artículo no publicado

Días de cine

Todo empezó con El imperio submarino. Tendría yo unos seis años y en el colegio, los viernes al finalizar la clase, hacía aparición el proyector. Era de metal, pesado y ruidoso. Se lo instalaba, siempre con dificultad y daba comienzo sobre una sábana blanca la exhibición de un capítulo. Porque El imperio submarino era, como decíamos entonces, película de episodios (series, se les dice ahora, siglos después). Creo que, por mucho que me haya emocionado el cine que vi después, y me ha emocionado mucho, porque si algo me ha gustado en esta vida es ir al cine, ninguna película me ha emocionado tanto como esos episodios, raros y torpes hasta el extremo, de los que fui espectador en la infancia. Me impresionó más, creo, que el cine de Max Ophüls, Fritz Lang o Elia Kazan (aunque, claro, no se puede comparar). Es increíble el poder transformador de la mente de un niño: no solo Frankenstein, sino el mismísimo King Kong me llenaron de miedo cuando los conocí allá en la infancia.

No únicamente a mí me cautivaron los serial thrills, sino que tuvieron un éxito arrollador desde el cine mudo (en 1912 dieron comienzo con el melodrama What happened to Mary) hasta 1956, año en el que se rodó la última serie.

Vine a saber que El imperio submarino –producida en 1936, con doce episodios y estelarizada por Ray “Crash” Corrigan– está muy lejos en calidad y mérito de otras películas de episodios de aquella época, por ejemplo, las series de Flash Gordon, muy cuidadas y exitosas (se ha dicho que los primitivos efectos especiales de las series de Gordon fueron superiores a los costosísimos efectos de Ben-Hur, por ejemplo). En estas últimas hicieron aparición notables actores, como Charles Middleton en papel del feroz emperador Ming (Flash Gordon conquista el universo, de 1940).

Pese al éxito, las series cayeron pronto en el olvido y nadie se acuerda ya de ellas, con excepción de los pocos sobrevivientes de quienes asistíamos a las felices matinés en el cine Balmori, hoy derribado, donde proyectaban sus capítulos.

Prosigamos. Todavía en la infancia sufrí dos traumas cinematográficos.

El primero sucedió así: mi madre nos llevó a mi hermano y a mí a ver Blanca Nieves y los siete enanos (la de Walt Disney, de 1937), película inofensiva, se dirá, pero no para mí. Debo haber estado muy chico porque cuando entramos a la sala iba en brazos de mi madre. Quiso el destino que entráramos justamente cuando tenía lugar la escena en la que la madrastra, convertida en bruja anciana, lleva en sus manos la manzana envenenada y ríe de modo siniestro, supongo, porque no lo recuerdo. Quedé horrorizado, tanto que traté de librarme de los brazos de mi madre y escapar corriendo de la sala. Claro que no pude. Entonces –contó mi madre, que me ha referido estos bochornosos sucesos– me ordenó: “Aguántate.” Después sufrí un “soponcio” (palabra de ella) y perdí el conocimiento.

No sé qué tanto colaboró este incidente a que, años más tarde, un psicoanalista confesara: “No sé cómo no estás por entero demenciado. Algo sí, pero no completamente.”

Del segundo trauma, en cambio, guardo cabal memoria. Sucedió en el vestíbulo del cine Insurgentes (ahora en ruinas y situado en la glorieta del mismo nombre). Era ya un poco mayor y, otra vez, mi madre nos llevó al cine, pero esta vez con fines didácticos: exhibían Sin novedad en el frente (de 1930, dirigida por Lewis Milestone), película acerca de la pavorosa e idiota Primera Guerra Mundial, basada en la novela crudamente antibélica del alemán Erich Maria Remarque. Y por eso nos llevó a verla mi madre, para enseñarnos, a mi hermano y a mí, a aborrecer la guerra. Y logró, creo yo, en mi caso, más de lo que se había propuesto.

Con esos antecedentes hicimos entrada al cine. Y, ay, el horror se desató porque en el vestíbulo habían situado unas figuras de cera de tamaño natural: con un realismo aterrador, un soldado traspasaba a otro con una bayoneta. Se apoderó de mí un pavor triste e ineludible. No podría describirlo. Duró años. Se iba pero volvía, volvía siempre. Yo discurría estratagemas para eludir la guerra, en vano.

Solemos entender la ingenuidad como un elemental no saber, no saber todavía, simple ignorar. Pero no, la ingenuidad supone trabajosos modos de entender, supone invenciones, es decir, creaciones. Por eso, entre los niños las apreciaciones se abren al cielo y al infierno. ~


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