artículo no publicado

El antídoto contra el trumpismo

A más de ocho meses de aquel fatídico 8 de noviembre de 2016, el debate académico y político sobre las diferentes explicaciones del triunfo de Donald Trump no parece estar cerca de agotarse. Apenas el 5 de junio, el Washington Post publicó un artículo de los académicos Nicholas Carnes y Noam Lupu (“It’s time to bust the myth: Most Trump voters were not working class”) en que llaman a “destruir el mito” de que el mayor apoyo a Trump provino de votantes blancos de clase trabajadora, contradiciendo así un amplio acuerdo entre analistas políticos.

Lejos de ser una discusión bizantina, este continuo debate muestra un contraste de diferentes propuestas con el pragmático fin de producir un antídoto contra el trumpismo a tiempo para su primera prueba de laboratorio en las elecciones intermedias de 2018. La disyuntiva se puede destacar a través de sus posiciones extremas. Por un lado tenemos que si Trump ganó gracias al masivo apoyo de la clase trabajadora blanca, debido sobre todo a su situación de precariedad económica, la pregunta que sigue es ¿cómo reincorporar a una parte significativa de este bloque seducido por el populismo de derecha a una coalición progresista? Si, por el contrario, Trump ganó principalmente porque su discurso racista y xenófobo movilizó la enorme carga de prejuicios que la sociedad estadounidense había querido barrer bajo la alfombra, entonces ¿cómo se puede neutralizar o reducir el impacto del racismo en la arena electoral y cómo se puede apelar efectivamente a los más agraviados por el renovado discurso de odio?

La cantidad de ensayos y artículos de prensa con argumentos a uno u otro lado de esta brecha es demasiado grande para analizarse en este espacio; por ello es necesario aplicar un primer filtro. Las explicaciones más persuasivas de la victoria electoral de Donald Trump son las que inician por reconocer la multitud de factores que influyeron en el resultado, pero proponen una causal mayor –pero no única–, la cual generalmente cae en uno de los dos principales campos: ansiedad económica o racismo.

Si se analizan con detenimiento los resultados electorales y los datos demográficos de las encuestas de salida, resulta claro que la mayor sorpresa de la elección presidencial de 2016 es lo ordinaria que resultó. En esencia, los votantes se apegaron a las líneas partidistas siguiendo un patrón que parece haberse estabilizado desde la elección presidencial de George W. Bush. Hillary Clinton obtuvo el mismo número de votos que Barack Obama en 2012 (casi 66 millones) y Donald Trump apenas dos millones de votos más que Mitt Romney el mismo año. Por supuesto, la mayor diferencia estuvo en el colegio electoral, en donde Trump ganó seis estados ganados por Obama en 2012, con un margen de victoria menor al 1.2% en cuatro de ellos: Pennsylvania, Wisconsin, Michigan y Florida.

Si aceptamos que la inmensa mayoría de los votantes de Romney votaron por Trump, tenemos un bloque de sesenta millones de sufragios que no requieren de una explicación diferente de las que ya se han propuesto para entender las motivaciones del votante republicano promedio: conservadurismo social, resistencia a la acción gubernamental y los impuestos, militarismo, y lo que el académico Ian Haney López llama “dog whistle politics”, la política del silbato para perros, que consiste en envolver la crítica a las políticas públicas redistributivas (vivienda, asistencia social, etcétera) en un discurso que apela a un sustrato racista compartido entre el enunciante y su audiencia.

En un sentido estricto, la explicación del éxito electoral de Trump debería buscarse en el margen de poco más de dos millones de votos que marcan la diferencia entre el neoyorquino y Romney a nivel nacional, así como en los poco más de doscientos mil votos que dieron la victoria a Trump sobre Hillary Clinton en Michigan, Wisconsin y Pennsylvania. Un estudio de Working America, el brazo político-electoral de la Federación Estadounidense del Trabajo (afl-cio), halló que una buena parte de esa explicación se encuentra en dos factores. Por un lado, un pequeño pero estadísticamente importante número de electores afroamericanos que votaron por Obama se abstuvieron de votar por Clinton, lo cual, especialmente en ciudades como Detroit, Milwaukee y Filadelfia, contribuyó al triunfo de Trump en sus estados.

