artículo no publicado
Ilustración: Hugo Alejandro González

Francia ante las elecciones

Alain Touraine acierta en sus entrevistas cuando insiste en que hoy en día, en Francia, la question nationale ha reemplazado casi definitivamente en el campo político, cultural y psicológico, a la question sociale. Un periodo algo sombrío donde el debate político está cada vez más marcado por una serie de miedos con los que muchos ciudadanos franceses se identifican: miedo a la banalización del papel de Francia en el mundo, miedo a las reformas que puedan romper el pacto social, miedo a la Unión Europea y a la dinámica de la globalización, miedo a la integración y dilución de una identidad nacional marcada por un pasado revolucionario, napoleónico y colonial... Politics of fear de Frank Furedi es un buen libro para entender por qué esta situación que se vive en Francia no es exactamente la misma que en el Reino Unido, en Holanda, o en Estados Unidos, donde el panorama político está también cada vez más marcado por partidos que instrumentalizan el “miedo” para promover políticas de repliegue, exclusión e individualismo. Furedi insiste en que en el caso francés existe una cierta predisposición natural al fatalismo, el cual a su vez predispone a la población a sentirse particularmente incómoda y vulnerable frente a la incertidumbre. Así, muchos de los miedos que resiente la sociedad francesa no son tanto el resultado de una derechización ideológica, de una crisis de las estructuras representativas o de una política redistributiva mal resuelta, sino que son el reflejo de una nación que muestra síntomas de cansancio y bloqueo frente a un relato histórico único.

En ese contexto se produce una situación curiosa por la cual los franceses se muestran globalmente satisfechos del impacto de la globalización sobre Europa, sobre su región y sobre su propia vida, pero en cambio tienen una mirada muy crítica sobre los efectos que puede haber tenido la mundialización respecto a Francia como Estado nación. Se trata de la única unidad territorial donde se juzga el impacto de la globalización de forma más negativa que positiva (50% frente a 39%), además de ser el ítem donde la diferencia es más clara (+11 puntos, véase gráfica). Esta hipótesis es una constante en las encuestas de opinión francesas: en el barómetro global que realizó Ipsos/Sopra Steria sobre las “fracturas francesas” en mayo de 2016, cerca de seis de cada diez franceses consideraban que la globalización era una amenaza para el país, y alrededor del 57% decía que Francia tenía que “protegerse más del mundo actual”.

La inquietud respecto al futuro de su propio país en un mundo globalizado es un rasgo singular de la opinión pública francesa. En un artículo reciente con Yves Bertoncini, director del Instituto Jacques Delors, proponíamos denominar este fenómeno como francoescepticismo, en oposición al concepto más estudiado de euroescepticismo.

Los riesgos del francoescepticismo

Rodeados por esta atmósfera de francoescepticismo, es necesario preguntarse sobre la elección presidencial de 2017. Si la sociedad gala tiene dudas sobre el devenir de su país como símbolo, parece razonable pensar que aquellos candidatos que ofrezcan visiones más claras sobre la cuestión tendrán mayores opciones tanto de aglutinar como de asustar a un mayor número de electores. En este sentido, el posicionamiento chovinista de Marine Le Pen es un arma de doble filo en la opinión pública.

Por un lado, para la candidata del Frente Nacional, el desafío del francoescepticismo se resuelve con una visión xenófoba, replegada y etnocentrista de la identidad francesa. No es la única que ofrece una respuesta clara. La elección presidencial es la escenificación –a través del personalismo presidencialista– de la clase de Francia que los electores quieren promover en los próximos cinco años. Alain Juppé tenía su identité heureuse, François Fillon ha recuperado el emblema sarkozysta de la France forte, Benoît Hamon opta por la Francia que hace batir el corazón del país, mientras que Emmanuel Macron opta por la utilización de la esperanza y del movimiento.

Por otro lado, la visión de Le Pen, aunque sea la más marcada en este debate, también es la que está demostrando tener más capacidad de asustar a los electores. De ahí que casi la mitad de los ciudadanos estén convencidos de que la elección presidencial será, una vez más, marcada por el voto útil, asumiendo la tesis de una ciudadanía que volverá a poner freno al extremismo. Para una mayoría de franceses, el FN sigue siendo un “peligro”. Así lo apuntaba la última edición del barómetro TNS Sofres para Le Monde, France Info y Canal+, donde se afirmaba que para el 56% de la población “el FN sigue representando un peligro para la democracia en Francia”. Un porcentaje que va en aumento desde 2012 (aunque estuvo cerca del 75% en los años noventa, bajo el liderazgo de Le Pen padre).

La duda es cuánto más puede durar ese muro de contención conocido como el frente republicano. Y más a la vista de análisis que muestran cómo la opinión pública está cada vez más convencida de que tarde o temprano la victoria de la extrema derecha en Francia es inevitable.

Francia: alerta roja

El francoescepticismo bebe de tres fuentes: la primera, una ecuación mal resuelta en Francia respecto al papel del país en un mundo globalizado; la segunda, el sentimiento de incertidumbre en un contexto de crisis múltiples, y la tercera, la inseguridad respecto a temáticas como la protección interior y las amenazas externas. Una combinación explosiva antes de una elección presidencial y unas elecciones legislativas que amenazan con estar marcadas por el Frente Nacional y su respuesta radical a la duda existencial que arrastra la sociedad francesa.

Alain Duhamel, al final de Les pathologies politiques françaises, describe de forma maravillosa el conundrum galo: “un país incomparable que puede mostrarse a la vez progresista en lo cultural, conservador en lo económico, corporativista en lo social y protestatario en lo político”. La elección presidencial representa el summum de este popurrí. Ningún Estado europeo ha cambiado tantas veces de régimen y ha tenido tantas alternancias en los últimos dos siglos. Francia es en el fondo un “opositor nato”, como dice Duhamel. Falta ver si en 2017 será una vez más capaz de canalizar esa energía rebelde hacia lo mejor de ella misma o hacia lo peor de su historia. Francia tal vez se haya cansado de sí misma, como le gusta decir al historiador Pierre Nora. Pero Europa la necesita más que nunca. ~