Lo que impera en la negociación del TLCAN es la demagogia: Entrevista a Paul Krugman | Letras Libres
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Lo que impera en la negociación del TLCAN es la demagogia: Entrevista a Paul Krugman

Paul Krugman (Albany, 1953) es uno de los economistas más reconocidos del mundo. Doctor en economía por el Instituto Tecnológico de Massachusetts, Krugman dedicó su trayectoria académica a teorizar y estudiar el comercio internacional; sus innovaciones en el tema dieron paso a una mejor comprensión de la economía mundial y de las regiones geográficas que la dominan. Por este motivo ganó el Premio Nobel en Economía (2008). Entre sus libros se encuentran El retorno de la economía de la depresión y la crisis actual (Planeta, 2009), ¡Detengamos esta crisis ya! (Crítica, 2012) y La era de las expectativas limitadas (Ariel, 2016). Krugman tiene una particular vocación por el debate público. Con frecuencia escribe artículos y ensayos de opinión sobre el comercio entre naciones, el nivel de los salarios y los beneficios del gasto en educación y salud. También es conocido por polemizar con sus colegas y criticar implacablemente a los políticos estadounidenses en los temas relevantes de la economía.

Donald Trump ha llamado al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) “el acuerdo más desastroso de la historia”. ¿Ha beneficiado a Estados Unidos?

Firmar el TLCAN no tenía una motivación estrictamente económica para Estados Unidos, se trataba de una oportunidad para fortalecer la seguridad nacional del país. La idea era ayudar a estabilizar a México y mejorar la relación con el vecino del sur –con el que en distintos momentos hubo tensiones–. Esto se hizo a través de dos iniciativas: la primera fue apoyar a los reformistas mexicanos de la época y, la segunda, fortalecer su sistema democrático. El tratado quería contribuir a que México se diversificara en lo económico, pero también se entendía que habría una ganancia para Estados Unidos. En ese sentido el TLCAN ha sido un éxito, aunque con sus altibajos.

Pese a que ha habido sectores perdedores, el tratado ha sido económicamente positivo para Estados Unidos. Las compañías estadounidenses se han beneficiado de obtener componentes y mano de obra más baratos, lo que ha derivado, a su vez, en un beneficio para los consumidores de ese país.

Además de los factores extraeconómicos que incentivaron la firma del tratado, sospecho que la protección de derechos de propiedad fue una consideración importante. Desde el siglo XIX México ha tenido inversión estadounidense, que en más de una ocasión fue expropiada.

Sin duda se consideró. Sin embargo, la situación ha cambiado, no creo que esa sea una amenaza real en el México del siglo XXI. Sin embargo, la posibilidad sigue existiendo –por pequeña y delirante que parezca–, y no se le ha ocurrido al presidente Trump, que debería estar pendiente de ello. Un gobierno sensato en Estados Unidos debería saber que hay peligro cuando un país con el que se comparte una frontera de más de tres mil kilómetros se vuelve hostil. La confrontación con un país vecino no se detiene con un muro.

Cualquier estadounidense debería ser consciente de que lo que pasó durante la Revolución mexicana tuvo repercusiones importantes para Estados Unidos. Esa parte de la historia también la deberían conocer Peter Navarro –uno de los principales asesores de comercio de Trump– y Robert Lighthizer –representante de comercio del gobierno de Estados Unidos, poseedor de una visión conservadora y de “mano dura”–. Hay un tipo de enfermedad muy estadounidense que consiste en no ver a los demás países como algo real.

En septiembre de 2017 The Washington Post reportó que Peter Navarro distribuyó un documento donde se infería que un sector industrial endeble a menudo provoca una mayor tasa de divorcios, violencia doméstica, infertilidad y abortos. Sugería que el TLCAN ha debilitado el sector manufacturero, lo que ha causado la incidencia de esos fenómenos. ¿La ideología está guiando la renegociación del tratado?

