artículo no publicado

Retrato del Paz enamorado

Guillermo Sheridan

Los idilios salvajes. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, 3

Ciudad de México, Era/Secretaría de Cultura, 2016, 534 pp.

Un niño escribe una carta amorosa a la desconocida que supone le está predestinada, sale a la calle y la deposita al azar en un balcón. Ese niño era Octavio Paz y su gesto votivo sugiere que, desde la edad más precoz, el futuro poeta se ofrendó al culto del amor y lo incorporó a su experiencia vital y a su formación intelectual. Paz fue un hombre intensamente enamorado, un intérprete perspicaz de la emoción amorosa y también una suerte de utopista que apostaba por el amor como modo de comunión social. Casi al final de su vida, acaso ya con la distancia de la senectud, plasmó su homenaje a este sentimiento en uno de sus libros más bellos, imaginativos y personales, La llama doble. El tercer tomo del ambicioso fresco crítico y biográfico de Guillermo Sheridan sobre Octavio Paz, Los idilios salvajes, se refiere a este aspecto tan fascinante como velado de la existencia del poeta y narra los amores que imantaron su juventud y su temprana madurez. No es fácil internarse en esta faceta íntima de quien fue un clásico vivo que, plenamente consciente de su posteridad, administraba celosamente su biografía y en ocasiones parecía posar para la historia. La indagación biográfica de Sheridan en la zona amorosa de Paz es emprendida con un notable equilibrio, por un lado, tacto y simpatía y, por el otro, humor y pasión por la verdad y el detalle. La biografía, como señala el autor, es una forma radical de la amistad y Sheridan se acerca a la faceta amorosa de Paz con esa mezcla de libertades y reservas, de fórmulas de cortesía y raptos de franqueza con que se tejen las amistades más perdurables.

En el libro aparecen varias mujeres que rodearon los días de Paz, desde su madre, Josefina Lozano hasta la presencia definitiva de Marie-José Tramini; sin embargo, el tomo se centra en dos amores tan tempestuosos como desdichados: el flechazo juvenil con Elena Garro y la prolongada agonía de su relación, así como la vinculación intermitente, tan dolorosa como gozosa, con Bona Tibertelli de Pisis. El libro liga investigación biográfica e interpretación poética, pues la poesía fue un espejo del alma de Paz, un método no tanto de confidencia como de conocimiento interior. Por eso, pese a que Los idilios salvajes contiene abundante material del corazón, no es un libro para fisgones y quien lo lea tiene que pasar por una exigente aduana de reconstrucción histórica y desciframiento textual. Sheridan va mucho más allá de la genealogía intelectual que Paz se atribuía y realiza una rigurosa reconstrucción de las fuentes y rasgos del símbolo femenino en Paz; sigue con una relatoría, a través de las cartas del poeta, del deslumbramiento adolescente con Elena Garro y prosigue con otro momento de esa relación, ya amarga y declinante. Después indaga en la naturaleza del gran poema paceano, Piedra de Sol, donde rastrea el ocaso de un amor y el inicio de uno nuevo. Finalmente, dedica un largo capítulo, el más novedoso temáticamente, a esa musa enigmática y voluble que fue Bona, la pintora italiana, esposa del buen amigo de Paz André Pieyre de Mandiargues, que embelesó a muchos artistas de su tiempo y que generaría en el escritor mexicano los mayores deleites y suplicios amorosos. A lo largo de casi tres lustros de tormentoso amor de lejos y de permanentes triángulos, Paz conoce con Bona la plenitud de la conexión física e intelectual, pero también el castigo de los celos y el abatimiento.

Pese a la jugosa presencia de anécdotas y testimonios, el libro no es tanto la historia sentimental de Paz sino la de algunos de sus grandes poemas y, sobre todo, de su concepción del amor. La idea que el individuo tiene del amor se refleja en su praxis amorosa. Para Paz el amor constituye la experiencia que configura lo humano y no es extraño que su idea al respecto sea compleja y ambiciosa. Así, a la vez que intenso en lo emocional, Paz experimentó un amor profundamente libresco que mucho debe a sus lecturas de escritores como Catulo y Marcial, los trovadores provenzales, Goethe, Novalis, Nerval, Sade, Proust o Lawrence. Esta noción del amor también se alimenta de las ideas de los filósofos clásicos y contemporáneos, de psiquiatras, de historiadores de las religiones o de antropólogos. Por eso, como lo muestran sus cartas, sus poemas o sus reflexiones sobre el amor, Paz devuelve a este sentimiento un conjunto riquísimo de implicaciones culturales y míticas: con el enamoramiento Paz se conecta no solo con otra persona sino con el conjunto de símbolos que han rodeado la más sublime de las emociones. Su poesía amorosa, por eso, es conmovedora en lo emocional, afrodisiaca en lo físico e intelectualmente fecunda. Paz, una de las mentes más lúcidas de su siglo, tiende a adherirse conscientemente a la servidumbre voluntaria del amor y entiende el furor, el fervor y el éxtasis amoroso como formas supremas de autoconocimiento y comunión. ~


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