artículo no publicado

Marius de Zayas en la Casa Barragán

Hace casi cien años cerró la legendaria galería de Alfred Stieglitz en Nueva York. El espacio tenía un nombre muy largo pero se le conocía como la 291, por estar ubicada en ese número de la Quinta Avenida. En sus paredes se defendió la dignidad artística de la fotografía y se dio a conocer el arte parisino en el continente. El alma de la galería, su animador, su agente diplomático ante los artistas que se abrían paso en Europa fue Marius de Zayas, un talentoso caricaturista nacido en Veracruz y cuya familia fue lanzada al exilio en el gobierno de Porfirio Díaz. Gracias al destierro, vivió entre París y Nueva York. Su vaivén por el Atlántico contaminó venturosamente a Manhattan con el arte moderno. A pesar de la admirable labor de Antonio Saborit, quien ha publicado dos estupendos volúmenes con sus textos, de una exposición en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y otra en el Munal, la aportación del promotor artístico sigue siendo poco conocida entre nosotros.

Cómo, cuándo y por qué el arte moderno llegó a Nueva York (UNAM/DGP/El Equilibrista, 2005), la carta que De Zayas dirigió a Alfred H. Barr Jr., narra la transformación de una ciudad como producto de una revolución estética. Es, por supuesto, la crónica de un encuentro artístico pero es también el testimonio de una mutación histórica. Al cambiar su mirada, la ciudad provinciana se convirtió en capital cultural del mundo. El enjambre comercial adquirió otra energía. El aperitivo que la 291 sirvió a la ciudad para tentarla con el arte moderno fue una exposición “inmoral” de Rodin. Luego vinieron Matisse, Cézanne y, en 1910, Picasso. El veracruzano escribió la nota que acompañaba el catálogo. Un texto breve y notable que explica su pintura como captación de posibilidades, síntesis de vibraciones. La carta de De Zayas tiene el tino de registrar las resistencias de la crítica profesional a la nueva expresión: arte inmoral, confuso, sin personalidad, demente, caótico...

De Zayas era un enemigo de la crítica académica entendida como tribunal del gusto. “Todo cuanto navega con bandera de Academia me inspira cierto santo horror –escribió– como todo lo que es fósil.” Vale recuperar un párrafo de sus crónicas para ubicar su desconfianza en los dogmas profesorales: “He dedicado mi vida al estudio de las artes, principalmente de la pintura y de la escultura; creo haber visto detenidamente cuanto merece ser visto, cuanto hay que ver y jamás me he atrevido a fallar que una obra es buena, así esté firmada por el artista de más fama, ni a declarar que es mala, así lleve el nombre de una persona completamente desconocida. A lo más que me atrevo es a decir que me agrada o que no me agrada, y a expresar los motivos personales de mi impresión. Algunas veces, llevado por mi espíritu de buen humor, habré bromeado al considerar un cuadro o una estatua, lo mismo que bromeo con el lápiz al hacer una caricatura. Pero téngase presente que cuando hago una caricatura no digo al público: ‘Así es Fulano’, sino así es como veo a Fulano a través de mi lente de caricaturista.” Lente que era más expresión de una perspectiva, de una percepción única, que ánimo de burla.

Marius de Zayas vuelve a hacer presencia en la Ciudad de México. Lo hace en uno de los espacios más serenos de la urbe, la Casa Luis Barragán, gracias a la Estancia FEMSA, una iniciativa cuyo propósito es estimular el diálogo de esa arquitectura con expresiones del arte moderno y contemporáneo. Una conversación de muros y pisos con la música y la escultura; un diálogo de la intemporalidad de Barragán con el presente y los pasados. La muestra en Tacubaya intenta recuperar la atmósfera de aquella galería de leyenda, la Little Galleries of the Photo-Secession. El mediador sirvió de puente entre París y Nueva York, entre lo moderno y lo primitivo, entre la crítica y la promoción, entre México y el mundo. En esta muestra de apenas un manojo de piezas en un rincón de la Casa Barragán pueden verse los hilos esenciales de su tejido. Más que una colección representativa, una atmósfera. Antonio Saborit, supremo zayista, ofreció los planos de aquella galería de la Quinta Avenida a Frida Escobedo quien se hizo cargo de la museografía. Pueden verse aquí los poemas ideográficos, las caricaturas en carbón de De Zayas y ejemplares de la revista 291, publicación diseñada e ilustrada por el propio veracruzano. Una publicación primordial del arte moderno, una clave en la historia de las vanguardias y anticipo del dadaísmo. Pueden reconocerse también sus tratos con los grandes creadores del momento y advertirse el aprecio por ese arte llamado “primitivo” que a su entender era un modelo del arte más vivo. ~


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