No creo que la palabra correcta sea ideología, porque querría decir que hay una idea detrás. Diría que se trata más bien de demagogia. Sin duda la pérdida de empleos y el colapso económico pueden conducir al incremento de divorcios, por ejemplo, pero hay muchos motivos por los que se puede perder un trabajo. ¿El TLCAN es uno de ellos? La respuesta es no. En el pasado, el 35% de los empleos estaban en el sector manufacturero, pero ahora solo constituyen el 10%. De acuerdo con mis análisis, si elimináramos el déficit comercial con México, la participación del empleo manufacturero subiría tan solo al 11.5%. Lo que Estados Unidos tiene que hacer, en todo caso, es pensar cómo fortalecer la industria. Más allá del TLCAN, ¿hay alguna política alternativa que promueva la creación de empleos, sin importar el sector? Nada conseguirá que volvamos a tener el 35% del empleo en el sector manufacturero, como tampoco es posible hacer que la agricultura absorba el 60% del empleo, como a inicios del siglo xx. Lo que impera en la negociación del tratado es demagogia: la pérdida de empleos se evita con políticas que consideren la nueva realidad.

Desde la crisis económica de 2008 se ha hablado más de la desigualdad. ¿Ha aumentado en Estados Unidos?

Ha crecido en los últimos 35 años. Pero no podemos estar seguros de que se ha incrementado en años recientes. Para saberlo con certeza tenemos que esperar. Sin embargo, hay indicios de que el virtual pleno empleo que Estados Unidos ha alcanzado en los últimos dos años ha ayudado a detenerla, al menos ligeramente. Por otro lado, hemos visto un crecimiento de los salarios. Atendiendo al análisis a mediano plazo se observa un incremento en la desigualdad, pero el comercio internacional no ha contribuido a ello –si acaso solo de manera sutil, y en ese contexto el TLCAN es una porción muy pequeña que en todo caso ha favorecido a la desigualdad de manera muy marginal–. De momento solo nos queda admitir que hay desigualdad y analizar sus verdaderas causas.

¿Cómo reducir la desigualdad?

Con el uso de todos los instrumentos de la política fiscal, en particular la tributaria y de gasto. Ahora bien, debemos diferenciar el tipo de distribución. Hay dos, predistribución y redistribución. La primera necesita más del gasto público. Quiero advertir que el sistema impositivo para redistribuir es relevante, y más si se dirige hacia el 1% más rico, pero en mi opinión se trata de una solución parcial. El gasto público es lo más efectivo para ambos tipos de distribución. Pongamos un ejemplo: el sistema impositivo de los países escandinavos no es necesariamente más progresivo que el de Estados Unidos. Lo que les funciona es un diseño de gasto público muy eficiente, basado en una fuerte red de seguridad social. A pesar de ello, es crucial no descuidar la predistribución. Por ejemplo: el salario mínimo en Estados Unidos está todavía por debajo de lo que debería estar para garantizar una buena predistribución –y esto, por cierto, incluye el poder de negociación de los sindicatos–. Hay todavía áreas para trabajar en ello.

Vayamos a un caso concreto: ¿por qué Dinamarca es más equitativa que Estados Unidos? Por dos razones. Por una parte, tienen una excelente predistribución, con un sólido sistema educativo, y, por otra, poseen una recaudación tributaria del 40% del PIB, que les permite financiar un sistema de seguridad social eficiente, a diferencia de Estados Unidos, que recauda apenas el 26% del PIB. Eso es lo que se podría hacer en Estados Unidos. El sistema danés ha probado ser efectivo, lo que no existe en Estados Unidos es la voluntad política para llevarlo a cabo.

Una de las promesas de campaña de Trump fue construir un muro entre ambos países. La propuesta parecía tener un doble propósito: disminuir la inmigración ilegal de mexicanos y proteger a Estados Unidos del influjo de las drogas provenientes de México.

Lo siento, lo tengo que decir: ambos argumentos son estúpidos. La inmigración ilegal de mexicanos se ha reducido, y ya no cruzan el río Bravo a nado. En buena medida llegan a Estados Unidos por la relación comercial y económica, y luego se quedan. Es decir, han llegado por aire, y seguirán cruzando por esa vía. En cuanto al problema de las drogas, nunca han funcionado las soluciones que solo consideran el lado de la oferta: debemos atacar las causas de la demanda. Es lo único que dará resultado a largo plazo. El muro es una estupidez muy costosa.

