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¿Terminó la presidencia de Trump?

Con esta frase lapidaria se despidió Steve Bannon de su puesto como estratega principal de Trump. ¿Será verdad tanta belleza?

La salida de Steve Bannon y Sebastian Gorka, los dos máximos representantes de la extrema derecha en la Casa Blanca, ha creado expectativas de que el ala moderada de la administración y del partido republicano serán capaces de imponer orden en la caótica presidencia de Trump.

Como despedida a su controvertida gestión en la casa presidencial, Bannon dijo: “la presidencia por la que luchamos y ganamos, ha terminado”. ¿Será verdad? ¿Ya nos salvamos de la hecatombe? ¿Significa esto que alejado de la influencia maligna de Bannon, Trump moderará sus impulsos populistas, egocéntricos y mal intencionados? Yo francamente lo dudo.

¿A qué atribuye Bannon el fracaso de la presidencia de Trump? A la “quinta columna” dentro de la Casa Blanca, es decir, al grupo encabezado por los “demócratas” (su definición) dentro del gabinete de Trump: Ivanka Trump y su esposo Jared Kushner; los ex banqueros de Wall Street, Gary Cohn, principal asesor económico de Trump y Steven Mnuchin, el Secretario del Tesoro y los militares.

El otro foco de resistencia contra Trump fue el “Establecimiento Político” de Washington. A siete meses de iniciada su gestión, ni Trump ni Bannon han podido trabajar con el Congreso republicano. Ni el líder del Senado Mitch McConnell ni el de la Cámara Baja, Paul Ryan han podido convertir en ley las pocas iniciativas que Trump presentó al Congreso, sobre todo la Ley Sanitaria.

Por otro lado, una de las promesas de campaña que por la resonancia que tuvo entre la base de votantes fue fundamental para el triunfo de su candidatura, fue la construcción del muro en la frontera sur y la anunciada imposición de que el gobierno mexicano pagaría el costo. Hasta ahora, ni México se ha mostrado dispuesto a pagar por semejante barbaridad ni el Congreso ha encontrado el dinero para financiarlo. No obstante, el ataque contra los migrantes de color ni ha disminuido ni  disminuirá.

Ya no está Bannon en el despacho presidencial para insistir en la deportación de los “dreamers” pero es evidente que seguirá en campaña contra ellos desde su atalaya en Breibart, y que contará con la colaboración del Procurador Jeff Sessions y el asesor Stephen Miller.

El reciente indulto al racista exsheriff de Arizona Joe Arpaio, condenado por ignorar las órdenes de un juez federal, no solo demuestra el desprecio de Trump al estado de derecho sino que premia el racismo para quedar bien con sus seguidores. Su pulso contra México sigue en pie con Bannon o sin él. También seguirá la presión para impedir la entrada a Estados Unidos de personas de color. Lo mismo sucederá con la agenda comercial proteccionista contra México, Canadá, China y Alemania.

Aparentemente, el detonador del despido de Bannon fue un desacuerdo sobre la rectificación de la declaración de Trump equiparando a los Neo-Nazis con quienes protestaban contra su manifestación de odio racial.

Bannon le pidió a Trump que se sostuviera en lo dicho inicialmente para no ofender a su base, mientras que otros en el gabinete y fuera de él, criticaron a Trump por darles igual trato a ambos. Al final Bannon perdió.

Bannon se dedicará a difundir su odiosa agenda divisiva y todo seguirá igual que antes y Trump seguirá siendo el charlatán de televisión que tiene éxito con un tercio de los votantes pero con nadie más en el mundo.

Se acabó para siempre la ilusión de que el Presidente del país debía gobernar para todos los ciudadanos tal y como Harry S. Truman dijo durante la campaña presidencial de 1948: “el presidente ya no es el líder de un partido, es el Presidente de todos”.

Bill Clinton también lo intentó con su viraje al centro del espectro político. George W. Bush lo intentó cobijado por la amenaza dc el terrorismo pero mintió y escogió pelear la guerra equivocada. Obama quiso creer que procurar el bien común con una reforma sanitaria para todos sería el factor unificador.

Trump rompió la regla y nunca en mi vida había leído encuestas en las que los estadounidenses describieran a su presidente como “fuerte, idiota, incompetente, mentiroso.” Pero sigue siendo el presidente y si el Congreso no le procesa seguiremos sufriendo con sus impertinencias y su falta de programa. El único consuelo es que su presidencia será un fracaso.