artículo no publicado

Fidelidad y devoción

Fabienne Bradu

El volcán y el sosiego. Una biografía de Gonzalo Rojas

Ciudad de México, FCE, 2016, 486 pp.

Para nadie es un secreto la devoción de Fabienne Bradu por Gonzalo Rojas (1916-2011). Una vez muerto el gran poeta chileno –grandeza que increíblemente se le regatea en Chile donde su centenario pasó casi inadvertido–, la crítica francomexicana no solo se dispuso a escribir su biografía sino, ya habiendo publicado un adelanto filológico (Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas, 2002), preparó su poesía completa (Íntegra, 2013) y la reunión de su prosa (Todavía, 2015). Lo hizo con cuidado estricto pero, sobre todo, con fidelidad al poeta y devoción por la verdad, facilitada no solamente por la integridad profesional de Bradu sino por una extraterritorialidad decisiva en su relación con el poeta de Lebu: lo conoció en los funerales de Octavio Paz, en abril de 1998, y lo acompañó durante más de una década, no siendo ni su discípula (Fabienne no es poeta y ello la libraba de la habitual dominación de los bardos sobre su gente) ni su alumna. Y eso que Rojas fue, como lo demuestra El volcán y el sosiego, maestro por vocación temprana y necesidad laboral, un judío errante del campus, además de un funcionario excepcional en su ansiedad de abrir, desde Concepción de Chile, su universidad al mundo, destacando esos encuentros organizados por él en los años sesenta cuando semejantes reuniones eran inusuales en América Latina. Sin embargo, tras el motín encabezado por Carlos Fuentes contra Frank Tannenbaum, víctima de la furia antiestadounidense de los escritores latinoamericanos allí reunidos en enero de 1962, una vez fracasada la invasión de Bahía de Cochinos, Rojas fue cesado de sus funciones como organizador de esas escuelas de verano. Tannenbaum, según registra Bradu, estaba dispuesto a aceptar todos los horrores y errores imperialistas siempre y cuando sus objetores admitiesen al menos el 1% de la responsabilidad de los latinoamericanos en sus propios pesares.

La edad de Rojas –82 años cuando lo conoció Bradu– y el itinerario enloquecido de un poeta que J. K. Huysmans habría catalogado entre los “vagólatras”, hizo más sencilla la intimidad intelectual entre ambos. Esa privanza también fue posible por ser del todo ajena a las célebres, por enconadas y duraderas, “guerrillas literarias” chilenas pero también a que México, país –como Francia– de naturaleza uterina, nunca se convirtió para Rojas en una residencia permanente, como él lo soñaba, envidioso de la mexicanidad vicaria y honoraria de un Mutis o un García Márquez. El cosmopolitismo de nuestra literatura ayudó a Rojas a labrar una tardía y resuelta fortuna internacional, Premio Cervantes incluido (y obtenido antes que su archirrival, el hoy más que centenario Nicanor Parra).

Al leer El volcán y el sosiego, pese a no ser esta la intención de Bradu, uno cree atisbar el sendero rumbo a la rica mina de la poesía chilena, desde donde surge la irradiación de los Huidobro, los Mistral y los Neruda. Esa potencia fecundó a jóvenes poetas como Rojas, cuya poética (a la cual dedicaba “horas largas” de conversación, como se nota en el libro de Hilda R. May, La poesía de Gonzalo Rojas) estaba más cerca de la poesía icárica (Huidobro y después Raúl Zurita, el joven que influyó en su maestro) o de la poesía geológica de la Mistral que de la de Neruda, con quien comparte, empero, algo de la inconfundible rusticatio chilena.