Se ha dicho que si Estados Unidos cancela el TLCAN, China podría ser un poderoso aliado comercial de México.

No creo que Estados Unidos opte por el proteccionismo extremo ni que China sustituya de alguna manera a Estados Unidos. México es uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos, porque la geografía es un elemento determinante en las relaciones comerciales. La distancia es todavía uno de los factores más importantes en el flujo comercial de los países.

Hay algo que resulta innegable: China ha tenido mayor protagonismo en la economía mundial –ha promovido la construcción de carreteras para vincular los mercados del centro y el sur de Asia–, y también ha ganado presencia en el escenario político internacional. Si Estados Unidos continúa diluyendo su posición de liderazgo en el mundo, otros países –China en particular– podrían ganar terreno en el orden mundial. Ambos países, Estados Unidos y China, tienen poderío económico incuestionable, pero Estados Unidos, a diferencia de China, ha sido una potencia con autoridad moral.

¿Por qué algunos organismos internacionales –como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial– no han sido más agresivos para defender el TLCAN? No han siquiera estimado los costos para los tres países en caso de que se cancelara el acuerdo.

Hasta hace solo unos meses muchos analistas suponíamos que el TLCAN no estaba en riesgo. Pensábamos que, al haber tantos intereses compartidos –sobre todo, los negocios multimillonarios, con incentivos claros para continuar con el TLCAN–, el acuerdo no iba a renegociarse de manera abrupta, y menos a cancelarse. Se han acumulado beneficios comerciales y de inversión por más de veinticinco años, por lo que se debería entender que se trata de un acuerdo permanente, o uno que no podría romperse solo para satisfacer la ira y el desprecio de una persona. Anticipábamos que habría modificaciones menores, pero no creímos que había una amenaza real para el tratado. Ni el FMI ni el Banco Mundial ni yo tomamos en serio la posibilidad de cancelar el TLCAN, hasta ahora, en especial después de lo que Trump ha intentado hacer con el sistema de salud de Estados Unidos.

¿Cree que los organismos internacionales deberían jugar un papel más activo para defender el TLCAN?

No lo creo, aunque ayudaría que calcularan los costos y beneficios. Es difícil evaluar el efecto, en números, pero deberían aventurarse varias estimaciones. Se hicieron cálculos para valorar las pérdidas del Brexit, por ejemplo, pero fallamos al evaluar los costos, los subestimamos.

El rompimiento del TLCAN puede ser de dos modos: gradual y suave o radical y hostil. Dentro del primero, se puede uno refugiar en las reglas y tarifas del país más favorecido bajo la Organización Mundial del Comercio, que son razonablemente bajas como para seguir con el comercio bilateral. Una hostil, sin embargo, puede darse si Trump se empeña en imponer unilateralmente tarifas de alrededor del 30%.

¿Qué se podría modificar del TLCAN? Si fuera el asesor comercial de Trump, ¿qué le aconsejaría?

Hay vacíos legales en el área medioambiental, que no es tan clara ni exigente como debería ser. También se podrían modificar algunas premisas laborales, como los derechos de los trabajadores. La evidencia sugiere que la ley laboral mexicana, tal y como está, no se aplica correctamente y los derechos de los trabajadores se violan a menudo. Salvo esos dos apartados, no modificaría más. Si fuera asesor de Trump intentaría hacerle entender lo importante de la relación bilateral con México, también trataría de unir a la comunidad empresarial para que le transmitiera esa importancia. La relación comercial entre los tres países es vital.

¿Le parecen fiscalmente viables las reformas tributarias que propone Trump?

Las propuestas tributarias de Trump son irresponsables e inequitativas. Por otro lado, el plan de Paul Ryan, quien por lo demás no es mi persona favorita, es razonable, específicamente en su apartado corporativo, que cuenta con el apoyo de ciertos economistas demócratas y tiene sentido en varios aspectos, en especial, el destino de los flujos de efectivo. Hay un importante vacío intelectual en la investigación sobre finanzas públicas. Se entiende poco de los mercados de capital globales. El dinero puede viajar entre países, pero los investigadores de finanzas públicas no han hablado mucho con los macroeconomistas internacionales para poder modelar e investigar sobre ello. Para las finanzas públicas es importante entender la mecánica de los flujos de capital y relacionarlos con los mercados de bienes y servicios, en los que existe una dinámica interesante que nadie está atendiendo. Es lo que he estado tratando de analizar a últimas fechas. Por primera vez en años he vuelto al comedor de casa a escribir en mi bloc de notas ecuaciones incomprensibles.

