artículo no publicado

Psycho Killer


Ese mosquito que maté

–y que vos bautizaste Psycho Killer, 

por la acritud de su aguijón y la temeridad

con que logró eludir las palmas de la muerte

en la hora lenta en que la noche se recorta

inmóvil en su cima

antes de despeñarse con callada furia

contra la madrugada

y nos sopló al oído el cuerno del insomnio

hasta dejar, al fin,

sobre el revoque blanco de ese cuarto prestado

una gota escarlata– era el vehículo

para un pacto de sangre


            que prometía que

–a pesar del nomadismo, 

el pánico a deshoras,

la alergia desgranada entre las sábanas,

los ciclos del deseo,

la división social del trabajo doméstico,

los breves ramalazos

de la felicidad– habría para nosotros,

en la deriva del amor, un techo,

unos tabiques:

         límites precisos

donde apilar en sucesión los días. ~


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