artículo no publicado

La especie solitaria

¿Cuántas especies de seres humanos podrían existir? La pregunta despierta en seguida el desconcierto y la imaginación. El desconcierto porque estamos acostumbrados a ser la única especie de nuestro tipo, la especie solitaria. Y la imaginación porque nos hace figurarnos, precisamente, esos escenarios. Ya sea a futuro, donde los diversos avances tecnológicos podrían producir especies diferentes a propósito: mutaciones inducidas, implantes, etcétera, como se ha abordado desde la ciencia ficción. O al pasado, como se ha propuesto desde la ciencia; entre otros títulos, en Crónicas de la extinción, de Héctor T. Arita, ganador del Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia “Ruy Pérez Tamayo” del año pasado. ¿Qué implicaciones tiene que hayan existido y coexistido varias especies de seres humanos?

Arita es doctor en ecología, profesor investigador de la UNAM desde hace un cuarto de siglo, y Crónicas de la extinción es un excelente compendio divulgativo de las extinciones de especies en nuestro planeta: desde los trilobites hace unos doscientos cincuenta millones de años a los sapos dorados de Costa Rica en 1989, y otras especies extintas más recientemente. Es un libro apasionante, ameno, contado a partir de pequeñas historias (el ballenero que le prendió fuego a una isla solo porque sí y acabó con una especie, el teólogo que después de ver los restos fósiles en una cueva terminó renegando de la hipótesis del Diluvio Universal) y sobre todo didáctico. Uno puede leer y entender el libro sin un bagaje escolar especializado. Más aún, Crónicas de la extinción parece ser la respuesta necesaria de un científico a un bestseller de hace un par de años: La sexta extinción, de Elizabeth Kolbert. Una respuesta porque en varios capítulos se abordan los mismos casos de extinción y, si bien la exposición de Kolbert es brillante, la de Arita además de ser más clara y completa busca también evitar los sesgos ideológicos, por ejemplo, al abordar el tema de las otras especies de seres humanos.

Hace dos millones de años había siete u ocho especies de seres humanos en el planeta. Y “hace apenas cuarenta mil años existían en el mundo al menos cuatro o cinco especies diferentes del género Homo, varias de las cuales estaban muy cercanamente emparentadas con los humanos modernos”.

Las primeras dos frases pueden incomodar, sobre todo si uno es de la firme convicción de que nuestra especie es excepcional: somos los únicos capaces de crear arte, desarrollar tecnología, tener pensamiento abstracto, buscar explicaciones metafísicas, venerar divinidades, tener un lenguaje hablado, expresar solidaridad y simpatía... en resumen, eso que se conoce como el Paradigma de la Excepcionalidad Humana: somos una especie como cualquier otra pero, a diferencia de cualquier otra, nosotros tenemos cultura. Entonces, si uno sostiene esa creencia, es fácil que luego piense “no eran seres humanos sino otras especies de simios homínidos, como los orangutanes y los gorilas” y se los imagine como esas primeras descripciones de los neandertales cubiertos de pelo por todo el cuerpo aunque no hubiera ninguna evidencia en el registro fósil sobre su cobertura capilar. Y sigue sin haberla. De hecho, según las nuevas descripciones del Homo neanderthalensis, no eran muy diferentes a los humanos actuales y menos si van vestidos de traje y corbata. Es decir, añadir pelo donde no se sabe si hubo es más una petición ideológica: ¡tienen que ser diferentes!

La creencia anterior se complica aún más cuando los nuevos registros muestran que los neandertales sí eran capaces de crear arte y también lo era el Homo erectus, bastante anterior (un millón de años, por lo menos). Lo cual, por supuesto, va más allá de usar y desarrollar tecnología. Por si fuera poco, Arita afirma que, al parecer, la evidencia indica que los neandertales enterraban ceremonialmente a sus muertos, veneraban divinidades, construían, eran capaces de comunicarse de manera verbal y cuidaban a sus enfermos.

Por si lo anterior aún fuera poco, la frase “estaban muy cercanamente emparentadas con los humanos modernos” encierra un desconcierto mayor pues no significa que “nos parecíamos mucho” sino que se emparentaron como se emparenta la gente en la actualidad: teniendo hijos. Así, mientras Kolbert niega la posibilidad del arte para otras especies humanas y afirma, sin que haya ni pueda haber ninguna evidencia fósil para corroborarlo o refutarlo, que “quizá no se enamorasen, pero hicieron el amor”, Arita se restringe a los datos del rastro genético que indica que no solo se entrecruzaron los sapiens o humanos modernos con los neandertales y los denisovanos (otra especie de humanos, encontrada en Asia, en el macizo de Altái), sino que también hubo entrecruzamiento entre estos dos últimos.

Peor aún, parece que en algún momento los humanos modernos se extinguieron de la región asiática donde convivían neandertales y denisovanos (y luego la volvieron a poblar), con lo que la idea de que el humano moderno siempre fue “superior” al resto de especies queda en entredicho. En pocas palabras, ahora somos una especie solitaria, pero no siempre lo fuimos, y el hecho de serlo ahora no implica esa épica triunfalista que ganó tantos adeptos y detractores (religiosos, en mayor medida) durante el siglo XIX. ~


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