artículo no publicado

El pintadiablos

A Goya debemos verlo como uno de los grandes pensadores de la historia. Lo propone Tzvetan Todorov en un ensayo sobre su obra. En sus lienzos y sus grabados reconocemos no solamente a uno de los grandes pintores de todos los tiempos, sino a un pensador a la altura de su contemporáneo Goethe o de Dostoievski, medio siglo después. Pintar ideas, pensar con tinta. El Museo de San Carlos presenta en estos días una exposición del artista de Fuendetodos. Es una muestra pequeña y modesta en la que pueden verse algunos de sus grabados más famosos. Vale advertir que hay pocos lienzos de Goya e, incluso, piezas de sus copistas. El centro de la exposición son los grabados que integran sus libros. Están los ochenta caprichos, dieciocho disparates y siete grabados de la tauromaquia. Se extrañan, por supuesto, por estar tan cerca del México de hoy, sus grabados de los desastres de la guerra. Con todo, la muestra de San Carlos permite un acercamiento al mundo de Goya, a su visión del mundo, a su idea del hombre.

Podemos encontrar al fisonomista que se deleita en las formas del cuerpo, que retrata la hermosura y la fealdad, la voluptuosidad y el defecto. Aparece también el sociólogo que cataloga la diversidad y denuncia la miseria. Majas, toreros, putas, curas, changos, vagabundos. Sujetos enmascarados, elegantes, harapientos. Caracteres ridículos, temibles, entrañables. Bizcos, cojos, jorobados. Se puede ver también aquí al moralista que denuncia la hipocresía y se burla de la superstición. Su anticlericalismo no lo conduce, sin embargo, al optimismo de su siglo. Goya sabe bien que los filósofos producen tantos monstruos como los hechiceros.

La caricatura de Goya se convierte en un instrumento de precisión. Las máscaras de los inquisidores encueran la persecución. Los pellejos colgantes de la ancianidad descubren la carga del tiempo. Una lupa que, al exagerar, captura la dimensión exacta de lo humano.

El hombre o, más bien, la creación toda aparecen con frecuencia en los cuadros y grabados de Goya apenas como polvos de claridad ante la nada. El capricho 64, por ejemplo, es negrura salpicada por gotas de luz. Pueden reconocerse rostros y cuerpos enredados. Dirigiéndose seguramente a la otra vida, los personajes que flotan son visibles por la blancura de la frente, las mejillas, los muslos. La expresión que contienen los ojos y la boca son cuencas negrísimas. Es el alarido mudo de la pesadilla, la mirada de lo tenebroso. La inscripción de Goya remata el apunte: “Buen viaje.”

El reportero que también fue se atreve a ver lo insoportable. A quien crea que la crueldad que retrata es exageración le dice al pie de la imagen: “Esto lo vi.” Y a quien crea que el horror es aceptable, le advierte: “No se puede mirar.” Goya nos hermana con las bestias. Estudia nuestras facciones y nuestros vicios en los colmillos y bigotes de los gatos, en el serpenteo de las víboras, en la mirada idiota de los sapos. Habitantes de los sueños, de los callejones, de las prisiones y de los campos de batalla, los monstruos de Goya son creíbles, son nuestros, somos nosotros. Con buen tino, Malraux comparó las fantasías del español con las del Bosco: “El Bosco introduce a los hombres en su universo infernal pero Goya introduce lo infernal en el universo humano.” Soy un “pintadiablos”, dijo en alguna carta. Sabía muy bien que los esperpentos que pintaba no eran, en realidad, lo peligroso: “No temo a brujas, duendes, fantasmas, valentones, gigantes, follones, malandrines, etc. Ni ninguna clase de cuerpos. Temo sino a los humanos.”

Otra idea goyesca se percibe en esta muestra de su sombría lucidez. El hombre que se atrevió a retratar la fealdad de los poderosos, el artista que percibió arrugas y jorobas, el pensador que sondeó el horror, tocaba el Absoluto con la mano. La descarnada corporeidad de su figuras borda con frecuencia la abstracción. Será tal vez el Absoluto en negativo. No la fuente del origen sino el tragadero del fin. Los negros de Goya no son oscuridad, son la nada. ~


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