En busca de las mentoras | Letras Libres
artículo no publicado

En busca de las mentoras

“A los trece, viendo televisión desesperadamente, con mis largas piernas acurrucadas, leyendo libros desesperadamente, como la adolescente inexperta que era, intentaba (¡desesperadamente!) encontrar a alguien en los libros, en las películas, en la vida, en la Historia, que me dijera que estaba bien ser ambiciosa, ser fuerte, ser como Humphrey Bogart (inteligente y ruda), como James Bond (arrogante), como Superman (poderosa), como Douglas Fairbanks (gallarda), que me dijera que sentir amor propio estaba bien, que podía amar a Dios, al Arte y a Mí Misma más que a cualquier cosa en la Tierra y aun tener orgasmos.” Eso escribió Joanna Russ en El hombre hembra (The female man, 1975), novela de ciencia ficción feminista que reflexiona acerca de la experiencia de vivir como mujeres al mostrar la vida de cuatro de ellas en universos paralelos del presente, el pasado y el futuro. Russ, además de ser una popular autora del subgénero, llevó una exitosa vida académica: How to suppress women’s writing (1983), dedicado a sus estudiantes, es una pieza clásica de la crítica literaria feminista escrita con el mismo tono irónico de sus novelas. En ella desmenuza los mecanismos sistémicos que borran la vida y la obra de las mujeres y, en el capítulo titulado “La falta de modelos a seguir”, analiza por qué a esa muchacha de trece años le cuesta tanto hallar lo que quizá busca (¡desesperadamente!): una mentora. Es decir, una figura que, más allá de contribuir a la representación de un grupo de mujeres o de suscitar admiración por sus logros o cualidades, sea capaz de ofrecer una suerte de brújula; de trazar, gracias a su experiencia vital, profesional, emotiva, caminos para las mujeres que vienen detrás de ella. Que sea no solo inspiración, sino amistosa compañía en la ardua tarea de formarse.

Aunque existen y cada una de nosotras podría nombrar varias, por supuesto, hay que esforzarse para encontrar figuras de autoridad femeninas, mujeres que detenten un poder simbólico distinto al de la “matriarca”, la “jefa mandona” o la esposa que “en realidad lleva los pantalones en casa”, estereotipos que pretenden dar una falsa noción de igualdad, roles que poseen su propio catálogo de inequidades. Es el año 2018 y todavía se considera que, conforme ganan edad y experiencia, las mujeres pierden lo que las sociedades patriarcales conciben como su capital más valioso: la belleza física, la posibilidad de ser madres y también la de servir, a decir de Virginia Woolf, como “espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural”, pues es más probable conseguir la admiración de una joven que de una mujer experimentada. La mujer idónea se parece más a una alumna que a una maestra, y los hombres asumen gustosos el rol de enseñarnos, sean profesores o no; una dinámica tan naturalizada que apenas hace diez años se bautizó a una de sus vertientes como otro síntoma de la inequidad entre hombres y mujeres: el mansplaining, la opinión condescendiente que los hombres dan a las mujeres en temas donde ellos no son expertos. Lo anterior es un eco de las relaciones de poder hombre/mujer que se repite en todos los ámbitos, pero la literatura ha sido un campo particularmente despojado de mentoras.

Si en Google se busca “¿Dónde están las mentoras?”, el buscador sugiere: “Quizá quisiste decir ‘¿Dónde están las mentiras?’” Google suele ser sintomático de lo arduas que son algunas pesquisas para las mujeres.

