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¿”Vamos Por Más”? ¡Claro! ¿Pero por más de qué?

La iniciativa que esta semana dieron a conocer organizaciones y personalidades de la academia y la opinión pública es una buena noticia. Pero su reclamo corre el riesgo de perderse en medio de una agenda amplia y difícil de comunicar.

 

 

Es una buena noticia que, esta semana, ONGs y personalidades de la academia y la opinión política en México se hayan unido en un reclamo enérgico y merecido a nuestros gobernantes para poner alto a la corrupción y la impunidad, que han alcanzado niveles nunca antes vistos. Es una excelente noticia que a este reclamo se hayan sumado organizaciones empresariales de gran peso. Y sin embargo, no queda claro a quién va dirigido el discurso que emite el colectivo “Vamos por Más” ni qué es lo que se supone que va a ocurrir a partir de su surgimiento.

Un discurso efectivo debe tener, como mínimo, tres cosas: un diagnóstico de una situación o problema; una solución a esa situación o problema; y un llamado a la acción claro para quien escucha el discurso. Pero el comunicado leído por el actor Diego Luna a nombre de “Vamos por Más” apuntó a informar qué van a hacer ellos, lo que se puede resumir en lo mismo que han venido haciendo: exigir al gobierno que gobierne y a los legisladores que legislen.

No es algo menor. El papel de la sociedad civil organizada en exigirle al gobierno y al Congreso que cumplan su papel es elemental para una democracia funcional. Pero ante la parálisis y el abuso de gobiernos y partidos políticos, este colectivo bien podría ser un poco más audaz.

Lo primero que hay que hacer es entender cómo percibe la audiencia (los ciudadanos) el tema de la corrupción. He comentado en otras oportunidades que ante este problema, la gente está expuesta permanentemente a mensajes provenientes de tres narrativas en pugna:

  • La narrativa del estatus quo, cuya frase emblemática es: “la corrupción es cultural”. Las cosas no van a cambiar. El mexicano es así, corrupto. Y lo mejor es adaptarse, no tratar de ir contra el sistema.
  • La narrativa del descontento, que podría resumirse en la idea de “todos los partidos y todos los políticos son igual de corruptos”. No hay nada que se pueda hacer, ya que estamos gobernados por bandas de maleantes. La salida ante esta impotencia se da en tres formas: enojarse y maldecir; replegarse y no saber nada de política ni ir a votar; o desear con muchas ganas que llegue un líder providencial honesto, valiente y bueno a arreglarlo todo por nosotros.
  • La narrativa del “México emergente”, que en síntesis es “tal vez lo que yo hago no cambie las cosas, pero si no hago nada, seguramente nada va a cambiar”. Es la mentalidad de los jóvenes que abren empresas sociales, o se unen a organizaciones de la sociedad civil o a la filantropía. Es también la narrativa de las ONGs que impulsaron la ley 3 de 3 y que ahora vuelven a manifestarse en defensa del Sistema Nacional Anticorrupción. Y, aunque no lo crean, también es la mentalidad de mucha gente que quiere participar o está participando en política y que no está de acuerdo con la situación del país.

Aquí es donde hay que preguntarnos: ¿qué narrativa está planteando “Vamos por Más”? Todo su mensaje gira en torno a lo que tienen que hacer el gobierno y las instituciones políticas, no en torno a lo que ellos van a hacer (además de exigir) ni, aun más importante, a qué podemos hacer desde la sociedad para ayudarles.

Además, este colectivo tiene un reto enorme, ya que todo el enredo legal y político en torno al Sistema Nacional Anticorrupción es muy difícil de comunicar, y francamente poco atractivo para el gran público: suena a más de lo mismo, a leyes, burocracias y promesas de justicia que no llegan.

Y tal vez lo más importante: las propias organizaciones de “Vamos por Más” están repitiendo la narrativa del descontento. En el momento en el que caen en el discurso del “todos son iguales”, se quedan sin aliados dentro de las esferas políticas y legislativas para empujar sus temas. Si todos los políticos son “iguales”, entonces los únicos “diferentes” son ellas y ellos. Y lo peor que puede pasar (y está pasando) es que nuestras ONGs y nuestros liderazgos empresariales se queden hablando en un cuarto entre sí, recitándose sus diagnósticos y sus propuestas, felicitándose unos a otros por sus iniciativas, sacándose fotos colectivas sin tener interlocución con gobierno, partidos y sobre todo, con la sociedad.

“Vamos por Más” debe ser más estratégica: elegir algunos temas concretos que le hagan sentido a la gente y empujarlos con una comunicación que involucre a la sociedad y a los medios. Hoy, su agenda es tan amplia y compleja que su reclamo se pierde, aunque lo lea un actor tan famoso como Diego Luna.

Dentro de seis meses, los políticos, el gobierno y los medios no estarán hablando de otra cosa que de la elección presidencial de julio de 2018. El hecho de que ni al gobierno ni a su opositor más aventajado (AMLO) parezca interesarles nada de lo que “Vamos Por Más” promueve debería encender todas las alarmas al interior de ese colectivo. Si el gobierno no los escucha y ese liderazgo personalista tampoco… ¿quién va a ser su aliado?

Quienes integran “Vamos Por Más” podrían preguntarse qué pasaría si redujeran un poco sus elevados estándares de “pureza” y “neutralidad” política y analizaran, de entre las opciones reales que tienen enfrente, con quién podrían empujar realmente la agenda de fortalecimiento institucional que tanto le urge a México.