porfirio Díaz y el advenimiento redentor de la Revolución. Aunque la obra de Orozco es menos lineal, más ambigua y pesimista en su contenido, en la riquísima floración histórica de Rivera la Revolución se convierte no en lo que fue (bandos distintos de ideologías distintas, enfrentados entre sí) sino en lo que hubiera querido ser, en lo que buscaba ser: un solo movimiento histórico, por encima de todas las diferencias, una epopeya en la que el pueblo mexicano había tomado en sus manos su destino para corregir los errores del pasado y construir un orden de justicia social en el campo y las ciudades, democracia, nacionalismo sano, educación universal y orgullo cultural por las raíces.

Lo que en aquellos tiempos se nos pedía hacer, explicaba Cosío Villegas refiriéndose a toda su generación, encabezada por el caudillo cultural Vasconcelos:

 

Correspondía a toda una visión de la sociedad mexicana, nueva, justa, y en cuya realización se puso una fe encendida, sólo comparable a la fe religiosa. El indio y el pobre, tradicionalmente postergados, debían ser un soporte principalísimo, y además aparente, visible, de esa nueva sociedad; por eso había que exaltar sus virtudes y sus logros; su apego al trabajo, su mesura, su recogimiento, su sensibilidad revelada en danzas, música, artesanías y teatro.

 

Este mensaje atrajo a intelectuales y artistas de toda América y aun de Europa para atestiguar o tomar parte en el renacimiento de un pueblo a través de los libros, las artes, la cultura y la educación. México, por unos años, fue el lugar de la utopía. ~