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Corea del Norte, mejor que ficción

En un episodio de Seinfeld, “The summer of George”, Kramer se ve en un predicamento: devolver su estatuilla del Tony –que obtuvo colándose a la premiación– o decirle a la actriz Raquel Welch que está fuera de una producción. Kramer está aterrado por la misión: Welch tiene fama de imposible, le dice a Jerry, a grado tal que –según escuchó–, cuando alguna vez le cortaron un par de líneas en una obra, se subió a la parrilla del escenario y comenzó a arrojarle las lámparas al resto del elenco. La anécdota termina con un espasmódico “¡Una historia como esa tiene que ser cierta!” por parte de Kramer.

La expresión tiene sentido. Hay ficciones que adquieren una pátina de realidad con uno o varios pequeños detalles. Stephen Glass, el famoso mentiroso que publicó veintisiete artículos falsos disfrazados de reportajes en The New Republic, sabía encontrar esos pormenores: en sus relatos había, por ejemplo, un hacker adolescente que pedía un lote de revistas pornográficas como pago por encontrar una falla en un sistema. Es una textura –imagino– complicada de alcanzar: implica conocer bien los caprichosos mecanismos de la realidad, su azarosa manera de transcurrir; encontrarla permite que una anécdota inverosímil de pronto parezca plausible.

Producciones Kim Jong-Il presenta..., de Paul Fischer, parte también de una premisa descabellada: el dictador de Corea del Norte (de 1994 a 2011), Kim Jong-Il, secuestró a un exitoso director y a una famosa actriz surcoreanos, y los mantuvo presos en condiciones tan infrahumanas como espléndidas –del miserable apando a la casa de seguridad con regalos costosos y servidumbre especializada– con el único fin de obligarlos a filmar películas para él y su gobierno. La anécdota es imposible de creer, pero la pátina de realidad aparece cuando se devela el misterio: entre otras producciones, los secuestrados filmaron Pulgasari, una película propagandística del régimen norcoreano que tiene como protagonista a un monstruo gigantesco, clarísimo primo de Godzilla, que ayuda al pueblo norcoreano a derrocar a la corrupta monarquía que los gobierna solo para –perdón por el spoiler– traicionarlos después, movido por su insaciable apetito.

Kim Jong-Il, cinéfilo de cepa movido por la urgente necesidad de mejorar la calidad de las producciones cinematográficas norcoreanas, mandó secuestrar a Choi Eun-hee, una de las actrices más prolíficas de Corea del Sur, y a su exesposo, el no menos exitoso director Shin Sang-ok. Las intuiciones cinematográficas de Kim Jong-Il, quien llevó a la ruina financiera a Corea del Norte, no eran tan erradas. Según Fischer, Kim Jong-Il “animaba a los guionistas y a los directores a que antepusieran los personajes a la trama e hicieran hincapié en ‘los distintos destinos y la sicología de los personajes, más que en los propios acontecimientos’”, una idea que sin muchos problemas podrían respaldar cineastas de tan altos vuelos como Alfred Hitchcock.

La intuición de Kim Jong-Il era producto del consumo indiscriminado de cine: Fischer cuenta que, mientras que en Corea del Norte estaban prohibidas las películas extranjeras para la población de a pie, Jong-Il estableció una compleja red de distribución por toda Europa para poder acceder al cine vedado. De forma parecida a cineastas como Quentin Tarantino, Jong-Il adquirió su conocimiento cinematográfico directamente de las cintas: Fischer afirma que la colección privada del dictador superaba los veinte mil títulos, abultada cifra que invita al asombro.

Al asombro también invitan las condiciones narradas del encierro de Choi y Shin. Presos en casas de seguridad, sometidos a un férreo adoctrinamiento y a una privación total del contacto con el exterior, Choi y Shin encontraron en su relación amorosa –terminada tiempo antes de su secuestro– una última tablita salvadora, un inmejorable aliado para lograr el tan ansiado escape. Pero para ello hubo que esperar: Shin sufrió torturas dignas de Guantánamo; Choi tuvo que abrazar y vitorear al hombre que la separó de sus hijos, y ambos tuvieron que entregar el arte de sus vidas –el cine– a un dictador engolosinado de poder y hambriento de devoción. Un gobernante despótico que creía que mejores y más entretenidas películas podrían lograr que el pueblo norcoreano olvidara el hambre, la miseria y las ejecuciones arbitrarias de su régimen para entregarse a la adoración, el agradecimiento y el trabajo arduo. En su proceder se halla un eco de aquella sentencia de Valéry que afirma que no se puede gobernar mediante la pura coerción, sino que hacen falta fuerzas ficticias.

La anécdota de Producciones Kim Jong-Il presenta... es difícil de creer. No son pocos los críticos que la han atacado por, presuntamente, falsear su relato parcial o totalmente. Estos críticos omiten el detalle que mejor habla a favor de la textura de realidad de la anécdota: el uso del cine como herramienta de adoctrinamiento ideológico. Kim Jong-Il seguía los pasos de la Unión Soviética y la Alemania nazi –que alcanzaron considerables alturas creativas con películas como Alexander Nevsky, de Eisenstein, y Olympia, de Riefenstahl–, pero también de Estados Unidos e Inglaterra –que para entonces ya contaban con cintas de propaganda y entretenimiento como El nacimiento de una nación, de Griffith, y Sherlock Holmes y el arma secreta, de Neill–. Su intuición cinematográfica –reflejada en los momentos más logrados de Pulgasari, aquellos donde la película olvida su pastosa doctrina nacionalista y se concentra en las batallas entre la criatura y el ejército del emperador– y publicitaria le permitió anticipar la fructífera alianza entre propaganda y cine de acción y desastres. Décadas más tarde, la misma estrategia –un director taquillero, una actriz icónica, una historia en la que el hombre común se alía con una criatura tan gigantesca como benévola– sería utilizada por el military-entertainment complex en cintas como Transformers para pulir la imagen del ejército de Estados Unidos, el país que Kim Jong-Il tanto se esforzó por defenestrar. A la realidad, se sabe, le gustan las simetrías. ~