artículo no publicado
Fotografía: Dominique Nabakov

Entrevista a Mark Danner. “Como editor, Robert Silvers era un artista”

Robert Silvers (Mineola, Nueva York, 1929-2017) fue editor de la New York Review of Books desde la fundación de la revista, en 1963, hasta su muerte, el pasado 20 de marzo. En ese tiempo, primero junto a su coeditora, Barbara Epstein, después como único editor, consolidó una de las publicaciones más prestigiosas del orbe cultural del siglo XX. En las páginas de la Review, Epstein y Silvers crearon una comunidad de ideas, plural y cosmopolita.

Mark Danner (Utica, Nueva York, 1958) fue asistente editorial de Silvers y, finalmente, colaborador frecuente del “paper”, como Silvers se refería a la Review. Autor de Masacre. La guerra sucia en El Salvador (Malpaso, 2016) y, más recientemente, de Spiral. Trapped in the forever war (Simon & Schuster, 2016), Danner es uno de los analistas más elocuentes de la actualidad estadounidense y de la política mundial. Con esta conversación rendimos un modesto homenaje a Silvers.

En 1981 empezó a trabajar para Robert Silvers y Barbara Epstein, los dos editores históricos de la New York Review of Books. ¿Cómo conoció a Silvers?

Ese año me gradué de Harvard y no tenía ni idea de lo que quería hacer. Un viernes decidí llamar a la revista. Pasaban de las ocho de la noche y pensaba que no habría nadie en la oficina. Tenía la idea de dejar un mensaje diciendo que estaba interesado en hacer una prueba para trabajar ahí. No me lo esperaba, pero descolgaron el teléfono y al otro lado del auricular sonó la voz de Barbara Epstein. Después entendí que era normal que un viernes a las 8:30 de la noche Barbara y Bob Silvers estuvieran trabajando. Ella me entrevistó durante veinte minutos y al final me dijo que los visitara el lunes. Fui a las oficinas, me recibió la encantadora Barbara y me presentó a Bob. Fue la primera vez que lo vi. Era la imagen del clásico editor neoyorquino: impecable, con un traje elegante. A la cita llevé un ensayo sobre la guerra civil en El Salvador que había escrito en Harvard para el profesor Stanley Hoffmann, un colaborador de la New York Review of Books. Bob lo leyó deprisa frente a mí y luego dijo: “Escribes sobre la izquierda salvadoreña, pero ¿de qué hablas cuando hablas de la izquierda?” Después hizo un análisis minucioso de los distintos partidos de izquierda en El Salvador y reveló un profundo conocimiento sobre el país que yo creía conocer bien, hasta ese momento.

Luego interrumpió la conversación de manera abrupta, me dijo que me llamaría y salió de la habitación. Pensé que había estropeado una gran oportunidad, que no iban a ofrecerme el trabajo y que tendría que regresar a Boston. Dos horas después me llamaron y me ofrecieron un puesto. Resultó ser un momento crucial y el mejor trabajo de mi vida.

Era uno de los tres asistentes editoriales en esa época. Había dos turnos: podías trabajar de nueve de la mañana a cinco de la tarde o de dos a diez. Bob llegaba a la oficina cerca de las diez de la mañana y se quedaba hasta la una o las dos de la mañana siguiente. Muy pronto me incliné por el segundo turno porque podías trabajar con él a solas. Bob pasaba horas en su escritorio, llamando a los escritores –yo era quien lo comunicaba con ellos–, pero sobre todo dedicaba el tiempo a editar. Lo hacía con lápiz y con un cigarrillo en la boca, esparciendo cenizas por todos lados. Incendió varias veces su basurero sin darse cuenta. Cuando terminaba de editar una página, la colocaba en una bandeja y el asistente tenía que ir por cada una y teclearla de nuevo con sus cambios. Podías ver su intensa labor editorial y su destreza con el lápiz.

