artículo no publicado

Colchón de doble raya

Por las escaleras del edificio unos hombres bajan laboriosamente un enorme colchón difunto. Es un colchón de los de antes, de aquellos que parecían traer puesta la piyama redundante o que acababan de fugarse de una cárcel severa. Lo llevaban en hombros, como a un guerrero peligroso, con las vergüenzas de fuera pero con el gesto altanero del deber cumplido.

 

Tuve el impulso de buscar a los vecinos y ofrecerles mi más sentido pésame. Es un momento secretamente temido por la gente, la muerte esa del colchón patriarca, luego de una prolongada agonía, rodeado de su familia y con la bendición papal. La familia lo observa con estupefacción idiota –ensayo de ataúd, cuna de borra–, rozada por el pequeño apocalipsis doméstico. Mira sus rayas como los renglones donde está escrita la saga familiar, como a un pariente raro que se sabe todos los secretos pero mudo felizmente. Alacena de fantasmas, el colchón es el registro civil casero, un notario público que, entre gemidos, ayes y zarandeos, da fe de la muerte y del parto, del llanto y la concupiscencia.

 

(Colchón: tenemos un problema. Es palabra fea, con esa tosquedad de las palabras herramientas, golpeada por esa horrible doble o, por ese chón contundente de timbal, proporcional al tamaño del colchón, el opuesto a su raíz original, culcita, tan dulce y femenina, colchonetita romana que comió de más y se convirtió en un macho bonachón. Podría haberse quedado colchona: diosa rectangular, cuna y catafalco, paisaje para Eros y Tánatos. Es mejor en inglés y francés y alemán y holandés y catalán y todos los idiomas que al colchón le dicen mattress y matelas y matalàs, palabras paridas por la vieja matr, la sílaba sánscrita madre de todas.)

Y sin embargo, a pesar de su fealdad, algunos poetas potentes dignificaron al colchón, o por lo menos su nombre. No muchos, me parece. No daría para la colección conjetural, no rinde para la Antología de la poesía acostada con el prólogo entusiasta del profesor Relevante. La presidiría naturalmente Baudelaire, que parece odiarlos: están llenos de agujas. Su Vampira atroz, que sabe mucho de ellos, le dice ser a tal grado “sabia en voluptuosidades” que cuando la despliega entre sus pechos “tímidos y libertinos”, sobre el colchón, los hombres se desmayan “y los ángeles mismos, vulnerables, optarían por condenarse”. Ni cama ni lecho: la lujuria todo lo convierte en colchón.

Estaría el Neruda obligatorio, el que dice que “la muerte está en los catres: en los colchones lentos”, que es perfecto: la blandura es lentitud; los lentos prosopopéyicos son los que duermen en ellos, etc. André Breton, en un momento especialmente desenfrenado, vio en el blanco del ojo una cama, en el iris el tambor de resortes y en la pupila el colchón: acostado en él, prolonga su sueño “nuestro fantasma”. Huidobro volando en Altazor quiere tomar una siesta sobre “el colchón de la neblina intermitente”. Qué rico. Y el Girondo Oliverio para quien los colchones son “conglomerados”, lo que es puntual, pero luego “conglomerados de sucia hemoglobina”, que ya es expresionismo salvaje y, por fin, una bolsa de “cal viva, sosa cáustica, hidrógeno, pis úrico”. Adiós, lujuria.

Pobre colchón. Y ahí está ya sobre la plancha, absolutamente difunto, ante su familia que lo mira como si hubiera cometido una traición imperdonable. Y es sumariamente trasladado a la cochera, que suele ser la capilla ardiente de los colchones. Y borran su larga hoja de servicios, donde constó que fue su doble, el escenario horizontal donde ensayaron la muerte cada noche y, algunas, jugaron a ser dioses.

Y se queda ahí, aventado entre los botes de basura, sin ceremonia ni marcha fúnebre, tan cansado, lleno de humores y pedos y lágrimas y risas, a la espera del colchón suplente, el colchón contemporáneo, monocromo, omnipopédico, antiacárico, sudorifóbico y microcelular, inmóvil nave espacial. Y los señores de la basura le echarán un último ojo y uno le pinchará la panza y en una de esas le perdonará la vida. Y el colchón resignado soltará, de nuevo, su postrer aliento. No se dará cuenta: está dormido. ~


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