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Cada generación de escritoras tiene que reconstruir la genealogía de autoras que vivieron y escribieron antes que ellas. Así, con pocos nombres y ejemplos (los que sobrevivieron funcionaban como moraleja: “suicidas, locas, infelices, ¿de verdad quieres eso?”), se asume que la mentoría masculina no solo es la mejor sino que es la única posible, dado que la literatura escrita por hombres ha sido la Literatura Universal por excelencia. Muchas mujeres aprendimos “qué era un orgasmo de D. H. Lawrence, disfrazado como Lady Chatterley (durante años medí mis orgasmos con los de Lady Chatterley y me pregunté que estaba mal conmigo)”, como dice la poeta Erica Jong. No solo aprendimos qué es la literatura de los libros escritos y protagonizados por hombres (o por mujeres escritas por hombres), también a leerlos a través de los ojos de nuestros profesores y, de nuestros autores favoritos, qué significa ser una persona que escribe. Quizás incluso aprendimos qué era el amor si, cosa nada rara, nos involucramos sentimentalmente con hombres que admirábamos y que dieron su voto de confianza a nuestro talento. Las relaciones entre alumnas y maestros son más toleradas en el campo de las artes precisamente porque son paradigmáticas: en el imaginario popular, Camille Claudel y Auguste Rodin, Frida Kahlo y Diego Rivera se consideran mancuernas artísticas y amores tormentosos, pero ejemplares en los que la “mano firme” del maestro se convirtió en el maltrato del amante. Las denuncias cada vez más frecuentes de acoso sexual y su resolución favorable, tanto en el entorno académico como en otros espacios culturales, son una respuesta a la transformación que está ocurriendo en la vida pública, pero aún hay complejos intersticios de vulnerabilidad incluso cuando mantenemos la ilusión de la autonomía, como describe Paula Bonet en su artículo “Sangre joven”: “Creíamos que éramos dueñas de cada una de nuestras decisiones, que jugábamos al mismo juego que aquel que decidió vampirizarnos, y durante mucho tiempo, en este adormilamiento colectivo que nos mece, hemos seguido pensando que cuando lo hicimos actuamos con determinación. Y una mierda: nos dejamos arrastrar por las decisiones de alguien que quizá nos doblaba la edad, que nos decía qué era lo mejor para nosotras.” Cuántas no confundimos aún el amor con la interlocución.

La cuestión es que podemos sostener ese diálogo con otras mujeres. En este panorama, para otorgar la autoridad que se les debe hay que ser conscientes de cómo se les resta mérito a las mujeres en diferentes espacios. ¿Damos crédito a las voces maduras o las desdeñamos? ¿Qué revela nuestro sentido del humor cuando las “señoras” y las “tías” son afectuosas metáforas de lo desatinado o lo caduco? ¿Las instituciones conceden espacio suficiente a profundizar en la obra de las escritoras, las incorporan como parte de la historia integral de la literatura o siguen siendo un capítulo aparte? Por ejemplo, son evidentes los esfuerzos de inclusión de la Coordinación de Literatura del INBA al establecer la participación de lenguas nacionales en los certámenes y los premios dedicados a autoras como Nellie Campobello. El Premio Nacional Inés Arredondo de Trayectoria para autoras de más de 55 años es un avance en el reconocimiento de esa autoridad. Y en el cartel del Diplomado de Literatura Mexicana del Siglo XX es claro que participan como docentes mujeres y hombres de forma más o menos equitativa, pero las tres autoras que aparecen están agrupadas en el apartado “Narrativa de mujeres: Vicens, Arredondo, Castellanos”. Una lectura atenta del programa completo revela que se incluye también a Campobello en la literatura de la Revolución, a Antonieta Rivas Mercado como parte de los Contemporáneos y a Elena Garro en el módulo dedicado a la literatura de Medio Siglo. Con toda probabilidad se estudiará a otras escritoras, pero cabe hacerse más preguntas: al hablar del contexto de cada autora, sus temas e intereses precisos, ¿se considera el análisis de la crítica literaria feminista o con perspectiva de género? La visibilización es importante, pero comprender los mecanismos por los que se soslaya la vida y la obra de las autoras –y reconocer la individualidad de cada creadora– es fundamental.

El reconocimiento del valor de la experiencia de las mujeres tanto en la esfera pública como en la privada permitirá que cada vez más ocupen los espacios formativos que las necesitan, aunque debemos ser conscientes de que su presencia no garantiza un cambio automático en la noción previa de mentoría. Hay que transformar también la forma de enseñar y acompañar. La pedagogía feminista (que puede ser ejecutada por cualquier persona, no solo por las maestras) sugiere que en esta relación el aprendizaje es permanente, tanto para las mentoras como para las jóvenes, que es necesario construir el diálogo a partir de la confianza y no de la jerarquía, que deben ser críticas y fomentar la autocrítica, que habrán de acompañarse las unas a las otras en decisiones que sean verdaderas transgresiones personales, sociales e históricas. Es una tarea compleja que requiere paciencia, respeto y constancia. Con el tiempo las mentoras no serán necesarias solo para las mujeres, y quizás en el futuro no imaginemos cómo era, a decir de Juana Inés, un “grande daño el no haberlas”. ~

 


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