Como editor era un artista. Era capaz de reescribir un texto de tal manera que el colaborador no tenía ni idea que había sido retocado. Cuando estaban listas las galeras, Bob les ponía una nota: “Muchas gracias por su magnífico texto. Verá que tengo una o dos sugerencias. Por favor envíenos sus cambios tan pronto como sea posible.” Antes de la llegada de internet, una de mis tareas era enviar las galeras por paquetería. Y esperábamos. Después, los colaboradores llamaban y se alegraban de que Bob no hubiera hecho ningún cambio. ¡Cuando yo sabía que el texto había sido completamente modificado!

En una entrevista le preguntaron a Silvers si escribía, y contestó: “No, solo edito [...] Ser un editor es un trabajo en sí mismo.” Como asistente y como colaborador, ¿qué hacía de Silvers un editor singular?

En Bob se reunían muchas virtudes que lo hacían único. Tenía una habilidad exquisita para reescribir pasajes de manera sutil. Pero también tenía un gusto literario impecable y encontraba a autores magníficos en lugares inesperados. Era un gran descubridor de talento.

También tenía una habilidad prodigiosa para unir a un escritor con un tema. A menudo le enviaba a alguien un libro sobre un tema que en apariencia no tenía relación con su área de experiencia. Bob conocía no solo las vocaciones de los autores sino también sus aficiones, sus intereses e inquietudes personales. Al crítico literario Frank Kermode le mandó un libro sobre Beethoven, porque sabía que admiraba a ese compositor. El filósofo Stuart Hampshire recibía libros sobre ópera, porque era un fanático de Verdi.

También era un editor eficaz: encontraba el modo en que un autor escribiera para él y que entregaran sus textos a tiempo. El editor no solo asigna textos, sino que hace que los entreguen. A los colaboradores nos enviaba notas, sugerencias, recortes de periódicos y subrayados con la advertencia de que esa información podía ser útil para el ensayo que escribías. Recibías un incesante caudal de pequeños recordatorios de que él estaba pensando en tu texto. Y siempre terminaba con un “best, Bob”.

Pero, sobre todo, Bob era un excelente editor línea por línea. Los escritores confiaban en él y sabían que tenía una pasión obsesiva por el detalle. Bob tomaba el teléfono y repasaba los cambios con ellos.

Se ha escrito mucho sobre sus llamadas nocturnas para discutir un punto y coma.

Sí, llamaba en Navidad o en Año Nuevo, que era su cumpleaños. Podía llamar a medianoche con una duda sobre una palabra. Durante la campaña electoral del año pasado escribí para la New York Review of Books sobre Trump y me llamaba en momentos insospechados para decirme que unos minutos antes Trump había hecho alguna declaración que debía estar en mi reportaje. Era escrupuloso y dedicado. Había días en los que iba a la ópera y cuando terminaba tomaba un taxi de vuelta a la oficina para trabajar hasta las dos de la mañana.

A altas horas de la noche, mientras trabajaba en un texto y me sentía frustrado lo llamaba a la oficina y me contestaba. Siempre.

En 1997 escribí una serie de artículos sobre la Guerra de Yugoslavia para la Review. Robert me editaba hasta la madrugada por teléfono. Recuerdo lo cansado que me sentía y el dolor intenso de espalda mientras revisábamos, una por una, las treinta o cuarenta notas de uno de los reportajes. Él quería asegurarse de que todas fueran necesarias. Esa vez, pasadas las tres de la mañana, le dije: “Bob, tengo que descansar. ¿Podemos terminar mañana?” Él respondió que no, “debemos acabar hoy mismo”. El dolor de espalda resultó ser, por cierto, una neumonía. Revisar los textos con Bob –que en ese momento tenía casi setenta años– podía ser un deporte de resistencia.

¿Mantuvo siempre ese ritmo de trabajo?

Bob editó la Review durante 54 años. Fue uno de sus fundadores. Barbara Epstein murió en 2006, así que durante los últimos once años –de los 76 a los 87 años– Silvers la editó solo. La década más reciente de la revista, la última década de su vida, seguía trabajando con la misma vitalidad. Era incansable. Había una pequeña habitación en las oficinas de la New York Review of Books en donde se quedaba a dormir con frecuencia. Gran parte del tiempo lo ocupaba editando, pero también revisando galeras, revisando libros para reseñar, en conversación con los escritores... Estaba al tanto, con sorprendente precisión, de lo que se estaba escribiendo y de los libros que estaban por publicarse.