No sé qué habría concluido Mistral –entusiasta de la obra primera del chileno y tan pendiente de “lo americano” en contraste con “lo europeo” en nuestros poetas– de lo que acabó por ser la voz poética de Rojas, voz sobreactuada, según algunos de sus críticos quienes confunden, como lo diría Octavio Paz, la actividad poética con la poesía. A la de Rojas la rige un ritmo, si así puede decirse, sincopado: abrupto más que rotundo. Dominaba las lecturas de poesía como pocos, consciente de su atractivo como una suerte de inesperada y elitista estrella de rock, pero si esa “actividad poética” resultó tan exitosa fue por lo que de homérica tenía su poesía, la cual provoca que hasta el lector más agustiniano sufra la tentación herética de leerla en voz alta. (Fue Paz, y a cuenta de ello lo cito, quien acusó a su propio maestro, André Breton, de confundir la actividad poética con la poesía, en una carta a Roger Caillois, otro enamorado de las piedras como Rojas.)

El exilio, tras el golpe militar de Pinochet en septiembre de 1973, encontró a Rojas a punto de tomar posesión como embajador del gobierno de Salvador Allende en La Habana y terminó con la leyenda del autor de La miseria del hombre (1948) y Contra la muerte (1964) como un poeta a la vez milagroso y escaso. Situado entonces a la izquierda de su propio partido y más cercano ideológicamente, por juvenilista, al Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Gonzalo Rojas fue expulsado, en Cuba, del Partido Socialista de Chile como parte de los ajustes de cuentas provocados por la ruina de la Unidad Popular. En consecuencia, se exilió en la República Democrática Alemana, donde se despertó prisionero de una sociedad totalitaria. Escapó de allí hacia la entonces próspera y democrática Venezuela, gracias a los buenos oficios del crítico Guillermo Sucre y de otros buenos amigos. A esta oferta la acompañó otra, negociada por Paz para que trabajase en México, pero Rojas tomó la que llegó primero. Paz, de todas maneras, le abrió las páginas de Vuelta para acabar escogiéndolo, en las vísperas de su fallecimiento, como ganador del primero de los premios de poesía y ensayo que llevaron su nombre, motivo por el cual Rojas llegó a la Ciudad de México en esas fechas aciagas. Se encontró con la muerte de su viejo conocido, cuya obra lo había deslumbrado desde el medio siglo y junto a cuyo féretro dirigió unas palabras que muchos interpretamos como un relevo provocado acaso involuntariamente por Paz. Todo ello –cuenta Bradu, a quien le fueron abiertos los archivos familiares del poeta– dio comienzo, en buena medida, gracias a la intermediación ejemplar de los poetas uruguayos Ida Vitale y Enrique Fierro.

En 1981, con la publicación de Del relámpago, por parte del fce, “el estilo tardío” de Rojas se convirtió en un inesperado protagonista de la poesía hispanoamericana, obra de un poeta omnipresente que, después, a los noventa años cruzaba el mundo como un adolescente, urgido por las pasiones amorosas, que incluyeron relaciones efímeras y extravagantes. El volcán y el sosiego confirma que, pese a sus inquietantes devaneos, algo escandalosos para el puritano exilio y desexilio chilenos, según me consta, Gonzalo fue un hombre de dos mujeres: María Mackenzie, madre de su primogénito, e Hilda R. May, su notable exegeta.

La bibliografía rojiana de sus últimos treinta años es una pequeña biblioteca colmada de novedades maravillosas, reimpresiones arbitrarias y antologías nacionales, como si el poeta quisiera olvidar la mala leche de Neruda, que lo criticaba por “escribir poquito”, o de Alone, el crítico canónico de la literatura chilena que bautizó con agua fría La miseria del hombre, en un artículo cuya relectura coloca a Rojas más como la víctima de un incidente de política literaria que de una verdadera condena de su poesía.