¿Hacia dónde se encamina la investigación en macroeconomía?

Vivimos una época dorada del trabajo empírico, por encima del teórico. De hecho, hay una especie de reversión. Todavía hace unos años estábamos dominados más por modelos que por datos. La gente que no hacía modelos dinámicos de equilibrio general tenía que entenderlos y usar su lenguaje si quería estar al día. Hoy, sin embargo, tenemos dos vertientes distintas que se pueden combinar entre sí. Primero, la economía del comportamiento, que ha ganado dos recientes premios Nobel. Esta rama tiene el potencial de ayudar mucho a nuestro entendimiento de la macroeconomía. En lugar de teorizar suponiendo que los individuos se comportan racionalmente y que por naturaleza optimizan, debemos observar su verdadera conducta sin imponer una condición ex ante. Incorporar esto al análisis macroeconómico ayudará a entender mejor la economía.

Por otro lado, la crisis de 2008 nos dio un número asombroso de observaciones y experimentos naturales, por lo que tenemos más posibilidades de explicar cómo se comportan los salarios, cómo se comporta el gasto en consumo en un escenario real y cuál es el rol de la deuda gubernamental. Es curioso cómo los expertos macroeconómicos no usaban –o al menos no en la cantidad en la que se necesitan– datos y observaciones a nivel regional antes de la crisis. Tan pronto lees a Emi Nakamura y Jón Steinsson te das cuenta de que empiezan a usar la región geográfica para estimar y evaluar la política fiscal estadounidense, y te dices a ti mismo: ¡Caray, cómo no lo pensé antes! ¡Todo este tiempo ha estado frente a mí! Estamos en un periodo donde muchos investigadores jóvenes están realizando un trabajo fascinante –aterrizado en datos y en experiencias.

En su artículo “La caída y el resurgimiento de la economía del desarrollo” afirma que había ideas brillantes en algunos de los exponentes de la teoría del desarrollo, pero que no se tomaron en cuenta en la academia estadounidense. En América Latina todavía predomina un tipo de investigación más ensayística, aunque quizá hoy con mayor uso de datos. ¿Qué aconsejaría a los académicos mexicanos para insertarse en la discusión de los grandes problemas universales, que incluyan al país, pero que también contribuyan a la generación de conocimiento del mundo?

El problema con los ensayos ilustrados es que tienden a ser solo una discusión momentánea, se quedan ahí, no generan conocimiento, al menos uno que eventualmente se integre a un programa de investigación dinámico. Al leer a alguien como Albert O. Hirschman se puede reconocer que era un individuo brillante con ideas muy interesantes, pero ¿qué investigación y conocimiento se generó a partir de su trabajo? No mucho. Por otro lado, los modelos formales tienen puntos ciegos y cabos sueltos, pero al menos sa- bemos cuáles son estos, a diferencia de los ensayos iluminados. El trabajo empírico debe promoverse, y ciertamente con la existencia de enormes bases de datos, o incluso con bases pequeñas, hay que hacerlas hablar para respondernos preguntas.

De la misma importancia es que los economistas aprendan de las observaciones, igual que otros científicos sociales. De vez en cuando debemos revisar cómo hacen sus investigaciones los sociólogos, politólogos y antropólogos. Sin duda ellos saben cosas que nosotros no. Me gustaría ver un enfoque más interdisciplinario, aunque el término me causa prurito –de hecho históricamente este trabajo termina siendo, más que interdisciplinario, uno sin disciplina, pero bajo ciertas condiciones podría funcionar–. Quizá me ha influido demasiado el lugar donde trabajo, el Centro Stone sobre la Desigualdad Socioeconómica de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, donde de manera cotidiana converso con un sociólogo, un politólogo y tres economistas; he descubierto que mi mente se ha abierto mucho con ese diálogo. ~