Roberto Calasso ha dicho que la edición puede ser un arte cuando se da forma a una pluralidad de libros como si fueran capítulos de un único libro.

En un breve tributo que escribí en la New York Review of Books incluí una frase que lo describe bien: “El artista como editor, el editor como artista.” Si Bob no elevó la edición de revistas a un arte, nadie lo ha hecho. Llevó el arte a su pasión por la precisión de las palabras, el cuidado de cada número y también al oficio de confeccionar cada dos semanas una publicación del mayor nivel intelectual que cubre distintas áreas de interés, de la política a la ciencia, de la historia a la literatura, de la música a internet, como el ensayo de Zadie Smith sobre la vida digital.

Fue capaz de articular números hermosamente editados en los que abordaba una variedad asombrosa de temas que estaban en la vanguardia de lo que ocurría en política, literatura, ópera o videojuegos.

En The 50 year argument, el documental sobre la Review de Martin Scorsese y David Tedeschi, Avishai Margalit dice que las revistas no cambian el mundo, “pero dan forma a un cierto clima de ideas”. ¿Así lo pensaba Robert Silvers?

No intentaría contestar esta pregunta por él. Bob a menudo decía que editaba la revista, de alguna manera, para sí mismo. Se consideraba su lector ideal, alguien interesado en muchos temas misceláneos abordados con claridad y profundidad.

No sé si tenía ideas fijas sobre el papel que jugaba la publicación en la vida intelectual de Estados Unidos. Durante sus más de cincuenta años de existencia, se ha reflexionado sobre las tendencias ideológicas y políticas de la Review, y ha habido controversia. Desde el inicio aparece un apoyo irrestricto a los derechos humanos. Eso se acentuó a mediados de los setenta.

En ese momento, buena parte de la comunidad intelectual de Occidente apoyaba los movimientos revolucionarios, pero la postura de Silvers y la Review fue escéptica frente a Cuba, por ejemplo. Incluso publicó algunos poemas críticos de Heberto Padilla en 1969.

Sí, desde el inicio la revista criticó la situación de los derechos humanos en el régimen de Castro. También Silvers tenía un interés especial por China y la represión a intelectuales y la falta de libertades civiles. Esa defensa de los derechos humanos se acerca más que cualquier tendencia política o ideología al papel que desempeñó la nyrb en la vida intelectual liberal. Ese énfasis sostenido es uno de los verdaderos legados de la Review y de Silvers.

Fue una de las pocas publicaciones estadounidenses que condenó la guerra en Irak desde un inicio en 2003.

La mayoría de las revistas y diarios liberales y de centro apoyaron la guerra. La New Yorker, The New Republic y el New York Times la apoyaron. La New York Review of Books estaba sola, una publicación liberal que se mantuvo en contra de la guerra desde el inicio y que publicó una gran cantidad de críticas, como la mía.

Alguna vez le preguntaron sobre lo que no le gustaba de su trabajo. Respondió: “La culpa de haber pasado por alto ciertas cosas.” ¿Cree que hubo temas, autores, regiones del mundo que Robert Silvers pasó por alto?

Sí, cualquier editor deja pasar ciertos temas. Se pueden revisar todos los números de la Review y es evidente que no cubrió de manera exhaustiva distintos países, culturas o temas. Se puede discutir dónde estaba puesto el foco de la Review y en qué otras cosas pudo haber enfocado la mirada. Pero creo que es justo decir que la Review refleja los intereses de una persona erudita, educada e inteligente. Era una revista íntima, personal, reflejaba los vastos intereses de Robert Silvers. No es humanamente ni, sin duda, editorialmente posible hablar de todos los temas que se discuten en la cultura o la política del mundo. Con esa respuesta, Bob señalaba una paradoja. Muestra su deseo de abarcarlo todo, pero las leyes del universo hacen que eso sea imposible. En su respuesta se expresa un deseo patente en él. Y ese deseo se mantuvo hasta el final. Seguía editando la Review hasta unas semanas antes de su muerte y seguía fascinado, profundamente interesado y emocionado por distintos temas.