De mi adolescencia recuerdo que los políticos socialistas exiliados en México –a cuyas tertulias tenía yo involuntario acceso dada mi amistad con algunos de sus hijos– despachaban a Rojas como un compañero de poco fiar, por poeta. “Gonzalo siempre ha sido un cabro anarquista”, me dijo una vez Galo Gómez Oyarzún, su jefe y compañero en la Universidad de Concepción (más tarde, Rojas mismo, después de leer a Jünger, se sentiría cómodo con las botas bárbaras del anarca). A sus jefes políticos, desde la óptica militante, no les faltaba razón. Más aún, en esa materia, Gonzalo no casaba con el espíritu de partido o, para decirlo coloquialmente, era un tanto mañoso. Cuando en 1979 regresó por primera vez a Chile, todavía bajo el imperio de Pinochet, se declaró complacido, según cuenta imparcialmente Bradu, de respirar “el aire libérrimo” de su patria. Siendo imposible sostener que se estuviese refiriendo a la dictadura, aventuro en esa declaración una trampa para entretener la idiotez de los periodistas y ganarse un respiro de retornado. Semejante declaración, por obvias razones, causó la reprobación, comprensible dada la ambigüedad del dicho, de no pocos de sus camaradas. La prensa chilena tomaba nota de su desafortunada estancia en el país de la Stasi sin mencionar la verticalidad, tan lejos de la propaganda y por ello más eficaz, de sus poemas contra la horda de asesinos que tuvieron preso, afortunadamente por poco tiempo, a Rodrigo Tomás, su hijo mayor.

En Rojas, compruebo leyendo El volcán y el sosiego, pesaba más lo humano, pasajero y veleidoso, que lo político, doctrinario, llamado a la eternidad del dogma, pero igualmente mutante. Así como en La Habana salvó del linchamiento a su agregado militar en la embajada, sorprendido como conspirador pinochetista, él mismo se dio el lujo, cercana ya su muerte, de reconciliarse con el castrismo e ir a la isla a proclamarlo, en un gesto, en mi opinión libérrimo, de agradecimiento con la hospitalidad brindaba por los cubanos en 1973-1974. (También estuvo tres veces en China en las que no pudo ver del todo los colosales crímenes de Mao, que lo recibió en audiencia privada en 1959 durante el Gran Salto Adelante.)

De los amigos de Vuelta, Rojas, distanciado de Fidel Castro tras el caso Padilla en 1971, fue el único en dar de qué hablar con ese gesto insólito, del cual no dio explicaciones públicas. En octubre de 2007, cuando festejamos en Santiago sus falsos noventa años (se fiaba Gonzalo, coqueto, de un error consular que lo daba por nacido en 1917 y no un año antes), a Fabienne Bradu y a mí nos mandó levantar de la mesa principal del restaurante reservada para el comisario Roberto Fernández Retamar, quien logró reintegrar, in extremis, a Gonzalo a la ya entonces desastrada órbita castrista. Fabienne y yo, respetuosos de la jerarquía, accedimos de buen grado a la orden: Gonzalo había llegado a la edad de los patriarcas.

Amorosa sin ser complaciente, detallista sin marear al lector con erudiciones vanas, El volcán y el sosiego es una vida de poeta, donde se nos proporcionan dosis exactas de su existencia errante y a la vez telúrica, acompañadas de una descripción crítica precisa de los caminos de su poesía. No hay biografía que agote una vida y esta, de Bradu, deja misterios sin aclarar porque hay incidencias vitales –como el prolongado lío entre Rojas y Parra, “hermanos-enemigos”– cuya explicación no es otra que la azarosa antipatía expulsada por los humores hipocráticos. Pero, sobre todo, Fabienne Bradu respeta el carácter numinoso, tan caro a Gonzalo Rojas desde su iniciática temporada surrealista, de la experiencia religiosa (en el sentido primordial, como lo pensaba el teólogo protestante Rudolf Otto, autor de Lo santo) en el universo. Se trata de la religión poética de un lector de los fragmentos de Heráclito de Éfeso que los utilizó como silabario, para, en compañía de su joven mujer, enseñar a leer a los mineros del norte de Chile, en el remoto (palabra preferida de Gonzalo) año de 1943. Con esa imagen me quedo después de leer El volcán y el sosiego. ~


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