artículo no publicado

Ozickficaciones

Pedradas. Frases como pedradas. Todas dirigidas hacia algo concreto, cuando no a los “ojos mentales” (prejuicios, expectativas) del lector: una prosa que se retuerce sobre la página como un fluido tan agresivo (¡tanto!) que en comparación libros aguerridos como Pastoral americana, Herzog o Sombras sobre el Hudson suenan como cadencias casi serenas. Hasta aquí la primera impresión que tuve al leer a Cynthia Ozick.

Para comprobar lo que digo el lector puede recurrir a “Envidia, o el yiddish en América” (compilada en sus Cuentos completos). En esta nouvelle Ozick despliega las tensiones entre escritores de éxito y escritores anónimos, entre jóvenes y viejos, solteros y casados, idiomas universales e idiomas locales, valores antiguos y el pringoso dinero... todo cocido en la agresividad corrosiva del ácido.

Al desprenderse de los cuidados, los preámbulos, las atenciones, los matices defensivos, la cortesía, la atención el otro, se manifiesta una lucidez hipnótica. Las pedradas siguen hasta la última página y abandonamos el relato exhaustos y con la eufórica convicción de haber leído una obra maestra.

Cynthia Ozick, sin embargo, es mucho más. Están sus novelas y están sus ensayos, reunidos en Metáfora y memoria (Mardulce, 2016), donde también se lanzan algunas pedradas pero donde predominan las mesetas (hablar de “remansos” sería una exageración), y entre los que apenas decae la casi salvaje originalidad.

Ozick es novelista, y como la novela no tiene tanto que ver con el nervio narrativo como con la imaginación, sus ensayos están repletos de desvíos, metáforas que se vuelven autónomas, valiosos hilos argumentales que jamás se integran al conjunto.

Ozick es conservadora. Está en contra del “mundo virtual” y del cine, al que considera un arte para “muchedumbres”, pero en la medida en que la virtualidad y el cine de masas se han apoderado ya de la superficie cultural (son nuestro establishment y nuestro mainstream), y si reparamos en que la suya es una decidida defensa de la complejidad (preservar las voces interiores de ruido, del fast-food de las opiniones y de las moralinas; conservar un espacio mental sereno donde leer textos que exigen toda nuestra concentración), Ozick es una punk.

Ozick es feminista, pero más que enarbolar la bandera de Virginia Woolf y su cuarto propio se dedica a tirarle certeras pedradas a su marido Woolf y a la jaula dorada donde la retenían.

Ozick es todas estas cosas pero a su manera, digamos que las “ozickfica”. Da igual que hable de Sontag, de Kafka, de Plath, de Capote, de Tolstói o de Dostoievski. Todos estos autores, como los temas centrales del libro (alta cultura, modernidad, el estilo y la moral del escritor), son “ozickficados”, como si un gnomo travieso les pusiese unas gafas: de pasta, redondeadas...

El lector también puede encontrar en las librerías una nueva edición de El chal (Lumen, 2016), una comedia sobre el Holocausto. Ozick no esquiva el horror (la nouvelle empieza con un niño arrojado a una valla electrificada), y de los campos de exterminio se traslada a Estados Unidos, donde Lublin, una mujer de 58 años, se recupera de una crisis nerviosa en el paraíso plastificado de Florida. Allí se dedica también a lo que ha hecho siempre: se resiste a ser asimilada en la categoría de “superviviente” y trata de no olvidar a su hija, a quien nuestra protagonista sigue enviando cartas maternales y animosas.

El horror de esta novelita que progresa entre bromas oscurísimas va mucho más allá de la exposición clínica de los crímenes del nazismo. Arremete con fuerza contra los paliativos sociales y colectivos: en el superviviente siguen vivos los prejuicios, las envidias, el resentimiento, un deseo feroz... la humanidad, vamos. Al superviviente no le han dado una segunda oportunidad, han deteriorado gravemente la única que tenía. Por decirlo en una frase efectista: tras pasearle por el infierno se le exige ahora que se comporte como un santo. Pero el superviviente no es un “alcohólico anónimo”, no tiene nada que expiar, si pudiese recuperar su vida reventando con un hacha alguna cabeza, no se puede descartar que lo hiciese.

La “ozickficación” del Holocausto no trae buenas noticias: las redenciones de las víctimas nunca serán colectivas, la vida se juega a título personal, si hay alguna clase de redención será precaria y propia. El dolor no puede enjuagarse, el daño no será reparado, la vergüenza va a seguir allí. ~


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