Esa inquietud por reflexionar sobre disciplinas tan variadas sin duda es una virtud de Silvers y de la Review. Cualquier lector culto puede tener su opinión sobre los temas y debates que no se abordaron, pero lo sorprendente para mí es lo que hay: en cada número se publica un gran texto sobre arte o sobre los clásicos. En cada número hay un gran texto sobre ciencia y a menudo están escritos por autores de prosa exquisita o por autoridades en la materia. ¿Cubrió algunas áreas mejor que otras? Claro, no hay duda. Pero Silvers hizo una labor extraordinaria cubriendo el panorama de la vida intelectual. No puedo pensar en una publicación que lo haya hecho mejor.

En 1959, Silvers, editor en ese momento de Harper’s, publicó “La decadencia de las reseñas”, un ensayo de Elizabeth Hardwick que, según él mismo, echó a andar la idea de una nueva revista con una crítica literaria más rigurosa. Había descontento por el estado de las reseñas de libros y, tras una huelga de impresores en 1963, se fundó The New York Review of Books. En el nombre lleva su origen: la reseña de libros.

Sí, pero no es solo una revista de reseñas. Los libros han sido un camino para iniciar reflexiones y ensayos interesantes. En cada número hay uno o dos textos que son propiamente reseñas de libros, y luego hay reportajes o ensayos que no lo son. De hecho, muchos de los textos que parecen ser reseñas de libros en realidad no lo son. Los libros simplemente son las ocasiones que provocan los textos. La Review es una revista de reseñas, pero también se trata de algo más que una simple revista de reseñas.

Epstein y Silvers enviaron a Mary McCarthy a Saigón y Hanói para cubrir la Guerra de Vietnam; V. S. Naipaul reportó para la revista desde Argentina y el Congo; James Fenton fue enviado como corresponsal a Etiopía; Joan Didion a El Salvador y Miami, y usted estaba hace unas semanas en Beirut por un encargo de Silvers.

También me mandó a los Balcanes y a recorrer Estados Unidos para cubrir a Donald Trump. Me envió a Irak para escribir sobre la guerra.

Silvers fue uno de los actores más importantes en la vida intelectual, no solo de Estados Unidos, sino del mundo. ¿Qué perdió la comunidad cultural con su muerte?

Perdimos a una de las figuras más sobresalientes en la vida intelectual. Fue el responsable de hacer que nuestros mejores escritores se involucraran con los temas más apremiantes de nuestro tiempo. Si no hubiera sido por Bob Silvers, V. S. Naipaul jamás habría ido a Argentina a escribir sobre el regreso de Eva Perón. Sin él una enorme cantidad de textos y de libros no se habrían escrito. Sin Bob, Joan Didion no habría escrito Salvador. Lo mismo ocurre con Mary McCarthy y Susan Sontag... Muchos nombres indispensables del panorama intelectual no habrían hecho muchas de las cosas por las que ahora son famosos sin la mano invisible de Bob Silvers. Es una pérdida insondable, pero debemos estar agradecidos de que por más de cincuenta años de dedicación editorial enriqueció la vida intelectual del planeta. Enrique Krauze lo llamó un héroe intelectual y es una manera muy acertada de llamar a Bob.

¿Continuará la New York Review of Books sin Silvers?

La Review seguirá. Tiene un magnífico publisher, Rea S. Hederman, y las mejores publicaciones suelen continuar después de la muerte de sus fundadores. Será una transición muy difícil de lograr, pero Rea y la familia Hederman dejarán a la Review en buenas manos. No van a encontrar a otro Bob Silvers, pero encontrarán a alguien más que continúe su legado. Es una publicación demasiado importante para desaparecer. ~

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Traducción del inglés de Pablo Duarte.