artículo no publicado

Tremendamente ofendida

La llamada "proporcionalidad" se ha convertido en una de las plagas de nuestro tiempo, pero, sobre todo, está pervirtiendo de manera absoluta —y necia— la percepción de la gente respecto a los méritos, el talento, no digamos el genio. Hace unas semanas, en un suplemento dedicado a la mujer, y bajo la inocua pregunta "¿Por qué se dice que la literatura femenina está de moda?", se elevaba una queja tan significativa como desnortada. "Esto no es verdad", se respondía, "porque el ochenta por ciento de los libros literarios editados en nuestro país están escritos por hombres, y los premios más prestigiosos raramente se otorgan a una mujer: ni el de la Crítica, ni el Cervantes, ni otros, se han repartido de forma proporcional entre ambos sexos."
     ¿Y por qué habrían de repartirse así? La cuestión que me interesa no es la concreta de estos ejemplos. Sin duda, y en España más que en otros lugares, ha habido cierto desdén tradicional hacia las obras artísticas de las mujeres. Recuerdo con vergüenza cómo Rosa Chacel, que murió con noventa y seis años (luego concedió tiempo de sobra), no fue admitida a la Real Academia ni obtuvo nunca el Cervantes, que además ansiaba mucho —para mí incomprensiblemente, pero lo ansiaba. Y más bochornoso aún fue que María Moliner, autora individual —¡individual!— del diccionario que lleva su nombre, no fuera elegida jamás académica ni tal vez propuesta, mientras ingresaban en esa institución más bien penosa, uno tras otro —y siguen—, numerosos varones sin el menor mérito lingüístico ni literario ni filológico. También fue injusto, ya fuera de España, que Isak Dinesen (o Karen Blixen, como prefieran) no obtuviera el Premio Nobel, cuando hasta novelistas tan misóginos como Hemingway y Capote lo reclamaron para ella, el primero, de hecho, mientras recogía el suyo, en un gesto que lo redimió bastante de sus muchas torpezas y mezquindades. Pero no debe olvidarse que tampoco recibieron ese galardón nórdico Conrad ni Proust ni Henry James ni Rilke ni Nabokov ni Borges, por mencionar algunos de los mejores escritores del siglo xx, todos ellos varones.
     Ahora bien, la idea subyacente de que en cualquier actividad ha de haber "proporcionalidad" de talento entre hombres y mujeres, es tan absurda como creer que debe haberla entre las diferentes naciones o entre las regiones de un mismo país. La verdad es que esta bobísima idea también ha hecho fortuna: hace años, cuando se solicitaba el Nobel para Saramago, el argumento de mayor peso esgrimido por los solicitantes no era que éste les pareciera un maravilloso escritor —ejemplo—, sino que nunca había recaído dicho premio en alguien de lengua portuguesa. Y qué, debería haber sido la respuesta. En literatura, como en tantas otras cosas, nada garantiza que en cada país o lengua deban surgir números "proporcionales" de grandes talentos o de genios, y de ello hay multitud de pruebas. Entre 1685 y 1833 nacieron en Alemania o Austria Bach, Händel, Mozart, Haydn, Beethoven, Schubert, Schumann y Brahms, sin que en el mismo periodo hubiera en Inglaterra o España un solo músico que se les acercara, con las posibles excepciones de Purcell y Soler, respectivamente. También hubo cuatro genios de la escena ingleses en el breve tiempo que albergó a Shakespeare, Marlowe, Ben Jonson y John Webster, como nuestro llamado Siglo de Oro acogió a Cervantes, Calderón, Góngora, Lope y Quevedo, sin que ni lo uno ni lo otro obligaran a nada equivalente en Alemania, Italia y Francia.
     La proporcionalidad está bien para aquello que la exige; qué sé yo: seis varones y seis mujeres encerrados en Gran Hermano; cosas así. Pero ni siquiera está justificada la famosa "cuota" política: el número de diputadas debería depender del número de políticas mejor capacitadas, y si resultaran ser éstas el setenta por ciento, no veo por qué habrían de quedar reducidas al veinticinco ni al cincuenta. Tampoco tendría por qué haber la misma proporción de buenos escritores en Murcia que en Cáceres, en Madrid, en Tarragona, en Cádiz que en Álava, en Rusia que en Francia, en Sudáfrica que en México. La aparición del talento es algo tan azaroso y caprichoso, tan independiente del lugar de nacimiento, de la lengua empleada, de la zona geográfica en que se habite, del sexo, la raza o la clase social a que se pertenezca, de la tradición en que se inscriba y hasta del sistema político en que se dé, que presuponerle "proporcionalidad", de la índole que sea, no sólo es disparatado sino la negación misma de la noción de talento: es su burocratización, su trivialización, su reducción, y la exaltación implícita de la mediocridad. No digo que sea así, pero si sucediera que en este momento no contáramos con escritoras extraordinarias, ¿habría que premiarlas y distinguirlas como si lo fueran sólo por su condición de mujeres? Siempre he visto esa actitud como el colmo del machismo, pues si yo fuera mujer y tuviera la sensación o sospecha de que se me elogiaba por serlo y no por lo que escribiera, créanme que me cogería un rebote de aquí al Peloponeso y me sentiría tremendamente ofendida. -