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El autorretrato más completo de Szyszlo

No cabe la menor duda de que el más importante artista plástico del Perú –y uno de los más importantes de América Latina– del siglo XX y de lo que va corrido del presente, es Fernando de Szyszlo. Su obra es el resultado de un tenaz proceso de creación que no ha cesado durante más de medio siglo, esfuerzo que ha abarcado todos los medios y técnicas posibles (óleos, acrílicos, grabados, dibujos, murales, etc.) que forman un conjunto impresionante por su hondura y belleza estéticas. El núcleo de esa intensa producción –que él mismo ha calculado en varios miles de obras– está marcado por su absoluta afinidad con el arte abstracto que Szyszlo introdujo en el Perú y por su identificación con la estética del llamado “expresionismo abstracto” que tuvo su máximo auge en la Nueva York de los años cuarenta y cincuenta. En verdad, sus presentes memorias no son la primera vez que el artista nos ofrece una visión de su experiencia vital; en 2001 apareció Travesía, que es el resultado de las conversaciones que sostuvo con la periodista Mariella Balbi. Pero las presentes son mucho más profundas y reveladoras de la naturaleza humana del autor y del gran impulso creador que lo distingue. Por eso, La vida sin dueño debe leerse como el autorretrato más completo que tenemos de Szyszlo.

La clave fundamental del presente libro está en el hallazgo de un tono equilibrado entre la evocación de su propio pasado, la reflexión que el recuerdo genera en el presente y el juicio ético que resulta de la confrontación entre ambos. Ese tono no cambia en todo el libro, trátese de su primera infancia o de lo que le ocurre hoy a sus 91 años. Gracias a él, el texto se distingue por un absorbente examen de la persona, su circunstancia histórica y del contexto cultural en el que tuvo que luchar contra las limitaciones del ambiente local y las dificultades para ser fiel a su vocación.

Un elemento clave de su obra, que podemos hallar en muchas manifestaciones de la vanguardia de los años veinte y siguientes, es la fusión entre la visión moderna y las formas estéticas del arte llamado “primitivo”, prin- cipalmente el de África y la América precolombina. Szyszlo es un paradigma de esa fusión que artistas como Klee, Torres García, Matta y Lam realizaron para descubrir los profundos lazos que unían lo primitivo con lo moderno, con una honda mirada a las raíces de formas ancestrales y las propias de nuestra época. Otro rasgo fundamental para la formación artística del autor es el trasfondo que le brinda la literatura, sobre todo la poesía y la novela, que han nutrido de muchos modos su quehacer y sin las cuales es imposible entender a cabalidad su esfuerzo creador. (Un colega peruano suyo, queriendo denigrarlo, dijo una vez que Szyszlo era “un intelectual que pintaba”.) Entre esos estímulos fundamentales hay que mencionar a Vallejo, Proust, Eielson, Borges, Cortázar, etc. En el campo de la pintura, esos estímulos son tan variados como Gauguin, Hartung, Soulages y Bonnard. Este último nombre es bastante llamativo, porque Bonnard –un miembro notable del grupo denominado Les Nabis, al que pertenecían entre otros Odilon Redon y Aristide Maillol– siguió siendo fiel a una estética esencialmente posimpresionista en plena época de la vanguardia. Resulta evidente que para Szyszlo lo más significativo del artista francés es la tenacidad e intensidad de su visión, que reitera una y otra vez ciertas formas y símbolos cuyo misterio trata de desentrañar.

En las presentes memorias, Szyszlo subraya que su infancia estuvo marcada por la presencia de su padre, un inmigrante polaco que llegó al Perú huyendo de la Segunda Guerra Mundial y de la persecución nazi de los judíos. El padre era un hombre que hablaba muchas lenguas y que tenía una sólida formación científica, que estimuló la curiosidad del pintor aunque este confiesa que la relación con él estuvo marcada por la actitud fría y algo distante de su progenitor. Quizás uno de los primeros incentivos literarios que absorbió Szyszlo en su niñez fue el de Abraham Valdelomar, tío materno suyo que era una destacada figura del posmodernismo peruano y que murió en un accidente a la edad de 31 años. Un indicio de la delicadeza de Valdelomar está ejemplificado por el soneto “Tristitia” que Szyszlo podía citar de memoria. El autor intentó seguir la carrera de arquitecto pero la abandonó pronto porque se dio cuenta de que lo suyo era el mundo de la plástica. Sin embargo, esa afinidad por lo arquitectónico se nota mucho en los comienzos de su obra y por su cercana amistad con Luis Miró-Quesada, uno de sus más grandes amigos, fundador de la Asociación Espacio que contribuyó a la introducción del arte abstracto en Perú.

Szyszlo es un destacado miembro de la llamada Generación del Cincuenta (aunque las primeras manifestaciones de esta promoción se dieron en la década anterior, como ocurrió con Szyszlo), grupo en el que el pintor encontró estímulos muy profundos en las obras de Eielson y Sologuren, que fueron estrechos amigos suyos. Algo muy distintivo del arte de Szyszlo es la importancia del arte antiguo peruano –sobre todo el de las culturas de la costa, como Paracas, Nazca y Chancay, anteriores al imperio Inca– en el que no ve ejemplos arqueológicos sino directamente artísticos. En un pasaje nos dice que las telas Chancay, por ejemplo, “tienen una intención semejante a la de los artistas, en la composición, la síntesis, el color y, sobre todo, la idea de atrapar lo sagrado. Eso no es artesanía, es pintura”. En sus años de estudios de arte en la Universidad Católica, el autor descubrió algo fundamental: “lo que aprendimos es algo que no figura en los currículos de la enseñanza artística del mundo actual: que el arte no es solo una profesión sino una manera de ser, totalmente comprometido. La meta del pintor no es el cuadro, ni mucho menos la exposición; el cuadro es solamente el testimonio, el despojo que queda de la batalla por expresarse, por comunicar, por emplear la pintura como lo que es: un lenguaje”.

El libro está lleno de revelaciones sobre su vida amorosa, entre ellas las que se refieren a su historia con la poeta Blanca Varela. Fue, en verdad, una relación muy conflictiva, pues les era tan difícil estar juntos como separados. Las páginas que dedica al personaje cuya identidad oculta tras el nombre de “Laura”, su más grande pasión amorosa de juventud, y las referencias a la trágica muerte de su hijo Lorenzo, así como las palabras sobre Lila, su actual com- pañera, son pasajes de dramática intensidad. Difícil leerlas sin sentir que nos abren un mundo tan cautivante como la obra misma del artista. ~