Por otro lado, poco más de un millón de votantes blancos de clase trabajadora que apoyaron a Obama en 2012 y 2008 votaron por Trump en 2016. En conversaciones cara a cara, estos votantes manifestaron su enorme frustración ante su desolador panorama económico en sus comunidades, la falta de oportunidades, la crisis de adicciones, etcétera.

El discurso de odio y la exacerbación de los peores instintos racistas de la sociedad estadounidense por parte de Trump y muchos de sus simpatizantes no puede ni debe dejarse de lado, pero el análisis de los intersticios electorales sugiere un menor peso del racismo en el resultado electoral. Esto debido a la constatación de que los destinatarios del discurso de exclusión –afroamericanos, latinos e inmigrantes– no le pasaron factura a su promotor; así como al hecho, tanto o más significativo, de que muchos de los votantes blancos de clase trabajadora que cambiaron su voto en 2016 habían votado dos veces por el primer presidente afroamericano de la historia.

¿Qué hacer para contrarrestar el desplazamiento de algunos votantes hacia Trump y la relativa apatía de sectores que en teoría deberían estar más movilizados contra su discurso y políticas sociales? Esa es la actual disyuntiva del movimiento progresista en Estados Unidos. Algunos analistas, como el veterano activista de derechos civiles Steve Phillips, proponen de plano olvidarse de estos votantes fluctuantes, en su mayoría blancos de clase trabajadora que tanto pueden votar por una agenda económica progresista como dejarse llevar por sus prejuicios raciales o creencias religiosas en las casillas. Para Phillips, autor de Brown is the new white, ya existen los números suficientes para asegurar una poderosa coalición progresista ahora y en los años por venir. Lo único que se tiene que hacer es promover y facilitar el voto de latinos, afroamericanos y otras minorías para que, junto con el voto de los blancos progresistas, se puedan alcanzar mayorías legislativas con una agenda de justicia económica y racial.

En este razonamiento, el mayor obstáculo para materializar esta coalición son las campañas de supresión del voto que llevan a cabo políticos republicanos, así como el desdén de la élite progresista blanca hacia las llamadas “comunidades de color”. El problema de esta visión es que descansa sobre una hipotética homogeneidad política al interior de las minorías étnicas y raciales. Si bien no se debe soslayar el peso de los intentos por suprimir el voto, la elección de Trump destruyó el mito de una comunidad progresiva “de color” a punto de irrumpir electoralmente con todo su potencial transformador.

La campaña presidencial de Bernie Sanders y el crecimiento exponencial de grupos explícitamente clasistas, como los círculos de estudio de la revista Jacobin y los Socialistas Democráticos de América, hablan de un ambiente propicio para iniciar la lenta pero necesaria recaptura de los sectores de clase trabajadora que sucumbieron al encanto del populismo de derecha. La idea no es supeditar toda lucha identitaria al “papel determinante de la economía”, como siempre ha propuesto la vulgata marxista, sino construir la solidaridad interracial a partir de la comunidad de intereses y como producto de la socialización política, como lo han venido haciendo algunos sindicatos, como seiu en los servicios y usw en la industria metalúrgica, organizaciones de trabajadores no sindicalizados y redes de solidaridad, como el movimiento del re- verendo Barber en Carolina del Norte.

Si algo ha dejado en claro la elección de noviembre de 2016 es que el cambio demográfico no es destino y el movimiento progresista no puede sentarse a esperar que los blancos dejen de ser la mayoría en Estados Unidos allá por 2044. El antídoto al trumpismo excluyente, xenófobo y violento es la reconstrucción de la solidaridad por encima de las barreras raciales, étnicas y lingüísticas, con base en la defensa de los intereses comunes de las clases más desfavorecidas. ~