artículo no publicado

Roberto Rébora y la maldita perspectiva

Giorgio Vasari vio en la perspectiva la maldición que habría de condenar a Paolo Uccello a la mediocridad. Habría sido el más gracioso, el más imaginativo de nuestros genios si no hubiera sido presa de ese embrujo. Si hubiera trabajado en serio en las figuras y formas que aparecen en sus cuadros, no se habría perdido en los detalles de la perspectiva. Pero esa disposición de las formas en el espacio, ese diálogo de las distancias lo cautivó a tal punto que volvió estéril el talento. A la maldita perspectiva le atribuye Vasari también la soledad, la melancolía, la pobreza de Pablo el Pájaro. Advierto en la pintura de Roberto Rébora una obsesión paralela. Una exploración de las dimensiones pero, sobre todo, una reflexión sobre los vínculos entre los cuerpos. La perspectiva escudriña la relación de los objetos en el espacio. La relación entre los hombres y las cosas, entre el hombre y el hombre, entre el hombre y las emociones, la partícula y el todo.

En las habitaciones de un cuarto de hotel, en el cruce de los caminos, en una esquina, las mujeres que retrata están solas. Arte de la soledad. Así sea en la maraña de los coches y edificios, sus personajes están solos. Estampas que narran la desolación de la culpa, del arrepentimiento, del deseo, de la cavilación. Cuadros que son historias detenidas. La elocuencia del instante emocional. El vacío es uno de los personajes constantes en la pintura de Rébora. Muros que imponen su corpulencia física como peso del absoluto. Entre el paredón y nosotros, hombres y mujeres (sobre todo mujeres) que nos dan la espalda. Figuras cabizbajas, encorvadas. La ansiedad está en la figura, no en el rostro. Como en las esculturas de Henry Moore, es la flexión de los volúmenes la que transmite ánima.

Me detengo en un cuadro. ¡Atenta!, se titula. Una niña se reclina al borde de una cama. La pierna izquierda se desliza recta hacia el suelo, la pierna derecha es el ancla que la sujeta al piso. Los hombros ligeramente encorvados, los brazos se encuentran para sujetar un papel. La cabeza se sumerge en la lectura. Un cuadro simple. La cama, como en tantos otros cuadros de Rébora, forma el paisaje, junto con el cielo de un muro. Líneas rectas: llueve la pared, los ángulos del cuerpo y el mueble son rectos. Ante estas cuchillas, la niña que nos da la espalda forma un caracol para su mundo. Refugio de una soledad en comunicación con el silencio, cueva de lectura.

El estudio de la perspectiva le permite a Roberto Rébora expresar la emoción de los volúmenes. No es el ojo el que revela la alteración, no radica la rabia en la quijada; no aparece el seño del desasosiego. El cuerpo lo dice todo. Desde el subsuelo se contempla la elevación de las piernas y las torsiones de la fronda. En los muslos, en la cadera, en los hombros está el miedo, está la huida, la tristeza y, a veces, también el juego. Este explorador de lo humano no necesita perfilar los pómulos, trazar el triángulo de la nariz, abismarse en comisuras. Somos bultos que derraman emoción.

La admiración descomunal que Roberto Rébora siente por José Clemente Orozco es evidente. Puede fácilmente reconstruirse la emoción que el niño habrá sentido al visitar por primera vez el Hospicio Cabañas. Aquí están sus colores y el garabato de sus caricaturas, sus estampas del horror revolucionario, sus estudios del hombre suspendido en fuego. En una nota que publicó para el libro que acompañó a la extraordinaria exposición de 2011 en San Ildefonso, Rébora escribió: “Desde sus primeras obras, la línea se convierte en agente crítico, en expresión emocional del pensamiento que contiene. El trazo es portador del sentido que anima su intención y carácter descriptivo. No hay distinción en su gesto: indistintamente lápiz, carboncillo, pluma o pincel rayan por igual líneas definitivas.” El incansable estudioso de la naturaleza humana, lo llama.

En la tinta de Rébora se mezclan reflexión e instinto, escribió Miguel Cervantes en un apunte sobre su dibujo.

Puede verse en Roberto Rébora, Materia y discurso de fe, con prólogo de Philip Ball, Ciudad de México, Turner, 2016.

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“Ver los dibujos de Rébora –pincel y tinta– es ver una línea a la que conduce una pulsión arrebatada. Caligrafías de la pasión: ver quiere ser en sus dibujos un ver apasionado.

Hablaba de las camas como escenarios de la pintura y el dibujo de Rébora. A ellas habría que agregar las albercas. Los dominios de la piscina y el lecho no son casuales. Ambos, recipientes de la ingravidez, son fundas de cuerpos suspendidos ante lo infinito. En sus trabajos más recientes puede advertirse un cambio notable. La plancha que contenía las figuras se ha vuelto una red que penetra. Retícula que encierra a cada uno en su cápsula y, al mismo tiempo, lo proyecta al infinito. Cada molécula del cuerpo, un haz de aguja. Soledad invadida. El universo erizo. Las batallas de Uccello. ~