artículo no publicado

Tome ajolote

 

 

 

Cuando tenemos el sentimiento de que no hay nada nuevo bajo el sol, de que cualquier sorpresa nos llega reciclada y nuestra capacidad de asombro está en vías de extinción, lo inaudito puede resurgir en el lugar menos esperado:

 

Jarabe de Ajolotes Serrano

Suplemento alimenticio

 

Entre los anaqueles de una tienda naturista, al lado de remedios alternativos y productos vegetarianos, se yergue inconsecuente este frasco. ¿Quién habrá podido incluir algo tan claramente animal en una tienda donde ofrecen sustitutos de soya para carne al pastor? Peor aún, ¿a quién se le pudo ocurrir que los ajolotes dan para jarabe?

De antemano no habría que negarle la posibilidad de ser equivalente a la Emulsión de Scott o al aceite de hígado de tiburón, pero apareja otros riesgos. Después de la primera cucharada podría sobrevenir una transmutación como la del “Axolotl” de Julio Cortázar: quedar prisionero en el bote de plástico mientras un almizcle de batracio se adueña del propio cuerpo, que deja de serlo cuando aquello termina de resbalar por una garganta cada centímetro más ajena y escamada.

La primera reacción ante el brebaje es acercarlo con cautela al oído y agitarlo, como si fuera posible percibir a los ajolotes ahí dentro, también expectantes, tratando de captar la causa de esa súbita marea. El ingrediente principal, obvio si no fuera tan bizarro, es concentrado de ajolote. La imagen de varios de ellos en una licuadora industrial, mirando el dedo que se acerca a los botones de velocidad, es como para deprimir a cualquiera.

El ajolote es tan anfibio como ambiguo. Nunca sale del agua y permanece como larva toda su vida para evadir los rigores del estado adulto y la vida terrestre, por eso se le conoce como el Peter Pan de la familia salamandroidea. A la ciencia y a las grandes farmacéuticas les interesa por su capacidad de sanar sin cicatrizar y de regenerar en unos meses extremidades, piel y estructuras más vitales como el sistema nervioso, corazón o cerebelo.

Debido a esa capacidad simultánea de renovación y evasión del cambio, además de materia prima para jarabe el ajolote ha sido ingrediente de la literatura. Roger Bartra lo adoptó como mascota arquetípica de la identidad mexicana en La jaula de la melancolía, y alterna los ensayos del libro con breves disertaciones sobre este bicho. Salvador Elizondo tuvo varios como mascotas y los usó para las más variadas observaciones experimentales, además de incluir un texto sobre ellos en su Antología personal.

Además de Cortázar, Primo Levi lo retrata en el cuento “Angelica Farfalla” y René Daumal incluye en su novela La Grande Beuverie una extensa metáfora en la cual expone que se puede forzar a un ajolote a entrar en la madurez (con más yodo en el ambiente muta en salamandra), pero no al ser humano, que debe desear semejante transformación.

Si ciertos placebos pueden ayudar en el tratamiento de enfermedades, especialmente las psicosomáticas, ¿por qué no patentar entonces medicinas cuyo ingrediente activo sea la imaginación? Nadando entre todas ellas estarían los ajolotes en jarabe. Sin embargo, y a pesar de que en la esencia del ajolote está el regenerarse, no hay que consumir esta pócima. El ajolote está desapareciendo de Xochimilco, único lugar del mundo donde se encuentra en estado natural. Recientemente se le listó en peligro crítico de extinción, y de tomarse en otra dosis que la literaria ésta pronto será la única presentación disponible. ~